
Nació en Manhattan, el 2 de octubre de 1890. Era el cuarto de seis hermanos en una familia donde el dinero escaseaba. Su padre, un inmigrante de Alsacia, cosía trajes para ganarse la vida modestamente; su madre, alemana, cargaba con una frustración íntima: nunca había logrado triunfar en el mundo del espectáculo, un escenario que sí había conquistado su propio hermano, el comediante Al Shean.
Decidida a no resignarse, volcó sus grandes ambiciones sobre sus hijos. Los envió a estudiar música desde muy pequeños: canto, piano, danza. A tomar clases rotativas por falta de dinero, ninguno recibió una formación completa.
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La estrella de la foto, soñaba con ser médico, pero incursionó como cantante solista. Su debut fue un desastre: en una de sus primeras giras, como integrante de un trío, quedó varado en Colorado cuando un compañero desapareció con lo que les habían pagado. Para regresar a su casa en Nueva York tuvo que trabajar durante semanas en una tienda de comestibles.
La madre insistió. Convenció a tres de sus hijos y a un vecino del barrio de formar un grupo vocal. Lo llamaron The Four Nightingales. Actuaban donde podían: templos, fiestas privadas, números de relleno en espectáculos de vodevil.
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No eran buenos. Les faltaba formación y talento. Pero esa torpeza terminó siendo su mayor virtud. Cuando las cosas se desordenaban en el escenario, el protagonista de esta historia —el más rápido mentalmente— improvisaba bromas, discutía con el público, se burlaba de sí mismo. Las risas empezaron a llegar. Entendieron entonces que el camino no era la música sino el humor.
El acto se basaba en peleas físicas, velocidad verbal, improvisación e interacción constante con el público. Cada integrante representaba a un tipo de inmigrante europeo, reflejo de la Manhattan de comienzos del siglo XX. Este encarnaba a un alemán.
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También cambiaron sus nombres artísticos. Buscaban algo más sonoro, más teatral. Uno de ellos abandonó el grupo cuando se alistó en el ejército durante la Primera Guerra Mundial.
Con el tiempo se hicieron conocidos. Recorrieron todos los teatros posibles, enfrentaron públicos difíciles y sobrevivieron a los abucheos. En ese circuito coincidieron con otro artista: un actor inglés llamado Charles Chaplin.
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El ascenso fue lento pero constante. Su madre, que ejercía como representante bajo el nombre artístico de Minnie Palmer, llegó a comprar una página completa en la revista Variety para promocionarlos con una apuesta arriesgada: prometía que, si no llenaban la sala, trabajarían gratis. La estrategia funcionó. El grupo saltó a un circuito superior y empezó a atraer multitudes.
El éxito fue rotundo. De los teatros de variedades pasaron a Broadway. Sus espectáculos se convirtieron en los más taquilleros. El público respondía al caos perfectamente calculado que desplegaban sobre el escenario: ritmo vertiginoso, inteligencia verbal y una energía que parecía inagotable.
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La Primera Guerra Mundial obligó a introducir cambios. El personaje alemán que interpretaba empezó a ser recibido con silbidos y abucheos. El público no quería ver alemanes riéndose en escena. Entonces lo transformaron en otra cosa: un intelectual sarcástico. La metamorfosis fue gradual.
En la década de 1920, el grupo ya era enormemente popular. Este integrante había consolidado una imagen inconfundible: abrigo largo, gafas gruesas, un bigote exagerado y un cigarro permanente. Además de que le gustaba el tabaco, explicó que era muy útil: “Si te olvidás una línea, todo lo que tenés que hacer es llevar el puro a la boca, darle una pitada hasta que recuerdes lo que te habías olvidado”.
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En cuanto a lo personal se casó en 1920 con Ruth Johnson y con ella tuvo dos hijos, Arthur (1921-2011), Miriam (1927-2017). En esos años, una obra teatral titulada The Cocoanuts marcó un punto de inflexión. Allí nació su amistad con el dramaturgo y guionista George S. Kaufman, un hombre célebre por su carácter huraño y su alergia al sentimentalismo.
El paso al cine fue inevitable. Primero algunas incursiones en el cine mudo y luego una serie de películas exitosas. Títulos como Duck Soup, A Night at the Opera y A Day at the Races se convirtieron en clásicos instantáneos.
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En ellas, el humor físico convivía con diálogos veloces, respuestas fulminantes y coreografías cómicas que serían imitadas durante décadas. El grupo había encontrado su lenguaje definitivo. Y este integrante, con su ironía afilada y su irreverencia constante, estaba destinado a convertirse en una figura inolvidable de la cultura popular a nivel internacional.
Su frase más famosa, aunque pase el tiempo, continúa siendo citada: “Estos son mis principios, y si no le gustan, tengo otros”.
Respuesta: el adolescente de la foto es Julius Henry Marx, más conocido como Groucho Marx.
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