Santago Loza, director, dramaturgo y escritor, estuvo en el stand de Leamos-Bajalibros para conversar con Fernando Pagano sobre su libro Diario inconsciente, publicado por la novísima editorial de diarios Bosque energético.
En la entrevista Pagano le señala que le llamó la atención que a pesar de ser un diario, su estructura es poco convencional, sin fechas, con una escritura más libre, a lo que Loza explicó: ”Cuando empecé a escribir esto, a él [Andrés Gallina, su editor y amigo] le pareció que había un libro, un diario. Y tiene algo de falso diario, porque es algo que sucedió hace más de veinticinco años, tiene algo de reconstrucción de ese diario que no se pudo escribir en ese momento”.
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Sobre la estructura, agrega, además, que responde a la experiencia que narra “que tenía que ver con esa narrativa rota”, porque “la locura no arma relato, pero había algo de esa historia que contaba que a mí me parecía había algo ahí que podía armar como un objeto artístico, que tuviese belleza”. Sin embargo aclara que si bien “en la locura no hay nada cercano a la belleza, había algo de esa experiencia que tenía una particularidad y cómo lo armaba la escritura que tenía cierto encanto”. Asimismo acuerda con lo que le decía Gallina acerca de que funciona como “novelita de iniciación o de tránsito”, por lo que se permitió el uso de la poesía o de la ficción que lo “autorizaba un poco a nombrar lo que no se puede nombrar”.
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Sobre la locura plasmada en el Diario inconsciente señala, en contraposición con otros libros que aborden temas similares: “Tiene que ver un poco con lo artístico y con cierta distancia. Digo a través de la distancia temporal porque el que aparece en libro ya no soy yo, no estoy implicado, estoy muy lejos de eso. Entonces, para mí, hay algo de la memoria que hace una operación de ficción o de cierto humor. Hay algunas de las cosas que narro en el libro que las contaba como anécdotas, y me parecía que podían tener otra forma. También el deseo de dejar de contarlas, que el libro apareciera como un objeto que de alguna manera clausurara un poco esa experiencia. Es una fantasía, porque nada cierra, todo queda un poco. Pero creo que hay algo de la operación de la escritura, de pasarlo a un terreno artístico que tiene algo, no sé si esperanzador o llamarlo, para mí, luminoso, ya el hecho de poder escribir tiene algo de luminoso”.
Sobre el pasado que narra en el libro, confesó: “Me parece que cuando uno recuerda está haciendo una suerte de selección. Cuando uno recuerda, hay cosas que no quiere recordar, hay cosas que prefiere no recordar, hay cosas que el lenguaje puede procesar y otras que no puede procesar. En la escritura hay algo selectivo. Digo, a mí me interesa cómo se narran las cosas, cómo es ese proceso posterior. Me interesa el relato. A mí me sigue interesando que me cuenten cosas y contar, y que eso sea grato, que sea una experiencia grata”. Sostiene que para él “era importante que el libro no fuera un bajón, que tuviese cierto encanto para poder atravesar y poder acompañar aun en sus zonas oscuras”.
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Sobre la autoficción, género en el que su libro podría estar incluido, expresó: “Me doy cuenta de que cuando me encuentro hablando de autoficción me acomplejo un poco, me empieza a acomplejar, como si fuera algo menor. Yo creo que hay algo que tienen todos estos libros que es una operación de ficción, artificio. Por otro lado, hay ciertas escrituras que están más cerca de la experiencia y otras más lejos”. Concluye sobre este tema que lee y lo convocan aquellas escrituras que estén atravesadas por la experiencia del autor.
Para finalizar señaló la desigualdad existente, en términos económicos, en el acceso a los tratamientos en salud mental: “Me parece que que hay algo de lo que se llama salud mental y de los tratamientos que a veces es una cuestión de clase, de quienes acceden a eso. Me parece que hay algo muy desigual en el acceso a psicoterapias o al psicoanálisis, no es accesible para todo el mundo, porque es cara, más allá de que en los hospitales públicos haya excelentes profesionales”.
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