
“A arrasar, a masacrar, a usurpar mediante mentiras, a eso llaman imperio; y a lo que convierten en un desierto, lo llaman paz”. Así resumía un caudillo picto lo que era el Imperio romano en un pasaje de las obras de Tácito.
Los tratados de paz romanos formaron una red de acuerdos con pueblos de dentro y fuera del Imperio, impuestos por la fuerza y, en ocasiones, por la diplomacia. En un texto publicado por la revista National Geographic, esa evolución aparece como una pieza para entender cómo Roma alternó la guerra con distintas fórmulas para detenerla.
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La guerra constante habría arruinado incluso a una sociedad tan militarista como la romana. Ya desde los tiempos de los reyes etruscos, Roma necesitó pactar treguas con sus enemigos e imponer la paz mediante tratados.
Cuando terminaban las hostilidades, ya fuera por victoria, derrota o agotamiento de los combatientes, los generales romanos acordaban con el enemigo un armisticio, o indutiae, como primer paso hacia un acuerdo. Ese pacto informal detenía el derramamiento de sangre y sentaba la base de un acuerdo verbal entre el comandante romano y su rival, la sponsio.
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Ese compromiso fijaba formalmente sobre el terreno las condiciones del tratado de paz entre ambas partes. Después debía presentarse ante el pueblo y el Senado de Roma para su aprobación o modificación, primero en la cámara y luego en la asamblea ciudadana, que lo convertía en ley.
Del foedus a la deditio
En los primeros tiempos de Roma, esos acuerdos tendieron a tratar al enemigo en pie de igualdad, en parte por la debilidad militar de la ciudad. Llamados foedus, por la antigua costumbre de herirse la mano y mezclar la sangre con el enemigo para sellar la paz, esos pactos transformaban a los antiguos rivales de Roma en aliados o foederati.
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A esos aliados se les concedía de forma habitual la ciudadanía latina, con lo que pasaban a integrarse en la propia Roma como ciudadanos de segunda. Según National Geographic, ese modelo no se limitó a Italia, sino que también sirvió para establecer relaciones de igualdad con grandes potencias.
Entre ellas estuvieron el reino de Macedonia y Cartago. Con esta última, en 509 a.C., Roma selló un pacto que limitaba las esferas de influencia de ambos poderes en Italia, África e Hispania, mientras Sicilia quedaba como un territorio fronterizo abierto a la conquista.
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Pero esa paz apenas podía durar en la época clásica. El choque entre Roma y Cartago por Sicilia empujó a la primera a convertirse en la primera potencia del Mediterráneo tras la Primera Guerra Púnica, y con ello dejó atrás la moderación del foedus para adoptar otro tipo de acuerdo: la deditio, o rendición incondicional.
Derrotada Cartago, Roma ocupó su lugar como imperio en formación e inició una expansión agresiva. Desde entonces, los pueblos vencidos ya no pasaban a ser aliados, sino súbditos, los dediticii, entregados a la voluntad del general vencedor.
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Ese mando podía arrasar el territorio sometido, matar a los hombres y vender a mujeres y niños como esclavos. También podía imponer una contribución onerosa, levas forzosas de tropas auxiliares e incluso una guarnición romana para garantizar el cumplimiento del acuerdo.
Fue ese tratado impositivo el que consolidó la conquista de territorios tan extensos como Hispania, las Galias, Grecia y Asia Menor, convertidos en provincias cuyos habitantes quedaron obligados a sostener el erario sin derechos políticos. Ese privilegio quedaba reservado al reducido grupo de colonias y municipios habitados por ciudadanos romanos.
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Esa recompensa solía reservarse para los veteranos legionarios y para los indígenas leales a Roma. National Geographic cita también la Tabula Alcantarensis, que recoge las condiciones de la deditio del pueblo lusitano de los seanocos a Roma en 104 a.C.
El retorno del foedus en la decadencia romana
Roma también entró con el tiempo en decadencia y, a partir del siglo III, el foedus reapareció en los pactos con los pueblos bárbaros que amenazaban al Imperio.
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Esos grupos obtuvieron, por la fuerza de las armas, tributos en oro o incluso el control directo de zonas imperiales como “aliados”. Así se formaron reinos bárbaros como el de los visigodos en el sur de la Galia e Hispania.
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