Dos jóvenes periodistas visitaron al gran escritor fallecido a mediados de 2001, para verlo de cerca y charlar con él. Su mirada sobre la realidad como hombre de izquierda, sus influencias literarias, su experiencia como boxeador y cómo imaginaba su lugar en la literatura, en esta nota.

Leer a Arlt hacía ver al resto de los autores como debiluchos, decía Castillo.
Leer a Arlt hacía ver al resto de los autores como debiluchos, decía Castillo.

A mediados de 2001, llegamos a la casa de Abelardo Castillo junto a mi prima Dalia Ber con un solo objetivo: charlar hasta que nos echara. No teníamos una excusa periodística demasiado firme para estar un rato en su departamento cerca del Spinetto (y a pocos metros de la casa de nuestra abuela materna). Castillo no había publicado un libro nuevo, no se hacía cargo de una colección ni había recibido un premio. Lo entrevistamos con el solo fin de verlo de cerca, escucharlo un rato y chuparle un poco la sangre al Dracula que bastante se había nutrido de la sangre joven en sus talleres. En el mejor de los casos, sería mi primera nota para la revista Hecho en Bs.As. pero quedó inédita y hoy vale la pena repasar qué dijo sobre sus métodos de escritura, influencias e, incluso, su corta carrera como boxeador amateur. El contexto del encuentro eran los meses previos a la caída del gobierno de la Alianza, por lo que empezar hablando un rato de la "realidad", nos pareció una buena idea para entrar en confianza con quien tenía fama de entrevistado duro y peleador.

-¿Lee los diarios?

-Muy poco. Estoy al tanto sobre la actualidad porque prendo el televisor y ya me entero de cualquier cosa. A veces me sorprendo. Me acuerdo que me he ido a Córdoba y cuando volví Chacho Alvarez no era más vicepresidente. Al poco tiempo me fui a Rosario y cuando volví estaba Cavallo. Creí que me había caído en el túnel del tiempo. Con su regreso pensé que había pasado lo que todo el mundo quería, volverme loco. Es imposible en la Argentina no estar al tanto de la realidad, además yo vivo a cuatro cuadras del Congreso así que veo en la calle muchas cosas que pasan.

-¿Qué ve en la calle, por ejemplo?

-Soy lo que en la antigüedad se llamaba un hombre de izquierda. Tal como está planteada, la realidad me parece asquerosa, no sólo en la Argentina sino en lo contemporáneo. Pienso que hay demasiada gente que tiene más de lo que debería y una innumerable cantidad de gente que no tiene lo necesario. Ese es un orden social que hay que cambiar desde lo político y no desde las grandes palabras. La realidad la vivo igual que el resto de la gente: con ansiedad, con gran dolor y pienso que estamos viviendo en un país caótico que parece irse a pique tal como veo a mis vecinas.

-¿Cómo ve a sus vecinas?

-Totalmente desesperanzadas, confundidas y, si tienen esperanzas, están tan relacionadas con su realidad como mi obra con el ikebana.

-Yendo, entonces, a su obra, a quiénes reconoce como sus influencias?

-Hay tres escritores argentinos que han influido a todos los escritores que vinieron después de ellos y son Jorge Luis Borges, Roberto Arlt y Leopoldo Marechal. Si los tengo que poner en orden afectivamente diría que mis influencias son Arlt o Marechal primeros y Borges un paso más atrás. Marechal es uno de los tipos que más quise, vivía a la vuelta de mi casa y es uno de los grandes escritores de nuestra lengua. La prosa y la pasión de Arlt son algo tan avasallante que hace quedar a los escritores que vinieron detrás de él como debiluchos que tienen que tomar vitaminas. Cuando vuelvo a leer Los siete locos o Los lanzallamas y después leo otros escritores argentinos, siento que están todos pasados por lavandina. Da la impresión de que salieron todos de un colegio de señoritas. Y sino me creés, hacé la prueba. Dejá de leer por un tiempo a Arlt y después agarrá Los siete locos y no vas a poder creer la violencia que tiene. ¿Escribía mal? Sí, puede ser, pero hay muy pocos escritores argentinos que han llegado a ese nivel de dramatismo y densidad. A mi también me gustaron siempre Leopoldo Lugones o Benito Lynch, pero esos tres contienen a todos los demás. Contienen a Sábato, Mujica Láinez, a Cortázar, que sin dudas es un grandísimo escritor. Creo que a todos los escritores, hasta los 40 años, los puede influir el último gran escritor que ha leído, si es que lee con la inocencia con la que hay que leer. No hay que ponerse el traje y la corbata para leer. Yo leo salvajemente lo que me gusta y si no me gusta, no lo leo. Y todo lo que me gusta, naturalmente, me influye.

Castillo fue uno de los más grandes escritores argentinos.
Castillo fue uno de los más grandes escritores argentinos.

-Alguna vez dijo que los buenos libros se compran o se roban, pero no se leen de prestado. ¿Cuál es el último libro que se compró, cuál es el último libro que leyó y cuál es el último libro que se robó?

-El último libro que me compré es también el último que leí. En realidad, son dos: El inocente y Amor perdurable, dos novelas de Ian McEwan, un escritor inglés que dicen que es un gran cuentista pero todavía no pude encontrar los libros de cuentos y entonces leí las novelas. No suelo leer los últimos libros que salen, vienen amigos míos, sobre todo jóvenes, a hacerme recomendaciones. Es que tenía grandes deudas con mi biblioteca, veía que tenía muchos libros que apenas había hojeado. Además, ese asombro que me producía cada autor que leía a los 20 años, se produjo cada vez con menos frecuencia. Tengo gran fe en amigos míos, que son buenos escritores y buenos lectores, que escucho que vienen como locos a recomendarme un libro. Aunque siempre después consulto con algún otro porque no tengo tanto tiempo y no quiero leer mamarrachos, para eso sigo leyendo a Platón. El último libro que me robé se lo robé a una prima de mi mujer y era Las etimologías de San Isidoro y espero que esto no cunda y ella se dé cuenta de que le ha desaparecido de su biblioteca. El único libro que tengo conciencia real de haber robado por necesidad fueron los diarios de Kafka cuando estaba en el servicio militar. No tenía dinero para comprarlos y entonces los terminé robando. Algunos años después, me robé El cancionero de Baena (muestra un libro muy grande). Lo saqué del estante, me lo puse bajo el brazo, compré otro chiquito que valía dos pesos y me fui. Nadie iba a pensar que yo me iba a robar semejante libro y yo lo hice para hacerle un chiste a mi mujer.

-Recién mencionaba el servicio militar, ¿cómo se le ocurrió leer a Kafka en la colimba?

-Era una manera de preservarme del contexto, era la misma liberación que me daba escribir allí. Durante el servicio militar escribí La casa de ceniza, que es una novela gótica muy influida por Poe. También escribí El Candelabro de plata como una manera de no darme cuenta de dónde estaba. Yo no creo que el servicio militar le haga mal a alguien, aprendés a tenderte la cama, a robar una frazada, tenés que coserte la ropa que se te rompe, hacés algo de ejercicio, no es tan dañino como se cree. Aparte con tus compañeros aprendés a vivir en comunidad y, como odiás a los milicos, no salís peor de ahí. Yo creo que se dieron cuenta que no formaban mentes militares y por eso lo han sacado. Si existiera el servicio militar, a los jóvenes les aconsejaría que leyeran Kafka.

-¿Cómo era como boxeador?

-Bueno, según me han dicho. No me puedo juzgar yo, pero al menos no perdí nunca. Pese a que son órdenes distintos con el ajedrez, se parecen en que tienen que pelear dos boxeadores de la misma categoría, los dos se valen de sus recursos. En el box también hay que pensar mucho. Creo que llama la atención el hecho de que haya practicado boxeo porque se supone que es un deporte que está alejado de la literatura o la poesía, pero eso es falso. El box lo practiqué con la misma intensidad que con la que remaba o nadaba en San Pedro. Me crié en un pueblo donde era muy natural ir al río, nadar, jugar al básquet (nunca me gustó porque era en equipo), al ajedrez o boxear. En mi prendió más fuerte el ajedrez y boxeaba más o menos bien. De diez peleas como amateur no perdí ninguna y la cara nunca me la tocaron. La nariz la tengo rota por un accidente de auto, pero no por pelear.

-¿Alguna vez se preguntó cómo le gustaría ser recordado?

-Cuando uno es muy joven quiere ser recordado, que se lean los libros de uno. Pero más de grande te das cuenta que para ser recordado tenés que haberte muerto. Y como yo no tengo ninguna gana de morirme, no me interesa un pito cómo me recordarán. Me imagino que me gustaría ser recordado como un escritor, por lo menos, pasable, pero si me pongo serio me gustaría que me recordaran como lo que nunca fui: una buena persona. Los últimos años estoy tratando de hacer mérito para transformarme en una buena persona pero he hecho muchas canalladas y en el recuerdo de muchos hay un Abelardo Castillo muy jodido, sobre todo en la época en que tomaba. Esos años me gustaría borrarlos del planeta. Más que ser recordado, prefiero estar en mi casa vivo charlando con ustedes. Que recuerden a los muertos.

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