
Antes de los motores, el oficio del albardonero fue parte del transporte y de la economía rural en España y gran parte de Europa, según National Geographic. A esos artesanos los llamaban los sastres de las caballerías porque hacían a medida albardas y otros aparejos para mulos, burros y caballos.
Un albardonero era el artesano que fabricaba y reparaba albardas, cinchas y otros aparejos para animales de carga. Su trabajo permitió durante siglos que mulos, burros y caballos cargaran mercancías, araran, recorrieran veredas y acudieran a ferias y romerías sin dañarse.
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El nombre del oficio venía de la albarda o albardón, la pieza almohadillada que se colocaba sobre el lomo de la caballería para repartir el peso y evitar roces. Pero su trabajo no se limitaba a esa pieza: también confeccionaba y reparaba jáquimas, bozales, mandiles, jalmas, sobrejalmas, ataharres, petrales, alforjas, colleras y badanas, entre otros aparejos citados por National Geographic.
Llamarlos sastres de las caballerías no era una exageración. Su labor consistía en adaptar cada pieza al animal y mantener en condiciones el equipo del que dependían el trabajo diario, el transporte y los desplazamientos rurales.
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Un trabajo hecho a la medida del animal

Cada encargo exigía medir al animal, ajustar patrones, cortar, coser, rellenar, bordar y rematar con precisión porque cada encargo exigía medir al animal, ajustar patrones, cortar, coser, rellenar, bordar y rematar con precisión. Si el aparejo quedaba mal hecho, se estropeaba antes y además podía herir al animal o impedirle trabajar bien.
Los albardoneros trabajaban con cuero, lonas de algodón, telas, cáñamo, paja de centeno, tamo, pelo de animal, esparto y cera de abeja. Entre sus herramientas figuraban el almaraz o aguja grande, el palmete para empujar la aguja, punzones, tijeras, cuchillas y baquetillas para prensar el relleno.
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Todo se hacía a mano y requería paciencia, vista y pulso. Había que dar puntadas iguales, zurcir, remendar, encordonar, rellenar sin huecos y calcular tensiones para respetar la anatomía del animal.
El acabado también marcaba diferencias entre talleres. Algunos artesanos se distinguían por la firmeza de las piezas, la calidad de los bordados y la forma de rematar cada trabajo.
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Un oficio en la economía rural

Durante siglos, allí donde había arrieros, labradores y bestias de carga, había también un albardonero. En algunas localidades coexistieron varios talleres familiares y los maestros transmitían el oficio de padres a hijos durante generaciones.
Era un trabajo relativamente estable porque, mientras los animales siguieran en faena, no faltaban encargos. Antes de la mecanización, buena parte de la actividad rural descansaba sobre mulos, burros y caballos que cargaban mercancías, ayudaban a arar y servían para viajar por caminos difíciles.
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Ese mundo también tenía una dimensión estética. Muchas piezas de gala se adornaban con lanas e hilos de colores y con diseños geométricos que National Geographic vincula con la herencia andalusí.
La vistosidad importaba, sobre todo entre los arrieros que comerciaban de cara al público. Cada taller dejaba además una marca propia en el bordado y en la terminación de los aparejos.
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La desaparición con la llegada del motor

El declive empezó de forma gradual, pero avanzó con la mecanización del campo y la expansión del coche, el camión y el tractor. Los encargos para el trabajo diario se redujeron hasta quedar casi solo usos puntuales como romerías, paseos, caza, decoración o equitación tradicional.
Con la pérdida de ese oficio no desapareció solo una técnica artesanal. También se debilitó un conjunto de saberes ligados al trabajo con animales y un vocabulario que incluía términos como jarma, carona, ataharre, pleital, bozal, collera o mandil, según recoge National Geographic.
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