
Desde 2010, en el número 8 de Prinz-Albrecht-Straße, en Berlín, se puede visitar una exhibición permanente llamada “Topografía del terror”, donde se muestran y se narran, con imágenes, documentos y textos, los crímenes perpetrados por la policía política nazi en toda Europa. Al entrar se puede leer una frase que dice: “Desde este lugar se articulaba la persecución y exterminio de los opositores políticos del nacionalsocialismo en el interior y en el extranjero, y se organizaba el genocidio de los judíos europeos, gitanos y romanos”.
El lugar elegido para la muestra no puede ser más adecuado, porque allí funcionaba el cuartel general de la temible Geheime Staatspolizei, más conocida como la Gestapo, el instrumento utilizado por la dictadura nazi para detectar y eliminar toda oposición al régimen de Adolf Hitler a través de la vigilancia, la intimidación, la tortura y la desaparición forzada, además de contribuir directamente a la perpetración del Holocausto. En pocas palabras: era la cara del terror del Estado nazi ante los propios alemanes, que llegaron a bautizar al edificio como “la casa de los horrores”, un nombre que describía a la perfección la naturaleza del tratamiento al que se sometía a quienes estaban detenidos allí, casi siempre encadenados a las paredes de las celdas.
Aquellos que tenían la desgracia de caer en manos de los agentes de esa siniestra fuerza policial, siempre vestidos de civil – con esos largos abrigos de cuero negro que se suelen ver en las películas que cuentan la época –, sabían que su suerte estaba echada, porque la fuerza operaba por encima de la ley, excluida de cualquier forma de control y fuera de la jurisdicción de los tribunales. Podía abusar de las detenciones preventivas sin ningún plazo, a las que solía justificar con documentos firmados bajo tortura por los propios detenidos en los que manifestaban su voluntad de estar presos. Para decirlo en palabras del asesor legal de la Gestapo, Werner Best: “Mientras la policía cumpla la voluntad de los líderes políticos, actúa legalmente”. Esos líderes políticos eran, claro, los de la dictadura nazi, y tan importante era esa policía secreta del Estado para ellos que la disputa por su manejo había enfrentado a dos de los laderos más poderosos de Hitler, Hermann Göring y Heinrich Himmler.

Para muchos alemanes y luego también para los ciudadanos de los países ocupados, la Gestapo era una sombra de terror omnipresente. Sus hombres parecían estar en todas partes, siempre atentos para detectar a los enemigos del régimen. Sin embargo, sus hombres no eran tantos como imaginaban aquellos que los temían. “Mucho de eso se logró gracias a la propaganda. Los alemanes creían que la Gestapo era mucho más grande de lo que realmente era. En realidad, era una organización muy pequeña. En 1933 tenía solo 1000 oficiales, que llegaron a 6700 en 1937 y a un pico de 15.000 durante la Segunda Guerra Mundial. Dado que había 66 millones de personas en la Alemania nazi, puede notarse que la Gestapo estaba severamente excedida de trabajo y, a la vez, no contaba con el personal suficiente. En las ciudades grandes había incluso menos oficiales. En Düsseldorf, con una población de 500.000 habitantes, había apenas 126 oficiales de la Gestapo. En Duisburg, con 400.000 personas, había apenas 43 oficiales, y en Colonia, con 750.000, solo 69. Para maquillar esta falta de personal, la Gestapo concentraba sus recursos contra objetivos claros, en especial comunistas, disidentes religiosos y judíos, y se apoyaba mucho en las denuncias hechas por ciudadanos ordinarios”, explica el historiador británico Frank McDonough, autor de La Gestapo. Mito y realidad de la policía secreta de Hitler.

Génesis de un aparato de terror
Creada el 26 de abril de 1933 por un decreto del primer ministro del Interior de Hitler, Hermann Göring, para “investigar y combatir todos los intentos de amenazar al Estado”, la Geheime Staatspolizei no empezó desde cero, sino que los nazis aprovecharon la estructura de un aparato represivo ya existente, la Policía Estatal Prusiana. Durante la República Weimar, el país era una federación formada por estados, entre los cuales se incluían Prusia, Baviera y Sajonia, que tenían su propia policía política, dedicada sobre todo a contener la violencia política de los movimientos de extrema derecha y de izquierda, como el Partido Nazi y el Partido Comunista, entre otros.
Cuando llegó al poder en 1933, Hitler quiso utilizar la estructura de la policía política para sostener su naciente dictadura, es decir, para perseguir a sus opositores, pero encontró dos dificultades: la primera era que todavía seguía vigente la constitución de la República de Weimar, que establecía protecciones legales contra acciones arbitrarias de la policía; la segunda, que el aparato policial estaba descentralizado y respondía a los gobiernos estatales y locales, por lo que no debía rendirle cuentas – ni obedecer – a Hitler como canciller. Entonces, el nazismo buscó crear una policía política centralizada, que respondiera directamente al führer, aunque aprovechando los recursos de las anteriores. Por eso, el primer director de la Gestapo fue Rudolf Diels, el último jefe de la Policía Secreta Prusiana, que se ocupó de reclutar miembros de las fuerzas prexistentes y la convirtió en una agencia policial con jurisdicción en todo el país.
Pero la “limpieza” de “enemigos del Estado” iniciada por Diels no satisfizo a Hitler debido a que la Gestapo inicial no estaba integrada exclusivamente por nazis sino que también había muchos policías profesionales, que todavía se aferraban a sus viejas prácticas y había límites que no querían traspasar. Poco a poco, la incorporación de nuevas camadas de agentes, todos afiliados al nacionalsocialismo, llevaría a convertir a la nueva fuerza en una máquina represiva mortal del nazismo.

Sin embargo, la ansiada unificación de todas las policías políticas encontró su mayor obstáculo en la puja entre dos de los más poderosos laderos de Hitler. En 1934, Göring reemplazó a Diels como comandante de la Gestapo en Prusia y se enfrentó al jefe de las SS, Heinrich Himmler, cuando intentó extender el poder de su organización a toda Alemania. Himmler, que era también jefe de la policía de Múnich y pronto tomó el control de la policía política de Baviera, se opuso a dejarle ese espacio de poder a Göring.
La situación se resolvió cuando ambos rivales se aliaron para eliminar a un enemigo común, el jefe de las SA, las primeras fuerzas parapoliciales nazis que comandaba Ernst Röhm. Acordaron poner a un lado sus diferencias y Göring transfirió toda la autoridad de la Gestapo a las SS. Una vez logrado el acuerdo, fuerzas conjuntas de las SS y de la Gestapo llevaron a cabo una serie de arrestos en masa. Una de sus acciones más resonantes fueron las matanzas de “la noche de los cuchillos largos”, cuando asesinaron a Röhm y a la mayoría de los jefes de las SA.

Para que el acuerdo funcionara, Göring dio un paso al costado y el propio Himmler se ocupó de comandar la fuerza, pero poco después le transfirió el mando a su colaborador más cercanos, Reinhard Heydrich, jefe de la SD, el Servicio de Seguridad de las SS, acabaría haciéndose con el control absoluto del cuerpo y fue nombrado comandante de la Gestapo para toda Alemania. La SD contaba con un archivo policial muy completo que reunía los datos de millones de alemanes, que resultó fundamental para que la Gestapo, incorporada a la Oficina Principal de las SS para Seguridad del Reich (RSHA), llevara adelante su accionar de terror sobre la población de Alemania primero y de los países ocupados después.
Una fuerza omnipresente
Convertida en los ojos y los largos brazos políticos de la dictadura nazi, la Gestapo llevó a fondo su labor, sin reparar en los sus métodos. “Investigaban denuncias del público, llevaban a cabo cateos arbitrarios y realizaban interrogatorios brutales. A fin de cuentas, los agentes de la Gestapo tenían en sus manos el destino de las personas a las que arrestaban. En el curso de sus investigaciones, los agentes entrevistaban a testigos, cateaban casas y departamentos y realizaban vigilancia. En la Alemania nazi no había límites para estas actividades. La Gestapo no necesitaba órdenes judiciales para leer la correspondencia de los sospechosos, ni para entrar en sus casas o escuchar sus conversaciones telefónicas”, describe la Enciclopedia del Holocausto.
En sus inicios, la Gestapo se concentró más en vigilar y arrestar a oponentes políticos que a perseguir a la población judía. Eso cambió con la promulgación de las leyes de Nuremberg en septiembre de 1935, que prohibieron el matrimonio y las relaciones sexuales entre alemanes judíos y no judíos porque “profanaban la raza”. Para controlarlos, se crearon los departamentos especializados en judíos, desde los que organizó la deportación de los judíos hacia ghettos, campos de concentración y centros de exterminio.

Pero no solo eso, también se transformó en un instrumento que su gran cantidad de informantes utilizaron para cobrarse venganzas personales. “La forma en que la gente común ayudó a la Gestapo a perseguir a sus adversarios es uno de los aspectos más impactantes de la Gestapo. Se estima que la mayor parte de los casos de los que se ocupó empezó con una denuncia hecha por personas comunes, y que solo el 15 por ciento empezaba a partir de la vigilancia que hacía la propia Gestapo. De todas maneras, la gente también usaba a la Gestapo, muchas veces, para ajustar conflictos privados. Alrededor del 80 por ciento de las personas que hacían denuncias eran hombres y el otro 20 por ciento mujeres, y era muy raro que un denunciante sufriera cualquier consecuencia a partir de una falsa acusación”, explica McDonough.
Con el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, a medida que las fuerzas nazis avanzaban ocupando territorios en otras naciones europeas, la Gestapo también fue expandiendo sus fronteras. Cuando sus agentes eran enviados a los territorios ocupados, actuaban brutalmente y con impunidad contra las poblaciones locales. Como policía política, se ocupó de investigar y “castigar” muy duramente a los civiles que socavaban el esfuerzo bélico o que desafiaban al régimen; perpetró fusilamientos masivos de judíos, opositores políticos, integrantes de los movimientos de resistencia y simples civiles; y vigiló a los extranjeros condenados a trabajos forzados en Alemania y en los territorios ocupados.
También tenía oficinas en los campos de concentración, cuya dirección se asignó a miembros de bajo rango y a las unidades de exterminio. Sus funcionarios también colaboraron con las SS, con las autoridades de la ocupación militar y con los administradores civiles nazis para ayudar en la captura y deportación de judíos. En su momento de mayor expansión llegó a tener 32.000 agentes distribuidos por Alemania y los territorios ocupados y contaba, además, con una inmensa red de colaboradores civiles e informantes, tanto alemanes como de otras nacionalidades.
“Detrás de los muros de la Gestapo”
La agonía y el final de la Gestapo se desarrollaron al compás que el avance de los Aliados sobre Alemania. La mañana del 3 de febrero de 1945, aviones norteamericanos realizaron un feroz bombardeo sobre todo Berlín, concentrándose en la zona gubernamental y provocando la muerte de unos tres mil berlineses. Tanto la Cancillería del Reich, la del Partido Nacionalsocialista, el Cuartel General de la Gestapo en la Prinz-Albrecht-Straße y el Tribunal del Pueblo sufrieron los impactos de las bombas. Aun así, las mazmorras de la policía política siguieron funcionando. Recién a principios de abril, cuando la caída de Berlín era inminente, sus funcionarios comenzaron a quemar archivos y documentos en las instalaciones y patios centrales del edificio.
La mañana del 29 de abril, el mismo día del suicidio de Hitler, la 301 División de Fusileros del Ejército rojo, mandada por el coronel soviético Antonov, lanzó un asalto con dos regimientos y logró colocar una bandera roja en la sede de la Gestapo, pero debió replegarse ante una contraofensiva de las SS. Por entonces solo quedaban siete presos políticos en las celdas subterráneas del edificio, custodiados por una unidad de las SS. El 1° de mayo durante la noche, sacaron a los siete prisioneros de la celda principal y los trasladaron a otra celda en un sótano, donde mataron uno de los detenidos, un suboficial de la Wehrmacht.
Finalmente, la madrugada del 2 de mayo, el edificio fue tomado por el Ejército Rojo, que liberó a los detenidos. Sin embargo, a un soldado ruso se le escapó un disparo y mató accidentalmente Joseph Wagner, uno de los seis prisioneros, detenido por el régimen nazi debido a sus creencias católicas.

Cuando el lunes 7 de mayo de 1945 el generaloberst (coronel general) Alfred Jodl firmó la rendición incondicional de todas las tropas alemanas en Reims, Francia, una de las primeras medidas que tomó el comandante de las tropas estadounidenses, Dwight “Ike” Eisenhower, fue ordenar la disolución de la Gestapo. El simbolismo del gesto no se le escapó a nadie. Más tarde, en los juicios de Núremberg, se la consideró una organización criminal y quedó prohibida en toda Alemania, para siempre.
En homenaje a las víctimas de la siniestra policía política del régimen nazi, el Centro de Documentación del Nazismo, con sede en Colonia, recopiló los mensajes escritos por los detenidos en los muros de sus celdas en un libro titulado Paredes que hablan. Hay textos en francés, en inglés, en polaco y, por supuesto, en alemán. Uno de ellos, escrito en ruso y dirigido a su esposa y su hija por un prisionero desconocido dice: “Saludos, mi esposa, tu esposo te escribe desde muy lejos. Bien detrás de los muros en la Gestapo, él agoniza cuando mira por la ventana. La libertad y su pequeña hija están muy lejos. En vano garabatea en las paredes, escribiendo cartas a su querida esposa. La imagen de ella aparece en la pared, y su amada hija en sus brazos. Crecerás y serás grande y cuidarás a tu madre en su vejez”.
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