
La ecuación que contenía el fallo del Tribunal de Distrito de Bhopal no podía ser más injusta: dos años de prisión y una multa de 8.900 euros para ocho directivos de una empresa cuya negligencia criminal había causado más de siete mil muertes, dejado incapacitadas de manera permanente a casi cinco mil personas y causado secuelas para toda la vida en cerca de medio millón. La sentencia llegó el 7 de junio de 1999, casi 15 años después del mayor desastre ambiental de la historia de la India, y fue tomada por la opinión pública como una verdadera burla frente a la tragedia provocada por el gigantesco escape de gas letal ocurrido en la planta de Unión Carbide en la misma ciudad donde el tribunal acababa de pronunciarse.
Cuando se repasan los hechos, la comparación resulta inevitable. “No nos rodeaba el océano, pero sí la muerte. La muerte que seguía cayendo de lo alto en aquellos copos tenues, fosforescentes, aquella nevada de pesadilla que de un golpe había borrado casi toda la vida de la gran ciudad”, le cuenta Juan Salvo al historietista casi al principio de El Eternauta. Ese relato fantástico situado en Buenos Aires sobre un fenómeno que nunca ocurrió podría aplicarse – solo cambiando la palabra “nieve” por “gas” - a lo que realmente sucedió en Bophal entre la noche del 2 y la madrugada del 3 de diciembre de 1984, cuando una nube tóxica de isocianato de metilo invadió como un asesino invisible la ciudad que dormía.
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El gas venenoso provino de un escape que se produjo en la planta de insecticidas que la empresa estadounidense Union Carbide tenía a un kilómetro de la ciudad. “La tragedia de Bhopal” sigue siendo el mayor desastre provocado por una industria en la India. Hay quienes dicen que fue un accidente, pero en realidad fue el resultado de un cóctel en el que se combinaron de manera letal la irresponsabilidad deliberada de una empresa multinacional y la inacción de un gobierno que en lugar de proteger a sus ciudadanos prefirió mirar hacia otro lado, tentado por las inversiones y la corrupción.
De noche y sin aviso
Nadie avisó a la ciudad que dormía mientras el viento llevaba hacia ella el gas que sembraría la muerte. Al entrar en contacto con el aire, el isocianato de metilo comenzó a descomponerse en varios gases extremadamente tóxicos – fosgeno, metilamina, soda cáustica y cianuro de hidrógeno -, que formaron una nube letal que, al ser más densa que el aire atmosférico, recorrió a toda la ciudad casi al ras de suelo.
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Los habitantes comenzaron a sentir un fuerte ardor en los ojos hasta llegar al punto de no poder ver y otros se desmayaron, mientras que muchos corrían desesperadamente hasta quedarse sin aire en los pulmones. Miles de personas y decenas de miles de animales murieron casi inmediatamente, asfixiadas por la nube tóxica, mientras otros trataban desesperadamente escapar de la ciudad, en una evacuación desordenada que provocó decenas de accidentes. La gente moría en la calle y en las casas, en medio de horribles convulsiones, vómitos de sangre y otros dolorosos síntomas. Ninguna de las víctimas de ese primer momento alcanzó a saber qué era eso que flotaba en el aire y las estaba matando. Muchos más murieron con el correr de los días.
Mientras las autoridades del gobierno local quedaron prácticamente paralizadas, sin saber qué medidas tomar, los hospitales no tardaron en colapsar. Entre las personas que llegaron por sus propios medios o alcanzaron a ser trasladadas a los centros de salud, un gran porcentaje murió allí a causa de hemorragias internas ante la mirada impotente de los médicos y enfermeros.
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El personal de salud no sabía cómo tratar a las víctimas porque, cuando se produjo el escape, ni la empresa ni el gobierno indio les informaron qué productos se almacenaban en la fábrica ni qué gas era el que se había escapado. De haberlo sabido, tampoco habrían podido hacer mucho, porque al carecer de información previa sobre los tóxicos que usaba la empresa no había en los hospitales antídotos ni otros medicamentos para contrarrestar sus efectos. Recién horas después, el gobierno estatal declaró es estado de catástrofe.
Denuncias ignoradas
No fue un accidente causado por un imprevisto desgraciado. La planta de Bhopal venía siendo denunciada por afectar el medio ambiente desde 1969, cuando comenzó a verter residuos químicos en el subsuelo, contaminando pozos de agua y acuíferos. Union Carbide sabía los daños que estaba causando, porque tenía estudios sobre la toxicidad del terreno con resultados alarmantes que nunca dio a conocer para evitar el cierre de la planta y el pago de las indemnizaciones por daño ambiental.
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Esa irresponsabilidad empresarial también era evidente en el funcionamiento cotidiano de la fábrica, con tareas de mantenimiento casi nulo y personal al que casi no se le daba capacitación para reducir los costos. Nadie controlaba en serio a la empresa ni tomaba medidas para que modificara esa situación porque Carbide era una de las compañías más poderosas que operaban en el país, con fuertes vinculaciones en el Estado y fluidas relaciones con los gobiernos que se sucedieron desde que desembarcó en la India.
A principios de la década de los ’80, la seguridad de los tanques donde se almacenaba el isocianato de metilo era casi nula. En el momento del accidente la instalación albergaba 3 tanques de MIC líquido, E-610, E-611 y E- 619, que por normas de seguridad no debían llenarse con más de 30 toneladas – el 50 por ciento de su capacidad - de MIC presurizado con gas nitrógeno inerte.
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Unión Carbide ni siquiera cumplía con ese requisito. En octubre de 1984 el tanque E-610 que contenía 42 toneladas de MIC líquido perdió la capacidad de contener la presión del nitrógeno, lo que significaba que no se pudo bombearlas. Los intentos de restablecer la presión del nitrógeno resultaron infructuosos, por lo que se suspendió la producción de MIC y partes de la planta se cerraron por mantenimiento. Entre los sectores que salieron de funcionamiento se encontraban la torre de antorcha – necesaria para quemar el gas – que una tubería corroída. Con la torre fuera de servicio, la producción no podía reanudarse, porque era imposible quemar el gas, una medida indispensable para evitar que se dispersara por el ambiente.

Después de ese alarmante episodio, la empresa no demoró en seguir produciendo sus plaguicidas, para lo cual utilizaba el gas de los dos tanques restantes. A principios de diciembre la mayoría de los sistemas de seguridad relacionados con el almacenamiento de MIC funcionaban mal y muchas válvulas y líneas estaban en pésimas condiciones. Por si fuera poco, varios lavadores de venteo y la caldera habían quedado inutilizados.
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Crónica de un desastre anunciado
La catástrofe se desencadenó cuando se estaban realizando tareas de limpieza con agua a presión que, por fallas en el mantenimiento en los tanques entró – junto con cristales de cloruro sódico, restos de metal y otras impurezas – en contacto con el gas almacenado en el tanque 610, lo que provocó un incremento en la temperatura que derivó en un exceso de presión que, a su vez, abrió las válvulas de seguridad. Eso fue lo que liberó el gas tóxico a la atmósfera. Así y todo, el desastre se pudo haber evitado si hubiesen funcionado el sistema de refrigeración del tanque y el catalizador de gases previo a la salida al exterior, pero estos dos mecanismos estaban desactivados para ahorrar costos.
Por si fuera poco, esas fallas técnicas se sumó el factor humano, debido a la falta de capacitación de los empleados. Cuando los instrumentos mostraron que la presión del tanque era excesiva, dieron por hecho – sin comprobarlo – que esa lectura era falsa porque los instrumentos no funcionaban bien.
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El reloj marcaba las 11.30 de la noche del 2 de diciembre, cuando los trabajadores del área cercana al tanque comenzaron a sentir los efectos del gas y empezaron a buscar una fuga. La encontraron 15 minutos después, pero cuando le avisaron al supervisor les respondió que solucionarían el problema después de hacer la pausa para el té de las 0.15. A esa hora, precisamente, la reacción en el tanque 610 se disparó hasta alcanzar un estado crítico, con parámetros de temperatura y presión fuera de toda escala. Uno de los empleados que había quedado de guardia vio cómo se agrietaba una losa de cemento cuando la válvula de alivio de presión se abrió de golpe.
Durante la hora que siguió se escaparon 30 toneladas de gas a la atmósfera y los trabajadores, impotentes y desesperados, evacuaron la planta y huyeron en dirección contraria al viento para evitar que el gas mortal no los alcanzara. El viento se dirigía hacia el peor de los lugares, la ciudad de Bhopal, pero a nadie se le ocurrió alertar a la población que dormía.
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Una impunidad obscena
La planta de Unión Carbide en Bhopal no volvió a funcionar y quedó como fantasmal testimonio del crimen ambiental que había provocado, mientras todo el entorno quedó seriamente contaminado por sustancias tóxicas y metales pesados que tardarían muchos años en desaparecer. La empresa multinacional y el Gobierno indio, que asumió de manera hipócrita – cuando ya no tenía remedio - la representación de las víctimas, cerraron en 1989 un acuerdo extrajudicial por el que la empresa pagó 470 millones de dólares.
El 93 % de las 500.000 personas que recibieron compensaciones obtuvieron 327 euros. Recién diez años después, el Tribunal de Bhopal condenó a ocho de los directivos de Union Carbide a penas irrisorias. El máximo responsable del desastre, el directivo norteamericano a cargo de la planta, Warren Anderson, quedó impune hasta su muerte. Pocos días después de la fuga de gas, se fugó él mismo del país hacia Estados Unidos para nunca regresar.
Desde el 1999 se han realizado muchos estudios independientes sobre el agua contaminada y los datos fueron de suma gravedad: el mercurio ha superado hasta 6 millones de veces los límites de seguridad; el tricloroetileno, un compuesto que afecta al desarrollo de los fetos, más de 50 veces; y continuaba detectándose la presencia de isocianato de metilo en la leche materna de las mujeres.

En la actualidad, a un kilómetro de la fábrica de Union Carbide está la clínica Chingari, que en español significa “chispa”. Allí hay centenares de personas en rehabilitación, que todavía sufren las consecuencias del escape de gas. Muchos son niños y jóvenes, nacidos después de la tragedia con problemas genéticos. “Los efectos del veneno siguen presentes todavía. Aquellos que nacieron justo después del desastre han crecido y se han casado. Hay niños de segunda e incluso de tercera generación con diferentes discapacidades consecuencia del accidente. Y el gobierno no hace nada”, explicaba no hace mucho Rashida Bee, una de las directivas de la clínica. Y terminó con una reflexión que muchos comparten en Bhopal: “Los que murieron en aquel momento tuvieron suerte. Los supervivientes mueren poco a poco”.
La tragedia de Bhopal también tiene una serie producida por la plataforma Netflix. Fue estrenada en 2023, se llama de Los trabajadores del ferrocarril: La historia no contada de Bhopal 1984 y fue creada y dirigida por Shiv Rawail. La trama de la miniserie gira en torno a tres empleados de los ferrocarriles de India y un ladrón, que ante la aparición de una nube de gas mortal en Bophal arriesgan sus vidas para salvar las vidas de decenas de pasajeros que esperan la llegada de un tren mientras en los andenes de la estación y en otras partes de la ciudad el fluido venenoso mata a personas que sufren horribles convulsiones como si fueran insectos.
Si bien las peripecias de esos cuatro personajes son ficticias, a los espectadores se les avisa que la miniserie es una “historia basada en hechos reales” y refleja de manera rigurosa las causas y las consecuencias del desastre.
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