La decepción es un acontecimiento que deja al sujeto frente a un vacío. La pérdida de la ilusión entraña la dolorosa cercanía al vacío central del ser, lo que conocemos como el "dolor de existir". Es una vicisitud psicológica de la que es difícil emerger, deja heridas difíciles de cicatrizar. Fundamentalmente el rechazo a volver a ilusionarse, en nuestro caso, gracias a Báez, López y sus patrones, el efecto social de protegerse de una nueva desilusión política. Y un país sin política está a merced de los intereses que atentan contra la felicidad de sus habitantes. 

Es ésta una consecuencia que las tenebrosas revelaciones de la corrupción de los gobiernos kirchneristas dejarán en nuestra sociedad, en la que millones de personas creímos en mayor o menor medida, con mayor o menor compromiso, en las propuestas de Néstor y Cristina, que ahora descubren un impresionante sistema de corrupción debajo de las promesas de justicia social, de inclusión, de ecuanimidad distributiva, de política exterior independiente, de renuencia a aceptar los dictados de los organismos financieros internacionales, en mi caso personal de apoyo a las posiciones historiográficas revisionistas.

Salen de sus cuevas seres deleznables que ejercieron actividades de un insólito nivel de corrupción. Con la anuencia evidente de los más altos niveles del gobierno. De quién si no las firmas en los expedientes con astronómicos sobre precios.

Es claro que Cristina, quizás desde algún balcón, deberá pedir disculpas, pues le será imposible justificar tanta inmoralidad.

Los Báez, los López y tantísimos más son sólo personajes secundarios de un aceitado sistema de saqueo de las arcas del Estado, es decir de nuestros bolsillos, del presupuesto de escuelas y hospitales que tuvo, tiene, socios de participación necesaria: jueces sobornables, periodistas comprados, empresarios coimeros y muchos más.

Está claro que son muchos, muchísimos, los que se decepcionan del gobierno Kirchner en el cual creyeron y que los hizo ilusionar en un país mejor, más justo, más inclusivo, más soberano.

Especialmente, y esto es lo más grave, los muchos jóvenes que atestaron plazas y patios y que no lo hicieron a cambio de ser ñoquis del Estado sino porque se convencieron  de que era su momento de compromiso con los destinos de su patria. Pero, por carácter transitivo, la más preocupante de las decepciones, la que más costará cicatrizar para dar nuevamente una chance a la esperanza, es la decepción por la política. Que no se alivia con el desempeño de un gobierno neoliberal al que le fueron servidas  las condiciones para que un partido conservador de derechas llegara al poder sin necesidad de uniformes ni comunicados.