
“Trasladar una mercadería desde Salta hasta el puerto de Buenos Aires cuesta 21 veces más que mandarla desde ese puerto hasta China”. Con ese dato, Luciano describe el tamaño del problema logístico argentino y recorre, a lo largo de la entrevista, los obstáculos estructurales, las prioridades de inversión y el rol que la infraestructura y el comercio exterior deberían ocupar en la agenda de desarrollo del país.
¿Cuáles son los principales obstáculos que condicionan el crecimiento de Argentina?
Hay factores estructurales que arrancan por una economía que tuvo una enorme inestabilidad a lo largo de su historia y que estuvo muy cerrada al comercio exterior. Necesita seguir abriéndose al mundo, exportando más e importando más, porque para poder exportar también hay que importar.
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A eso se suma un desafío estructural muy grande en infraestructura. El crecimiento tiene que ir acompañado de inversión en bienes públicos de calidad: rutas, caminos, líneas de alta tensión, represas. Son el combustible y el aparato circulatorio de la macroeconomía, y ahí hay mucho por hacer.
¿Por dónde hay que empezar cuando los desafíos son tan estructurales?
Es difícil, porque la secuencia de las reformas hace al resultado final. El arte de la política económica tiene que ver con encontrar esa secuencia óptima: a veces hay que hacer todo al mismo tiempo y no se puede. Pero es obvio que hay que empezar por estabilizar la economía.
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Al mismo tiempo hay que poner las condiciones para que las empresas se desarrollen, y eso requiere no solo acceso al crédito, sino también buena infraestructura, bajos costos logísticos y buenos puertos para poder ser competitivos a escala global. Son tareas que requieren tiempo, pero en algún momento hay que encararlas.
¿Qué lugar debería ocupar la logística dentro de una agenda de desarrollo y competitividad?
La logística es, en un país, el corazón del costo local. Si hay problemas logísticos, la producción no solo no puede salir: pierde competitividad. Y eso termina desplazando inversiones y población hacia los conurbanos que están más cerca de los puertos.
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Ese proceso explica en parte la macrocefalia argentina: el 40% de la población vive en el AMBA. A medida que uno se aleja de los grandes centros urbanos, el costo logístico escala de manera descomunal. Trasladar una mercadería desde Salta hasta el puerto de Buenos Aires cuesta 21 veces más que mandarla desde ese puerto hasta China.

Eso tiene que ver con rutas en mal estado y con la falta de redes ferroviarias adaptadas a los nuevos tiempos, tanto para transporte de carga como de pasajeros. Para tener un país federal e integrado, con un desarrollo armónico en todo el territorio, hace falta una red de conexión: una logística de calidad y de escala global.
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¿Cómo debería definir el Estado qué proyectos de infraestructura son prioritarios, con recursos limitados?
Fijar prioridades es lo más importante que tiene que hacer un Estado en materia de infraestructura, y no es sencillo: los recursos son escasos, lo cual obliga a priorizar aún más, y además las presiones políticas son muchas.
Desde el centro estamos trabajando en un plan de infraestructura que busca armar un ranking de impacto de las obras: cuántas inversiones pueden destrabar y a cuántas poblaciones pueden beneficiar. Es un estudio más cualitativo, pero ese ranking puede servir para priorizar.
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Después, muchas inversiones vienen de la mano de necesidades políticas o de qué industria tiene más capacidad de acercarse a soluciones del Estado. Pienso mucho en Vaca Muerta, que a pesar de su potencial tiene problemas enormes con su ruta de acceso, y esos problemas son cada vez más grandes.
¿En qué se apoya tu optimismo sobre el desarrollo argentino?
Soy optimista porque Argentina tiene una oportunidad que solo es comparable a la de fines del siglo XIX, cuando el mundo necesitaba materias primas y llegaron capitales para extender la frontera agrícola con los ferrocarriles. Hoy pasa algo parecido con la energía, la minería y las energías renovables.
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Detrás de la locomotora de la energía, la minería y el agro, en algún momento el resto de los vagones se tiene que enganchar. Y para eso hace falta, fundamentalmente, infraestructura y logística: sin esos eslabones, esa demanda global por nuestros productos no se derrama al resto de la economía.
Cuando se puedan unir esos eslabones, creo que Argentina tiene por delante un proceso de crecimiento sostenido espectacular, independientemente del color del gobierno de turno. Por eso, desde el centro, buena parte del trabajo que viene es justamente pensar cómo cerrar esa brecha de infraestructura y logística que hoy frena el derrame de la inversión.
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