
Para Gustavo, “la mayoría de las personas no ve todo el trasfondo que hay en una importación”. En esta entrevista, detalla los desafíos operativos del comercio exterior y explica cómo cada paso del proceso se interconecta para asegurar que todo llegue a su destino final en condiciones óptimas.
¿Cómo describís la actualidad del comercio exterior en tu sector?
Se están liberando muchas de las trabas que existían en el pasado, lo que hace que las importaciones sean mucho más fluidas. En el caso puntual de los bienes de capital, como la maquinaria, eso se nota claramente.
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Mejoró mucho el esquema de pagos al exterior. Hoy se pueden realizar anticipos a proveedores, algo que hasta hace poco no era posible, y eso cambia por completo la dinámica con los proveedores internacionales. También se percibe, al menos desde mi experiencia, una mejor imagen del país hacia afuera, lo que facilita la relación comercial y genera más confianza en las operaciones.
Todo esto está atado a una flexibilización general del comercio exterior, tanto en importaciones como en exportaciones, que impacta positivamente en el flujo operativo del sector.
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¿Cuáles son hoy los principales desafíos en la importación?
Hay que seguir profundizando los cambios sin dejar de lado a la industria nacional. En el caso de los bienes de capital, muchas veces la producción local no existe o es muy limitada, pero también hay pymes que se ven afectadas por la apertura importadora.
El desafío está en encontrar un equilibrio: avanzar con la importación de maquinaria que el país necesita, pero al mismo tiempo incluir a las empresas argentinas dentro del circuito productivo. Muchas pymes compiten con productos importados que llegan con precios muy bajos, frente a costos de producción locales que son altos.
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Ahí hay una tensión que hay que gestionar. El comercio exterior no puede pensarse de forma aislada. Tiene que integrarse a una estrategia económica más amplia que contemple el desarrollo local.
¿Con qué tipo de maquinaria trabajás en el día a día?
Me toca importar de todo tipo, pero principalmente vial y agrícola, en su mayoría proveniente de China. En este tipo de productos, el flete tiene una incidencia muy alta en el costo final, y las fluctuaciones del transporte internacional impactan directamente en los precios.
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También trabajo con maquinaria vinculada a la construcción y la obra pública, que hoy está bastante frenada. Sería importante que ese sector vuelva a activarse, porque la construcción tracciona muchas otras áreas de la economía y genera demanda de maquinaria.

¿Qué pasa con los repuestos y las urgencias operativas?
Los repuestos son un punto crítico. Cuando una máquina se rompe y queda fuera de servicio, el tiempo es clave. En muchos casos no existe reposición local, por lo que hay que traer lo requerido desde origen.
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Hoy el sistema de courier funciona mucho mejor que antes. Si el repuesto está en stock, en aproximadamente una semana puede estar en nuestro predio listo para instalarse. Eso permite que la máquina vuelva a operar rápidamente.
Algunos componentes se pueden fabricar o reparar localmente, como cabinas o ciertos vidrios, aunque hay complejidades técnicas, por ejemplo con parabrisas curvos. Siempre se intenta trabajar con la industria nacional cuando es posible, pero muchas veces no queda otra que importar.
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¿Qué no se imagina la gente cuando se importa una máquina?
La mayoría de las personas no ve todo el trasfondo que hay en una importación. Traer una máquina implica pagos al exterior, intervención bancaria, revisión de documentación, negociación con proveedores, plazos de producción, tiempos de tránsito, arribo a puerto y liberación aduanera.
Estamos hablando de procesos que pueden incluir 30 días de producción, 60 días de tránsito, más la gestión en puerto. Intervienen logística, finanzas, bancos, proveedores internacionales y organismos de control. Todo eso ocurre antes de que el cliente vea la máquina. Cuando finalmente se entrega, la máquina llega lista para usar, revisada y ajustada. Pero detrás hubo meses de trabajo coordinado.
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¿Qué puede salir mal en una operación de este tipo?
Al intervenir tantas áreas, hay muchas variables que pueden fallar. Por eso, la previsibilidad es clave. En mi forma de trabajar, no se embarca ninguna carga si no está toda la documentación revisada y aprobada antes.
Puede ocurrir una verificación aduanera o una inspección física, que demore la entrega. Eso pasa. Pero si el control documental se hace de manera anticipada, las sorpresas se minimizan. En comercio exterior nunca se elimina el riesgo, pero se puede gestionar.
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¿Qué habilidades considerás clave para trabajar en comercio exterior?
El comercio exterior es un área transversal dentro de las empresas. Tiene interacción constante con producción, ventas, finanzas y logística. Por eso, la empatía es fundamental. Hay que entender las necesidades de cada sector, porque una demora en una importación puede frenar una línea productiva o incumplir una fecha de entrega.
La fluidez de la información también es clave. Todos los sectores necesitan datos actualizados para tomar decisiones. Y, además, es un área que exige mucha flexibilidad: la normativa cambia, los procedimientos se ajustan y hay que adaptarse rápidamente para seguir operando de forma eficiente.
¿Qué pasos debería dar Argentina para fortalecerse?
Creo que Argentina tiene que avanzar hacia un comercio exterior que incentive la producción nacional con valor agregado. Hoy exportamos mayormente bienes primarios. El desafío es desarrollar empresas que puedan exportar productos elaborados, integrarse al mercado global y fortalecer la presencia del país.
Eso no solo impulsa las exportaciones, sino que también genera más importaciones productivas y una economía más integrada. El comercio exterior argentino todavía tiene mucho margen para crecer.
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