El día que la Estatua de la Libertad fue inaugurada en París antes de ser llevada a Estados Unidos como regalo del Gobierno francés

Ocurrió el 4 de julio de 1884 en la rue de Chazelles de la capital francesa con la presencia del embajador estadounidense. Después fue desmontada y trasladada por el buque de guerra L’Isere a Nueva York, donde fue recibida por una multitud que entonó La Marsellesa. Las dificultades de su construcción y las dos curiosidades argentinas relacionadas con el monumento

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Estatua de la Libertad
La Estatua de la Libertad en Nueva York (EFE/ARCHIVO/Andrés Iamartino)

El viernes 4 de julio de 1884 los vecinos de París asistieron a una curiosa ceremonia en la rue de Chazelles, en el Distrito XVII de la ciudad, de la que participó como invitado especial el embajador estadounidense en Francia, Levi P. Morton. Se cumplían 108 años de la Declaración de la Independencia de Estados Unidos y el Gobierno francés lo celebraba con la inauguración de un monumento que tendría una presencia efímera en su capital antes de ser trasladado a su emplazamiento definitivo en Nueva York: la Estatua de la Libertad. La Torre Eiffel aún no había sido construida y con sus 46,05 metros de altura desde sus pies hasta la punta de la antorcha, la enorme figura de bronce sería por poco tiempo el monumento más alto de París. Se trataba, en realidad, de un regalo en nombre de la hermandad de dos pueblos que habían luchado por la libertad que simbolizaba la imagen y que transmitía la épica de la Revolución Francesa y de la lucha por la Independencia estadounidense.

Pero así como la figura irradiaba una épica, su propia historia —la de su construcción y su emplazamiento— podía definirse como una larga epopeya de más de una década con batallas contra obstáculos de todo tipo. El proyecto había sido lanzado en 1866 por el abogado y político francés Édouard de Laboulaye, quien le encargó la tarea al joven escultor alsaciano Frédéric Auguste Bartholdi, pero había quedado suspendido en 1870, cuando Alsacia se perdió en la guerra franco-prusiana y solo fue retomado en 1873 por impulso del presidente Adolphe Thiers. El proceso que llevó el proyecto a su concreción también fue largo y accidentado, con dificultades económicas, problemas financieros, cuestiones técnicas y una complicada logística que más de una vez hicieron pensar que esa idea luminosa terminaría aplastada por la oscuridad de un fracaso. Habían pasado casi doce años hasta llegar a esa primera y provisoria inauguración.

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A 140 años del viaje en piezas que llevó la estatua de la Libertad a Nueva York
La historia de la construcción y emplazamiento de la Estatua de la Libertad podría definirse como una larga epopeya de más de una década con batallas contra obstáculos de todo tipo (AFP)

La idea de Laboulaye

Para 1870, Los Estados Unidos estaban en pleno proceso de reconstrucción después de la guerra civil que había desangrado al país entre 1861 y 1865 y, al mismo tiempo se preparaba para los festejos del centenario de la Independencia, declarada el 4 de julio de 1776. Fue en ese contexto que Laboulaye propuso que su país le enviara un regalo a la nación americana para simbolizar la amistad entre ambos países y la lucha conjunta que sostuvieron contra la corona británica en la guerra de independencia.

Para diseñar la estatua, el político francés decidió convocar a su amigo Bartholdi, que no dudó en aceptar el encargo que le sonó como una revancha para su carrera porque venía de sufrir una frustración por el rechazo del gobernador de Egipto, Isma’il Pasha, a su propuesta de levantar un monumento equiparable al Coloso de Rodas, al que pretendía llamar “Egipto lleva la luz a Asia”.

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Así, el encargo de Laboulaye le dio otra oportunidad a Bartholdi, que además recuperó algunas de las ideas que tenía sobre la estatua egipcia y las volcó en el nuevo proyecto. Para concretarlo pidió la colaboración de Eugene-Emmanuel Viollet-le-Duc, a quien le pidió el diseño de una estructura de hierro y acero que pudiera sostener la estatua. Allí se presentó el primer obstáculo, porque Viollet-le-Duc falleció repentinamente y debió ser reemplazado por otro ingeniero, Alexandre-Gustave Eiffel, el mismo que años después diseñaría otro monumento que se convirtió en el rasgo distintivo de París, la torre que lleva su nombre.

También corrían tiempos difíciles en Francia, embarcada en la guerra con Prusia y con la conquista de Alsacia, la región de la que provenía Bartholdi, por el imperio alemán. Ese conflicto había despertado entre los franceses un fuerte sentimiento antiestadounidense, debido a la cercanía de Washington con los alemanes. Además, la Tercera República distaba de estabilizarse en medio de un clima político donde no pocos franceses añoraban la monarquía.

Sin embargo, a pesar de todas esas dificultades, Laboulaye y Bartholdi decidieron seguir adelante con el proyecto y, en 1871, el político francés se reunió con el entonces presidente estadounidense, Ulysses S. Grant, para ofrecerle la estatua y sugerirle un lugar de emplazamiento, la isla de Bedloe, frente a Nueva York. Pero, más allá de los problemas políticos, la construcción de la estatua también significaba un inmenso desafío económico y logístico.

La odisea secreta de la Estatua de la Libertad para cruzar el Atlántico
La estatua estuvo en exhibición en Paris durante un año que se aprovechó para recaudar fondos con visitas guiadas y en 1885 se inició el desmontaje para trasladarla

El enigma del rostro

La estatua pensada por Bartholdi representaba a Libertas, la diosa romana de la libertad y equivalente a la deidad griega Eleuteria. Decidió bautizarla “La libertad iluminando al mundo”. Muchos de sus elementos ya estaban en la cabeza del artista desde que había realizado el diseño de la frustrada estatua egipcia. El escultor nunca reveló cuál fue su inspiración para elegir el rostro de la estatua, aunque una de las versiones más consistentes dice que quiso reflejar la cara de su propia madre.

Uno de sus elementos más representativos, la diadema con siete rayos solares —símbolo de los siete mares— estaba basado en la obra del escultor español Ponciano Ponzano, a quien Bartholdi admiraba. La parte externa de la estatua estaría recubierta por 300 paneles de cobre, con un peso de 28.000 kilos, sostenidos por la estructura ideada por Eiffel.

Pero si la estatua iba a ser asombrosa por fuera, su estructura interna no le iría a la zaga: bajo la túnica de la Libertad se desplegaría un intrincado entramado de hierro y acero. Un enorme pilón central la anclaría al pedestal y actuaría como columna vertebral para las vigas destinada a sostener una estructura de finas barras metálicas adheridas a la “piel” de cobre. Para que pudiera permanecer firme sobre el piso, fue diseñada con una túnica ancha y fluida alrededor de la base, que la haría más fuerte estructuralmente y la ayudaría a soportar los fuertes vientos de la bahía.

Frédéric Auguste Bartholdi, el creador de la Estatua de la Libertad, en plena construcción de su proyecto
Frédéric Auguste Bartholdi, el creador de la Estatua de la Libertad, en plena construcción de su proyecto

Problemas de dinero

Los costos de la guerra habían puesto a Francia en una difícil situación económica y, en ese contexto, el Gobierno debía atender asuntos más urgentes e importantes que financiar el monumental proyecto, cuyo costo alcanzaba el millón de francos. Entonces Laboulaye lanzó una verdadera campaña financiera, con espectáculos y eventos deportivos, para conseguir el dinero necesario para construir la estatua. Al mismo tiempo, en los Estados Unidos se realizaban exposiciones, subastas y combates de boxeo para recaudar fondos que pagaran la construcción de la base sobre la que se levantaría el monumento.

La demora en obtener las sumas necesarias impidió que la estatua estuviera terminada para 1876, cuando en un principio se pensó en inaugurarla en coincidencia con el centenario de la Independencia de los Estados Unidos. Para ese año apenas se había terminado un brazo, que luego sería expuesto en Filadelfia para seguir recaudando fondos. Dos años más tarde, en 1878, se completó la cabeza, que fue mostrada en Francia, durante una exposición en el Campo de Marte. Con ese último dinero, la Libertad quedó terminada en 1884 y se la montó en París, donde se la inauguró por primera vez.

El taller de Bartholdi durante la ejecución de la obra
El taller de Bartholdi durante la ejecución de la obra

Dificultades en el mar

La estatua estuvo en exhibición en París durante un año que se aprovechó para recaudar fondos con visitas guiadas y en 1885 se inició el desmontaje para trasladarla. Fue necesario desmantelarla en 300 piezas, que fueron distribuidas en 214 enormes cajas que viajarían a Nueva York.

El monumento inició entonces un periplo en el que tampoco faltaron las dificultades. Las cajas fueron llevadas en tren desde París a Ruan y después trasladadas en barco por el Sena hasta el puerto de Le Havre. A Bartholdi le preocupaba mucho el peso de la carga. Si el navío encontraba tormenta y grandes olas corría el riesgo de partirse por la mitad y hundirse en el Atlántico. Había que evitar el peligro a toda costa y por eso resultó fundamental estudiar bien el reparto de la mercancía dentro de la bodega.

La carga finalizó el 20 de mayo de 1885 y L’Isére, el buque encargado de trasladarla, zarpó hacia Nueva York. Cuentan las crónicas que el barco pasó dos días repostando carbón en la isla de Faial en las Azores. No fue el único contratiempo: la estatua desmantelada estuvo a punto de terminar en el fondo del mar poco después de iniciado su viaje a través del Atlántico, cuando una fuerte tormenta casi hace zozobrar al buque.

Finalmente llegó a Nueva York el 17 de junio de 1886, una semana después de la fecha en que estaba previsto debido a las dificultades durante la navegación, y fue recibida por una multitud que entonó La Marsellesa. Esa llegada tardía hizo imposible inaugurar la estatua en la fecha ideal, el 4 de julio de ese año, cuando se cumplían los 110 años de la declaración de la Independencia.

Como si se tratara de una maldición, el accidentado traslado de la estatua inició una larga cadena de desgracias para L’Isere. Tras la entrega de su carga, emprendió su viaje de regreso a Francia y al puerto de Brest el 21 de julio de 1885. En 1904 la fragata sufrió un reacondicionamiento en el que le fue instalada una nueva máquina, antes de ser puesta en servicio de nuevo, aunque tan solo cinco años después, en diciembre de 1909, debido al mal estado del hierro de su casco, el buque fue dado de baja en el puerto de Rochefort, donde fue utilizado para almacenar carbón.

En 1924 su casco fue remolcado al arsenal de Lorient para instalarlo como pontón en la orilla derecha del río Scorff hasta 1940. En marzo de 1941, durante la ocupación de Francia por las fuerzas del Eje en la Segunda Guerra Mundial, el Ejército alemán la trasladó a la base de submarinos de Lorient, donde fue alcanzado por los bombardeos aliados en febrero de 1943. Acabó sus días hundido, en 1945, por el Ejército alemán frente al puerto de Locmiquelic, donde todavía descansa en el fondo del mar como el olvidado protagonista del traslado de la Estatua de la Libertad.

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El escultor nunca reveló cuál fue su inspiración para elegir el rostro de la estatua, aunque una de las versiones más consistentes dice que quiso reflejar la cara de su propia madre

La segunda inauguración

Los trabajos de ensamblaje y armado de la Estatua de la Libertad llevaron más de cuatro meses, hasta que pudo ser inaugurada el 28 de octubre con un discurso de agradecimiento del presidente Grover Cleveland y un imponente desfile naval en las aguas del Hudson. La enorme estructura de 93 metros de altura desde la base especialmente construida para sostenerla y 225 toneladas de peso se convirtió por entonces en la estatua metálica más alta del planeta.

“El pueblo de los Estados Unidos acepta con gratitud de sus hermanos de la República Francesa la gran y completa obra de arte que inauguramos aquí. Esta muestra del afecto y la consideración del pueblo de Francia demuestra el parentesco de las repúblicas, y nos transmite la seguridad de que en nuestros esfuerzos por recomendar a la humanidad la excelencia de un gobierno basado en la voluntad popular, todavía tenemos más allá del continente americano un aliado firme”, dijo. Y agregó: “No estamos aquí hoy para inclinarnos ante la representación de un dios feroz y guerrero, lleno de ira y venganza, sino que contemplamos alegremente nuestra propia deidad vigilando y protegiendo las puertas abiertas de América. En lugar de agarrar en su mano los rayos del terror y de la muerte, sostiene en alto la luz que ilumina el camino hacia la liberación del hombre”.

Durante la ceremonia, la Estatua de la Libertad irradiaba un brillo dorado que hoy no se le conoce, ya que con el correr de los años —en realidad unos pocos— el cobre fue virando al verde con que se la puede ver en la actualidad. Durante los primeros veinte años, entre 1886 y 1906, fue utilizada como faro, pero la baja potencia de iluminación con la que contaba hizo que se dejara de usarse para guiar a los barcos. La antorcha que sostiene actualmente no es la original, fue reemplazada en 1986 por una réplica que incluía hojas de oro para evitar su deterioro.

La Estatua de la Libertad fue inaugurada el 28 de octubre de 1886. La enorme estructura de 93 metros de altura desde la base y 225 toneladas de peso se convirtió por entonces en la estatua metálica más alta del planeta (AP/Ted S. Warren, Archivo)
La Estatua de la Libertad fue inaugurada el 28 de octubre de 1886. La enorme estructura de 93 metros de altura desde la base y 225 toneladas de peso se convirtió por entonces en la estatua metálica más alta del planeta (AP/Ted S. Warren, Archivo)

Dos curiosidades argentinas

Lo que el presidente Cleveland ni ninguno de quienes asistieron al acto de inauguración del monumento sabían es que, pocos días antes, en el mismo mes de octubre, pero el día 3, otra Estatua de la Libertad había sido inaugurada en el otro extremo del continente americano, más precisamente en la Argentina. Todavía hoy se la puede ver, aunque pasa casi inadvertida. Como la otra, fue construida por el francés Frédéric Bartholdi, pero mide apenas tres metros y está instalada cerca de lo que hoy es el Barrio Chino de Belgrano, llegando a la esquina de la calle La Pampa y la Avenida Virrey Vértiz. Es de hierro fundido y, en un principio, fue pintada de color bronce, pero con el paso de los años, el impacto del sol oxidó la pintura y quedó verde.

Otro hecho poco conocido es que la voz en idioma castellano de la audioguía del recorrido por el interior de la estatua pertenece desde 2017 a un argentino. Se trata del locutor cordobés Agustín Giraudo, a quien le encargaron que encarnara a un adolescente intrépido, aventurero, que iba descubriendo la historia que encierra el monumento para contarla. En una entrevista que el autor de esta nota le hizo hace dos años, Agustín contó que le dieron un plazo de quince días para entregar el audio terminado, pero que lo hizo en apenas un día, que un miércoles mandó el contrato firmado e investigó el recorrido y que al día siguiente trabajó sin parar. “Llamé a mi mamá y le dije: ‘Vieja, te necesito mañana a las 8 de la mañana en casa para que cuides al nene. Yo desaparezco, me meto en el estudio y desaparezco, no sé cuándo salgo’. Me metí el jueves a las ocho y media de la mañana y salí a las seis de la tarde con todo el trabajo ya grabado, editado, limpio, listo para entregar”.

Agustín recibió el pago por su trabajo y nunca más tuvo noticias de la productora. Tampoco sabía si finalmente habían utilizado su grabación hasta que la confirmación le llegó por una vía impensada. Estaba viajando desde Córdoba a su casa cuando recibió el mensaje por WhatsApp de un amigo desde Nueva York. “Me decía: ‘No vas a creer dónde te encontré’. Paré a un costado de la autopista y me encuentro con un video donde mi amigo está con el telefonito, la audioguía y la estatua de fondo. ‘Mirá, mirá’, me decía mi amigo. Recién ahí caí… fue como ‘¡Mierda! ¡Es en serio!’. Me puse a llorar ahí mismo, en el auto, a un costado de la autopista. Recién ahí supe que todo era real”, contó emocionado en aquella entrevista.

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