
Para Fernando Giménez-Guervós, “un forwarder integra servicios y aporta un valor que nadie puede replicar”. Con esa mirada analiza la evolución de la sostenibilidad, el rol de la tecnología y los desafíos que enfrenta el sector para avanzar hacia operaciones más eficientes y con criterios comunes.
¿Cómo fuiste viendo la evolución del concepto de sostenibilidad dentro del mundo del forwarding?
Es curioso cómo cambió todo. Si miras las cifras de emisiones globales, el transporte en su conjunto —pasajeros, carga, aviones, camiones— es responsable de cerca del 25% del CO2 mundial. Eso siempre nos puso en el banquillo, casi como culpables directos, cuando en realidad somos el medio que permite mover mercancía porque alguien la necesita mover. La responsabilidad está repartida entre todos.
En 2014 o 2015 el tema de la sostenibilidad empezaba a asomar. Para 2017 o 2018 era lo más importante. Y en los últimos años volvió a bajar muchísimo su protagonismo. Hay empresas muy grandes, los carriers sobre todo, que sí invirtieron fuerte para migrar a combustibles más limpios.
Pero las pequeñas y medianas empresas, que juntas representan una parte enorme del transporte mundial, no están lo suficientemente concienciadas como para dedicar recursos propios a impulsar esa mentalidad. Y ahí el forwarder tiene un papel clave: somos quienes deberíamos transmitir esa conciencia al cliente final. Hoy, lamentablemente, no estamos en el momento más álgido de los últimos diez años.
¿Por qué creés que perdió peso? ¿Fue una moda pasajera?
No sé si moda, pero sí que está influido por la agenda pública. Cuando surgió con fuerza la Agenda 2030 en Europa, todo el mundo hablaba de los ODS. Ahora hay movimientos críticos que le restaron protagonismo. Y cuando el foco social cambia, cambia también el foco del sector. A mí, como profesional que trabaja muy en serio la sostenibilidad, me da frustración ver cómo deja de ser una prioridad.
¿Los clientes piden servicios sostenibles o esa demanda es todavía limitada?
Hay un porcentaje alto que sí, pero otros no te lo piden en absoluto. Por eso desde el primer día decidí que la medición del impacto ambiental fuese obligatoria y gratuita. Eso me permite decirle al cliente: “Te guste o no, te voy a informar cuánto emitió tu transporte y qué impacto tiene”. El cliente después decide qué hacer con esa información.
Como no cuesta más y no es opcional, no existe la elección de “lo sostenible vale más caro”. Se parece a esa comparación entre la naranja orgánica y la de fábrica: si las dos costaran lo mismo, mucha más gente elegiría la sostenible.

En términos generales, ¿cómo ves hoy el rol del forwarder dentro de la cadena logística?
Hay un error enorme en vernos como intermediarios. No lo somos. Un forwarder reúne servicios de carriers, transportistas, almacenes, agentes de aduana y los integra con un valor propio. Eso ninguna empresa que tenga todo “puertas adentro” logra replicar, porque siempre termina usando su propio carrier o su propio servicio, limitando opciones.
Durante años hubo intentos de carriers de crear su propio forwarder para “quitar del medio” al resto. Nunca funcionó. Un carrier no puede cargar un contenedor en otro carrier, por ejemplo. El forwarder sí puede elegir siempre el mejor proveedor para cada cliente, y esa libertad es la esencia del valor que aportamos. Mientras mantengas servicios diferenciales y acompañes bien al cliente, no hay razón para temer por la supervivencia del forwarder. Ninguna.
¿Cómo es tu vínculo personal con la tecnología y qué lugar ocupa en el negocio?
A nivel personal no soy un usuario extremo, pero sí soy fan de cualquier tecnología que mejore la empresa. En los últimos diez años el salto fue enorme. Recuerdo el día que llegó el primer ordenador a la oficina, o cuando empezamos a usar télex pudiendo leer por fin lo que enviábamos a los barcos. Comparado con eso, lo de hoy es ciencia ficción.
Hoy buscamos perfiles que estén a la última en tecnología, porque es clave para pricing, análisis de mercado, tendencias de fletes… La inteligencia artificial nos permite tener información que antes teníamos que buscar manualmente en prensa especializada.
Y, sobre todo, es esencial para la información al cliente: cargo tracking, GPS en camiones, plataformas de seguimiento. Si no sabes dónde está la carga en tiempo real, no puedes competir. La tecnología ya es parte del servicio.
¿Qué falta para que se implemente la sostenibilidad en el sector de forma unificada?
Falta obligatoriedad y criterios comunes. Hoy cada empresa mide la huella de carbono como quiere. Nosotros usamos el Marco GLEC porque creemos que es el más fiable, pero si mañana un proveedor te dice que su transporte emitió 3,5 toneladas, tienes que creerle. No hay una certificación única y universal que todos deban seguir. Ese es un punto crítico: mientras no haya un estándar obligatorio, va a ser muy difícil comparar, auditar y exigir avances reales.
¿Qué mensaje te gustaría dejarle al sector?
Dos cosas. Primero, que el forwarder no debe tener miedo. Si aporta valor añadido real, si el cliente siente que es un partner y no un tramitador, no hay modelo integrado ni carrier gigante que pueda reemplazarlo.
Y segundo, que la sostenibilidad no puede depender de modas. Ojalá llegue pronto una regulación clara y común que obligue a todos a medir igual. Esa es la única manera de que la logística tenga un impacto real y transparente en la reducción de emisiones.
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