Los poemas que se salvaron del fuego: se publica por primera vez la poesía de Abelardo Castillo

“La fiesta secreta” reúne las incursiones del reconocido autor en un género que nunca quiso que saliera en vida.

Abelardo Castillo, cuentista, dramaturgo, novelista y, con la edición de sus trabajos inéditos, también poeta
Abelardo Castillo, cuentista, dramaturgo, novelista y, con la edición de sus trabajos inéditos, también poeta

“Desconfío de los escritores que no empezaron haciendo versos”, sentenció Abelardo Castillo en su libro Ser escritor. Cinco años después de su muerte, un libro que reúne la parte de su producción poética que decidió conservar a lo largo de seis décadas viene a abrir la puerta de una nueva torre, hasta ahora inaccesible, de uno de los castillos literarios más importantes del habla hispana.

Aunque es reconocido como uno de los mejores cuentistas argentinos, lo primero que Abelardo Castillo escribió fueron poemas. La mayoría de sus primeros escritos, sin embargo, sucumbieron a las llamas de su propia censura cuando, después de la adolescencia, quemó sus poemas para dedicarse de lleno a la prosa. Además de perfeccionarse en la dramaturgia y en el menospreciado género de los cuentos, más adelante en su vida, porque también aconsejaba no publicar una novela antes de los 40, publicó novelas y ensayos, como Crónica de un iniciado y El que tiene sed, un libro embriagador sobre su tormentosa relación con el alcohol.

Pero a pesar de compartir algún poema aquí y allá, en particular a algún colega o alumno de sus míticos talleres literarios de los jueves, que daba en su propia casa, el autor de Israfel nunca quiso que se publicara su poesía en vida: “No ahora sino dentro de algún tiempo, dentro de algún tiempo”, como adelantó en “Las otras puertas”, un poema del 2005 que fue una de las pocas excepciones a su regla autoimpuesta.

Siempre supo que, de publicarse su poesía cuando muriera, el libro debería llamarse, como terminó sucediendo, La fiesta secreta. En la contratapa de libro editado por Ediciones en Danza, el poeta Eduardo Mileo escribe: “Él decía que era su secreto. Pero el deseo oculto de todo secreto es ser revelado. Y esa es su fiesta”. La fiesta es un secreto que solo se devela con la muerte.

Abelardo Castillo y la escritora Sylvia Iparraguirre, su esposa
Abelardo Castillo y la escritora Sylvia Iparraguirre, su esposa

Sobre la vida, la muerte y la importancia a posteriori de su imagen, en una entrevista inédita del 2001 publicada por Infobae en 2017, Castillo dijo: “Cuando uno es muy joven quiere ser recordado, que se lean los libros de uno. Pero más de grande te das cuenta que para ser recordado tenés que haberte muerto. Y como yo no tengo ninguna gana de morirme, no me interesa un pito cómo me recordarán”.

Esta podría ser una de las claves para interpretar el rechazo a publicar su cuerpo poético en vida. Como si guardara en secreto el ingrediente más pequeño y, a la vez, más importante de su receta, no quiso proporcionarle a sus lectores esta clave, una llave poética, con la que reinterpretar el resto de su obra.

Sus poemas, ordenados cronológicamente, pueden ser leídos a la par de sus diarios, editados por Alfaguara en dos grandes tomos y también escrupulosamente fechados. “En ocasiones / pienso / si la vida / (mi vida) / no es más que esto / ir consignando fechas / ir apuntando nadas / y recordarlas con tristeza / luego”, escribió en “14 de noviembre de 1953″.

De todos modos, es difícil imaginar qué motivos tuvo Castillo para reservarse para sí su poesía, único género que tuvo este especial tratamiento. Aunque la practicó toda la vida, él consideraba que “la alta fiesta de la poesía” le estaba “vedada”.

En el primer tomo de sus Diarios, en una entrada fechada en 1958, ya demostraba una pasión por el género que no amainaría en las seis décadas posteriores: “Indudablemente la poesía no puede morir. No porque exista por sí misma como entidad que emana de los huertos florecidos, de la mirada azul o de la luna fugitiva cruzando la tarde, no porque pueda o deba cumplir una función social, sino porque el hombre, aunque esté viviendo en este miserable siglo XX, es por instinto un creador de cosas bellas”.

Entre sus numerosos premios, se destaca el primero, recibido a los 24 años y otorgado por Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares
Entre sus numerosos premios, se destaca el primero, recibido a los 24 años y otorgado por Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares

Pero a su vez la separaba del resto de los géneros literarios: “La poesía es una cosa totalmente al margen de la literatura, es un modo de vivir, de percibir el mundo, y está al margen, sobre todo, de la técnica literaria. Yo lo pongo al margen del mero trabajo de escribir porque me parece la más alta expresión de la literatura. El poeta es otra cosa”.

Es probable que, en su irreprochable humildad, Castillo no considerara que su poesía le mereciera el título de poeta, así como no quiso, hasta su vejez, ser considerado escritor. Solo cambió de opinión cuando vio que un adolescente robaba, del puesto de Galerna en la Feria del Libro de Buenos Aires, un libro suyo.

No importaron los numerosos premios, incluso cuando el primero de ellos, obtenido a los 24 años, se lo dio un jurado conformado por Adolfo Bioy Casares y Jorge Luis Borges, tal vez su influencia más grande junto a Edgar Allan Poe. Colegas, alumnos, admiradores y detractores concuerdan en que Castillo, a pesar de su apariencia severa, poseía una humildad inversamente proporcional a su reconocimiento.

Además, Castillo siempre fue un hombre comprometido con la realidad. Desde su lugar como trabajador de la palabra, tuvo aportes significativos a la relación entre cultura y política, en particular con las revistas literarias que editó. La primera, El grillo de papel, fue prohibida en 1960 por el gobierno de Arturo Frondizi; El Escarabajo de Oro es considerada como una de las más prestigiosas de la década del 60 y El Ornitorrinco, que publicó junto a Liliana Heker y su esposa Sylvia Iparraguirre, fue uno de los pocos medios gráficos que publicó, en plena dictadura, la carta de las Madres de Plaza de Mayo en la que le pedían a los militares por sus hijos desaparecidos.

No fueron pocos los regalos que, en vida, Abelardo Castillo le hizo a la literatura. Con La fiesta secreta, los lectores recibirán un último regalo que, con su decisión de no hacerlo en vida, resulta más generoso aún al no reclamar reacción o respuesta alguna. En este castillo con su flamante torre, la fiesta no terminó: solo cambió de anfitrión.

A continuación, Infobae Leamos comparte un poema de Abelardo Castillo.

El orante

En el exacto centro de mí mismo

hay un hombre que reza, cada noche,

yo lo dejo

tratando de no perturbarlo demasiado.


él no cree en las palabras que murmura

pero reza de noche

cuando siente que yo no lo vigilo.

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