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La vida de Edith Stein: la brillante filósofa judía que se convirtió en monja y fue asesinada en las cámaras de gas de Auschwitz

Intelectual, feminista, enfermera, profesora y religiosa, murió en el campo de exterminio junto con su hermana Rosa. Juan Pablo II la canonizó en 1998 y la proclamó copatrona de Europa

Composicón Edith Stein
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La madrugada del 9 de agosto de 1942, un tren detenido en algún punto del complejo de exterminio de Auschwitz-Birkenau recibió a un grupo de deportados que ya no tenía ninguna posibilidad de regresar. Entre ellos viajaba una mujer de 50 años que había dedicado buena parte de su existencia a intentar comprender al ser humano, primero a través de la filosofía y después desde la fe. Se llamaba Edith Stein.

Para los nazis era, antes que cualquier otra cosa, una judía. Para la Iglesia católica, la hermana Teresa Benedicta de la Cruz, una carmelita que había elegido la vida contemplativa después de una larga búsqueda espiritual. En el mundo académico había sido una discípula brillante de Edmund Husserl –filósofo y matemático fundador de la fenomenología trascendental- y una de las mujeres intelectualmente más destacadas de la filosofía alemana de comienzos del siglo XX. Después de la guerra, se convertiría en una de las figuras religiosas más singulares de la tragedia europea.

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Ese fatídico 9 de agosto Edith Stein murió en una cámara de gas de Auschwitz junto con su hermana Rosa y muchos otros judíos deportados desde los Países Bajos. No hubo juicio, condena ni un crimen que los nazis pretendieran castigar. Su muerte fue consecuencia de una política de exterminio que había convertido el origen étnico y religioso en una sentencia. Para comprender cómo aquella mujer extraordinaria terminó en Auschwitz hay que retroceder más de medio siglo.

Retrato en blanco y negro de una mujer con el cabello recogido, que viste una camisa blanca, corbatín oscuro y chaqueta. Fondo liso
Edith Stein -la menor de 11 hermanos- nació el 12 de octubre de 1891 en Breslau, entonces una ciudad del Imperio alemán y hoy Wrocław, en Polonia

La niña que nació en Yom Kippur

Edith Stein -la menor de 11 hermanos- nació el 12 de octubre de 1891 en Breslau, entonces una ciudad del Imperio alemán y hoy Wrocław, en Polonia. Fue la última hija de una familia judía. Su padre, Siegfried Stein, era comerciante de madera y murió cuando Edith todavía no había cumplido dos años. Su madre, Auguste, quedó viuda y tuvo que hacerse cargo de una familia numerosa y de la administración del negocio familiar.

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La fecha del nacimiento de Edith adquirió para su madre un significado especial. Ese día se celebraba Yom Kippur, el Día de la Expiación, la jornada más solemne del calendario judío. Auguste siempre consideró que aquella coincidencia hacía particularmente especial a su hija. La niña crecería dentro de una familia profundamente vinculada a la tradición judía, pero su relación con la religión sufriría un cambio radical durante la adolescencia.

Edith era extraordinariamente inteligente. Aprendía con rapidez, tenía una memoria excepcional y demostraba una capacidad intelectual que sorprendía a sus maestros. Pero aquella inteligencia también la llevó a cuestionar las creencias que había recibido en su infancia. Y en la adolescencia perdió la fe. Más tarde recordaría que había abandonado deliberadamente la práctica religiosa y que durante un período de su vida se consideró atea.

No se trató de una ruptura impulsiva. Fue, en cierto modo, otra etapa de su búsqueda. Si la religión ya no podía ofrecerle las respuestas que necesitaba, pensaba encontrarlas en la razón. Y la filosofía se convirtió en el camino.

Retrato en blanco y negro de Edith Stein, una mujer con sombrero cloche y cuello blanco, mirando hacia adelante
En 1911 terminó sus estudios secundarios con excelentes resultados y comenzó a estudiar en la Universidad de Breslau

Una mujer en un mundo para hombres

En 1911 terminó sus estudios secundarios con excelentes resultados y comenzó a estudiar en la Universidad de Breslau. Al principio se interesó por la germanística y la historia, pero pronto descubrió que la filosofía era su verdadera vocación. En aquella época, sin embargo, la universidad y, especialmente, la carrera académica, estaban dominadas por los hombres. Edith no aceptó fácilmente esos límites.

También se involucró en cuestiones relacionadas con los derechos de las mujeres y llegó a formar parte de una organización vinculada al sufragio femenino en Prusia. Su preocupación por la condición de la mujer no fue una inquietud pasajera. Durante toda su trayectoria intelectual reflexionaría sobre la educación femenina. Pero la filosofía terminaría ocupando el centro de su vida.

En 1913 se trasladó a Gotinga para estudiar con Edmund Husserl, uno de los grandes pensadores europeos del siglo XX y fundador de la fenomenología. Para Edith Stein aquel encuentro resultó decisivo. Husserl no era simplemente un profesor brillante. Había creado una corriente filosófica que proponía volver a la experiencia concreta y estudiar rigurosamente cómo se presenta la realidad a la conciencia. Edith se convirtió en una de sus alumnas más destacadas. Su capacidad intelectual era tan evidente que terminó trabajando como asistente de Husserl. En 1916 obtuvo el doctorado en filosofía con una tesis sobre el problema de la empatía.

Mujer con traje oscuro sentada en silla metálica bajo un árbol grande. Al fondo se observan otros árboles, arbustos y edificaciones. Imagen en blanco y negro
Los nazis excluyeron a Edith Stein del cuerpo de docentes universitarios

La guerra y los enfermos

Cuando estalló la Primera Guerra Mundial interrumpió temporalmente su carrera académica. En lugar de permanecer en un ambiente universitario protegido, decidió colaborar con la Cruz Roja. Fue enviada como enfermera a un hospital militar en Austria. Allí entró en contacto directo con soldados heridos y enfermos. La experiencia fue dura. Había jóvenes que llegaban después de combatir en condiciones espantosas. Algunos sufrían heridas graves; otros padecían enfermedades infecciosas. Trabajó junto a ellos y conoció de cerca una realidad que ningún tratado filosófico podía reproducir.

La guerra también profundizó su reflexión sobre el sufrimiento, la muerte y la responsabilidad frente al otro. Cuando regresó a Alemania, intentó continuar su carrera universitaria. Pero apareció un obstáculo que no tenía que ver con su capacidad intelectual. Era mujer.

Aspiraba a convertirse en profesora universitaria. Tenía las credenciales, la formación y el reconocimiento de Husserl. Pero en la Alemania de aquellos años las posibilidades de una mujer de obtener una cátedra eran extremadamente limitadas. Husserl llegó a respaldarla, sin embargo, la puerta permaneció cerrada.

El giro decisivo ocurrió en 1921. Durante una estancia en la casa de su amiga Hedwig Conrad-Martius, tomó de una biblioteca la autobiografía de Santa Teresa de Ávila. Comenzó a leerla y no pudo detenerse. Cuando terminó, pronunció una frase que marcaría el comienzo de una nueva etapa: aquella era la verdad que había estado buscando. La mujer que durante años había vivido alejada de la religión decidió convertirse al catolicismo y fue bautizada en 1922.

Santoral
La Iglesia católica la reconoció como santa Teresa Benedicta de la Cruz

Teresa Benedicta de la Cruz

En 1933, cuando el régimen nazi llegó al poder en Alemania, la situación de los judíos comenzó a deteriorarse rápidamente. Las nuevas leyes y medidas discriminatorias empezaron a cerrarles las puertas de la vida profesional y pública. Para Edith Stein aquello significó también el final de su carrera docente. Su origen judío era ahora utilizado por el régimen como argumento para excluirla.

Ese mismo año tomó una decisión que llevaba tiempo madurando. Ingresó al convento de las Carmelitas Descalzas de Colonia. Allí adoptó el nombre religioso de Teresa Benedicta de la Cruz. No estaba huyendo del mundo. Había elegido una forma diferente de enfrentarlo.

Y mientras el nazismo avanzaba sobre Alemania, comenzó a comprender que su propio destino estaba cada vez más unido al de los judíos perseguidos. En 1938 fue trasladada al Carmelo de Echt, en los Países Bajos, en un intento de protegerla de la persecución. Pero el refugio duraría poco. La Alemania nazi ocupó los Países Bajos.

El 2 de agosto de 1942, la Gestapo llegó al convento. Cinco días después, un tren partiría hacia Auschwitz. Edith Stein sabía perfectamente lo que estaba ocurriendo. Lo que todavía no sabía era que aquellos serían los últimos días de su vida. El 2 de agosto de 1942, poco después de las cinco de la tarde la vinieron a buscar porque para el régimen nazi, su condición de católica no podía borrar el origen judío que figuraba en sus documentos.

Su hermana Rosa, que también se había convertido al catolicismo y colaboraba con las Carmelitas, estaba con ella. Las dos fueron obligadas a abandonar el convento. Según los testimonios conservados por quienes estuvieron allí, tomó la mano de Rosa y le dijo: “Ven, vamos por nuestro pueblo”. La frase se convertiría en una de las expresiones más recordadas de su historia. No significaba resignación ante el crimen. Era la conciencia de que, en aquel momento, el destino de ambas estaba unido al de miles de judíos europeos perseguidos por el nazismo.

La protesta que cambió todo

Para entender por qué Edith Stein fue detenida precisamente en agosto de 1942 hay que mirar lo que había ocurrido unos días antes. La persecución de los judíos en los Países Bajos se había intensificado después de la ocupación alemana. Las deportaciones habían comenzado y las autoridades nazis buscaban eliminar cualquier obstáculo que pudiera frenar la operación. La Iglesia católica neerlandesa protestó públicamente.

El 26 de julio de 1942, los obispos católicos hicieron leer en las iglesias una carta pastoral en la que condenaban las deportaciones y denunciaban el trato dado a los judíos. La reacción alemana fue inmediata. El régimen decidió que los judíos convertidos al cristianismo, que inicialmente habían quedado exceptuados de algunas de las primeras deportaciones, también serían perseguidos. La represalia fue especialmente dura. Entre los detenidos estuvieron Edith Stein y su hermana Rosa. En pocos días, Edith pasó de la relativa seguridad del convento a convertirse en una prisionera.

Las hermanas fueron trasladadas primero al campo de tránsito de Amersfoort y luego a Westerbork, donde concentraron a numerosos judíos antes de su deportación hacia el este. Para Edith, el viaje significaba la confirmación de algo que había comprendido mucho antes. El nazismo no estaba interesado en su fe. No le importaba que hubiera sido bautizada ni que dedicara años a la vida religiosa. Para las leyes raciales del régimen, seguía siendo judía. Y su conversión no podía salvarla.

El 7 de agosto de 1942, las hermanas Stein fueron incluidas en uno de los trenes que partieron desde los Países Bajos. El destino era Auschwitz que se había convertido en uno de los principales centros de asesinato masivo de la llamada “Solución Final”. Dos días después Edith murió asesinada en una cámara de gas junto con su hermana Rosa.

Santoral
Edith Stein Fue beatificada en 1987 y canonizada el 11 de octubre de 1998 por el papa Juan Pablo II. Crédito: Wikimedia Edith Stein

Una filósofa que terminó convertida en símbolo

La historia de Edith Stein no terminó en Auschwitz. Después de la guerra, su figura comenzó a adquirir una importancia creciente dentro de la Iglesia católica. Sus escritos filosóficos fueron recuperados y publicados. Su pensamiento sobre la persona, la empatía, la educación y la mujer volvió a despertar interés entre académicos y religiosos. Y su vida fue interpretada como el recorrido de una mujer que había atravesado diferentes formas de búsqueda hasta llegar a la fe. La Iglesia comenzó entonces el proceso para reconocerla oficialmente.

En 1987, el papa Juan Pablo II la beatificó en Colonia. Once años después, el 11 de octubre de 1998, fue canonizada en Roma. La Iglesia católica la reconoció como santa Teresa Benedicta de la Cruz. Un año más tarde, Juan Pablo II la proclamó, junto con Santa Brígida de Suecia y Santa Catalina de Siena, copatrona de Europa.

La elección tenía un profundo significado. Edith Stein representaba una Europa atravesada por sus propias contradicciones: la tradición judía de la que había nacido, la filosofía alemana que había estudiado, el cristianismo al que se había convertido y la persecución racial que terminó llevándola a Auschwitz.

Su muerte adquirió un significado que excedía su biografía personal. Fue una víctima del Holocausto y, al mismo tiempo, una figura religiosa para millones de católicos. Esa doble pertenencia explica en buena medida por qué su memoria continúa siendo tan poderosa. Su vida había sido, en cierto modo, una búsqueda permanente. Primero halló respuestas en la razón. Después las encontró en la fe. Pero nunca dejó de pensar.

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