
El 7 de junio de 1926, un tranvía atropelló al arquitecto Antoni Gaudí en la Gran Vía de Barcelona. Tenía 73 años, vestía de negro, llevaba barba blanca y los transeúntes que lo recogieron del pavimento lo confundieron con un mendigo. Murió tres días después, el 10 de junio, en el hospital de la Santa Creu. Este miércoles se cumplen cien años de esa muerte.
El papa León XIV celebrará una misa en la Sagrada Familia ese mismo día y bendecirá la Torre de Jesucristo, de 172,5 metros de altura, que convierte a la basílica en la iglesia más alta del mundo. La fecha fue elegida para homenajear al arquitecto que proyectó ese templo y que dedicó los últimos doce años de su vida exclusivamente a construirlo, en el centésimo aniversario de su muerte.
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La tarde del 7 de junio de 1926 Gaudí salió de su taller en la Sagrada Familia. Antes de irse, le dijo a uno de sus colaboradores: “Vicent, mañana venid temprano que haremos cosas bonitas”. Minutos después, un tranvía lo atropellaba cuando cruzaba apresuradamente la Gran Vía. Se dirigía a rezar a una iglesia.
Nadie lo reconoció de inmediato. Su ropa era tan austera que los primeros en auxiliarlo creyeron que era un indigente. Tres días agonizó en el hospital antes de morir el 10 de junio.
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El domingo 7 de junio de 2026 el Ayuntamiento de Barcelona colocó una placa conmemorativa frente al número 665 de la Gran Via de les Corts Catalanes, en el lugar exacto donde ocurrió el accidente que terminó siendo faltal para Gaudí. Del acto participaron el teniente de alcalde, Jordi Valls; el director general de Patrimonio de la Generalitat, Joaquim Borràs; y el comisario del Año Gaudí, Galdric Santana. “Es un personaje reconocido mundialmente”, dijo Santana en la ceremonia.
Antoni Gaudí nació en 1852 en Reus, en el seno de una familia profundamente católica. Desde niño conoció el barroco tardío de su ciudad natal, una influencia que más tarde fusionaría con las formas sinuosas de la naturaleza para crear un lenguaje arquitectónico que no se parece a ningún otro.
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Gaudí murió a los 73 años sin haber visto terminada ninguna de sus obras mayores. Pasó sus últimas décadas en una austeridad extrema, viviendo casi dentro de la Sagrada Familia, comiendo poco y durmiendo menos. El Vaticano lo declaró venerable en abril de 2025, un paso formal en el proceso que podría llevarlo a los altares de la Iglesia católica. Para que avance la beatificación, la Iglesia debe reconocer oficialmente un milagro atribuido a su intercesión. Ese caso está bajo revisión en el Dicasterio para las Causas de los Santos.
El 3 de junio pasado se presentó la biografía Antoni Gaudí. Vida y obra, publicada por la editorial San Paolo y escrita por el sacerdote Armand Puig i Tàrrech. El libro recorre el camino del hombre antes que el del genio: la formación, los encuentros, las amistades, el trabajo y la maduración espiritual y artística.
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En esa misma presentación se dio a conocer el proyecto del Agnus Dei, obra del artista bergamasco Andrea Mastrovito que se colocará en el interior de la cruz de la Torre de Jesucristo, a 172 metros de altura. Mastrovito ganó el concurso internacional convocado por la Junta Constructora de la Sagrada Familia para realizar el Cordero de Dios que el propio Gaudí había previsto en sus proyectos originales. “El reto consistía en transmitir el mensaje divino con un lenguaje comprensible para el mayor número de personas, sin caer en lo didáctico o lo banal", explicó el artista. La instalación, realizada en vidrio y rodeada de rayos luminosos dorados, representa al Cordero cubierto por miles de fragmentos que remiten, en el plano cristológico, a las heridas infligidas a Cristo.

Cuando Gaudí tenía 33 años, en 1894, realizó un ayuno extremo que sus biógrafos señalan como el punto de inflexión de su vida espiritual.
Puig i Tàrrech explicó ese giro: antes de ese momento, Gaudí “permanecía internamente ligado a cosas muy humanas como la vanidad o la ambición”. Fue después de ese ayuno cuando, en palabras de Puig i Tàrrech, “comenzó a situarse después de Dios”.
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El sacerdote venezolano Reniel Alí Ramírez Herrera, postulador de la causa de beatificación, subrayó ante EWTN News que la figura de Gaudí “es incomprensible sin una visión de fe”. Y agregó que el arquitecto, ya durante sus estudios, “no concebía la arquitectura —ni siquiera el arte en sentido amplio— al margen de una visión de fe”.

Desde Domènec Sugranyes, discípulo directo de Gaudí, hasta la actualidad, una cadena ininterrumpida de arquitectos continuó el proyecto.
El arquitecto Jordi Faulí, séptimo responsable de las obras de la Sagrada Familia desde la muerte de Gaudí, describió el método de trabajo del arquitecto catalán. Gaudí proyectó toda la basílica con solo cuatro formas geométricas que tomó de la naturaleza: hiperboloides, paraboloides, helicoides y conoides. “Formas geométricas que nunca nadie había utilizado en la arquitectura”, afirmó Faulí a EWTN News, “que las veía en la naturaleza y que veía que por sus cualidades podían crear una arquitectura nueva”.
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No era erudición sino intuición. Su obra nace de la imaginación y tiene la complejidad de las cosas naturales. El crítico Rafael Benet lo explicó con una frase que quedó: “Es un hombre de lírica hindú razonada con la lógica del gótico”.
Para comprender a Gaudí, según Puig i Tàrrech, hay que partir de la naturaleza no como repertorio de formas decorativas sino como principio generativo. “La naturaleza creada por Dios es su maestra”, afirmó el sacerdote. De ella, el arquitecto extraía inspiración para estructuras, soluciones constructivas y lenguajes formales. No se trataba de imitación: “Participa en la creación de Dios”, explicó Puig i Tàrrech, y transformaba lo que observaba en algo nuevo.
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El historiador del arte Alessandro Zuccari, miembro de la Academia dei Lincei, definió a Gaudí como un autor de “arte total”. Absorbía influencias del gótico, el románico, el clasicismo y el barroco, las elaboraba y las transformaba en una síntesis original. Zuccari recordó también una intuición de Salvador Dalí, uno de los primeros en captar la naturaleza de su obra: en la lectura del artista surrealista, todo en Gaudí es metamorfosis.

Zuccari señaló además el carácter profundamente colectivo de la construcción de la Sagrada Familia. El templo expiatorio, sostenido por las donaciones de los fieles, nació de la convicción de que la casa de Dios debía ser la casa de todos.
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El Palacio Güell fue su primer grito. Un templo laico convertido en el hogar del gran mecenas que le dio nombre, donde entre la piedra y el hierro asomaron las primeras curvas. La Casa Batlló, en el Paseo de Gràcia, también en Barcelona, convierte su piel en el fondo del mar. La Pedrera, a pocos metros, tiene una fachada que son olas pétreas.
El Park Güell, colgado en la ladera sur del Monte Carmelo, es el ágora del Modernismo. Allí la naturaleza manda, el color estalla en los bancos serpenteantes y el agua surge de la boca de una salamandra. La Casa Calvet, menos conocida, muestra al Gaudí más comedido y urbano: la fachada guarda la compostura y las curvas se escapan solo por las barandillas.
En los años 80, la UNESCO comenzó a declarar sus obras Patrimonio de la Humanidad. Los Juegos Olímpicos de Barcelona de 1992 terminaron de consagrarlo internacionalmente. Hasta ese momento, su fortuna crítica había tenido altibajos: en la Universidad Técnica de Arquitectura de Barcelona de esa misma década, Gaudí no se mencionaba en todo el plan de estudios. La reivindicación había comenzado antes, en los años cincuenta, cuando Dalí afirmó: “Los que no han comprendido a Gaudí son imbéciles”.
El terreno donde se levanta la Sagrada Familia fue adquirido a fines de 1881 por el librero y filántropo barcelonés Josep Maria Bocabella, con el propósito de construir una iglesia inspirada en la Santa Casa de Loreto, Italia. El arquitecto diocesano Francisco de Paula del Villar presentó un proyecto neogótico e inició las obras al cabo de un año. Por divergencias técnicas derivadas del costo de los materiales, fue reemplazado por el joven Gaudí, que continuó el proyecto con un nuevo diseño.
Durante años, Gaudí combinó ese encargo con otras obras. En 1914 se dedicó exclusivamente al templo hasta su muerte. Solo llegó a ver terminado el frente de la Natividad, uno de los tres frontales diseñados. El segundo, dedicado a la Pasión de Cristo, se construyó sobre sus diseños después de su muerte. El tercero, la Gloria, aún no se terminó.

Gaudí sabía que no vería la obra finalizada y por eso dejó un sistema de documentación exhaustivo. Faulí dijo: “Piense que Gaudí estuvo sus últimos 12 o 14 años trabajando exclusivamente para la Sagrada Familia, viviendo pobremente, pensando en el futuro”. Dejó un plan simbólico teológico completo, dibujos del conjunto y maquetas de gran escala. La nave principal, por ejemplo, la proyectó en una maqueta de cinco metros de altura.
La Guerra Civil española destruyó el taller de Gaudí y desató la discusión sobre si continuar las obras. Ese debate alcanzó su punto más alto en 1965, cuando un grupo de artistas, arquitectos e intelectuales firmaron un manifiesto en contra. Hoy la Sagrada Familia recibe casi cinco millones de visitantes al año y es el monumento para el que hay que pagar entrada más visitado de España.
Faulí también reconoció que el final de la obra no tiene fecha definitiva. “Se trata de ir trabajando con fidelidad al proyecto de Gaudí para construir con la máxima perfección lo que Gaudí había proyectado”, explicó. Las previsiones actuales indican que la finalización completa podría concretarse dentro de aproximadamente una década, más de 140 años después del inicio de las obras.
Tal vez la mejor definición de Gaudí y su arte la brindó el intelectual español Joan Maragall quien llamaba al genio que soñó la Sagrada Familia como “el poeta de la piedra”.
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