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Encendió los deseos más ardientes en el París de la Belle Époque y terminó su vida consagrada a Dios: la vida de Liane de Pougy

Brilló como bailarina, fue cortesana, princesa y tuvo relaciones con mujeres y hombres que la convirtieron en leyenda. Pero la muerte de su hijo en la guerra dejaría un vacío que ni las joyas ni las pasiones de la carne podrían llenar. La historia de la mujer cuya vida representa la parábola perfecta entre la perdición de la carne y la redención del espíritu

Liane de Pougy
Liane de Pougy
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Sor Ana María de la Penitencia exhaló su último suspiro en la apacible Lausana, Suiza, el 26 de diciembre de 1950, y fue sepultada bajo la austeridad de un sayo dominico. Ciertamente era muy piadosa y poseía un gran temor de Dios; para la gran mayoría era solo una religiosa más que fallecía, no obstante, había sido la mujer que había encendido los deseos más prohibidos de la Belle Époque. Quien intente descifrar las razones de su transmutación final debe hundirse en los pliegues de una existencia que desafió la moral victoriana para terminar rindiéndose ante los altares de la orden terciaria. Más luego de su entierro, los periódicos de aquel invierno europeo daban cuenta a sus lectores de que la anciana mística, entregada con fervor a la plegaria constante, a la introspección silenciosa y a la expiación de sus antiguos desvíos carnales dentro del asilo francés de Santa Inés, no era otra que Liane de Pougy.

La gran cortesana de París, cuya leyenda se forjó entre sábanas reales, resolvió pasar los últimos años de su vida arrodillada sobre el frío mármol, despojándose voluntariamente de la vanidad del mundo para transmutar el lujo en una rigurosa ascesis espiritual. Aquellas manos que antaño sostuvieron relucientes hilos de perlas y diamantes exóticos terminaron gastadas por el roce áspero de las cuentas del rosario. La consagración definitiva a la Orden Terciaria de las Dominicas no fue un mero refugio de la vejez, sino una trinchera mística donde la antigua bailarina del Folies Bergère libró una batalla encarnizada contra sus propios recuerdos, asumiendo su nuevo nombre religioso como un estandarte de humillación voluntaria y reconciliación divina.

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La huida de los horrores de la Segunda Guerra Mundial la había empujado previamente a buscar amparo en las tierras helvéticas junto a su esposo, el príncipe rumano Georges Ghika. La mudanza a Suiza, lejos del estrépito de la ocupación y de las intrigas de una Europa que se desangraba, propició un reencuentro definitivo con aquella fe que su infancia conventual le había inoculado de manera casi profética. Sin embargo, la paz conyugal que antecedió a su viudez y posterior enclaustramiento místico había sido el fruto de una tormentosa reconciliación. Años antes, los salones europeos murmuraban sobre la profunda crisis del matrimonio real, desatada cuando el príncipe Ghika cayó rendido ante los encantos de la última conquista femenina de la propia Liane, un intrincado enredo pasional que desnudaba la compleja y promiscua naturaleza de sus antiguos vínculos afectivos.

Liane de Pougy fue una legendaria bailarina y cortesana que despertó suspiros y encendió los deseos de hombres y mujeres durante la Belle Époque, en París (REUTERS/Charles Platiau)
Liane de Pougy fue una legendaria bailarina y cortesana que despertó suspiros y encendió los deseos de hombres y mujeres durante la Belle Époque, en París (REUTERS/Charles Platiau)

Al quedar viuda, desatada ya de los compromisos mundanos que le imponía su rango aristocrático, la princesa Ghika abrazó la soledad como el único camino hacia la purificación. El asilo de Santa Inés se convirtió en su calvario y su gloria. Allí, entre los enfermos crónicos y los niños desamparados, la mujer que había sido la soberana del deseo parisino se transformó en la sirvienta de los más desdichados. Su cotidianidad se vio reducida a la estricta regla dominica: vigilias nocturnas, ayunos prolongados, lecturas de los textos de los grandes místicos y un silencio absoluto que solo se rompía para entonar cánticos litúrgicos o para confesar sus faltas. Se dice que en la intimidad de su celda despojada, Ana María de la Penitencia derramaba amargas lágrimas al rememorar la vaciedad de sus años de gloria. Cada hora dedicada a la oración comunitaria pretendía borrar una noche de desenfreno en los reservados de Maxim’s, y cada acto de caridad con los desahuciados operaba como un bálsamo sobre su alma atormentada por la culpa. Los fastuosos vestidos de seda que definieron la moda de una era fueron reemplazados por una túnica blanca y un velo negro, símbolos de una renuncia total que escandalizó a quienes aún la recordaban como la diva de los salones.

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La unión con la nobleza rumana en 1910 la había coronado con un título de auténtica realeza, transformándola en la princesa Ghika. Este matrimonio fue el broche de oro a una etapa de intensas pasiones literarias y amorosas, marcada de forma indeleble por su idilio con la escritora estadounidense Natalie Clifford Barney. El fuego de aquella relación quedó inmortalizado en las páginas de su célebre novela Idylle saphique, un texto donde Pougy expuso sin tapujos la bisexualidad que practicaba con naturalidad en el París de aquel entonces.

En la cúspide de su fama como diva indiscutible del Folies Bergère, la escritura no fue un simple pasatiempo, sino una astuta estrategia para alimentar el mito de su figura y seducir a un público fascinado por el morbo de sus confesiones. No obstante, en la severidad de su madurez espiritual, Liane llegó a abominar de aquellos escritos de juventud, viéndolos como monumentos a la soberbia humana y al pecado de escándalo. La orden terciaria le exigía una rectificación total de su memoria, y ella asumió el desafío sumergiendo su intelecto en la contemplación de los misterios divinos, sustituyendo las cartas de amor de sus antiguas amantes por las severas epístolas de los padres de la Iglesia.

Émile Zola
La mentora de Pougy fue Valtesse de La Bigne, una astuta cortesana sobreviviente del Segundo Imperio francés que ostentaba el orgullo de haber sido una de las últimas amantes del emperador Napoleón III, y cuya magnética e irreverente personalidad sirvió de inspiración directa al escritor Émile Zola para inmortalizarla bajo los rasgos de la protagonista de su novela "Nana"

El destino, siempre caprichoso y trágico, golpeó su corazón de madre mucho antes de su conversión definitiva. En 1914, los clarines de la Primera Guerra Mundial llamaron al frente a su único hijo, Marc Pourpe, un intrépido pionero que se había convertido en un auténtico héroe de la aviación francesa tras surcar los cielos inexplorados de Sudán, Egipto y su propia patria. La muerte lo reclamó en pleno campo de batalla durante los primeros meses del conflicto, dejando a la cortesana sumida en un dolor profundo que resquebrajó para siempre el brillo superficial de su opulencia mundana. Esta pérdida irreparable fue, en realidad, la primera semilla de su vocación religiosa; el vacío dejado por el hijo muerto no pudo ser llenado por ningún amante ni por ninguna joya. Décadas más tarde, en el silencio de su retiro dominico, Sor Ana María ofrecía sus penitencias corporales y sus horas de vigilia por el descanso eterno de aquel joven piloto, uniendo su dolor de madre al dolor de la Virgen al pie de la cruz, encontrando en esa identificación mística el consuelo que el mundo jamás logró proporcionarle.

Aquel lujo que rodeaba a la artista en sus años de esplendor se sostenía sobre una colosal fortuna en obras de arte y antigüedades que decoraban su fastuosa mansión en el corazón de París, un palacio urbano complementado por exclusivas residencias de veraneo en los paisajes costeros de Bretaña y en el clima templado de Niza. El verdadero estandarte de su opulencia, sin embargo, era una fabulosa colección de joyas preciosas que despertaba la envidia de la alta sociedad y rivalizaba directamente con el tesoro de su eterna competidora en los escenarios parisienses, la mítica Agustina Otero Iglesias “la bella Otero. Los hombres más poderosos de la Tierra —una selecta clientela de banqueros influyentes, industriales acaudalados, estadistas de primer orden, príncipes herederos y monarcas coronados— se habían disputado el privilegio de financiar aquel tren de vida desenfrenado a cambio de un favor de la cortesana. Nada de eso quedaba en la celda de Lausana. La vida religiosa le enseñó el valor de la santa pobreza, y Liane se deshizo de sus riquezas remanentes con una prisa casi desesperada, vendiendo los últimos vestigios de su opulencia para financiar el asilo de Santa Inés y asegurar el cuidado de los enfermos terminales. La mujer que había hecho de la ostentación su religión personal terminó encontrando la libertad absoluta en la carencia de bienes materiales, durmiendo en un camastro rústico y vistiendo ropajes remendados por sus propias manos.

Liane de Pougy
Liane de Pougy, que terminó su vida como Sor Ana María de la Penitencia, se llamaba en realidad Anne Marie Chassaigne. Y su viaje vital representaría para siempre la parábola perfecta entre la perdición de la carne y la redención del espíritu

La corte de admiradores masculinos orbitaba a su alrededor, pero el corazón y la alcoba de Liane pertenecieron también a mujeres singulares de aquel París irrepetible. Su lecho fue compartido de manera intermitente con Émilienne d’Alençon, quien ejercía el doble rol de amante apasionada en la intimidad y de encarnizada rival en los competitivos escenarios del music-hall de la capital francesa. El ascenso de Liane a los altares del deseo parisino había sido moldeado por la guía experta de Valtesse de La Bigne, una astuta cortesana sobreviviente del Segundo Imperio francés. Esta mentora de Pougy no solo ostentaba el orgullo de haber sido una de las últimas amantes del emperador Napoleón III, sino que su magnética e irreverente personalidad sirvió de inspiración directa al escritor Émile Zola para inmortalizarla bajo los rasgos de la protagonista de su novela Nana. Toda esta red de pasiones cruzadas, ambiciones artísticas y complicidades nocturnas se disolvió en el crisol de la penitencia.

El rígido internado religioso donde transcurrió su adolescencia parecía haber anticipado el retiro conventual que clausuraría sus días ochenta y un años después. La disciplina monacal de su educación contrastaba con el mestizaje de su sangre, una herencia biológica donde confluían la terquedad mística de las raíces bretonas de su padre y el orgullo apasionado de la ascendencia española de su madre.

Pocos de los espectadores que aplaudían a la audaz bailarina erótica imaginaban que bajo los ropajes de seda latía el temperamento de Anne Marie Chassaigne, la niña nacida un lejano 2 de julio de 1869 en la localidad de La Flèche, Sarthe, cuyo viaje vital representaría para siempre la parábola perfecta entre la perdición de la carne y la redención del espíritu. Al ingresar formalmente a la Tercera Orden de Santo Domingo, Ana María no hizo más que cerrar un círculo que se había abierto en las capillas de su infancia; la niña devota que se había extraviado en los laberintos del placer parisino regresaba finalmente a casa, purificada por el sufrimiento y decidida a morir en la Gracia divina. Su fallecimiento, desprovisto de la pompa que alguna vez la rodeó, fue el acto final de una mujer que logró vencer a su propio mito, demostrando que la verdadera Belle Époque de su alma comenzó el día en que decidió cambiarse el nombre por el de una penitente.

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