
“Me parece que las mujeres tienen más posibilidades de éxito en la fotografía que los hombres ... Las mujeres son más rápidas y más adaptables. Y creo que tienen una intuición que las ayuda a comprender las personalidades más rápidamente que los hombres”, solía decir Lee Miller cuando ya era una fotógrafa consagrada como una de las mejores y más versátiles del siglo XX. Aprendió los primeros secretos del oficio de su propio padre, durante su infancia, aunque eso le costó caro, y después se perfeccionó con los mejores maestros. Experimentó nuevas formas de iluminación y de revelado, pero no tuvo reparos en abandonar el estudio y el laboratorio para convertirse en una de las primeras mujeres corresponsales de guerra, cuyas fotos formaron parte de las coberturas de los medios más importantes de la época. Sin embargo, su imagen más famosa no la tomó ella, sino otro fotógrafo, y la tiene como protagonista, desnuda en una bañera.
Esa fotografía es histórica, aunque se duda de la autenticidad del lugar donde fue tomada, supuestamente en el baño del departamento de Adolf Hitler en Múnich, el mismo día que el dictador nazi se suicidaba en el bunker de Berlín. Muestra a Miller desnuda sentada dentro de la bañera con un retrato del führer apoyado contra los azulejos de la pared. Toda la composición está muy bien cuidada, tanto que la imagen se ha convertido en un símbolo del final de la Segunda Guerra Mundial. Es evidente que la Miller para el fotógrafo, pero lo hace con naturalidad: no mira a la cámara sino a un lugar indeterminado a su izquierda, lo que da la impresión de estar sola.
Quien gatilló la cámara fue el reportero gráfico de la revista Life David E. Scherman, pero es evidente que el armado no fue exclusivamente suyo, sino también de su protagonista, que quiere dar con ella un mensaje. Porque Miller viene de ver y fotografiar, apenas unos días antes, la liberación del campo de exterminio de Dachau, donde ha registrado las pilas de cadáveres esqueléticos que los Aliados encontraron sobre el barro. La composición de la imagen –la del baño- busca documentarlo de alguna manera con los borceguíes embarrados que están apoyados contra la pared de la bañera. Es un contraste lleno de contenido.
Cuando posó para esa foto, hacía tiempo que había dejado de hacer fotografías artísticas –uno de sus tantos talentos– para registrar detrás del ojo de la cámara y con toda crudeza las atrocidades de la guerra. Es una crudeza que le sale de las entrañas, aunque su belleza y su evidente sofisticación parezcan la mantengan oculta, como si quisieran domesticarla.
En el instante inmortalizado por la fotografía en la bañera, Elizabeth “Lee” Miller acababa de cumplir 38 años, durante los cuales ha acumulado todo tipo de experiencias: la de niña abusada en el seno de su propia familia, la de estudiante díscola, la de modelo de Vogue, la de pareja de artistas, ricos y famosos, la de mujer viajada, la de fotógrafa surrealista, la de reportera de guerra. Está en la cima de su carrera y le quedan, también, muchos años y muchas cosas más por vivir, pero ya serán de declive y sufrimientos provocados por un estrés postraumático que nunca logrará superar. Así como la consagró, la guerra la marcó para siempre.

Fotos y abusos
Elizabeth Miller nació en el estado de Nueva York el 23 de abril de 1907, única hija de Theodor y Florence Miller, un fotógrafo y un ama de casa. Era una familia de economía desahogada y buenas relaciones sociales, pero puertas adentro su casa podía convertirse en un infierno. Lee, el apodo con que la llamaban y le quedó para toda la vida, aprendió los rudimentos de la fotografía viendo trabajar a su padre, cuando todavía no había pisado la escuela, pero lo que aparece como una ventaja para su carrera posterior en realidad fue un padecimiento del cual no era totalmente consciente. Porque a Theodor le encantaba encerrarse en el estudio con su hija para fotografiarla. La niña se convirtió en su modelo preferida, pero no para reflejar su inocencia infantil sino para captarla desnuda en sus ensayos con la técnica estereoscópica, cuyo resultado son imágenes con profundidad que simulan la visión tridimensional de los humanos al mostrarlos ligeramente diferentes a cada ojo.
No eran las típicas fotos del bebé desnudo con la cola al aire sobre un almohadón, eran las de una niña a la que se le querían arrancar una feminidad exacerbada. Quizás por eso, cuando Lee tenía solo 7 años un amigo de Theodor se creyó autorizado para abusar de ella. No solo la violó, sino que en el acto le contagió una gonorrea que obligó a la nena a someterse a un doloroso tratamiento que duró meses. Sus padres no quisieron denunciar a la policía el abuso, se dice que para proteger a la niña del escándalo, pero no se pueden descartar razones más oscuras. Mientras tanto, Theodor seguía fotografiándola desnuda.
El trauma tenía que manifestarse por algún lado y Lee volcó sus efectos en la escuela: era muy inteligente, pero “no hacía los deberes” y se peleaba con sus compañeros. La expulsaron de tres o cuatro escuelas antes de que pudiera terminar la secundaria a duras penas. Acababa de cumplir 18 años y tenía una cosa muy clara: salir de ese infierno. Su destino fue París, la ciudad donde buscó otra luz para su vida. Corría 1925.

Amante y discípula de Man Ray
Su primera estadía en Francia duró un año, que aprovechó para estudiar iluminación, vestuario y diseño en la Escuela de Escenografía de Ladislas Medgyes. De regreso en Nueva York, alquiló un departamento para no tener que volver a la casa familiar y se sumó a un programa de teatro experimental en Vassar College, impartido por Hallie Flanagan, una pionera del “teatro experimental”. También en la Liga de Estudiantes de Arte de Nueva York en Manhattan, donde estudió artes plásticas.
Por esos días conoció a Condé Nast, fundador de la revista Vogue, quien, seducido por su belleza, le propuso aparecer en la portada. Eso la convirtió en una de las modelos más buscadas de Nueva York, fotografiada por los mejores artistas de la época, como Georges Lepape, Edward Steichen, Arnold Genthe y Nickolas Murray. Sin siquiera consultarla, Steichen vendió una de sus fotos a la marca Kotex, que la convirtió en la imagen publicitaria –la primera en la historia- de una línea de toallas para la higiene menstrual. La cuestión se convirtió en un escándalo que derivó en una batalla legal.
Para escapar de ese otro infierno, Lee Miller se embarcó nuevamente hacia París, donde se convirtió en aprendiz de uno de los artistas más conocidos de Francia, el fotógrafo y pintor surrealista Man Ray. Le costó que la aceptara, pero una vez que lo hizo no solo aprendió de él su arte, sino que se convirtió también en su amante y modelo. Fotografiada por Man Ray, la imagen de Lee pronto fue una de las más reconocibles del movimiento surrealista.
Al mismo tiempo iba perfeccionando sus habilidades como fotógrafa y pronto comenzó a utilizar técnicas innovadoras como la solarización, que sobreexpone la película a tonos inversos para crear un efecto de otro mundo, y a hacerse conocida por sus propias creaciones. Corrían los últimos meses de 1929 y ya colaboraba con Jean Cocteau y Pablo Picasso.
Decidió entonces regresar una vez más a Nueva York para poner su propio estudio fotográfico, Lee Miller Studios Inc. Parecía decidida a quedarse definitivamente en los Estados Unidos hasta que en un cóctel conoció al empresario egipcio Aziz Eloui Bey. El matrimonio fue breve, pero la estadía en Egipto fue reveladora para Lee, que volvió a experimentar con la fotografía surrealista. De esa época es una de sus obras más famosas, “Un retrato del espacio”. En 1937 conoció al fotógrafo británico Roland Penrose, a quien siguió primero a París y después a Londres, donde se casaron.

Una pionera en la guerra
La tranquilidad de la vida familiar duró menos de dos años, porque en 1939, con el estallido de la Segunda Guerra Mundial, Miller le dio un nuevo giro a su carrera fotográfica, con el que nuevamente rompió los moldes: se convirtió en fotógrafa de guerra, una ocupación que parecía exclusivamente de hombres.
Lo logró de una manera extraña, acreditada como corresponsal de la revista de modas que la había catapultado a la fama como modelo, Vogue, cuyo director quería romper las fronteras de su tradicional cobertura de la moda llevando a sus lectores crónicas e imágenes del conflicto global. En Londres, Miller utilizó su experiencia surrealista para captar unas muy singulares imágenes de los bombardeos, veintidós de las cuales fueron seleccionadas en 1941 por el Ministerio de Información para su publicación Grim Glory: Pictures of Britain Under Fire.
Gracias a eso y a su propia insistencia, al año siguiente consiguió la acreditación del ejército estadounidense Unidos, lo que la convirtió en una de las pocas mujeres corresponsales de guerra que acompañaban a las tropas por Europa. Para acercarse al frente, Miller se asoció con su antiguo amigo Dave Scherman, de Life. “Era la única dama que se quedó durante el asedio de Saint-Malo”, dejó constancia el fotógrafo en uno de sus textos. Allí los estadounidenses probaron por primera vez las bombas napalm, con cuyos efectos Miller realizó ensayos fotográficos que terminaron publicados en las ediciones británica y estadounidense de Vogue. Después, siempre asociada con Scherman, fotografió una tras otra las batallas durante el avance de las tropas aliadas hacia el territorio alemán.
En los últimos días de la guerra, sus fotografías de la liberación de los campos de concentración de Buchenwald y Dachau, documentaron las atrocidades del régimen nazi en su forma más terrible. Desde allí, Miller y Scherman viajaron a Múnich, donde el fotógrafo de Life hizo la famosa foto de su colega en la misma bañera dentro de la cual supuestamente se había bañado Adolf Hitler. Ninguno de los dos contó de quién fue la idea de incluir en la imagen las botas de Miller, embarradas con los restos de las fosas comunes que acababa de fotografiar, sobre la alfombra blanca frente a la bañera, pero el contraste que construyen señala a la fotógrafa convertida en modelo.

Las marcas de la guerra
Cuando terminaron las batallas, Lee Miller decidió quedarse en Europa con un nuevo proyecto fotográfico: registrar la desolación de la posguerra en las ciudades destruidas por el conflicto y la vida de sus atribulados habitantes. Sus ensayos se centraron en las imágenes de las mujeres y sus hijos, que recorrieron el mundo en las páginas de Vogue. Fotografió niños moribundos en Viena, la vida campesina en Hungría, los cadáveres de oficiales nazis y sus familias y, finalmente, la ejecución del primer ministro Laszlo Bardossy. Regresó a Londres en 1947 y ese mismo año nació su único hijo, Antony Penrose.
Estaba en su momento de mayor gloria, pero el estrés postraumático que le había dejado como secuela la cobertura de la guerra estaba haciendo mella en su salud. Tenía momentos de fuertes desequilibrios mentales agravados por una creciente adicción al alcohol. Intentó nuevos proyectos para tratar de recuperarse: desde practicar la gastronomía gourmet hasta encarar, una vez más, ensayos fotográficos ahora retratando a sus artistas amigos. Por esos años hizo una serie impresionante sobre Pablo Picasso, quien también la retrató en una de sus pinturas.
Ninguna de esas desesperadas estrategias de supervivencia le permitió detener los declives de su salud mental y de un cuerpo que había soportado mil batallas. Pasó sus últimos años en Nueva York, donde murió de cáncer el 21 de julio de 1977, a los 70 años. Casi medio siglo después, Elizabeth Miller se ha transformado en una figura legendaria dentro del mundo de la fotografía, y las imágenes que muestran su singular mirada para enfocar el mundo continúan provocando admiración. “La personalidad del fotógrafo, su enfoque, es realmente más importante que su genio técnico”, solía decir y sus fotos demuestran hasta qué punto era fiel a esa máxima.

Un legado y una película
La obra completa de Elizabeth Miller es mucho más vasta de la que se le conoció en vida. Poco después de su muerte, su hijo Anthony Penrose descubrió unos 60.000 negativos, 20.000 copias, hojas de contacto, documentos y escritos guardados en cajas en el altillo de Farley Farm House. Desde entonces se dedicó a archivar y promover su obra, que había caído en gran medida en el olvido en el mundo del arte.
En 2023, el cine terminó de recuperar su historia, con el estreno de Lee Miller: Retratos de guerra, dirigida por Ellen Kuras y protagonizada por Kate Winslet. La película, basada en una biografía escrita por Anthony Penrose. Su éxito fue inmediato, con una recaudación de casi 25 millones de dólares. Por su actuación, Winslet fue nominada a Mejor Actriz en los Globos de Oro y en los Premios Internacionales AACTA.
En una de sus escenas más memorables, un oficial estadounidense le dice la Lee Miller encarnada por Winslet:
-No enviamos mujeres al combate.
Y ella responde:
-Bueno, ese es un problema, porque ya estoy aquí.
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