El arqueólogo que inspiró el personaje de Indiana Jones: restauró Chichén Itzá, estudió a los mayas y fue espía para Estados Unidos

Las investigaciones de Sylvanus Morley sobre la escritura jeroglífica y el calendario maya lo convirtieron en una de las principales figuras de la arqueología mesoamericana durante la primera mitad del siglo XX

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Sylvanus Morley
Sylvanus Morley nació en Pensilvania y era hijo de una familia de ingenieros y matemáticos

Sylvanus Morley unió su nombre al destino de Chichén Itzá cuando, en la década de 1920, quedó al frente de la dirección de las excavaciones y la reconstrucción del sitio. Aquella campaña retiró la densa vegetación que cubría las estructuras y expuso ante el mundo la verdadera magnitud de uno de los centros arqueológicos más importantes del continente.

El arqueólogo combinó el trabajo de campo con la investigación teórica, dedicando años al análisis de los jeroglíficos y el calendario maya. En los inicios del siglo XX, cuando la disciplina apenas se asomaba a la selva, sus publicaciones aportaron las piezas clave para descifrar una civilización que hasta entonces resultaba un misterio para la comunidad internacional.

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Pero en su vida, el verdader Indiana Jones también tuvo lugar para la crónica policial. Mientras recorría México y Centroamérica con la excusa de buscar ruinas durante la Primera Guerra Mundial, Morley operaba bajo las sombras como agente de la Oficina de Inteligencia Naval de Estados Unidos. Los permisos de excavación científica sirvieron como la pantalla perfecta para encubrir su faceta de espía, un secreto que su gobierno mantuvo bajo llave hasta varias décadas después de su muerte.

Sylvanus Morley
Sylvanus Morley en la infancia

De la ingeniería a la arqueología

Sylvanus Griswold Morley llegó al mundo el 7 de junio de 1883 en Chester, Pensilvania. Para cumplir con el mandato de su familia, primero completó la carrera de ingeniería civil, una formación técnica que luego abandonó para perseguir su verdadera vocación: la arqueología. El giro definitivo ocurrió al ingresar a la Universidad de Harvard, el escenario donde empezó a delinear su futuro profesional.

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Aquella fascinación por el pasado americano venía desde su juventud, alimentada por lecturas sobre ciudades perdidas y culturas bajo la selva. Sin embargo, fue en las aulas de Harvard donde ese interés disperso encontró un foco claro: el universo maya.

Un episodio fortuito aceleró el proceso. La universidad recibió una colección de piezas mayas que el arqueólogo Edward Herbert Thompson había rescatado de los alrededores de Chichén Itzá. Al examinar esos objetos, Morley tomó una decisión que cambió su vida —o la definió—; a partir de ese instante, la civilización maya se transformó en la columna vertebral de sus investigaciones.

Sylvanus Morley
El arqueólogo Morley reunido con un grupo de excavadores del Chichén Itzá

Con el título bajo el brazo en 1908, se lanzó al terreno y comenzó a transitar México y Centroamérica como parte de diversos proyectos de investigación. Sus primeros pasos lo llevaron a la península de Yucatán, un territorio hostil donde recorrió numerosos sitios arqueológicos que dormían sepultados y aislados por la vegetación.

En 1910 regresó a Yucatán con el propósito firme de estudiar las antiguas ciudades ocultas en la selva tropical, un viaje que terminó de consolidar su destino. Mientras gran parte de la comunidad académica de la época consideraba que los glifos mayas tenían un valor meramente simbólico o religioso, Morley rompió el molde: sostenía que formaban parte de un sistema de escritura complejo capaz de ser descifrado. Así, se convirtió en uno de los primeros investigadores en defender que aquellas inscripciones conservaban datos históricos puros y eran una fuente fundamental para entender el pasado de esa civilización.

Antes de concentrarse plenamente en el área maya, abrió un paréntesis geográfico y se dedicó a estudiar las culturas ancestrales del suroeste de Estados Unidos. Esos años de trabajo dejaron relevamientos que ayudaron a estructurar las bases de lo que hoy se conoce como el estilo arquitectónico Santa Fe, o Pueblo, consolidando su destreza en la arqueología precolombina antes de su gran etapa en el sur.

Sylvanus Morley
Con el primer equipo del Proyecto Chichén Itzá, en mayo de 1924. Por orden de aparición, de izquierda a derecha: Kilmartin, ingeniero; Monroe Amsden, arqueólogo asistente y pagador; Morris, arqueólogo a cargo de las excavaciones; su esposa y Morley, con sombrero

El arqueólogo que se convirtió en espía

Los años que Morley pasó recorriendo México y Centroamérica coincidieron con el estallido de la Primera Guerra Mundial. En ese contexto, la Oficina de Inteligencia Naval de Estados Unidos lo incorporó a una red de agentes que operaban bajo la cobertura de actividades académicas y científicas.

Su misión era informar sobre posibles movimientos alemanes en la región y detectar actividades que pudieran afectar los intereses del país. Entre otras tareas, debía investigar rumores sobre supuestas bases secretas para submarinos alemanes en las costas de México y Centroamérica, instalaciones cuya existencia nunca pudo comprobarse.

Ser arqueólogo le permitía desplazarse por amplios territorios y sin despertar demasiadas sospechas sobre qué estaba haciendo. Y viajaba equipado con cámaras fotográficas y materiales para tomar registros, recorría zonas remotas mientras reunía información política, económica y estratégica para las autoridades de su país.

Durante esos años elaboró informes detallados sobre puertos, costas, redes de transporte y situaciones políticas locales. Algunos documentos también analizaban cuestiones vinculadas con empresas estadounidenses que operaban en la región, lo que amplió el alcance de sus actividades más allá del espionaje estrictamente militar.

Cuando estas tareas se conocieron, generaron controversia dentro del ámbito académico. El antropólogo Franz Boas criticó la utilización de investigaciones científicas como cobertura para operaciones de inteligencia y sostuvo que esas tarea perjudicaba la credibilidad de toda la comunidad científica. El debate sobre la dimensión ética de la actuación de Morley sigue hasta hoy.

Sylvanus Morley
Sylvanus Morley (centro), junto a Addie Worth Bagley Daniels y Josephus Daniels, exsecretario de la Marina de Estados Unidos y embajador en México

Chichén Itzá y el legado de una vida

Al terminar la guerra, Morley se dedicó de lleno al proyecto que perseguía desde años atrás. En 1918 presentó al Instituto Carnegie de Washington un ambicioso plan para estudiar y restaurar Chichén Itzá. Al conseguir financiamiento, las excavaciones comenzaron formalmente en 1923.

Durante las dos décadas siguientes dirigió uno de los programas arqueológicos más importantes desarrollados en América. Los trabajos permitieron documentar, consolidar y restaurar numerosos edificios de la antigua ciudad maya.

Durante décadas, recorrió sitios arqueológicos de México, Guatemala, Honduras y otros territorios de la antigua área maya. Pero su proyecto más ambicioso fue Chichén Itzá. Con el respaldo de la Carnegie Institution de Washington, dirigió durante las décadas de 1920 y 1930 una extensa campaña de excavaciones y restauración que permitió documentar numerosos edificios y estructuras de la ciudad. Bajo su dirección se realizaron importantes trabajos en sectores como el Templo de los Guerreros y el complejo de las Mil Columnas, contribuyendo a entender el papel que Chichén Itzá desempeñó en el período posclásico maya.

Sylvanus Morley
Durante décadas exploró antiguas ciudades mayas en México, Belice, Honduras y Guatemala. Pero se dedicó de lleno a Chichén Itzá

Para Morley, la arqueología iba más allá del riguroso análisis científico: era un puente para conectar humanamente con las sociedades del pasado. Esta sensibilidad se respira en sus diarios de campo, resguardados hoy en el Peabody Museum de Harvard.

En esos cuadernos, las anotaciones técnicas conviven con sus vivencias más íntimas, como el instante en que subió a la gran pirámide de Chichén Itzá y descubrió su destino. Allí, la frialdad académica cedió ante la emoción: “Mientras contemplaba las ruinas sepultadas por la selva desde este alto punto de observación, determiné allí mismo que el trabajo de mi vida sería la excavación y restauración de este importante sitio Maya. Fue un sueño... obtenido solo gracias a la persistencia”.

Aunque Chichén Itzá ocupó el centro de su actividad, también participó en investigaciones realizadas en otros sitios arqueológicos de México, Guatemala y Honduras. Trabajó en lugares como Cobá, Uxmal, Yaxchilán, Quiriguá, Copán, Ceibal, Naranjo y Uaxactún, ampliando el conocimiento disponible hasta antes de él sobre el mundo maya.

Su aporte más perdurable desde lo académico estuvo relacionado con el estudio de las inscripciones y del calendario maya. Muchas de sus interpretaciones fueron revisadas posteriormente, pero sus publicaciones sentaron bases fundamentales para el desarrollo de la epigrafía maya moderna y promovieron el interés internacional por esta civilización.

Morley murió el 2 de septiembre de 1948, a los 65 años y siendo una figura central de la arqueología mesoamericana. Décadas más tarde, su combinación de trabajo científico, exploración en territorios remotos y actividades de inteligencia inspiraron a personajes ficticios del cine, como Indiana Jones.

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