
Langley Collyer llevaba un mes muerto cuando la policía lo encontró. Su cuerpo estaba a tres metros de su hermano Homer, que había muerto de hambre días después. Entre ellos había un laberinto de diarios viejos apilados hasta el techo, 14 pianos, 25.000 libros, esqueletos de animales, órganos humanos en frascos, rastrillos, acordeones, bicicletas oxidadas, carritos de bebé y más de 100 toneladas de objetos que dos hombres de familia adinerada habían acumulado durante décadas en una mansión de Harlem.
Homer Lusk Collyer nació el 6 de noviembre de 1881. Su hermano Langley Wakeman Collyer llegó cuatro años después, el 3 de octubre de 1885. Su padre, Herman Livingston Collyer, era ginecólogo con reputación en Nueva York. La madre, Susie Gage Frost, había sido cantante de ópera. La familia tenía además raíces en el negocio naviero del río Hudson, donde un antepasado había sido uno de los mayores constructores de barcos de la región. Los Collyer podían rastrear su linaje hasta 1620, cuando uno de sus ancestros llegó en el Speedwell, el barco que zarpó días después del Mayflower.
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Los dos hermanos estudiaron en la Universidad de Columbia. Homer se graduó en derecho marítimo. Langley, en Ingeniería Eléctrica y Mecánica, aunque también tocaba el piano con suficiente nivel como para actuar en el Carnegie Hall. En 1909, sus padres compraron la mansión de la Quinta Avenida, en el entonces exclusivo barrio de Harlem. Cuando Herman y Susie se separaron ese mismo año, la mujer se quedó con la casa y con los hijos.

A finales de los años 10 y principios de los 20 del siglo XX, Harlem atravesaba una transformación profunda. La llegada masiva de población afroamericana y la expansión de las obras del metro reconfiguró el barrio. Las familias pudientes emigraron hacia zonas más exclusivas de Manhattan. En 1919, los padres de los Collyer les ofrecieron mudarse con ellos. Los hermanos rechazaron la propuesta. Se quedaron en su castillo.
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Homer trabajó como abogado; Langley vendió pianos y daba clases en escuelas dominicales. Ambos participaban en la vida del barrio. Pero la muerte de su madre en 1929 aceleró su repliegue. Y en 1932 llegó el golpe definitivo. Homer sufrió un derrame cerebral que le provocó hemorragias en la parte posterior de los ojos. Quedó ciego. Poco después, la falta de movimiento paralizó sus piernas. Homer no volvería a salir de la mansión.
El principio de la acumulación
Langley no aceptó el diagnóstico médico. Como hijo de un ginecólogo, consideraba que tenía criterio suficiente para tratar a su hermano. Diseñó una dieta que consistía en 100 naranjas semanales, pan negro y manteca de maní, convencido de que eso restauraría la visión de Homer.
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Pero Langley fue más lejos. Comenzó a guardar cada diario que llegaba a sus manos. Su lógica era impecable dentro de su propio sistema. Cuando Homer recuperara la vista, necesitaría ponerse al día con todo lo que se había perdido. .
La acumulación de periódicos fue solo el principio. Langley salía de noche y regresaba con todo lo que encontraba: libros, instrumentos musicales, latas de conservas, muebles, ropa, equipos de fotografía, relojes, maniquíes, árboles de Navidad, telas y botellas vacías. También compraba whisky, que según él tenía “fines medicinales”.
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Entre las piezas más extrañas que reunió figuraban una máquina de rayos X, varios esqueletos de caballos y vacas, vísceras humanas en frascos y una piragua similar a la que su padre usaba para cruzar el río hasta el hospital.
Tras la muerte de los hermanos, la policía halló 14 pianos, 25.000 libros, cientos de metros de tela, miles de latas y una cantidad de objetos que los investigadores calcularon en más de 120 toneladas, el peso aproximado de una ballena azul.
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En 1917, los hermanos cortaron el teléfono. En 1928 desconectaron el gas y la electricidad. Langley argumentó que simplificaba sus vidas. Para obtener agua, cargaba bidones desde los parques del barrio. Para cocinar, usaban un horno a querosén.
La primera aparición de los hermanos en la prensa data de 1938, cuando la periodista Helen Worden, del World Telegram, publicó una crónica sobre dos ermitaños adinerados que vivían rodeados de alfombras orientales, antigüedades y montones de dinero. Langley concedió una de sus escasas declaraciones. “No tenemos teléfono y hemos dejado de abrir el correo. No puedes imaginarte lo libre que nos sentimos”. Cuando la periodista le preguntó por su ropa andrajosa, respondió. “Me robarían si fuera vestido de otra manera”.
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La historia corrió por Nueva York. Los rumores sobre tesoros escondidos en la mansión dispararon los intentos de robo. Langley respondió construyendo un sistema de trampas, túneles y barricadas con los propios objetos acumulados. Llegó incluso a comprar la propiedad contigua y dejarla vacía para garantizar su privacidad.

En 1939, trabajadores de Con Edison forzaron la entrada para retirar dos medidores de gas en desuso. El evento atrajo a cientos de curiosos. En 1942, cuando los hermanos dejaron de pagar la hipoteca, el banco envió una cuadrilla de limpieza. Langley la recibió con violencia. Cuando llegó la policía, sacó un cheque por USD 6.700 y pagó la deuda en el acto. Los acreedores se retiraron sin más preguntas. Nadie volvió a saber de ellos hasta el invierno de 1947.
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El olor que llegó desde la mansión
El 21 de marzo de 1947, alguien llamó a la Policía de Nueva York para reportar un olor nauseabundo proveniente de la casa de los hermanos Collyer. Un agente fue enviado al lugar. No encontró timbre. Las puertas estaban bloqueadas. Las ventanas del sótano, aunque rotas, tenían barrotes de hierro. El agente pidió refuerzos.
Cuando el grupo de policías logró forzar la entrada por una ventana del segundo piso, se encontraron con un muro de objetos. Periódicos, cajas, sillas, media máquina de coser y parte de una prensa de vino. Tuvieron que excavar durante horas. Al final de la tarde encontraron el cuerpo de Homer Collyer, sentado en un sillón, la cabeza apoyada sobre las rodillas, vestido con harapos. La autopsia determinó que había muerto hacía apenas unas horas, de inanición y enfermedad cardíaca.
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La hipótesis inicial fue que Langley había llamado a la policía de forma anónima y había huido. Los rumores lo situaban en un micro a Atlantic City. Pero la policía necesitaba confirmar que no seguía dentro del edificio.

Tres semanas para encontrar a un hombre
The New York Times informó en tiempo real sobre el avance de la búsqueda. “El segundo día de registro produjo cinco toneladas de basura variada y un gato enfermo, pero ningún rastro de Langley Collyer”, publicó el diario. La policía apenas lograba avanzar un metro por jornada. Las ratas habitaban los túneles laberínticos que Langley había construido con sus propias acumulaciones.
Después de 18 días, encontraron el cuerpo de Langley Collyer.
Estaba a menos de tres metros de donde habían hallado a Homer. Llevaba tres chaquetas, cuatro pantalones superpuestos, e iba descalzo. El examen forense determinó que llevaba muerto aproximadamente un mes. Había caído en una de sus propias trampas mientras llevaba comida a su hermano ciego. Una columna de periódicos y revistas se había derrumbado sobre él. Sin la fuerza para liberarse, murió aplastado. Las ratas habían devorado parte de su cuerpo.
Langley murió primero, aplastado, probablemente en febrero. Homer, ciego, inmóvil y sin que nadie le llevara comida ni agua, sobrevivió varias semanas más en la oscuridad total, escuchando cómo el silencio de su hermano se volvía permanente, sin poder moverse, sin poder gritar lo suficientemente fuerte para que alguien lo oyera a través de las paredes de basura.

Lo que quedó dentro de la mansión
El vaciado total de la propiedad llevó más de un mes. En total, se extrajeron al menos 120 toneladas de objetos. Familiares lejanos, que hasta entonces no habían dado señales de vida, aparecieron para reclamar la herencia.
Seis meses después de la muerte de los hermanos, la mansión fue demolida hasta los cimientos.
En 1947, el comportamiento de los hermanos Collyer no tenía un diagnóstico clínico preciso. Se hablaba de “síndrome de Diógenes”, un término que los medios usaban de forma imprecisa para referirse a cualquier caso de acumulación extrema.
Fue recién en 2013, con la publicación del DSM-V (el manual diagnóstico de la Asociación Americana de Psiquiatría), cuando el trastorno por acumulación fue reconocido como una categoría independiente, separada del trastorno obsesivo compulsivo con el que históricamente se lo confundía.
En el lugar donde estuvo la mansión de la Quinta Avenida existe hoy un pequeño parque. Se llama Parque de los Hermanos Collyer. Es un rectángulo de césped modesto en una esquina de Harlem. Un homenaje mínimo del Ayuntamiento de Nueva York a dos hombres que eligieron construir un mundo propio dentro de cuatro paredes, hasta que ese mundo los devoró.
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