El costo de la ausencia del Estado

Mientras el Estado sigue ausente, el problema está más presente que nunca. Ante la desesperación queremos hacer las cosas nosotros y eso fue lo que le pasó a Luciano. Se acercó a su vecino, se quejó y el octogenario decidió disparar

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Nos creemos que las cosas son teóricas, conceptuales. Pero un hecho basta para demostrarnos lo contrario: lástima que ese hecho puede doler demasiado. La ausencia del Estado es algo de lo que se habla continuamente, pero tanto decirlo se convirtió en una frase hecha, en una suerte de lugar común. Y lo es, tristemente lo es.

Durante el fin de semana, en Villa Mitre, a Luciano lo balearon. Fuimos compañeros de práctica, hicimos artes marciales juntos por muchos años. Es lo que se dice un buen pibe, un tipo laburante. No sólo yo, todos los que hemos compartido camino con él le tenemos un gran afecto. Hoy Lucho está peleándola en el hospital. Lo han operado ya dos veces y tiene varias operaciones más por delante. Tiene el apoyo de todos nosotros, se lo ganó. Tiene además una familia que lo está esperando y un pequeño hijo que lo va a extrañar si se va.

Parece que tuvo una discusión con un vecino, un octogenario que evidentemente no estaba en sus cabales. Salió en todos los medios, tal vez sólo estoy repitiendo lo que se ha dicho innumerables veces. En la discusión, es irrelevante ya cómo fue o por qué fue, este hombre sacó un arma y le disparó. Estos son los momentos en los que me gana la impotencia: nada se puede hacer contra los locos que andan por ahí, como era el caso de este asesino.

La Policía llegó, rodeó la manzana y el octogenario escapó. A veces da la impresión de que un bebé en un corral puede ser todo un desafío para una fuerza de seguridad. Pero sí, el octogenario escapó y sigue prófugo. No tengo los detalles del operativo, tal vez hicieron todo lo que había que hacer, pero el hábil octogenario los superó.

Intenté averiguar más y parece que habría varias denuncias. Algunas de ellas en una comisaría de la Policía Federal. No me cuesta imaginarlo. Me ha tocado lidiar con un vecino violento y los llamados al 911 siempre terminaban en lo mismo. Oficiales de policía desganados que me decían que hiciera la denuncia. Incluso he ido a la comisaría de la Policía Federal para encontrarme a un ayudante ansioso por deshacerse del trabajo, que me indicó que la denuncia tenía que hacerla en otro lado. En general, la Policía Federal se ocupa de explicarnos por qué no pueden hacer nada. Sólo aparecen cuando hay un accidente de tránsito con heridos o cuando hay un cadáver en el suelo: esos casos no pueden evitarlos y tienen que ocuparse.

Si alguien hubiese tomado esas denuncias en serio, si alguien hubiese al menos tocado algún timbre para ver qué pasaba, todo podría haber sido distinto. Es lo que se llama prevención. Si alguien hace una denuncia, sin que medie ningún tipo de orden judicial ni nada por el estilo, sin burocracias, la Policía puede ir y tocar el timbre del denunciado para preguntarle si está todo bien. Es una visita sencilla, que ni siquiera tiene la intención de amedrentar a nadie. Los he visto hacerlo un par de veces, muy pocas. La insistencia no es lo suyo, tocan un par de veces y si nadie contesta, se van, amparados en la imposibilidad de hacer nada. No hay una vocación real por solucionar los problemas.

Parece que este octogenario guardaba combustible en su casa y lo usaba para hacer algún tipo de trabajo. Ponía en riesgo la vida y la salud de muchas personas. Pero las denuncias no sirvieron. Una vez más el Estado se mostró ausente. Seguramente las denuncias no se hicieron en el lugar correcto, es posible que haya muchas otras denuncias que tratar y no se hace a tiempo. Todos sabemos cuáles son los cien motivos por los que el Estado está ausente. Son irrelevantes, porque esa ausencia hoy le puede costar la vida a Luciano.

Nos pasa a todos. Queremos que el Estado intervenga. Queremos hacer las cosas bien. Pero, en general, quienes nos reciben del otro lado, aquellos a quienes les pagamos el sueldo, muy pocas veces nos ayudan de verdad. La mayoría de las veces intentan por todos los medios deshacerse del trabajo —me he topado, a Dios gracias, con muchas excepciones a esto cuando tuve algunos problemas. Los que nos acercamos no somos expertos en burocracia, no sabemos dónde se hacen las denuncias, ni sabemos qué denunciar ni cómo hacerlo, pero nadie quiere ayudar: tenemos que hacer un enorme esfuerzo para saber a qué ventanilla ir a golpear. Algunos logran descifrarlo, otros no. Lidiar con el Estado requiere de paciencia y tenacidad. Pero mientras el Estado sigue ausente, el problema está más presente que nunca. Ante la desesperación queremos hacer las cosas nosotros y eso fue lo que le pasó a Luciano. Se acercó a su vecino, se quejó y el octogenario decidió disparar.

Al abandono del Estado lo sustituye la iniciativa de los ciudadanos, pero esa iniciativa a veces termina mal. Sucedió en varios episodios de inseguridad y sucedió también con Luciano. Es en este punto donde este dilema conceptual que tan elegantemente llamamos ausencia del Estado se me hizo carne, donde lo sentí cuando supe que Lucho se nos puede morir. Esa gran abstracción hoy se cobra la vida de un amigo. Y por más que pienso, no le encuentro la vuelta, porque este tema de la ausencia del Estado puede venir por muchos lugares. Yo, sin embargo, veo que tiene demasiado que ver con las pocas ganas de hacer las cosas que tienen quienes cobran los sueldos que pagan nuestros impuestos.