Los capibaras, también conocidos como carpinchos, se han convertido en verdaderos íconos de la cultura popular en los últimos años. Este roedor, el más grande del mundo, es originario de Sudamérica y suele habitar zonas cercanas a cuerpos de agua dulce, como ríos y pantanos. Su una apariencia apacible y carácter sociable hizo que las redes sociales lo adoptaran como la “mascota del momento”, también debido a su comportamiento tranquilo, su relación armoniosa con otras especies y su peculiar belleza.
Este auge de popularidad provocó una creciente demanda de productos relacionados con los capibaras: mochilas, peluches, videojuegos, figuras de colección y hasta ropa estampada con su imagen. En plataformas digitales como TikTok e Instagram, los videos protagonizados por estos animales acumulan millones de vistas, lo que contribuye a una percepción generalizada de simpatía hacia la especie.
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Sin embargo, este mismo fenómeno provoca una alarmante consecuencia, pues la intensificación del tráfico ilegal de capibaras, especialmente en países donde su presencia es ajena al ecosistema local, ha incrementado. Tal es el caso de Costa Rica, donde recientemente se registró un operativo sin precedentes que puso en evidencia la conexión entre el comercio ilícito de fauna exótica y el crimen organizado.
Un operativo vehicular revela el lado oscuro de la ternura

El pasado jueves 22 de mayo, la Fuerza Pública de Costa Rica realizó un operativo de control vehicular sobre la ruta 34 —también conocida como la Costanera Sur, en el cantón de Orotina—, donde las autoridades interceptaron un vehículo sospechoso tras una persecución. El conductor había intentado darse a la fuga al recibir la orden de alto por parte de los oficiales; finalmente, el vehículo fue detenido en el sector de la entrada a Mollejones, según reportó la agencia de noticias The Associated Press.
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Lo que inicialmente parecía un procedimiento rutinario terminó sorprendiendo incluso a los agentes, pues en el interior del automóvil viajaban dos hombres, posteriormente con con antecedentes penales y que responden a los apellidos Torres y Navarrete, junto con cinco capibaras: un macho, una hembra y tres crías, transportadas de manera ilegal.
Además de los animales, los oficiales encontraron en el vehículo 60 dosis de crack, marihuana, espuelas plásticas y dos armas blancas.
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Según el reporte de medios locales, el Ministerio de Seguridad Pública de Costa Rica confirmó más tarde que se trató del primer decomiso oficial de capibaras registrado en el país, ya que dichos animales no son nativos del territorio costarricense y, por lo tanto, su tenencia, transporte y comercio están prohibidos conforme a la legislación ambiental vigente.
“La acción policial fue importante y demuestra la concurrencia donde el mundo de la droga coincide con la introducción de especies no nativas”, declaró el ministro de Seguridad, Mario Zamora, en su cuenta de redes sociales.
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En su comunicado oficial, el Ministerio de Seguridad Pública costarricense agregó que los dos sujetos detenidos fueron puestos a disposición del Ministerio Público. Uno de ellos, de apellido Torres, cuenta con un extenso historial criminal que incluye cargos por venta de drogas, tráfico ilícito de personas, violación, abuso sexual contra menor de edad y delitos contra la biodiversidad.
La ternura que no exime del peligro

Tras su incautación, los capibaras fueron entregados al Sistema Nacional de Áreas de Conservación (SINAC), dependiente del Ministerio de Ambiente y Energía (MINAE), para su correspondiente valoración veterinaria. Dado que se trata de una especie silvestre exótica, las autoridades recordaron que no pueden ser liberados en hábitats naturales del país, por lo que se trasladarán a un santuario autorizado, donde podrían incorporarse a programas de educación ambiental y conservación responsable.
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La creciente popularidad de los capibaras enternece a las personas y produce la admiración de millones alrededor del mundo. Si bien su popularidad se disparó por una tendencia de las redes sociales, este fenómeno también ha propiciado su explotación con fines ilícitos. La apropiación indebida de estos animales, ya sea como mascotas exóticas o como mercancía, implica un grave riesgo tanto para ellos como para los ecosistemas a los que se ven introducidos.
De acuerdo con la divulgadora científica Lucía Hernández, del blog de X “Yo amo la ciencia”, estos roedores sufren el llamado “efecto Nemo” —película de Disney que provocó la obtención desmedida de peces payaso y cirujanos—, poniéndolos en situaciones de riesgo. Si bien no existen cifras oficiales que corroboren el aumento del tráfico ilegal de esta especie, múltiples medios del continente Sudamericano han hecho una cobertura de cómo estos animales son introducidos a lugares donde no pertenecen, como Perú, Costa Rica, Chile, Paraguay, entre otros.
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