
“La inteligencia artificial tiene que ser una aliada para potenciar ideas”, afirma Patricio. En esta entrevista repasa su recorrido profesional y comparte su mirada sobre cómo la evolución digital redefine el análisis de datos, el pensamiento sistémico y el rol humano en un entorno cada vez más automatizado.
¿Cómo llegaste a trabajar con inteligencia artificial, datos y estrategia?
La estrategia es uno de mis campos profesionales desde que empecé a trabajar, a fines de los 80 y principios de los 90, porque trabajaba en marketing. Y marketing tiene una parte muy sólida y compleja que es la estrategia: cómo llegar a determinados consumidores con determinados productos o servicios, algo que me atrajo mucho.
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Por otro lado, me interesó siempre la tecnología, lo que en ese momento se llamaba tecnología digital y que en los 90 era algo emergente. Siempre estuve muy conectado con nuevas corrientes tecnológicas. En 1997 trabajaba en una agencia de publicidad muy grande y tuve que mandar un memo al gerente general explicando por qué quería conectarme a algo llamado Internet. También pedí conectarme a algo llamado e-mail. Algunos pensaban que me estaban conectando a una pista de autos. Era todo muy nuevo.
Cuando finalmente me dieron acceso a Internet, busqué unas imágenes de un producto que no había llegado desde Europa. Las encontramos y pudimos imprimir un folleto. Esa anécdota me demostró el valor de aplicar la tecnología en el trabajo profesional. Eso que entonces era tecnología hoy se llama inteligencia artificial generativa, y está transformando muchas cosas.
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Creo que cualquier profesional que quiera crecer necesita dominar la estrategia. La experiencia te lleva a pensar en sistemas, en lo estructural. Y cuando pensás en sistemas, terminás pensando en estrategia. Yo construí mi carrera sobre eso.
¿Qué rol tienen los datos en todo esto?
El impacto del análisis de datos es altísimo. Si uno estudia historia, va a ver que parte de la decadencia del Imperio Romano fue porque sus líderes evitaban tomar decisiones impopulares. Eso pasa hoy también, en gobiernos, empresas, familias y demás.
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Desde los 70 se acumulan grandes cantidades de datos de forma digital. Antes estaban en papel y solo los procesaban los gobiernos, por ejemplo con los censos. Hoy se digitalizan, se procesan con rapidez y eficiencia, y eso permite tomar mejores decisiones.
¿Cómo nos impacta? Primero, en la obtención de datos: hay una lucha creciente por acceder a ellos. Segundo, en lo sustentable: mantener datos en servidores consume muchísima energía. Y tercero, en la toma de decisiones: los datos deben respaldar una intuición, no reemplazarla.
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El dato no lo es todo. Hay que saber analizarlo, sacar conclusiones y tomar decisiones. Pensar que el dato dice todo puede ser un error. Es necesario incluir el factor humano, la intuición y la creatividad. La mente humana sigue siendo central.
¿Cómo puede una empresa logística aplicar todo esto?
La logística es un rubro fascinante, con muchos actores y variables: regulaciones, gremios, clientes, vecinos, condiciones climáticas y demás. Creo que la inteligencia artificial puede ayudar mucho a organizar tres etapas clave: el antes, el durante y el después.
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En el “antes”, puede analizar rutas, clima, prioridades de entrega, estado de los clientes. Por ejemplo, priorizar la entrega de un medicamento frente a una caja de vasos.
En el “durante”, permite monitorear todo lo que ocurre en la cadena: interrupciones, imprevistos y cambios en tiempo real. Incluso en situaciones críticas como un apagón masivo, donde se pone en riesgo una entrega con camión refrigerado, la tecnología puede ayudar a anticipar escenarios y actuar.
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Y en el “después”, sirve para analizar lo que ocurrió. Si el cliente quedó conforme, si la entrega fue eficiente, si hubo errores. La inteligencia artificial ayuda a evaluar y mejorar.

¿Qué pasa con el intercambio de datos entre organizaciones?
Eso ya sucede, legalmente. El intercambio de datos entre empresas e instituciones tiene mucho valor. No se trata solo de usar datos propios, sino también de saber acceder a datos de terceros. Eso mejora la colaboración y potencia decisiones más informadas.
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¿Imaginás un mundo tecnológico sin interconexión internacional?
No. Una de las cosas más absurdas que tenemos los seres humanos es esta cuestión de las nacionalidades. No reniego de la mía, pero ¿qué me diferencia de alguien que nació en Afganistán o en Australia? Costumbres, acentos, pero en el fondo somos parecidos.
La globalización iba a resolver eso, pero estamos volviendo a un proceso de nacionalismo y localismo que nos vuelve adversarios. El mundo necesita bloques interconectados como el Mercosur y la Unión Europea. Esos bloques se conectan también a través de datos.
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Hoy trabajo con personas de distintas partes del mundo: Los Ángeles, México, Buenos Aires, Londres, Nigeria, India, Japón. Tenemos llamadas semanales. A alguien le toca de madrugada y nos reímos, pero eso construye confianza. Ese intercambio es valioso y la tecnología lo permite.
¿Qué consideras sobre la regulación del uso de datos?
Las compañías que ofrecen servicios “gratis” viven de tus datos. Eso está bien, siempre y cuando el consumidor sepa lo que se está haciendo y los gobiernos regulen con inteligencia.
Hoy tenemos extremos: una regulación torpe, como la europea, y una desregulación total, como la estadounidense. Ninguno de los dos modelos es ideal. Lo mejor sería una regulación inteligente, que permita innovar pero también proteja.
El consumidor debe saber que ese mapa gratuito tiene un precio: hay una empresa que sabe dónde está. Mientras el uso de los datos sea claro, todos ganan.
¿Qué opinas de los cambios que vienen?
Se habla mucho de los efectos negativos de la inteligencia artificial. Es cierto que mucha gente va a perder su empleo tal como lo conoce hoy. Y cuando se generalice la computación cuántica, el cambio va a ser aún mayor.
Pero tenemos que ver la inteligencia artificial como una aliada. Como una herramienta que nos permita potenciar nuestras ideas. Como una grúa que nos ayuda a construir algo mejor. El mundo necesita nuevas ideas. Tenemos los mismos problemas de hace siglos: guerras, pandemias, racismo. Por lo menos intentemos generar respuestas nuevas.
Mi llamado es a las generaciones jóvenes. Ayúdennos a pensar el mundo de los próximos 30 años. Especialmente a las mujeres jóvenes: acompañen este proceso. Reconocemos lo que hicimos mal, pero todavía estamos a tiempo de hacerlo mejor. Y las buenas ideas que necesitamos van a venir de ustedes.
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