
La fotografía es una de las más impactantes del siglo XX. Un joven camarero mexicano sostiene la cabeza de un hombre que agoniza sobre el piso frío de una cocina. A su alrededor hay gritos, sangre, policías, periodistas y personas que intentan comprender qué acaba de ocurrir. El herido es Robert Francis Kennedy, senador por Nueva York y favorito para convertirse en el próximo presidente de los Estados Unidos. El muchacho que lo asiste se llama Juan Romero y apenas unos segundos antes le había estrechado la mano para felicitarlo por una victoria electoral histórica.
Pocas horas después, Robert Kennedy estaría muerto. Era la madrugada del 6 de junio de 1968. Apenas habían transcurrido cinco años desde el asesinato de su hermano, el presidente John Fitzgerald Kennedy, y menos de dos meses desde el crimen de Martin Luther King Jr.
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Estados Unidos parecía haberse acostumbrado a convivir con la violencia política. Sin embargo, el asesinato de Robert provocó una conmoción especial. Para millones de personas representaba la posibilidad de reconstruir un país desgarrado por el racismo, la pobreza, los disturbios sociales y una guerra cada vez más impopular en Vietnam.

El fin de una esperanza
Su muerte no sólo eliminó a un candidato presidencial. También acabó con una esperanza. Para comprender la magnitud de aquella tragedia hay que remontarse muchos años atrás. Robert Francis Kennedy nació el 20 de noviembre de 1925 en Brookline, Massachusetts. Fue el séptimo de los nueve hijos de Joseph P. Kennedy y Rose Fitzgerald Kennedy, una familia que con el tiempo se convertiría en una de las más poderosas e influyentes de la historia política estadounidense.
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Desde pequeño creció bajo la sombra de un padre extremadamente ambicioso. Joseph Kennedy soñaba con construir una dinastía política y empresarial capaz de competir con las familias más poderosas del país. Sus hijos fueron educados bajo una disciplina rigurosa, con la convicción de que estaban destinados a alcanzar grandes objetivos.
Entre todos ellos, Robert parecía diferente. Era menos carismático que John, menos extrovertido, más reservado y reflexivo. Mientras “Jack”, como todos llamaban a John Fitzgerald Kennedy, deslumbraba con facilidad, Robert aparecía como un joven serio, estudioso y ferozmente leal a los suyos.
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Durante la Segunda Guerra Mundial sirvió en la Marina estadounidense. Más tarde estudió Ciencias Políticas y Derecho, iniciando una carrera que rápidamente lo llevó al corazón de Washington. Su ascenso político estuvo estrechamente ligado al de su hermano mayor. Cuando John Kennedy comenzó a construir su camino hacia la presidencia, Robert se transformó en su principal estratega. Era mucho más que un colaborador. Era su hombre de confianza, su consejero y, muchas veces, su ejecutor político.

La sociedad con JFK
La campaña presidencial de 1960 confirmó la eficacia de aquella sociedad. John Kennedy derrotó a Richard Nixon y se convirtió en el presidente más joven elegido por el voto popular en la historia de Estados Unidos. Como recompensa a años de trabajo y confianza absoluta, nombró a Robert fiscal general de la Nación. La decisión generó críticas. Muchos la consideraron un caso evidente de nepotismo. Sin embargo, Robert se tomó el cargo con una seriedad que terminó sorprendiendo a sus detractores.
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Desde el Departamento de Justicia impulsó una ofensiva contra el crimen organizado, enfrentó a las mafias que operaban en distintas ciudades estadounidenses y comenzó a involucrarse activamente en la lucha por los derechos civiles.
Aquellos años fueron especialmente convulsionados. Las tensiones raciales crecían día a día. Los afroamericanos reclamaban igualdad ante la ley y el fin de la segregación. Robert Kennedy, que inicialmente había sido cauteloso sobre el tema, evolucionó con rapidez hasta convertirse en un aliado clave de líderes como Martin Luther King Jr.
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El mundo convulsionado de los hermanos Kennedy
Mientras tanto, la presidencia de su hermano atravesaba algunos de los momentos más delicados de la Guerra Fría –período de tensión global entre el bloque capitalista (liderado por EE. UU.) y el bloque comunista (liderado por la Unión Soviética-. La invasión de Bahía de Cochinos en Cuba, la construcción del Muro de Berlín y la Crisis de los Misiles de 1962 colocaron al mundo al borde de una guerra nuclear. En cada una de esas situaciones Robert estuvo presente, participando de reuniones decisivas y desempeñando un papel central dentro del círculo presidencial.
Pero el sueño de los Kennedy se derrumbó el 22 de noviembre de 1963. Ese día, en Dallas, Texas, John Fitzgerald Kennedy fue asesinado mientras recorría la ciudad en una caravana presidencial. El impacto sobre Robert fue devastador. Durante años se especuló acerca de quién había sufrido más aquella pérdida: la viuda Jacqueline Kennedy o el propio Robert. Quienes lo conocieron sostienen que jamás logró recuperarse completamente.
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La “maldición” de los Kennedy
La Comisión Warren concluyó que el autor de los disparos había sido Lee Harvey Oswald, quien actuó solo. Sin embargo, las teorías conspirativas comenzaron casi de inmediato y continúan hasta nuestros días. La tragedia no fue la única que golpeó a la familia. Mucho antes, en 1944, el hermano mayor de los Kennedy, Joseph Kennedy Jr., había muerto cuando el avión militar que pilotaba explotó durante una misión en la Segunda Guerra Mundial.
En 1948, otra hermana, Kathleen Kennedy, falleció en un accidente aéreo en Francia. Décadas después llegarían nuevas desgracias: el asesinato de Robert en 1968, la muerte de David Kennedy por sobredosis en 1984, la de Michael Kennedy en un accidente de esquí en 1997 y la de John F. Kennedy Jr. en un accidente aéreo en 1999. La idea de una “maldición Kennedy” comenzó a instalarse en el imaginario popular.
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Tras la muerte de John, Robert atravesó un período de profundo dolor. Sin embargo, poco a poco regresó a la actividad política. En 1964 fue elegido senador por Nueva York y desde allí construyó una identidad propia. Ya no era simplemente el hermano del presidente asesinado. Era una figura nacional con vuelo propio.
Durante aquellos años recorrió barrios marginales, visitó comunidades afroamericanas, se interesó por la pobreza rural y cuestionó abiertamente la creciente intervención estadounidense en Vietnam. Su discurso comenzó a atraer sectores muy diversos. Lo apoyaban jóvenes universitarios, minorías raciales, trabajadores y buena parte del Partido Demócrata que buscaba un cambio de rumbo.
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El otro Kennedy que intentó llegar a la Casa Blanca
En 1968 decidió competir por la presidencia. El contexto era explosivo. La guerra de Vietnam consumía miles de vidas. Las protestas estudiantiles se multiplicaban. El asesinato de Martin Luther King había provocado disturbios en numerosas ciudades. El presidente Lyndon Johnson renunciaba a buscar la reelección. Robert Kennedy apareció entonces como una figura capaz de unir a sectores enfrentados. Su campaña fue impresionante. Donde iba generaba multitudes. Sus discursos mezclaban sensibilidad social, firmeza política y una capacidad poco común para conectar emocionalmente con la gente.
El 4 de junio de 1968 obtuvo una victoria aplastante en las primarias demócratas de California. Era un paso gigantesco hacia la nominación presidencial. Aquella noche se presentó en el Salón de los Embajadores del Hotel Ambassador de Los Ángeles para celebrar el triunfo. El ambiente era de euforia. Voluntarios, periodistas, dirigentes y simpatizantes colmaban el lugar. Cerca de la medianoche, Robert subió al escenario y pronunció uno de los discursos más recordados de su carrera. Agradeció el apoyo recibido y concluyó con una frase optimista: “Ahora vamos a Chicago y ganemos allí”. La multitud estalló en aplausos. Nadie imaginaba que acababan de escuchar sus últimas palabras públicas.

Los detalles del crimen
El plan original era abandonar el salón atravesando un sector despejado. Sin embargo, el jefe de seguridad William Barry sugirió utilizar un recorrido alternativo por la cocina debido a la enorme cantidad de personas presentes. La decisión resultaría fatal. Acompañado por Barry, algunos colaboradores y guardaespaldas improvisados, Kennedy comenzó a avanzar entre cocineros, empleados y simpatizantes que intentaban saludarlo.
Al llegar a una zona cercana a las máquinas de hielo se detuvo para estrechar la mano de Juan Romero, un joven empleado del hotel. En ese instante apareció un hombre armado. Se llamaba Sirhan Bishara Sirhan. Tenía 24 años, era inmigrante palestino y empuñaba un revólver calibre 22. Sin mediar palabra comenzó a disparar. El caos fue inmediato. Las balas impactaron sobre varias personas. Resultaron heridos el dirigente sindical Paul Schrade, el productor William Weisel, la activista Elizabeth Evans, el periodista Ira Goldstein y el voluntario Irwin Stroll.
Robert Kennedy recibió tres impactos. Dos penetraron en su cuerpo. El tercero ingresó por detrás de la oreja derecha y provocó daños cerebrales irreversibles. Barry y otros hombres lograron reducir al atacante mientras Juan Romero se arrodillaba junto al senador. La imagen recorrió el mundo. Kennedy fue trasladado primero al Central Receiving Hospital y luego al Good Samaritan Hospital, donde un equipo de especialistas intentó salvarlo mediante una compleja cirugía.
Durante toda la noche millones de estadounidenses siguieron las noticias con angustia. Las esperanzas se fueron apagando lentamente. A la 1:44 de la madrugada del 6 de junio de 1968 los médicos declararon su muerte. Tenía apenas 42 años. La reacción internacional fue inmediata. Miles de personas se acercaron a rendir homenaje. Su cuerpo fue trasladado en tren desde Nueva York hasta Washington. A lo largo del recorrido, cientos de miles de ciudadanos se ubicaron junto a las vías para despedirlo. Fue enterrado en el Cementerio Nacional de Arlington, muy cerca de la tumba de su hermano John.

La investigación avanzó rápidamente. Sirhan Sirhan fue sometido a juicio y declarado culpable de asesinato en primer grado. Durante el proceso sostuvo que había actuado motivado por el apoyo de Kennedy a Israel durante la Guerra de los Seis Días de 1967. Los investigadores hallaron anotaciones escritas de su puño y letra donde repetía obsesivamente que Robert Kennedy debía morir. En 1969 fue condenado a la pena de muerte.
Sin embargo, tres años después la Corte Suprema de California anuló temporalmente todas las condenas capitales vigentes en el estado. Como consecuencia, la sentencia fue conmutada por prisión perpetua. Desde entonces permanece preso. A lo largo de las décadas presentó numerosas solicitudes de libertad condicional. Todas fueron rechazadas durante años. En 2021 una junta evaluadora recomendó su liberación, pero la decisión fue revocada posteriormente por las autoridades de California. Hoy continúa en la Prisión Estatal Richard J. Donovan, un complejo penitenciario ubicado en Otay Mesa, al sur de San Diego, California.
La muerte de Robert Kennedy modificó para siempre la historia política estadounidense. Muchos historiadores consideran que era el favorito para obtener la nominación demócrata y competir seriamente por la presidencia. Nunca podrá saberse si habría llegado a la Casa Blanca. Lo que sí está claro es que representaba algo excepcional para aquella época convulsionada: la posibilidad de reconciliar a una sociedad fracturada.
Su asesinato cerró uno de los períodos más traumáticos de la historia moderna de Estados Unidos. Primero había caído John Kennedy. Luego Martin Luther King. Después Robert. Tres nombres distintos. Tres disparos que marcaron una generación. Y una sensación persistente de oportunidad perdida que todavía acompaña el recuerdo de aquel hombre que parecía destinado a completar la obra inconclusa de su hermano, pero terminó convirtiéndose en otra víctima de la violencia feroz que sacudió a Estados Unidos durante los años sesenta.
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