
Martín asegura que “la tecnología ayuda muchísimo… si se usa bien”. Su mirada combina experiencia y criterio operativo, destacando cómo el equilibrio entre innovación y gestión humana potencia la eficiencia en el transporte logístico.
¿Cómo se vincula la logística con tu operativa diaria?
La logística en alimentos es cada vez más dinámica. Los pedidos ya no se programan a largo plazo como antes: son más chicos, más específicos y con plazos muy cortos. Eso exige moverse con mucha agilidad, cumplir con el cliente y, al mismo tiempo, cuidar la rentabilidad. La creatividad pasa a ser clave para resolver con lo que hay, sin afectar otras áreas de la compañía.
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Además, cada día aparece algo distinto: un cliente nuevo, una urgencia inesperada, incidencias en la distribución. Y hay diferencias claras entre operar en el AMBA y operar en provincias como La Rioja, donde las realidades y la idiosincrasia cambian por completo. Ese contraste forma parte del dinamismo del trabajo.
¿Qué lugar ocupa la relación con los proveedores de transporte?
Fundamental. Los proveedores tienen que ser tratados como socios. En logística hablás con ellos todo el día; son un actor más del equipo. Las habilidades blandas valen tanto como las técnicas. De hecho, cuando incorporo a una persona nueva a mi equipo de trabajo, lo primero que evalúo es cómo se relaciona con las empresas de transporte.
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Esa confianza genera una sinergia que después se nota: hay proveedores que me dan aviso antes de que yo los llame, porque ya saben lo que voy a necesitar. Ese ida y vuelta es decisivo, porque la logística cruza con áreas como compras, ventas y finanzas. Si finanzas no paga un servicio, por ejemplo, la operación se detiene. Por eso el vínculo humano sostiene más de lo que parece.

¿Y cómo gestionás la operación con proveedores que cubren toda la Argentina?
Con comunicación constante y muy clara. Cuando empezás con un proveedor nuevo, hay que explicarle todo varias veces y estar encima. Con el tiempo, si hay seguimiento y consistencia, ese proveedor empieza a resolver sin necesidad de que uno repita cada detalle.
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El gran problema, en logística y en general, es que la gente no comunica lo que tiene que comunicar. Yo explico mucho porque quiero que las cosas salgan bien, no para agobiar. En transporte, cada indicación importa: qué cargar, cómo, cuándo, dónde entregar. Y eso se aprende. De hecho, hoy estoy formando a una chica en otra planta, y lo primero que trabajo con ella es la comunicación.
¿Cómo ves a la tecnología como apoyo dentro de la cadena logística?
La tecnología ayuda muchísimo… si se usa bien. Mensajes, documentos, información: todo circula más rápido y permite resolver cosas sin encender una computadora. Pero cuando la urgencia es real, no alcanza con mandar un WhatsApp y esperar las tildes azules: hay que llamar. Yo soy muy de levantar el teléfono; muchos jóvenes prefieren escribir, pero eso a veces demora soluciones que podrían resolverse en segundos.
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La tecnología aporta, pero necesita criterio humano. Un software puede rutear, pero siempre hace falta la mirada de quien conoce los detalles. Y el cambio ha sido enorme. Empecé trabajando con faxes que se borraban solos, y hoy un remito llega escaneado desde un celular con calidad perfecta. La evolución es impresionante y, mientras le pongamos cabeza, es un aliado extraordinario.
¿Cómo evaluás el sector en el que te desempeñás profesionalmente y cuál es tu percepción a futuro?
Trabajo en la industria alimenticia, dentro del área de transporte. Estoy a cargo de toda la logística vinculada a los depósitos y a las plantas productivas. Hoy el sector enfrenta desafíos importantes: estamos usando apenas un 60% de la capacidad instalada y tanto el mercado interno como el externo están muy debilitados. Entre la presión fiscal, la carga tributaria y cuestiones sindicales, la competitividad se ve afectada.
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Se habla hace años de que Argentina puede ser “el supermercado del mundo”, pero para que eso ocurra necesitamos cambios estructurales. Hay países cercanos que hacen lo mismo que nosotros, pero con costos mucho más competitivos. Chile en vinos, Uruguay en ganadería… sobran ejemplos. Por eso tengo una mirada esperanzadora, pero condicionada: sin reformas profundas, es difícil crecer.
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