Orgullo y prejuicio: la medicina frente a la viruela del mono

Para el autor de la nota, algunas actitudes y comentarios de expertos sanitarios han reflejado una postura moralista que busca, una vez más, sermonear a las personas queers por su sexualidad, desaprovechando la oportunidad de generar una conversación más realista y efectiva.

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Viruela del mono
Según un reciente estudio, el 97,5% de las personas que contrajeron la viruela del mono fueron hombres que tienen sexo con otros hombres (Pablo Blazquez Dominguez/Getty Images)

Llego a casa. Vengo de recibir una nueva vacuna inesperada; no contra el COVID, esa fue el año pasado, sino contra una infección que hasta hace poco solo era endémica en pocos países: la viruela símica o del mono. En una larga y espaciosa sala del Departamento de Salud Pública de Filadelfia, ciudad en la que resido por azar hace dos años, una veintena de varones y una mujer esperamos nuestro turno. Alguno hizo un chiste, al pasar, pero la tensión se sentía en el aire. Acaso por sugestión o porque me estoy despellejando después de pasar unos días en la playa, durante la tarde de ayer no pude dejar de sentir que me picaba toda la piel. No soy el único. Un amigo me cuenta que hace un mes no sale a lugares públicos y ha decidido concentrarse en su trabajo; de contactos íntimos, ni hablar. Durante el mes de julio, en mis vacaciones, conocí a dos personas que de hecho tuvieron la enfermedad. A decir verdad, en todas las conversaciones entre hombres gays tarde o temprano sale el tema de los amigos o conocidos que la han padecido.

La primera vez que leí sobre el tema fue en Twitter. Era un chiste, del estilo “si creyeron que con el COVID se había terminado…” o similar. No faltó el comentario conspiranoico- antivacunas. Era el mes de mayo y la noticia tuvo una cobertura regular, por no decir escasa; no se ofrecían mayores lineamientos ni información. Poco después, el 23 de julio, el Director General de la OMS anunció la emergencia sanitaria. Al 5 de agosto de 2022, había reportados 27.875 casos en 81 países que nunca habían padecido esta enfermedad. ¿Qué ocurrió para que se propagara de esta manera, en el caso de un virus que, a diferencia del COVID, no es de transmisión por vía aérea sino por contacto estrecho?

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Datos duros: en aquellos casos en que se ha registrado el sexo de los afectados (alrededor de un 75 por ciento), el 99% corresponde a varones. Si bien el número de reportes en que se ha consignado la orientación sexual es mucho menor (poco más de un cuarto), de estos el 97,5% corresponde a hombres que tuvieron sexo con otros hombres. Es importante aclarar que el contacto sexual no es la única vía de contagio de este virus, pero claramente ha sido la primordial en el caso de este brote. Todo parece indicar, entonces, que una de las primeras recomendaciones que habría que haber difundido era que esta enfermedad parecía estar afectando mayoritariamente a una población determinada. Eso no se hizo, y al día de hoy se hace de manera eufemística y en más de un caso insuficiente.

Este retraso probablemente haya tenido que ver con el temor a estigmatizar a esa población y a los afectados por la enfermedad. Los recuerdos todavía frescos de aquel primer momento en que la epidemia de VIH-sida era la “peste rosa”, o el modo en que aun hoy nunca falta quien acuse a los homosexuales de “transmitir enfermedades” deben haber tenido su peso en esta demora que hoy parece, a todas luces, negligente. Esto debería abrir una discusión respecto de aquellas situaciones puntuales en que se produce una tensión difícil de resolver entre la corrección política y la información. ¿Qué privilegiar? ¿La intención de evitar que los mismos grupos de siempre propaguen una vez más su odio (cosa que, dicho sea de paso, hacen igual con cualquier excusa) o el derecho de las personas vulnerables a estar al tanto de su vulnerabilidad?

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Como parte del grupo afectado, hubiese preferido recibir esta información lo antes posible, y me cuesta entender que siga dándose a cuentagotas. De hecho, no me enteré de la posibilidad de vacunarme por un anuncio público, sino por la cuenta de Instagram de otra varón gay, que no reprodujo un anuncio existente sino que elaboró su propio texto, con el número de teléfono al que había que llamar. Si lo que se quiso fue evitar nuestra estigmatización, paradójicamente nos llevaron a una situación en que la información volvió a circular por canales internos, en la que dependimos y seguimos dependiendo de nuestras propias redes para acceder a ella, con todas las distorsiones que suelen darse cuando los lineamientos de salud se transmiten por vías informales.

Creo, sin embargo, que la demora pudo haber tenido motivos menos felices. Como señalé, la mayoría de los contagiados eran hombres. Hombres que tenían sexo con otros hombres. Mal que nos pese, las personas LGTBT+ tenemos una relación complicada con la medicina. Todes sabemos que en la consulta clínica la sola mención de nuestras orientaciones cubre cualquier cosa que digamos de un manto de sospecha. Para los profesionales de la medicina, no somos fiables, y aun los que no tienen ningún tipo de antipatía hacia nosotros, tienden a partir de un conjunto de suposiciones acerca de lo que hacemos, cuánto lo hacemos, cómo lo hacemos, con cuánta gente lo hacemos. Y no solo una suposición, sino una evaluación.

La fila afuera de una centro de vacunación contra la viruela del mono en Londres (REUTERS/Henry Nicholls)
La fila afuera de una centro de vacunación contra la viruela del mono en Londres (REUTERS/Henry Nicholls)

En una temprana participación televisiva durante el mes de junio (mérito que sin duda hay que reconocerle), una infectóloga argentina, Gabriela Piovano, cuya actitud friendly es pública, a la hora de explicar el dato epidemiológico del primer contacto dijo: “fueron a una orgía los pelotudos, fueron a coger a una orgía” (sic). En primer lugar, desde luego, está la evaluación moral/intelectual de los pacientes que supone el exabrupto rioplatense “pelotudo”. Ningún médico apostrofaría con una palabra tan contundente, por ejemplo, a un paciente que contrae cáncer de piel por reiterada exposición al sol. Esto quiere decir que algunas “conductas de riesgo” son percibidas como más innecesarias o menos justificables o atendibles que otras.

Y luego está la palabra “orgía”. Lo primero que piensa una persona LGBT+ es ¿a qué se refiere? ¿Era un trío, una relación sexual con otra pareja, un encuentro grupal con amigos a los que conocían de antes, una visita a un club de sexo público, un encuentro en una casa privada con desconocidos, una fiesta BDSM? Aunque se trata de prácticas muy distintas, que comportan grados de exposición totalmente diferentes, para la doctora (y para la medicina) todas caen dentro de esa caracterización moralizada: orgía.

Lo que está en juego aquí es la idea de que la sexualidad queer es un exceso y, por consiguiente, una conducta evitable si las personas se comportan “de manera más juiciosa”. Repito: independientemente de la actitud amable u hostil de tal o cual médico en el plano interpersonal, la medicina en su conjunto, tal vez como herencia del higienismo de principios de siglo XX, mantiene aún calificaciones morales que afectan su capacidad de cuidar de algunas poblaciones (el caso más palmario, sin duda, es el de las personas trans). Y la consecuencia de que algunes pacientes decidan incurrir en prácticas que la medicina considera “no juiciosas” se anuncia claramente en el uso del exabrupto antes mencionado: que se jodan. Acaso eso explique la demora.

No cuesta mucho advertir que el saber médico tiene como ideal de comportamiento para las personas queer la noción de parejas monogámicas sostenidas en el tiempo (el propio director de la OMS Tedros Adhanom pidió a los hombres que tienen sexo con otros hombres que consideren reducir la cantidad de parejas sexuales por el momento). El problema es que esto es tan real como pretender que los niños guarden distancia al jugar para evitar contagiarse los piojos, o tan sostenible como la propuesta de la abstención total. Todes somos conscientes de las enormes diferencias en términos de riesgos potenciales que suponen distintos tipos de contactos sexuales, y no se trata aquí de negarlas. Pero necesitamos una medicina que entienda que estos tipos de contacto forman parte de una realidad social, y que en todo caso su papel no es evaluarlas, sino ofrecer a tiempo y de manera clara toda la información para que cada persona decida, según su propio criterio, en qué grados está dispuesta o no a exponerse (y a qué).

Necesitamos, huelga decirlo, una medicina basada en hechos, no en evaluaciones. Tal vez así, la próxima vez, ni el “que se jodan” ni el “evitemos el estigma” (porque ya lo damos por supuesto) impiden detener a tiempo la propagación de un virus.

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