Un armisticio, un pacto de sangre y una rendición incondicional: cómo Roma usó la guerra y la diplomacia para construir su Imperio

National Geographic recorre los mecanismos jurídicos con los que la potencia latina reguló sus conquistas, desde los acuerdos de igualdad con Cartago en 509 a.C. hasta las concesiones territoriales que abrieron paso a los reinos visigodos

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Primer plano de dos manos entrelazadas sobre una mesa con pergaminos, sellos de cera y objetos metálicos. Figuras con togas y armaduras. Edificios romanos al fondo.
Los tratados de paz romanos combinaron fuerza y diplomacia para controlar pueblos dentro y fuera del Imperio romano (Imagen Ilustrativa Infobae)

A arrasar, a masacrar, a usurpar mediante mentiras, a eso llaman imperio; y a lo que convierten en un desierto, lo llaman paz”. Así resumía un caudillo picto lo que era el Imperio romano en un pasaje de las obras de Tácito.

Los tratados de paz romanos formaron una red de acuerdos con pueblos de dentro y fuera del Imperio, impuestos por la fuerza y, en ocasiones, por la diplomacia. En un texto publicado por la revista National Geographic, esa evolución aparece como una pieza para entender cómo Roma alternó la guerra con distintas fórmulas para detenerla.

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La guerra constante habría arruinado incluso a una sociedad tan militarista como la romana. Ya desde los tiempos de los reyes etruscos, Roma necesitó pactar treguas con sus enemigos e imponer la paz mediante tratados.

Cuando terminaban las hostilidades, ya fuera por victoria, derrota o agotamiento de los combatientes, los generales romanos acordaban con el enemigo un armisticio, o indutiae, como primer paso hacia un acuerdo. Ese pacto informal detenía el derramamiento de sangre y sentaba la base de un acuerdo verbal entre el comandante romano y su rival, la sponsio.

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Dos hombres con armadura romana intercambian un documento en un campo con tiendas. Soldados con armaduras, escudos, lanzas y estandartes romanos observan.
Roma recurrió a treguas y armisticios para frenar la guerra constante y avanzar hacia acuerdos de paz con sus enemigos (Imagen Ilustrativa Infobae)

Ese compromiso fijaba formalmente sobre el terreno las condiciones del tratado de paz entre ambas partes. Después debía presentarse ante el pueblo y el Senado de Roma para su aprobación o modificación, primero en la cámara y luego en la asamblea ciudadana, que lo convertía en ley.

Del foedus a la deditio

En los primeros tiempos de Roma, esos acuerdos tendieron a tratar al enemigo en pie de igualdad, en parte por la debilidad militar de la ciudad. Llamados foedus, por la antigua costumbre de herirse la mano y mezclar la sangre con el enemigo para sellar la paz, esos pactos transformaban a los antiguos rivales de Roma en aliados o foederati.

A esos aliados se les concedía de forma habitual la ciudadanía latina, con lo que pasaban a integrarse en la propia Roma como ciudadanos de segunda. Según National Geographic, ese modelo no se limitó a Italia, sino que también sirvió para establecer relaciones de igualdad con grandes potencias.

Entre ellas estuvieron el reino de Macedonia y Cartago. Con esta última, en 509 a.C., Roma selló un pacto que limitaba las esferas de influencia de ambos poderes en Italia, África e Hispania, mientras Sicilia quedaba como un territorio fronterizo abierto a la conquista.

Calle de ciudad romana con edificios de piedra y columnas, soldados romanos armados con cascos y escudos, ciudadanos, bandera imperial, fortaleza al fondo.
El acuerdo entre Roma y Cartago de 509 a.C. delimitó áreas de influencia en Italia, África e Hispania, con Sicilia como frontera abierta (Imagen Ilustrativa Infobae)

Pero esa paz apenas podía durar en la época clásica. El choque entre Roma y Cartago por Sicilia empujó a la primera a convertirse en la primera potencia del Mediterráneo tras la Primera Guerra Púnica, y con ello dejó atrás la moderación del foedus para adoptar otro tipo de acuerdo: la deditio, o rendición incondicional.

Derrotada Cartago, Roma ocupó su lugar como imperio en formación e inició una expansión agresiva. Desde entonces, los pueblos vencidos ya no pasaban a ser aliados, sino súbditos, los dediticii, entregados a la voluntad del general vencedor.

Ese mando podía arrasar el territorio sometido, matar a los hombres y vender a mujeres y niños como esclavos. También podía imponer una contribución onerosa, levas forzosas de tropas auxiliares e incluso una guarnición romana para garantizar el cumplimiento del acuerdo.

Fue ese tratado impositivo el que consolidó la conquista de territorios tan extensos como Hispania, las Galias, Grecia y Asia Menor, convertidos en provincias cuyos habitantes quedaron obligados a sostener el erario sin derechos políticos. Ese privilegio quedaba reservado al reducido grupo de colonias y municipios habitados por ciudadanos romanos.

Dos grupos de hombres con vestimenta militar de época, una mesa de madera con mapas, monedas de oro y objetos bélicos. Tiendas de campaña en el fondo.
Desde el siglo III, el foedus reapareció en la decadencia romana y permitió a pueblos bárbaros obtener tributos y controlar territorios imperiales (Imagen Ilustrativa Infobae)

Esa recompensa solía reservarse para los veteranos legionarios y para los indígenas leales a Roma. National Geographic cita también la Tabula Alcantarensis, que recoge las condiciones de la deditio del pueblo lusitano de los seanocos a Roma en 104 a.C.

El retorno del foedus en la decadencia romana

Roma también entró con el tiempo en decadencia y, a partir del siglo III, el foedus reapareció en los pactos con los pueblos bárbaros que amenazaban al Imperio.

Esos grupos obtuvieron, por la fuerza de las armas, tributos en oro o incluso el control directo de zonas imperiales como “aliados”. Así se formaron reinos bárbaros como el de los visigodos en el sur de la Galia e Hispania.

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