
Para Fabián, el comercio exterior necesita “digitalización real y puesta en marcha con compromiso”. Desde la experiencia diaria en gestión aduanera y operativa, comparte su mirada sobre los cambios que vive el comercio exterior argentino. Apuesta por la modernización, cuestiona las rigideces del sistema y plantea el valor de la profesionalización en un rubro que está en plena transición.
¿Cómo ves la actualidad del comercio exterior argentino?
Está cambiando mucho. Se está tendiendo a la simplificación, desde la digitalización de los documentos hasta los trámites que antes eran 100% presenciales. Ya no hay que ir con formularios a una oficina, ahora casi todo se puede hacer online, incluso los pagos de tasas. Es algo que se tardó mucho en lograr, pero por suerte se está avanzando. Para el sector es una mejora enorme, pero también hay que estar preparado y aggiornado.
¿Tenés algún ejemplo concreto de esos avances?
Sí. Me tocó participar en la implementación del TAD (Trámites a Distancia) cuando trabajaba con multinacionales de agroquímicos. Senasa y el Ministerio de Modernización nos convocaron para analizar cómo funcionaba el sistema. Al principio costó mucho que lo aceptaran, pero después de unos meses empezó a andar perfecto. Ese tipo de cambios son los que necesita el comercio exterior: digitalización real y puesta en marcha con compromiso.
¿Cuál es el talón de Aquiles del comercio exterior argentino?
La inestabilidad. No solo económica, también normativa. Las reglas cambian todo el tiempo. A veces, desde nuestro rol, terminamos haciendo tareas que debería hacer un contador o un banco. Pasó con las resoluciones del BCRA sobre giros para importación: nos encontrábamos interpretando normas que no eran estrictamente de nuestro campo. Lo que falta es un proyecto común, un rumbo más estable. Se pueden hacer ajustes, pero con una visión a futuro.
Trabajás con distintos sectores. ¿Cuáles son los más complejos?
Todo lo que tiene intervenciones previas: químicos, farmacéuticos, cosméticos, alimentos, textiles. Requieren conocimiento específico y una buena lectura de la clasificación arancelaria, que es el ABC para un despachante. No es que sean imposibles, pero hay que estar muy atentos.
Otro rubro complejo es el de productos perecederos o refrigerados, sobre todo por la logística. Después, el resto es manejable. Pero todo el mundo quiere todo ya, y nuestro trabajo es lograrlo al menor costo posible, ya sea en aéreo, marítimo o terrestre.
¿Qué cambiarías en materia logística?
Habría que descentralizar. El puerto y el aeropuerto están colapsados. Todo se concentra en CABA y no da abasto. Las terminales te dan turno a las 11 de la noche o de madrugada. Tenés que mandar a alguien a buscar un contenedor a esa hora. Se podría repensar la estructura, mover terminales más lejos o diversificar para que no esté todo amontonado en el mismo lugar.
¿Cómo ves el futuro del comercio exterior argentino?
Lo veo con más digitalización y simplificación. Ya se está hablando de eliminar la firma en papel de los despachos de aduana y pasar a la firma digital. Sería un avance enorme. Hoy imprimimos, armamos carpetas y las llevamos de un lado a otro, cuando podría hacerse todo online. Durante la pandemia ya se probó trabajar con documentos escaneados y funcionó perfectamente. Eso va a llegar. Y también veo una tendencia a simplificar funciones, aunque eso puede jugar en contra de nuestro rol.

Con uno de los últimos DNU se autorizó a que cualquier persona pueda documentar su propio despacho. En la práctica, lo puede hacer. Pero no es lo mismo que lo haga alguien formado. Nosotros estudiamos para esto, somos responsables solidarios de cada operación. Si algo sale mal, respondemos nosotros. Esa diferencia es clave. Es como en cualquier profesión: podés intentarlo por tu cuenta, pero no es lo mismo que hacerlo con alguien que sabe.
¿Qué reflexión personal te deja este momento del sector?
Vengo de trabajar con gente grande, de otra escuela. Había ciertos vicios de funcionamiento, una forma de ver el trabajo muy distinta. Hoy creo que todo tiende a cambiar: a flexibilizarse, a buscar un equilibrio entre la vida laboral y personal. Veo que los jóvenes colegas trabajan distinto. Y está bueno que también hablemos de eso. La carga emocional y el nivel de exigencia en este rubro son altos. Poder trabajar bien y vivir bien debería ser parte del cambio.
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