Fragancias sin fronteras: cómo la logística define la perfumería de autor

Nina Lamaison, creadora de fragancias y artista olfativo, cuenta cómo el comercio exterior, los envases importados y las trabas para exportar condicionan la perfumería de nicho en la Argentina

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Nina Lamaison
Nina Lamaison es creadora de fragancias y artista olfativo (Foto: Movant Connection)

Para Nina, la perfumería de nicho se sostiene en un trabajo casi invisible: conseguir materias primas que no existen en el país, cuidarlas en cada traslado y llevar un registro tan preciso que, como ella misma resume, “dentro de cada fórmula todos los materiales tienen su número CAS, que es como un número de DNI”. Esa lógica atraviesa toda la cadena, desde el laboratorio hasta el frasco en la góndola.

¿Por qué creés que el olfato quedó relegado frente a otros sentidos, y qué cambió con la pandemia?

Estamos acostumbrados a mirar, a escuchar o a leer, pero no nos enseñan a oler desde chicos. El olfato es el único sentido conectado directamente al sistema límbico, el segmento anatómico que maneja la memoria, las emociones y el aprendizaje. Si desde la primaria nos enseñaran a vivir los olores, hasta la conducta en las aulas sería distinta.

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A partir de 2020, con la pérdida transitoria de olfato que trajo el COVID, mucha gente se dio cuenta de lo importante que es ese sentido tan pequeño para conectarnos con el mundo. Lo que queda por delante es fomentar la cultura del olfato en todos los ámbitos, no solo en la perfumería.

Tu recorrido combina arte, investigación y emprendimiento. ¿Cómo nació tu interés por el universo de la fragancia?

Mi interés por las fragancias nace desde chica: siempre fui muy consumidora de perfumes a través de mi madre. Pero la ruptura como oficio llegó con la muerte de mi padre, cuando empecé a buscar los olores como anclajes emocionales. Entré a un laboratorio a averiguar por un aroma particular, abrí la puerta y dije: este es mi mundo.

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A partir de ahí no paré. Lo que empezó como curiosidad por entender cómo se hacía un perfume se fue complejizando, porque hay mucho conocimiento de química detrás. No es solo sensibilidad o querer contar una historia a través de un olor: lo real, lo diario, es la química pura. Ya pasaron diez años de esto.

¿Cómo es la logística de traer materias primas del exterior para hacer perfumería de nicho en la Argentina?

La logística dentro de la perfumería es fundamental porque no alcanza con la idea o el concepto abstracto de un brief: después hay que ponerlo en práctica. Toda mi marca es industria argentina, pero acá no tenemos proveeduría de las materias primas de especialidad, así que sí o sí hay que traerlas de afuera.

Son productos difíciles de conseguir, que requieren un cuidado y una temperatura específica, y el traslado se tiene que dar en tiempo y forma. Una vez que llegan, se ensambla la fórmula en un laboratorio y después pasa a otro donde se arma el producto final y se envasa. Hay una cadena de valor enorme entre la idea y el producto en góndola.

Perfumería
Nina sostiene que "la perfumería no es solo francesa, y acá también hacemos composiciones maravillosas" (Foto: Shutterstock)

¿Cómo se hace la trazabilidad de una fragancia, si el aroma en sí no se puede registrar?

El olor en sí no se puede registrar: a una fórmula le modificás una gota y cambia por completo. Lo que se registra es el nombre de la marca como producto final, y en mi caso también el derecho de autor sobre el discurso de la obra olfativa. Pero puertas adentro sí existe un seguimiento propio de cada creación.

Dentro de cada fórmula, todos los materiales tienen su número CAS, que es como un número de DNI. Eso permite trazar el origen del material y armar el perfil olfativo de cada lote, algo parecido a una cosecha de vino: un natural como la bergamota puede variar de un año a otro según el clima. Todo ese registro pasa además por el trámite sanitario, que es obligatorio para todos.

¿Conocés casos de la industria que hayan aprovechado bien la apertura comercial?

Entró muchísima perfumería de afuera, como los perfumes árabes, que llegaron el año pasado para quedarse como una rama más del rubro, y supieron aprovechar la apertura para entrar al país sin problemas. Lo mismo pasó con la importación de frascos: acá no hay fábricas de envases exclusivos para cada marca, solo estándares, así que siempre hay que salir a buscarlos afuera.

Algún importador supo aprovechar esa necesidad y hoy hay mayor disponibilidad de frascos que años atrás, aunque todavía falta mucho terreno por explorar en ese sentido. Supongo que eso se irá acomodando de a poco, a medida que la industria de la perfumería de nicho siga creciendo en el país.

¿Dónde más entra en juego la logística, más allá de la producción del perfume?

La logística no termina cuando el producto está terminado. Yo tengo clientes en distintas partes del mundo, y si no puedo trasladar una muestra y que llegue en condiciones y en tiempo y forma para recibir una devolución, es como si no existiera. Ahí se juega buena parte del negocio.

Lo que falta explorar es la dosificación: hoy, para armar una línea, se necesitan cantidades grandes, y eso complica a quienes recién empiezan con lotes chicos. Pasa lo mismo para exportar, porque para tener un producto afuera se exigen ciertas cantidades desde la producción misma. Si no sos importador, trasladar los perfumes al exterior hay que hacerlo a través de una empresa privada, lo que encarece el producto.

Para cerrar, ¿qué mensaje le dejarías a quienes se acercan al mundo de la perfumería?

Me gustaría incentivar a quienes aman el mundo del olfato a no verlo como algo inalcanzable. Es un oficio costoso, pero hoy en la Argentina ya hay lugares donde se puede estudiar y estamos trabajando para que la proveeduría de materias primas sea cada vez más fluida. Hay una frase que me gusta repetir: la perfumería no es solo francesa, y acá también hacemos composiciones maravillosas.

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