Enfrentamiento a balazos en la barra de Lanús
Habían pasado unos minutos de las dos de la tarde cuando en la sede del Tribunal Oral 1 de Avellaneda entraron los jueces Martín Pizzolo, Brenda Madrid y Laura Matrakar. El ambiente se cortaba con un cuchillo. Estaban los acusados, las defensas y las querellas y se esperaba el veredicto sobre seis barras de la primera línea de Lanús acusados de haber emboscado a sus rivales de la interna, asesinado a uno de ellos e intentado matar a otros seis. La secretaria tomó la palabra y empezó a desgranar los argumentos. Después de un proceso judicial completo de tres años y un juicio de casi un mes, se estaba ante el día final. Y en 92 hojas de precisión quirúrgica, el Tribunal dio su sentencia: prisión perpetua para cuatro, absolución por el beneficio de la duda para otro y absolución por desistimiento de la acusación para el último. Sin alegría, pero con el alivio de saber que sus asesinos estarán tras las rejas para siempre, los familiares de Jonathan Borda se abrazaron. Y los de Julián Goncebatte, Matías Garro, Lucas Salinas y Mateo Bustos se persignaron sabiendo lo que ocurrirá de aquí en más: recién podrán salir de prisión en 35 años. Y todo por el negocio que se maneja en una tribuna de fútbol, por la que se mata y se muere en la Argentina.
El hecho sucedió el 30 de julio de 2023 en la previa del partido de Lanús contra Barracas Central en el estadio Granate y tenía una historia oculta que Infobae contó con lujo de detalles en su momento. Y cada uno de esos movimientos se ratificó en el proceso por medio de testigos de ambos bandos y también por ocasionales personas que disfrutaban un día de sol en la Plaza Sarmiento, ubicada a 500 metros de la cancha, y que tuvieron que correr por su vida cuando los tiros empezaron a surcar la tarde.
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De un lado estaba el grupo El Ceibo, cuyo líder era Leonel Mayco Luque, conocido como El Cordobés. Esa facción, disidente, tiene su núcleo en Lanús Oeste, a unas diez cuadras de la estación de tren. Del otro lado estaba la facción Villa Sapito, que domina la tribuna Granate hace más de dos décadas y cuyo jefe es Diego Fanfi Goncebatte, que al momento de los hechos estaba preso en Mercedes purgando una pena por homicidio, pero que seguía manejando los hilos desde el penal y le había dejado la popular a su segundo, Mario el Laucha Groli, y también a su hijo, Julián. Villa Sapito es de la zona de Lanús Este.
Los de El Ceibo querían tener mayor porcentaje en los beneficios que la barra gerenciaba en la reventa de entradas, los puestos de comida y bebida, la venta de merchandising no oficial, las camisetas del equipo y los puestos de trabajo en las cooperativas de limpieza que manejaba la barra y eran contratadas por el Municipio. Pero la facción oficial no estaba dispuesta a ceder nada más. Entonces, 14 días antes del hecho que terminó con el ataque y el crimen, se enfrentaron en la previa del clásico contra Banfield, cuando Mayco decidió reclamar. Fue una pelea a puño limpio pero a posteriori, para que les quedara en claro que no había espacio a la queja, le balearon la casa.
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La posibilidad de una guerra era altísima, pero dos días antes del partido contra Barracas, los delegados de la facción oficial les dijeron que no se preocuparan, que habían recapacitado y les iban a dar mayor espacio. Y eso empezaría con un talonario extra de entradas para los partidos y que los esperaban en la Plaza Sarmiento para dárselos. Aquel 30 de julio, confiados, hacia allí fueron los de El Ceibo. Pero, apenas llegaron al centro de la plaza, la banda de Villa Sapito sacó las armas y disparó. No una, no dos, ni tres veces: se escucharon más de 12 disparos. Uno de ellos dio en la frente de Jonathan Borda y lo asesinó.
Insólitamente, la Policía, que no había previsto el enfrentamiento a sólo 500 metros del estadio y casi liberando la zona, dio a entender a los medios y a todos los que preguntaban que los que habían disparado habían sido los de El Ceibo y Borda había caído por fuego amigo. Insostenible. Tanto la investigación fiscal como los testimonios recogidos por este medio, hablaban de una situación completamente opuesta. Pero el caso estaba empantanado hasta que apareció un testigo de identidad reservada que contó con lujos de detalles toda la situación. Y los videos de casas y comercios de la zona terminaron por cerrar el círculo: había sido una emboscada.
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Con esas pruebas, el fiscal Martín Rodríguez detuvo a 12 integrantes de la barra, aunque no pudo con Laucha Groli, quien se fugó, ni con Fanfi Goncebatte, quien dos meses después del hecho salió de prisión y, cuando lo fueron a buscar como instigador de este nuevo crimen, ya se había fugado. Ambos, tres años después, siguen en la clandestinidad. Lo cierto es que, de los 12 detenidos, seis optaron por ir a un juicio por jurados, que se realizará en noviembre, y los otros seis por un Tribunal técnico, que es el proceso que culminó esta tarde.

Allí, en las audiencias, los testimonios fueron contundentes. Uno de los testigos contó que vio en la Plaza Sarmiento cómo se distribuía gente con capucha en distintos lugares del predio y que, momentos después, llegó el otro grupo y que se escuchó desde el centro de la plaza que alguien gritó: “Ahí están los de El Ceibo”, y comenzaron los disparos. “Arrancó Polli y, cuando los del Ceibo empezaron a retroceder, aparecieron quienes estaban camuflados entre la gente y comenzaron a disparar también”, contó otro. Y todos reconocieron a los acusados como parte del grupo que tiraba.
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Así, la situación parecía terminada y fue lo que sucedió: prisión perpetua para cuatro. En la sentencia los jueces recalcaron el tema de las relaciones de matriz mafiosa entre fútbol, barras y negocios. “La plaza, la previa y la cancha forman parte de una liturgia popular que el fútbol argentino comparte con el barrio, la familia y la música; no pueden ser apropiadas por lógicas de facción, negocios clandestinos o disputas de poder que convierten una celebración colectiva en un escenario de muerte. La pasión futbolera no justifica ni encubre la violencia organizada. La camiseta puede reunir; la lógica de barra, cuando se transforma en dominio, negocio e intimidación, expulsa justamente a quienes deberían poder vivir el deporte en paz. Esa violencia no representa al deporte ni a la comunidad de hinchas que concurre pacíficamente a una cancha; por el contrario, la degrada, la vacía de sentido y coloca en riesgo bienes jurídicos esenciales”, escribieron al momento de dictar el fallo condenatorio.
Los que no llegaron al banquillo de los acusados fueron los policías que liberaron la zona, los funcionarios que intentaron desviar la responsabilidad hacia la facción disidente y tampoco los dirigentes de Lanús, que son los que dan los beneficios a los barras. Sobre la Policía y la Comisión Directiva pesa un proceso paralelo que tres años después no tiene imputados. Como si los barras crecieran solos y nadie alimente ese monstruo que se cobró otra vida y que ahora tiene, como consuelo, cuatro asesinos disfrazados de hinchas condenados a cadena perpetua.
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