
Araceli podía aprender idiomas sin dificultad, bastaba con escuchar una frase en francés, inglés o alemán para retenerla, su habilidad la llevó a trabajar en un tienda de artesanías de Teotihuacán, donde sacó provecho de su habilidad.
Ganaba bien, no se quejaba, sin embargo, un día decidió cambiar su vida: comenzó a robar a mujeres de la tercera edad en la Ciudad de México, esto haciéndose pasar por una trabajadora social que apoyaba a tramitar tarjetas de despensa.
Ella no vislumbro el camino al que la llevaría esta decisión: “Si me detienen es por robo, no va pasar nada, es por robo y si pasa van a fincar una fianza”, pensó en un primer momento.
Tras cinco años de haberse iniciado en el ámbito delictivo, se encontró detenida, y siendo amenazada por elementos policiales, quienes le aseguraron que harían daño a su familia si no se declaraba culpable del asesinato en serie de 17 mujeres de la tercera edad, crimenes que en ese entonces ya tenían el sello de quien fue apodada como la “Matavijeitas”.
Y es que si bien Araceli se dio por confesa por los robos, no podía aceptar la responsabilidad en actos que nunca cometió. Aún con ello, las autoridades planeaban darle una sentencia de hasta 600 años.

Su historia trascendió a la pantalla chica, a través de la serie Cartas para Libertad, producción presentada por Canal 14 y en la que se reunieron las historias de mujeres recluidas en el penal femenil de Santa Martha Acatitla, donde Araceli paga su sentencia.
Del móvil del robo a ser acusada de ser la Mataviejitas
Ella había elegido la Colonia del Valle para realizar los robos, el móvil le parecía de lo más simple: durante las mañanas interpretaba a mujeres de la tercera edad que acaban de cobrar su pensión.
Conversaba con ellas, se ganaba su confianza, y posteriormente les ofrecía tramitar una tarjeta de despensa. Para ella resultaba fácil, se sentía como “un pez en el agua”, aseguró en la serie.
Para ese punto las mujeres la invitaban a su casa, en donde le proporcionaban datos; mientras ellas preparaban el café, ella aprovechaba para tomar el dinero. Todo en la misma colonia, sin agresión, sin cambio en la mecánica.
“Ya tenía todo para vivir bien, para estar tranquila, pero no estaba tranquila, quería más”, recuerda.
Acumuló tal cantidad de dinero que pudo viajar a Roma y Arabia Saudita, llegó un momento en que no supo qué hacer con lo robado, incluso pensó en enterrar el dinero.
Sin embargo llegó el día en que a las puertas de su casa se presentó un policía, quien le dijo: “Traigo una orden de presentación para el bunker”.

“Si hay alguna persona que está haciendo algo malo, sabe que esto va a traer una repercusión y tarde que temprano la van a agarrar”, aseguró.
Ese mismo día, en las oficinas, en medio del miedo y la angustia, se dio por confesa. Narró con detalle el móvil de sus delitos, y reconoció a la parte acusadora: “Sí, soy yo”, aseguró respecto a los señalamientos de las más de 40 personas a las que había robado.
Sin embargo, las cosas no terminaron ahí, pues el entonces procurador la llamó al área de homicidios, en donde una persona de traje le presentó un libro enorme, lleno de fotografías que Araceli observó perpleja, pues eran de mujeres que habían sido asesinadas, la policía le aseguró que ella había sido la autora de esos crímenes.
Se ordenó alistar una rueda de prensa: corría el año de 2004 y las autoridades habían detenido a la Mataviejitas, o al menos eso era lo que querían hacer creer, puesto que aún pese a la detención continuaron los delitos.
Araceli narró que en ese entonces médicos forenses, vestidos con bata blanca y guantes, realizaron una prueba de AND, arrancándole cabello, hasta hacerle sangrar. Le dijeron que era una medida necesaria para esclarecer los casos que para ese entonces llevaban varios años siendo investigados.
“Tú robaste a gente grande y tú los mataste”, recuerda que le dijo el doctor.
Ella nunca pensó que las autoridades ministeriales le atribuirían delitos que no cometió, menos aún que la harían pagar por ellos. Le ordenaron ponerse una bata y una peluca para presentarla ante cámaras, ella se negó.
“Si no sales así, tus hijos están afuera con tu marido, tú sabes las consecuencias”, le dijeron, ella recuerda que le comentaron que la persona que cometía los asesinatos solía hacerse pasar por enfermera, de ahí la bata, las autoridades aseguraron que la peluca la encontraron en un cateo en su casa.
La rabia le hizo sentir que se iba a morir: “A nadie le deseo esto en la tierra, es horrible que no te puedas defender”. Dos después de su detención, se dio la de Juana Barraza, mejor conocida como “la Mataviejitas”.
Tuvieron que pasar 19 años para que Araceli pudiera narrar lo que vivó ante una cámara.
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