
Cruzar el Atlántico Sur en un avión de madera y tela en la década de 1920 no era una misión audaz; era, básicamente, un boleto de ida al suicidio. Sin embargo, dos aviadores portugueses, Carlos Viegas Gago Coutinho y Artur de Sacadura Cabral, decidieron desafiar la inmensidad del océano y los límites de la tecnología de su tiempo para protagonizar una de las mayores epopeyas de la historia de la aviación.
La aventura llegó a su fin el 17 de junio de 1922 con un espectacular acuatizaje en Río de Janeiro, pero había comenzado casi tres meses antes, cuando despegaron desde Lisboa en una misión que combinaba orgullo nacional, innovación técnica y una enorme dosis de valentía. El objetivo era rendir homenaje a Brasil por el centenario de su independencia mediante una hazaña que nadie creía que podría lograr.
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Lo que siguió fue una travesía marcada por riesgos constantes, desafíos inéditos y soluciones ingeniosas que cambiaron la navegación aérea para siempre. Más que un simple vuelo, esa expedición demostró que era posible cruzar océanos con precisión y abrió el camino para la era de los grandes vuelos de larga distancia.

Ingeniería al límite sobre el océano
Para afrontar el desafío, los aviadores eligieron un hidroavión Fairey IIID especialmente adaptado para la travesía. Bautizado como Lusitania, estaba equipado con un motor Rolls-Royce de 375 caballos de fuerza, una potencia considerable para la época. Aun así, cruzar el Atlántico en 1922 seguía siendo una apuesta arriesgada: una vez perdida de vista la costa, cualquier avería podía dejar a la tripulación a merced del océano.
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Aunque el avión era un elemento fundamental del proyecto, la verdadera innovación se encontraba en la navegación. A comienzos de la década de 1920, los vuelos sobre mar abierto seguían planteando enormes dificultades. Los pilotos podían orientarse siguiendo accidentes geográficos cuando volaban sobre tierra, pero en medio del océano las referencias desaparecían. Una desviación aparentemente pequeña podía traducirse en decenas de kilómetros de error y hacer imposible localizar una isla o un punto de escala.
Gago Coutinho llevaba años estudiando este problema. Marino, geógrafo y experto en navegación astronómica, estaba convencido de que era posible adaptar al vuelo técnicas que los navegantes utilizaban desde hacía siglos. Para ello, modificó el sextante tradicional —una herramienta de mano con visor que mide la altura de las estrellas para calcular la posición en el mapa— agregándole una pequeña burbuja interna. Este agregado funcionaba como un horizonte artificial: el piloto ya no necesitaba ver la línea del mar para orientarse, lo que permitía saber dónde estaban parados incluso volando a ciegas entre las nubes.
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El invento se complementaba con un corrector de rumbos diseñado por Cabral. Este instrumento permitía compensar las desviaciones provocadas por el viento, uno de los factores que más afectaban a la precisión de los vuelos de larga distancia. La combinación de esos sistemas daba una capacidad de navegación inédita para la época.
Antes de emprender la travesía, los dos aviadores realizaron diversas pruebas para comprobar la eficacia de los instrumentos. Los resultados fueron alentadores y reforzaron su confianza en el proyecto. La expedición no pretendía únicamente unir dos continentes; también buscaba demostrar que la navegación aérea podía alcanzar un grado de precisión comparable al de la navegación marítima.
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Aquella dimensión científica explica por qué la travesía despertó interés más allá de Portugal y Brasil. Si los cálculos de Coutinho funcionaban en condiciones reales, se abriría la posibilidad de planificar rutas aéreas sobre océanos y regiones remotas con una fiabilidad hasta entonces impensable.

La ruta y el primer accidente en San Pedro y San Pablo
El viaje comenzó el 30 de marzo de 1922 con el despegue desde Lisboa. La ruta había sido cuidadosamente diseñada para aprovechar puntos de escala que permitieran reabastecer combustible, revisar la aeronave y preparar cada nuevo tramo. El primer destino fue Las Palmas de Gran Canaria. Desde allí, los aviadores continuaron hacia Cabo Verde, donde realizaron escalas en São Vicente y posteriormente en Santiago.
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Aunque estas etapas transcurrieron sin incidentes graves, sí les exigieron una vigilancia constante. Los vuelos se desarrollaban en una época en la que la aviación todavía estaba dando sus primeros pasos y la seguridad era reducida. Cada aterrizaje permitía inspeccionar la estructura del avión, comprobar el estado del motor y corregir pequeños problemas antes de afrontar el siguiente trayecto.
La verdadera prueba comenzó al abandonar Cabo Verde. Frente a los aviadores estaba la inmensidad del Océano Atlántico. El objetivo era alcanzar el archipiélago de San Pedro y San Pablo, un pequeño conjunto de islotes rocosos situado a más de mil kilómetros de la costa brasileña. Localizar aquel punto perdido en medio del océano significaba una demostración práctica de la eficacia de los nuevos métodos de navegación.
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Durante el trayecto, las condiciones no fueron sencillas. Los vientos contrarios ralentizaron el avance del hidroavión y aumentaron el consumo de combustible. A medida que transcurrían las horas, los cálculos debían ajustarse continuamente para compensar las desviaciones provocadas por las corrientes atmosféricas. En esas circunstancias, la precisión de los instrumentos desarrollados por Coutinho y Cabral adquirió una importancia nunca antes lograda.
Finalmente, el Lusitania logró llegar a a las proximidades del archipiélago. El éxito parecía confirmar la validez de los cálculos realizados durante la travesía. Sin embargo, cuando intentaban completar la maniobra de amerizaje, el hidroavión sufrió un accidente. El impacto dañó gravemente uno de los flotadores y la aeronave comenzó a hundirse... La pérdida del aparato fue un duro golpe para la expedición. Después de semanas de preparación y miles de kilómetros recorridos, el proyecto parecía condenado al fracaso.
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Afortunadamente, los dos aviadores fueron rescatados por un buque de apoyo de la Marina portuguesa que seguía la expedición a cierta distancia. Luego de ser puestos a salvo, fueron trasladados a Fernando de Noronha, una isla donde pensaron cómo seguiría la misión.
Lejos de ponerle fin a la aventura, ese accidente abrió una nueva etapa. La noticia del siniestro comenzó a circular por la prensa internacional y despertó aún más interés por la expedición: lo que hasta entonces había sido una ambiciosa misión aeronáutica comenzaba a convertirse en un acontecimiento público; y todos querían saber cómo seguía.
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El segundo accidente, el Santa Cruz y la llegada a Brasil
El gobierno portugués decidió dar continuidad a la misión, convencido del valor científico y simbólico del proyecto. En ese avance, organizó el envío de un segundo hidroavión Fairey, con el objetivo de que Coutinho y Cabral pudieran retomar la travesía. La decisión implicaba un importante esfuerzo logístico, pero reflejaba la confianza en la viabilidad del método de navegación desarrollado por los aviadores.
El nuevo aparato permitió reanudar el vuelo el 11 de mayo. Sin embargo, la expedición volvió a enfrentarse a problemas técnicos, cuando una avería en el sistema de alimentación del motor obligó a realizar un nuevo amerizaje de emergencia en alta mar.
Los pilotos volvieron a ser rescatados y el segundo avión quedó inutilizable. En pocas semanas, la expedición había perdido dos aeronaves, lo que generó dudas sobre la continuidad del proyecto. Mientras algunos consideraban que debía abandonarse, otros defendían que los avances en navegación justificaban seguir.
La repercusión mediática creció con cada incidente. La prensa internacional seguía el desarrollo del viaje casi a diario, y los nombres de Coutinho y Cabral comenzaron a ganar notoriedad fuera de Portugal. Cada contratiempo alimentaba el debate sobre los límites de la aviación y la posibilidad real de los vuelos transoceánicos.
Finalmente, Portugal autorizó un último intento y envió un tercer hidroavión Fairey, bautizado Santa Cruz. Con esta aeronave, la expedición recuperó impulso y continuó la ruta por la costa brasileña, donde las escalas se transformaron en actos multitudinarios de recepción. El 17 de junio de 1922, el Santa Cruz amerizó en la bahía de Guanabara, en Río de Janeiro, completando con éxito la travesía iniciada casi tres meses antes. La hazaña confirmó la viabilidad de la navegación aérea de larga distancia mediante métodos rigurosos y marcó un hito para el desarrollo de la aviación.

El legado de una travesía histórica
Lo que esa expedición significó fue mucho más allá de la distancia recorrida. Su principal logro fue demostrar que la navegación astronómica podía aplicarse con éxito a vuelos de larga distancia sobre mar abierto. En una época en la que las comunicaciones por radio eran limitadas y los sistemas electrónicos de orientación aún no existían, aquella capacidad resultaba fundamental.
Los instrumentos desarrollados por Gago Coutinho y Sacadura Cabral fueron estudiados por especialistas de distintos países. Aunque la tecnología aeronáutica evolucionó rápidamente durante las décadas siguientes, los principios puestos a prueba durante la travesía portuguesa contribuyeron al perfeccionamiento de la navegación aérea moderna.
La expedición también ayudó a cambiar la percepción que se tenía de los océanos como barreras prácticamente infranqueables para los aviones. Hasta entonces, muchos vuelos de larga distancia dependían en gran medida de la suerte, de las condiciones meteorológicas o de referencias visuales limitadas. El éxito de Coutinho y Cabral mostró que era posible planificar rutas transoceánicas con un nivel de precisión mucho mayor.
Por eso, esta travesía ocupa todavía un lugar destacado en la historia de la aviación mundial. No fue simplemente una demostración de resistencia o de habilidad técnica sino que constituyó una prueba concreta de que la ciencia y la navegación podían ampliar de forma decisiva las posibilidades del transporte aéreo.
Su influencia se percibió en los años siguientes, cuando distintas naciones comenzaron a explorar nuevas rutas de largo alcance. La idea de conectar continentes mediante vuelos regulares dejó de parecer una fantasía para convertirse en un objetivo alcanzable. La aviación entraba en una etapa de expansión que transformaría las comunicaciones internacionales durante el siglo XX.
Apenas cuatro años después, en 1926, los aviadores españoles Ramón Franco y Julio Ruiz de Alda protagonizarían otra de las grandes páginas de la aviación al cruzar el Atlántico a bordo del hidroavión Plus Ultra. Aquella hazaña, al igual que muchas otras que vendrían después, fue posible en parte porque pioneros como Gago Coutinho y Sacadura Cabral habían demostrado que los grandes océanos podían recorrerse siguiendo una ruta marcada no por la intuición, sino por el conocimiento y la precisión.
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