
Según Rodrigo, “el comercio exterior tiene muchos actores, mucha información, muchas variables”. Para gestionar una operación exitosa, tanto en comercio exterior como en logística, es importante mantener un buen flujo de comunicación con todos los actores, eficientizar toda esa información y analizar el panorama completo de variables. En esta nota, Rodrigo explica cómo, en su día a día, logra optimizar al máximo los procesos para ambos rubros.
Hablás mucho de “logística estratégica”. ¿A qué te referís con eso?
Nosotros en el país tenemos una logística que está atrasada a estos tiempos. Es cara, ineficiente. Es una de las más caras del mundo. Está mal dimensionada: los gastos portuarios son enormes, casi duplican lo que cuesta un flete desde Europa hasta acá; los caminos no son los adecuados; la red ferroviaria no está a la altura de lo que necesitamos.
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Es un país extenso, con muchos factores que permitirían que la logística acompañe con infraestructura y baje costos. Todo eso impacta directamente en el consumidor final. Cuando compramos un paquete de galletitas, por ejemplo, ahí ya está metido todo el costo logístico que implicó llevarlo hasta ese lugar. Y es altísimo.
Entonces, cuando hablo de eficientizar la cadena logística y optimizar procesos, me refiero a eso: a darle una mejora a algo que casi nunca se modificó. Se avanzó muy de a poco. En algún momento se digitalizaron ciertos trámites, lo cual fue un gran paso, pero falta mucho.
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Las terminales portuarias son un gran punto a trabajar para el futuro. Y también la red ferroviaria, que es más compleja aún, pero tiene un potencial enorme: representa la mitad del costo de un terrestre. Ahí es donde habría que apuntar si pensamos en grande.
¿Qué mejoras se pueden aplicar en la práctica, desde el día a día?
Desde nuestra experiencia, lo que se puede hacer es evaluar la mejor opción dentro de las que tenemos. Hoy no puedo analizar enviar nada por tren porque directamente no está disponible. Entonces elijo entre los medios que sí existen para poder enviar un producto rápido, seguro y con un costo razonable.
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En Argentina, el camión es el estándar. Para entregas locales, no hay mucha opción. El tren no figura como alternativa real. Entonces hay que optimizar lo que hay: reducir plazos de entrega, coordinar mejor los horarios de recolección, planificar el ruteo, juntar pedidos. Todo eso permite hacer entregas más rápidas y eficientes. Pero, como decía antes, sería ideal contar con más opciones.
¿Y cómo ves la situación en los países vecinos?
Chile hizo una reestructuración muy grande hace unos 20 años. Cambió el enfoque del personal de aduana, reasignó tareas y logró una gran eficiencia. Se redujeron impuestos, se afinó el instrumento aduanero. Hoy funciona mejor que el nuestro.
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Nosotros aún estamos lejos de eso. Nos falta afinar esa parte. La Aduana es un organismo necesario de control, siempre lo fue, pero muchas veces termina trabando la operatoria. En el último año se eliminaron algunos controles, como el etiquetado o ciertas certificaciones, que solían realizarse en el momento de la importación. Ahora eso se hace después de la liberación de la mercadería, lo cual es más lógico.
Mientras tanto, cada día que la mercadería está frenada genera costos en dólares. Las empresas tienen que tener todo muy en regla, porque el reloj empieza a correr apenas la carga llega. Y todo eso encarece. Creo que tendríamos que ir hacia una aduana que controle, sí, pero que también facilite. Brasil, por ejemplo, es muchísimo más burocrático que nosotros. Estamos en el medio entre Chile y Brasil. El desafío es simplificar.
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¿Cómo se logra un proceso logístico o de abastecimiento más eficiente y de calidad?
El comercio exterior genera una enorme cantidad de datos. Si mirás un despacho, ves miles de casilleros, ítems, dígitos, números... y eso solo es la parte aduanera. Después viene todo lo relacionado con el transporte: valores, pesos, cantidades, días de tránsito. Esa información es clave porque siempre surgen las mismas preguntas: ¿cuánto costó?, ¿cuánto tardó?, ¿cuánto pesa?, ¿entra en un contenedor?
El problema es que toda esa información está dispersa. No hay un lugar donde esté toda junta. Y ahí es donde entra la optimización. Sería muy útil tener una matriz que unifique esos datos. Hay buenos sistemas que ayudan, pero el comercio exterior es muy complejo: hay pesos, volúmenes, monedas, valores... Ordenar eso y tenerlo disponible para tomar decisiones sería un gran paso.
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¿Creés que el comercio exterior se adapta bien a la digitalización?
Sí, totalmente. La digitalización fue un avance enorme. Años atrás, un legajo de importación era una carpeta física con todo el despacho. Hoy eso se manda por mail. Es más simple, más ágil. Y te permite trabajar desde cualquier lado. A partir de 2020, mucha gente empezó a valorar poder hacerlo desde casa. Creo que todos lo valoramos.
De todas formas, hay reuniones que está bueno mantener cara a cara. Es cierto que podés hacerlas por videollamada, y eso te ahorra tiempo y esfuerzo. Pero cuando hay que definir caminos, hacer cambios importantes, ahí creo que la presencialidad es fundamental. Las reacciones, la interacción, la energía que se genera en persona, todo eso es diferente. Cuando hay que tomar decisiones relevantes, juntarse sigue siendo muy valioso.
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Además, tener los documentos digitalizados y a mano facilita mucho. Antes tenías que ir a buscar la carpeta, abrirla, revisar. Hoy abrís la computadora y lo tenés ahí, todo ordenado. Es una ventaja muy concreta.
¿Qué cambiarías del comercio exterior hoy en día, o de tu rol en la cadena de abastecimiento?
Siempre vuelvo al mismo punto: simplificar. El comercio exterior tiene muchos actores, mucha información, muchas variables. Cualquier evento en el mundo —un huracán, un volcán— puede afectar una operación.
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Y nuestras normativas son difíciles de interpretar. Hay resoluciones que modifican otras, que a su vez modifican las anteriores. Es un lío. Entonces, si hay algo que cambiaría, sería eso: hacerlo más simple. Lograr que el comercio exterior sea más amigable para quienes trabajamos en esto.
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