Vida y luchas de Alfredo Palacios, el hombre que navegó contra la corriente y se convirtió en el primer diputado socialista de América

Nacido el 10 de agosto de 1878 en Buenos Aires, por su trayectoria es considerado uno de los legisladores más importantes del país. Su pasaje del catolicismo al socialismo, su polémica con un enviado de Carlos Marx, las leyes laborales y sociales que promovió, y la sentida despedida de una multitud que llevó en hombros su féretro desde el Congreso al Cementerio de la Recoleta

Alfredo Palacios
Entre las leyes impulsadas por Alfredo Palacios se destacaron el descanso dominical, la Ley de la Silla y la regulación del trabajo de mujeres y menores
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“En el socialismo me inició mi madre a los 11 años. Ella puso en mis manos el Nuevo Testamento, con el sermón de la montaña, y llegó a apasionarme la figura de Jesús. Luego hice mías las palabras del doctor Juan B. Justo, fundador del Partido Socialista que decía: ‘Socialismo es la lucha en defensa y por la elevación del pueblo trabajador que, guiado por la ciencia, tiende a realizar una libre e inteligente sociedad humana basada sobre la propiedad colectiva de los medios de producción, o sea la tierra, las máquinas, los medios de transporte’”, contaba Alfredo Palacios cuando ya se había convertido en el primer diputado socialista electo en toda América.

La madre a la que se refería Palacios era Ana Beltrán, una uruguaya que vivía en concubinato con su padre, Aurelio José Florencio Palacios Bustamante, también uruguayo, llegado a la Argentina para estudiar Derecho en la Universidad de Buenos Aires, donde se recibió de abogado en 1854. Don Aurelio era un hombre rico, dueño de campos en la provincia de Santa Fe con casa y estudio legal en Buenos Aires. También era prolífico: Alfredo, que llegó al mundo en la ciudad de Buenos Aires el 10 de agosto de 1878, era uno de sus 19 hijos, nacidos de tres parejas sentimentales. Recién poco antes de morir, en 1890, don Aurelio reconoció y les dio su apellido a sus hijos extramatrimoniales, entre ellos a Alfredo. Le dejó así un nombre, pero nada de dinero, por lo que Ana Beltrán, junto con el futuro diputado, que por entonces tenía 12 años, y sus otros cuatro hijos debió mudarse a una casa alquilada en la calle Charcas, en el barrio de Palermo.

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Pese a las dificultades económicas, Alfredo Palacios pudo ingresar al bachillerato en el Nacional Buenos Aires (por entonces Colegio Nacional Central). Al mismo tiempo, influenciado por la religiosidad de su madre, se acercó al Centro Católico Pedro Goyena, donde cuando tenía solo 13 años comenzó a dirigir el periódico La Juventud. También, para ayudar a la economía familiar, colaboraba con El Diarito, donde cobraba 40 pesos mensuales, la mitad de los cuales se los daba a su madre y el resto lo utilizaba para comprar libros y pagarse los viajes al Colegio. Según Felipe Pigna, fue por entonces que hizo su primera aparición pública como “uno de los oradores en el entierro de uno de los pensadores y hombres de acción más notables del catolicismo argentino: José Manuel Estrada”.

Tenía 17 años en 1895 cuando ingresó, siguiendo los pasos de su padre, a la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires, donde obtuvo el título de abogado a los 22 años. Ese año, también, tendría un cruce curioso con el hombre que había llegado como enviado de Carlos Marx para difundir sus ideas en la Argentina.

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Alfredo Palacios
La formación de Alfredo Palacios combinó la influencia católica de su madre con las ideas socialistas de Juan B. Justo

La polémica con un enviado de Marx

Cuando Alfredo Palacios presentó su tesis de doctorado, en 1900, Raimundo Wilmart estaba a cargo de la cátedra de Derecho Romano de la Facultad de Derecho de la UBA y fue designado para integrar el jurado que debía evaluarla. Nacido en 1950 en Bélgica como Raymond Wilmart de Glymes d’Hollbecq, vástago de una familia noble, había llegado a la Argentina en 1872 con una misión encargada por la Internacional Comunista: tomar contacto con la embrionaria sección local de la Asociación Internacional del Trabajo (AIT) y trabajar para desarrollarlo. El encargo venía del mismísimo Carlos Marx en persona y, durante los primeros tiempos en el país, Wilmart trató de cumplir a rajatabla, como queda claro en las cartas que intercambiaba con el autor del Manifiesto Comunista.

Sin embargo, a medida que pasaban los meses se fue desanimando. “Van mal las cosas por aquí: sesiones vacías, falta de buena voluntad. Otros tres (miembros) acaban de partir, el diario no ha aparecido a lo largo del mes último. El número que debía salir mañana no aparecerá antes del 20. Los fondos faltan (…). No debemos desanimarnos nunca, pero hace falta mucha paciencia para soplar siempre sobre las cenizas que no quieren volver a encenderse (…) Hay demasiadas posibilidades de hacerse pequeño patrón y de explotar a los obreros recién desembarcados para que se piense en actuar de alguna manera”, le escribe a Marx a mediados de 1873.

En el marco de este desánimo, a principios de 1874, una enfermedad pulmonar lo obliga a viajar a Córdoba para recuperarse y allí cambia radicalmente su historia: estudia Derecho y se casa con Carlota Correa Cáceres, una joven de la alta sociedad, y luego se traslada a Mendoza, donde ejerce como juez civil y, más tarde, como camarista. Cuando regresa a Buenos Aires, en 1899, es otro hombre: se dedica plenamente a la actividad privada y enseñar en la UBA. Ya no queda nada del antiguo militante comunista.

Es entonces cuando es convocado para evaluar la tesis de Alfredo Palacios, titulada La Miseria en la República Argentina. Allí, el joven Palacios se refiere a “la influencia desmoralizadora de las fábricas” y Wilmart le responde con una anotación donde pone en claro su confianza en el papel civilizador del capitalismo: “Fíjese Sr. Palacios, que esas mujeres de las fábricas tendrán un trabajo tan duro y penoso como quiera, pero en su limpieza y hábitos intelectuales y sociales (…) no admiten comparación con esas desocupadas de antaño (…) La industria, aún con el proletariado, es un progreso y una evolución”. Resultado final: desaprobado.

Palacios nunca pudo olvidar esa herida. Ofuscado, pero con la ironía que lo caracterizaba, reproducirá años después las críticas de Wilmart, de quien ácidamente dirá que “en otra época dio trabajo a las autoridades francesas por el hecho de haberse declarado socialista”.

Alfredo Palacios
Alfredo Palacios ganó su banca en 1904 por La Boca y llevó por primera vez las ideas socialistas al Congreso Nacional

El primer diputado socialista

Cuatro años después de ese fracaso y con el título de doctor en Derecho obtenido con otra tesis, dedicada a la quiebra de empresas, repartía sus horas entre el ejercicio de la profesión en un estudio anunciado con una chapa que reza “Dr. Alfredo Lorenzo Palacios atiende gratis a los pobres”, y su creciente actividad en el Partido Socialista, creado por Juan B. Justo en 1896.

Para las elecciones legislativas de 1904, un grupo de inmigrantes italianos del barrio de La Boca lo visitó en su despacho y le ofreció la candidatura a diputado nacional por el Partido Socialista. Aceptó y se puso al hombro una campaña febril, casa por casa y conventillo por conventillo. Daba sus discursos en castellano y en italiano, siempre acompañado por un intérprete que los traducía al genovés. “¡Que hable el melenudo!”, pedían los obreros en esas reuniones, señalándolo por su larga cabellera que hacía juego con sus poblados bigotes.

El 13 de marzo de 1904, ante una elección en donde dominaba en el resto de la ciudad un clima de fraude de los partidos de derecha, Alfredo Palacios ganó su banca con 830 votos y se convirtió en el primer diputado socialista electo en todo el continente americano.

Con él también, las ideas socialistas se escucharon por primera vez en el Congreso Nacional, donde propuso y logró que se aprobaran importantes leyes como la del descanso dominical en 1905 y la ley de la silla que obligaba a los patrones a disponer de una silla para el descanso de los empleados de comercio. Se convirtió en un personaje incómodo para sus colegas legisladores, no solo por sus actitudes personales sino además por “la barra” que solía acompañarlo. “Creo que esa turba que a diario acompaña al señor diputado hasta las puertas de esta casa, turba que suele honrarnos con sus silbidos y que para algunos constituye la expresión misma de la soberanía popular, no es otra cosa que la prolongación del despotismo sectario… Creo que mi país debe seguir desarrollando… sin que banderas rojas, que serán siempre trapos intrusos en su seno, turben la augusta majestad de su marcha”, llegó a quejarse el diputado Belisario Roldán, según consta en los registros de las sesiones.

Alfredo Palacios
Palacios impulsó el sufragio femenino, la Ley Palacios contra la trata de personas y el artículo 14 bis de la Constitución Nacional

Nunca terminó un mandato

Así como quedó en la historia como el primer diputado socialista del continente, Alfredo Palacios se ganó con los años otro récord como legislador: nunca pudo terminar los mandatos para los que había sido elegido. En 1908, diez días antes de finalizar su primer período, el Congreso fue clausurado por el gobierno de José Figueroa Alcorta. En 1915 debió renunciar a su banca luego de ser expulsado del Partido Socialista por retar a duelo al diputado radical Horacio Oyhanarte, algo que estaba expresamente prohibido por los estatutos partidarios. De inmediato fundó el Partido Socialista Argentino, por el que se presentó a las elecciones legislativas de 1916 y 1918 pero fue derrotado por los radicales.

Volvió al Partido Socialista en 1930 y al año siguiente fue elegido senador nacional, con un mandato de nueve años. Durante la campaña electoral se salvó de la muerte cuando lo balearon mientras hablaba en un acto en Bragado. Tampoco llegó a cumplir su período completo en el Senado, porque fue interrumpido por el golpe de Estado del 4 de junio de 1943, liderado por el Grupo de Oficiales Unidos (GOU), que derrocó al presidente Ramón Castillo.

Durante el primer gobierno de Perón fue detenido y encarcelado luego del frustrado golpe del general Benjamín Menéndez en septiembre de 1951. Luego del derrocamiento del líder del justicialismo, la autodenominada Revolución Libertador lo designó embajador en Uruguay, lo que no le impidió oponerse a la pena de muerte instalada por la dictadura ni exigir el cese de las ejecuciones de civiles y militares luego de los fusilamientos de junio de 1956. Aún así fue convencional constituyente para la reforma constitucional de 1957 e impulsor del artículo 14 bis de la Constitución Nacional.

También fue candidato presidencial en 1958 con la fórmula Alfredo Palacios - Carlos Sánchez Viamonte. Por aquel entonces la Revolución cubana era el ideal de muchos sectores y el socialismo argentino la vio con suma simpatía, a tal punto que el lema de la campaña presidencial era: “En Cuba los barbudos, en Argentina los bigotudos... vote vote vote vótelo a Bigote”. Luego, cuando la Revolución Cubana se adhirió al bloque soviético, Palacios tomó distancia de Fidel Castro y lo criticó por ese acercamiento al comunismo, explicando que consideraba imposible al socialismo sin libertad.

Fue elegido nuevamente senador en 1961 y su primera acción luego de jurar fue visitar a los presos políticos y gremiales del gobierno de Frondizi. El 20 de mayo de 1961, revólver en mano, secuestró una picana eléctrica utilizada por la policía de San Martín para torturar a disidentes políticos. Días antes, había interpelado al ministro del Interior, Alfredo Vítolo, por la ley marcial, las torturas policiales y las proscripciones políticas. Esa vez no pudo terminar su mandato por el derrocamiento de Arturo Frondizi. Le faltaba todavía sufrir una última jugarreta del destino: tampoco pudo terminar su último período como diputado nacional, durante el gobierno del radical Arturo Umberto Illia, porque murió antes de completarlo.

Alfredo Palacios
Alfredo Palacios nunca pudo completar sus mandatos legislativos por clausuras del Congreso, golpes de Estado y renuncias forzadas

Autor de leyes fundamentales

Pese a todas esas interrupciones, la labor legislativa de Alfredo Palacios es una de las más importantes de la historia del Congreso Nacional, con leyes que ampliaron derechos y defendieron a los trabajadores. Entre ellas se cuentan la Ley de Descanso Dominical, sancionada en 1905 y que fue la primera ley obrera del país, donde se establecía la obligación del descanso los días domingo con multas a los empleadores infractores; la Ley de Regulación del Trabajo de Mujeres y Menores, aprobada en 1907, que limitó las horas de labor y prohibió el trabajo peligroso o nocturno para niños y mujeres en fábricas; la Ley de la Silla, que obligó a los dueños de comercios y barracas a proveer asientos con respaldo para que los empleados pudieran descansar durante la jornada; la Ley del Sábado Inglés, aprobada en 1932, que estableció el cese de las actividades laborales a partir del mediodía del sábado; y la Ley de Accidentes de Trabajo, que instauró la responsabilidad económica de los patrones ante lesiones o muertes de operarios sufridas durante el desempeño de sus tareas.

Palacios fue además un pionero en la lucha por los derechos civiles y la protección de las personas. En 1913 presentó el primer proyecto de ley para modificar el Código Civil y permitir el sufragio femenino, y ese mismo año logró que se sancionara la que se conoció como “la Ley Palacios contra la trata de personas”, la primera norma del continente que penalizó el proxenetismo y la explotación sexual con fines comerciales.

También dejó importantes textos sobre derecho laboral, ensayos políticos, soberanía y la realidad social argentina, como La Miseria, su frustrada tesis doctoral de 1900; El Nuevo Derecho, publicado en 1929, donde fundamenta la necesidad de proteger a la parte más débil de la relación laboral y la intervención del Estado; El dolor argentino, un análisis crítico sobre los problemas estructurales, políticos y sociales del país editado en 1921; Nuestra América y el imperialismo, de 1950, donde desarrolla una reflexión geopolítica sobre la autonomía de los pueblos latinoamericanos frente a las potencias extranjeras; y Las Islas Malvinas, Archipiélago Argentino, un alegato histórico y jurídico publicado en 1958 en defensa de la soberanía argentina sobre el archipiélago.

Alfredo Palacios murió el 20 de abril de 1965, a los 77 años, y fue velado en el Congreso Nacional, donde hubo un masivo e incesante desfile de ciudadanos, dirigentes políticos de distintas fuerzas y personalidades para despedirlo. Luego, el féretro fue trasladado en hombros por sus correligionarios hasta la sede del Partido Socialista Argentino y desde allí al Cementerio de la Recoleta, donde descansan sus restos.

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