
El 2025 fue un año atravesado por la tecnología, pero centrado en las personas. Mientras la inteligencia artificial aceleró procesos, automatizó tareas y reconfiguró modelos de negocio, la verdadera conversación giró en torno a cómo gestionar el cambio desde lo humano.
Incluso en sectores fuertemente tecnologizados como la logística y el comercio exterior, el 2025 evidenció que el mayor desafío no fue incorporar herramientas, sino gestionar personas en movimiento, acompañar la adaptación y mantener el propósito frente al cambio constante.
En un entorno donde la precisión es clave y las reglas cambian casi a diario, la tecnología avanzó, pero el diferencial siguió estando en el criterio humano.
Detrás de cada decisión automatizada sigue habiendo alguien que interpreta, decide y asume las consecuencias.
Una cuestión de perspectiva
Los propios especialistas en inteligencia artificial reconocen que no pueden predecir hacia dónde nos llevará esta revolución, y eso dice mucho.
Estamos frente a un cambio que pone en jaque los tiempos históricos de las profesiones.
En la Edad Media, el herrero o el copista eran pilares del sistema productivo. En la modernidad, lo fueron el operario, el mecanógrafo, el telefonista.
Hoy, profesiones que parecían inamovibles —analistas, traductores, diseñadores, incluso programadores— podrían transformarse profundamente o desaparecer en cuestión de años.
Lo que antes llevaba décadas, ahora ocurre en ciclos cada vez más cortos.
Por eso, más que temerle a la tecnología, el desafío es aprender a evolucionar con ella, y hacerlo con la conciencia de que lo que nos mantiene vigentes no es el conocimiento técnico, sino nuestra capacidad de adaptarlo.

La gestión en tiempos que no se detienen
El 2025 volvió a demostrar que ningún sector está a salvo del cambio.
Incluso las compañías que lideran la innovación tecnológica atraviesan transformaciones profundas que las obligan a repensar su estructura y su rumbo.
El reciente recorte de 14.000 puestos corporativos en uno de los gigantes tecnológicos globales fue una señal clara, ni siquiera quienes están en la frontera del desarrollo digital pueden sostener un modelo estable por mucho tiempo.
La tecnología avanza, pero también desacomoda. Acelera, pero exige redefinir lo aprendido. El cambio ya no llega en ciclos, es el ciclo.
Y su dinámica nos acompañará de ahora en más, desafiando nuestra capacidad de leer el contexto, de entender las nuevas reglas y de encontrar sentido en medio de la velocidad.
El 2025 fue testigo de ese punto de inflexión.
El 2026 nos invita a asumir que lo que está por venir no es una nueva era de estabilidad, sino una etapa en la que la transformación continua será parte del paisaje.
Entenderlo no es resignarse al cambio, es empezar a convivir con él con mayor conciencia y dirección.
Entre la incertidumbre y la oportunidad
Cada fin de año trae la tentación de buscar certezas, pero el 2025 nos recordó que la estabilidad ya no es el punto de llegada.
Vivimos un tiempo donde la incertidumbre convive con la posibilidad, y donde el cambio dejó de ser excepción para volverse método.
El mundo atraviesa tensiones comerciales y conflictos geopolíticos que reconfiguran todo.
A eso se suman los efectos del cambio climático, cada vez más visibles en las operaciones globales.
El desafío no está en eliminar la incertidumbre, sino en aprender a moverse dentro de ella.
En esa zona donde nada está del todo claro suelen aparecer las mejores ideas, los nuevos liderazgos y las transformaciones más genuinas.
El 2026 será un año para quienes sepan leer esa ambigüedad como terreno fértil, no como amenaza.
¡Feliz desafío 2026 para todos!
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