
En la búsqueda de un cambio social, las revoluciones han sido espacios donde muchos artistas y figuras del mundo de las letras han participado de diferentes maneras, algunos desde el ejercicio escrito, otros desde el activismo políticoy otros incluso desde su participación en la lucha.
Este fue el caso de Eduardo Acevedo Díaz, quien respondió al llamado de la vida política en su país, Uruguay, e incluso decidió levantarse en armas.
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Nació casi destinado, por sus conexiones familiares, a participar de algún modo en el Partido Nacional, también conocido como el Partido Blanco. Pero antes de que eso se concretara, fue atraído por las humanidades y la literatura, llegando a convertirse en una de las figuras más importantes de la novela en su país.
Vio la luz del cielo por primera vez en 1851 en Villa de la Unión, Montevideo, y murió 70 años después en el vecino país de Argentina. Su familia anticipaba una vida relacionada con la política. Su abuelo materno fue general y ministro, y su tío fue Eduardo Acevedo Maturana, un importante jurista.
Fuera del hogar, la vida política también le seguía; durante sus primeros años de estudio conoció a dos hombres que más tarde tendrían una gran influencia en su vida, Pablo de María y Justino Jiménez de Aréchaga.
Interesado en la literatura, emprendió desde temprano con la lectura, tanto así que en 1868 al ingresar al Club Universitario se destacó por su gran conocimiento literario. Un año después inició su carrera en la Facultad de Derecho, donde cimentará sus primeros escritos y donde empezará a definir un estilo que más tarde lo destacará en la política de su época.
En aquella época las banderas de la revolución empezaban a levantarse contra el firmamento uruguayo y Eduardo Acevedo Díaz no le fue indiferente. En 1870 tomó la decisión de abandonar la universidad para entrar al movimiento revolucionario que lideraba Timoteo Aparicio, caudillo político y miembro del Partido Nacional, el cual se levantaba contra el gobierno de Lorenzo Battle (1868-1872) del Partido Colorado, uno de los movimientos políticos más tradicionales del país.
Este levantamiento dio origen a lo que se conoció como la Revolución de las Lanzas, un movimiento que se había levantado previamente con la dictadura de Venancio Flores (en 1865) y en cuya represión se habrían cometido una gran cantidad de injusticias y asesinatos en contra de miembros del Partido Blanco, a quienes se referían despectivamente como “blanquillos”. Allí llegó Acevedo Díaz antes de que se confirmara la muerte del caudillo fundador.
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Para ese momento, Acevedo Díaz escribía su primer cuento, uno de los más recordados titulado “ El primer suplicio”. Allí relató su experiencia en la Revolución, mezclada con los años de lucha por la independencia del país frente a Brasil y España, las guerras civiles, el pueblo y la muerte.

“Lo recuerdo bien. Todo se grabó en mi pupila y luego indeleble en el fondo de mi memoria.
La mañana en que el condenado debía marchar al suplicio era muy hermosa, tibia, llena de vivos reflejos, ceñida en el alto del naciente con la diadema deslumbradora de la grandeza estival.
El reo pertenecía a la raza negra; joven, veinticuatro años apenas, en toda su plenitud fisiológica, alto, robusto, cuello de toro, musculatura de hierro, dorso escapular de luchador, pecho saliente, el frontal achatado como la nariz, colmillos de lobo, mirar siniestro”.
(Fragmento de El primer suplicio)
Entre la escritura y la vida política
La participación política de Acevedo Díaz quedó registrada en sus producciones posteriores. Al terminar la revolución, en 1872, fundó el periódico La República, donde daría a conocer su primer relato, “Un sepulcro en los bosques”, sin dejar de militar en el Partido Nacional.
Sin dejar de darle rienda suelta a su sentir político, escribió para La Democracia y creó la Revista Uruguaya, en 1875, donde escribió artículos atacando al gobierno de Pedro Varela, razón por la que sería desterrado, aunque eso no evitó que, radicado en Argentina, continuara publicando sus textos en varios medios locales.
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Las críticas que Acevedo Díaz siguió lanzando contra varios políticos de la época le impidieron el regreso a su país en varias ocasiones; en uno de estos intentos fundó un nuevo medio, El Nacional, el cual dejaría huella en el periodismo de su país y le permitiría ser elegido senador por el Partido Nacional.
Sin embargo, su actividad política se vio interrumpida de manera abrupta. Debido a diferencias en el interior del partido y tras su apoyo a la candidatura de José Battle y Ordóñez fue expulsado del Partido Nacional; sin embargo, esto no fue obstáculo para que fuera designado como diplomático en México, Cuba y Estados Unidos. Cada vez más lejos de su país, Acevedo Díaz decidió no regresar y, al menos en vida, así fue.
A la par de su vida política desarrolló una vida literaria que lo posicionó como el iniciador de la novela nacional. Parte de ello lo debe a la tetralogía conformada por “Ismael” (1888), “Nativa” (1890), “Grito de gloria” (1893) y “Lanza y sable” (1914).
Las obras de Acevedo Díaz reflejan su deseo de impulsar la formación de una conciencia nacional, también se destacan elementos de narrativa histórica, conflictos amorosos, la vida rural y, por supuesto, la política.
Falleció en Buenos Aires el 18 de junio del año 1921 y pidió que su cuerpo no fuera trasladado a su país de origen.
“... por razones que deseo llevar a la tumba, es una de mis últimas voluntades que dichos restos descansen en la tierra argentina, que tanto he amado, patria de mi esposa y de todos mis hijos, y que de ella no sean removidos jamás”.
Algunas de sus obras: La boca del gato, La novela histórica, Etnología indígena, El combate de la tapera, Desde el tronco de un ombú, Carta política, La civilización americana. Ensayos históricos, La última palabra del proscrito.
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