
“China valora mucho los alimentos que producimos en ambientes limpios y con trazabilidad”, asegura Sergio. En esta entrevista, comparte cómo su visión del comercio exterior se transformó al vivir de cerca un modelo que combina planificación estatal, apertura al mundo y foco en la infraestructura.
¿Qué cambió en tu mirada sobre China después de haber vivido tantos años allá?
Haber vivido en China 14 años me ayudó a entender de qué se trata. No tenía un preconcepto formado, porque en general no nos enseñan nada de China.
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Llegué sin saber mucho y me encontré con una civilización con más de 5500 años de historia. Viajó primero mi padre en 2001 con la propuesta de hacer negocios allá, y desde ese momento empezamos a vincularnos.
Vivimos una etapa muy rica: justo cuando China ingresaba a la OMC. Fue impresionante ver cómo un país sacó a 500 millones de personas de la pobreza en 25 años y se convirtió en el mayor mercado consumidor del planeta. Mis hijos crecieron allá, aprendieron el idioma y conocieron la cultura. Hoy son adultos trilingües, con herramientas que les dejó esa experiencia.
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Desde esa perspectiva, ¿cómo ves la actual disputa con Estados Unidos?
Es una competencia comercial y tecnológica por el liderazgo global. China está haciendo lo que Estados Unidos hizo durante décadas: generar alianzas, transferir y vender tecnología. Está desarrollando tecnología de primer nivel y compite mano a mano con Estados Unidos. Eso genera incomodidad, como cuando te instalan un local enfrente que vende lo mismo.
China tiene acuerdos con muchos países, instala estaciones de investigación, participa en organismos internacionales y también formó alianzas propias en Asia y con otros países del hemisferio norte oriental.
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Creo que lo importante es entender que no hay que tenerle miedo: China nunca invadió otro país ni nunca generó guerras. Es un país pacífico, con un sistema de gobierno distinto al occidental, pero que les ha dado resultados. Tienen congresos anuales donde se proyectan con planes quinquenales, que además cumplen.
¿Y cómo creés que China ve a América Latina? ¿Nos ve como un todo o país por país?
China se prepara muy bien. Los embajadores que estuvieron acá, salvo uno, hablaban español. Entienden nuestra cultura y nuestra historia. Nos ven como una región joven, rica en recursos.
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A veces se malinterpreta su presencia, pero invierten como lo hacen otros países. La minería, por ejemplo, ya tenía inversiones occidentales antes de que los chinos llegaran. Hoy invierten en litio como también lo hacen los coreanos o los norteamericanos.
Valoran mucho los alimentos seguros que producimos. Nuestra carne, nuestros granos, las frutas, los pescados: todo eso es muy valorado porque se produce en ambientes limpios, con trazabilidad. No producimos tecnología, pero sí alimentos y minerales. Y por eso vienen: para invertir, colaborar en infraestructura, transporte, puertos y demás.
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Desde tu rol en la Cámara, ¿cómo ves hoy la relación bilateral y sus oportunidades?
Es una relación que lleva 53 años y siempre fue positiva. Nunca hubo grandes diferencias. Pero nosotros, a diferencia de ellos, no pensamos a largo plazo.
En Argentina no hay un área del Estado que estudie y planifique una relación con China más allá del gobierno de turno. Chile y Perú lo hicieron: firmaron tratados de libre comercio y sabían que en diez años el arancel sería cero. Hoy tienen claro cómo es su comercio con China, y lo van a tener claro por los próximos 50 años.
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Nosotros deberíamos seguir ese camino. No se trata de descuidar a Europa o Estados Unidos: se trata de planificar con todos, especialmente con nuestros vecinos, que son nuestros principales socios.
¿Qué variables definen hoy el intercambio comercial? ¿Qué se exporta y qué se importa?
La balanza es muy deficitaria. En 2023 el comercio bilateral fue de 18 mil millones de dólares: exportamos 6000 e importamos 12.000.
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Lo que exportamos se concentra en soja, carne, litio y pesca. Ellos nos venden maquinaria, electrónica, bienes de consumo. Hay que revertir eso. ¿Cómo? Desarrollando minería, como hicieron otros países. Chile vende cobre, Perú oro y plata, Brasil mineral de hierro. Esos países lograron superávit con China.
Nosotros podríamos transformarnos en un país minero, además de productor de alimentos. Pero hay que hacerlo con responsabilidad ambiental, con trabajo local y respetando a las comunidades.
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¿Ese desarrollo también trae implicancias en otros sectores?
Claro. La minería mueve todo: desde metalmecánica hasta transporte, catering y energía. La transformación de la matriz energética que necesita la minería puede potenciar la solar y la eólica. Tenemos el mejor viento en el sur y el mejor sol en el norte. No se trata solo de extraer minerales, sino de todo lo que se genera alrededor de esa actividad.
¿Qué expectativas tenés a futuro y a quiénes invitarías a sumarse a la Cámara?
Mi expectativa es equilibrar la balanza comercial. Desde la Cámara buscamos fomentar el comercio, atraer inversiones y mostrar cómo funciona Argentina. Organizamos seminarios, como uno reciente sobre normativas, para explicar el marco local a empresarios chinos.
Hoy tenemos más de 270 socios: hay profesionales del derecho, del comercio exterior, empresas, escuelas de idioma, traductores y exportadores. Todos aportan a una red que acorta la curva de aprendizaje y acompaña a quienes se acercan.
Además, China ya no exige visa para argentinos. Eso simplifica mucho y es un gesto de apertura que deberíamos imitar. Desde la Cámara trabajamos también para facilitar que los ciudadanos chinos puedan venir a Argentina a hacer negocios o turismo.
En términos culturales, ¿también sentís que se está acortando la distancia?
Totalmente. Antes era impensado ver chicos mirando música o videos de Asia. Hoy está más presente. China no se occidentalizó, se internacionalizó y también generó cosas nuevas que Occidente adoptó.
Aprender chino sería un “golazo” para cualquier joven. Lo ideal es aprenderlo allá, sumergido. Yo empecé con clases en la oficina, pero después estudié en la universidad, cuatro horas por día durante seis meses. Ahí lo aprendí. Pero si no se practica, se pierde. Igual, la experiencia fue única.
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