
La vida extraordinaria de Cayetana Fitz-James Stuart fue una sucesión de récords, pasiones y polémicas que la convirtieron en una figura incomparable de la aristocracia europea. Poseía el mayor número de títulos nobiliarios reconocidos en el mundo y una fortuna estimada entre 3 mil millones de euros.
Según el documental que estrenó recientemente Netflix, “Cayetana, la duquesa de todos”, que recorre su vida con imágenes desde que era una niña que jugaba en una hamaca hasta su deslumbrante casamiento a los 85 años con un hombre 25 años menor, la española poseía un linaje único que la vinculaba genealógicamente con Cristóbal Colón, Churchill y Lady Di.
A lo largo de su vida, la duquesa de Alba acumuló una cantidad de títulos que la ubicó en el Libro Guinness de los Récords como la aristócrata con más títulos nobiliarios del mundo. Tenía cinco de duquesa, dieciocho de marquesa, veinte de condesa, además de vizcondesa, condesa-duquesa, condestablesa y catorce veces grande de España.

Portadora del título de decimoctava jefa de la Casa de Alba, tenía prerrogativas excepcionales, como la tradición histórica de poder ingresar a caballo en la catedral de Sevilla, si así lo deseaba. Su nombre propio requería mucha tinta: María del Rosario Cayetana Paloma Alfonsa Victoria Eugenia Fernanda Teresa Francisca de Paula Lourdes Antonia Josefa Fausta Rita Castor Dorotea Santa Esperanza Fitz-James Stuart y de Silva Falcó y Gurtubay. En la vida cotidiana, era Cayetana o Eugenia. Sus nombres preferidos.
El patrimonio bajo su responsabilidad era igualmente colosal. La duquesa de Alba custodió una biblioteca de 30 mil libros, que incluía tesoros como una Biblia de 1430, una de las primeras traducidas al castellano y salvada de la Inquisición, y documentos históricos como las capitulaciones matrimoniales de Juana de Castilla y Felipe el Hermoso o escritos de Cristóbal Colón. Las colecciones artísticas de la Casa de Alba se contaban entre las más relevantes de Europa: eran 52 tapices, 249 óleos de grandes maestros, entre ellos Velázquez, Rubens, Tiziano, El Greco, Goya, Pablo Picasso, Miró y Marc Chagall, además de piezas de porcelana, relojes, espejos y armaduras.
La magnitud de sus bienes era tal que se decía que “se podía cruzar España sin dejar de pisar propiedades de los Alba”. Pero hablar de los títulos o patrimonio de Cayetana sería restringirse a lo material. Era una mujer apasionada por la vida u de carácter fuerte. Tenía una gran vocación artística, habitualmente se dedicaba a pintar y si hubiese tenido otra cuna, probablemente hubiese sido bailarina de flamenco en su amada Sevilla, pasiones transmitidas por su tía Sol, hermana del duque Jacobo, de una gran personalidad. Cayetana bailaba con las nenas de la calle. A pesar de haber nacido en Madrid, se sentía sevillana y andaluza: “es lo que más siento”, afirmó.
En el Palacio de Las Dueñas, propiedad de los Alba del siglo XV, pasaba largas temporadas, especialmente en la primavera y los calurosos veranos. Era su lugar en el mundo. Tomaba clases de flamenco, con sus faldas a lunares, cargadas de capas de volados. Dueña de una figura esbelta, movía las manos con sensualidad, cuando podía frente a las cámaras. No se perdía la Feria de Abril, tampoco la Semana Santa. La ciudad la adoptó como una hija, ella respaldaba a artistas locales. El día de su muerte en Sevilla, en 2014, movilizó a miles de personas en las calles. El amor había sido recíproco.
Una infancia marcada por la abundancia y una gran pérdida
Hija única de Jacobo Fitz-James Stuart y Falcó, político, ministro y embajador en el Reino Unido, y de María del Rosario de Silva y Gurtubay, llamada por su círculo Totó, creció entre el lujo, viajes por Europa, África y Medio Oriente y el estímulo de intelectuales y personalidades de la cultura. Su nacimiento fue recibido con mucha alegría por sus padres, tras la pérdida de dos embarazos. Ese 28 de marzo de 1926, Jacobo estaba acompañado por tres de sus grandes amigos ese día en el Palacio de Liria, en Madrid, donde vivían: el médico de la familia Gregorio Marañón, el filósofo José Ortega y Gasset y el escritor Ramón Pérez de Ayala. El mayordomo le comunicó: “Sr. duque. La señora duquesa ha tenido una niña”. Y él respondió: “¿Una niña? Pues muchísimo mejor”. Su bautismo fue digno de una princesa, ya que sus padrinos fueron los reyes de España: Alfonso XIII y la reina Victoria Eugenia. Para la celebración se llevó la pila bautismal de Santo Domingo de Guzmán, que solo se utilizaba para bautizar a monarcas o sus descendientes.

A los cinco años recibió de regalo un pony al que llamó Tommy, con el que posó largas horas para una pintura. Con él tomó las primeras clases de equitación, una de sus grandes pasiones. La otra, el flamenco, llegaría más tarde.
¿Qué no tenía la dulce y mimada Cayetana? Lo tenía todo y mucho más. Sin embargo, sufrió una pérdida irreversible a los 8 años. Su madre contrajo tuberculosis y perdió la vida. No fue solo la muerte, ni la orfandad lo que cargó de por vida, también quedó grabada a fuego la dura etapa de la enfermedad. Si la niña intentaba entrar a la habitación de su madre, esta le tiraba una zapatilla u otro objeto para disuadirla y evitar contagiarla. La escena es dramática.
La duquesa se nutrió de cuanto sus ojos vieron. Con su padre, por quien sentía devoción, viajaban juntos. Jacobo tenía interés por la arqueología y era amigo de Howard Carter, quien descubrió la tumba de Tutankamón en 1922. En 1933 viajaron a conocer la tumba del faraón y también pasearon por Roma, tras los vestigios del imperio.
La educación de Cayetana de Alba era acorde a su posición. Recibía las lecciones en su hogar, donde le enseñaron idiomas, arte y música. Al estallar la Guerra Civil Española su padre la envió a estudiar a París. El Palacio de Liria quedó hecho escombros, solo se salvaron las fachadas, tras los bombardeos. Tommy, su pony, murió baleado. La duquesa lloró a mares. En su autobiografía recuerda la inmensa tristeza que la invadió con esa pérdida. Su casa fue más tarde saqueada e incendiada por los republicanos.

El siguiente destino fue Sevilla por un tiempo con su tía Sol y más tarde, Londres. Su padre fue designado primer embajador de Franco en el Reino Unido, pero finalmente renunció tras constatar que el régimen no restauraría la monarquía. En esa ciudad, la duquesa salvó su vida de los bombardeos nazis gracias a que alquilaron una casa en las afueras, propiedad de una duquesa.
Las amistades familiares incluyeron a Winston Churchill y las princesas Isabel y Margarita, hijas del rey Jorge VI, con quienes compartió juegos —prefería a la “divertida Margarita”—. La futura reina Isabel II compartía con Cayetana la misma edad, y, de haberse independizado Escocia, algunos genealogistas señalaban que la duquesa habría estado entre los descendientes lejanos con vínculos a la Casa de Estuardo.
Cayetana también dedicó su vida a la beneficencia. Durante la posguerra ayudó a reconstruir el Colegio Salesiano de Estrecho, en Madrid. Levantó dos nuevas plantas. Iba varias veces a la semana, cocinaba y servía la comida en el comedor social. Actuó como madrina y apoyó activamente a la comunidad salesiana. Cuentan que era generosa con los pedidos que le hacían. En Sevilla también la recuerdan por su bondad.
Matrimonios, escándalos y un destino singular
La vida sentimental de Cayetana de Alba fue tan singular como pública. Su primer amor fue el torero Pepe Luiz Vázquez, relación interrumpida por decisión de su padre, quien la envió de inmediato a Londres.

La primera boda fue concertada con Luis Martínez de Irujo y Artacoz, celebrada en 1947 y considerada entonces “la boda más cara del mundo”, equiparable —según la prensa de la época— a la de la reina Isabel II ese mismo año. La ciudad en que se celebró fue Sevilla debido a las tensas relaciones de la familia con Franco. La familia Alba donó medio millón de pesetas y repartió mil raciones de comida entre los pobres de Sevilla. En el banquete, 2.500 invitados consumieron 700 kilos de pescado, 400 kilos de jamón, 5.000 botellas de vino y 2.000 de champán. Con Luis tuvo seis hijos (Carlos, Alfonso, Jacobo, Fernando, Cayetano y Eugenia) y una feliz convivencia a lo largo de 25 años. Luis murió de leucemia a los 52 años, en Houston, Estados Unidos, donde recibió tratamiento. El dolor de la duquesa fue inmenso.
A los 50 años volvió a enamorarse y a sonreír. Tener una pareja era muy importante para ella. Se casó con Jesús Aguirre y Ortiz de Zárate, un ex sacerdote, hijo de madre soltera y once años menor que ella. Los reyes de España se ausentaron de la ceremonia por no poder asistir oficialmente a segundas nupcias. Sus hijos reaccionaron con asombro —“Mamá se va a casar con un cura, ¡qué fuerte!”— mientras Cayetana defendió su decisión: “Hay gente que no me perdona que me haya casado con un hombre inteligente. Pero somos muy felices juntos. No necesitamos a nadie más”. Vivieron juntos 23 años hasta la muerte de Aguirre por cáncer, a quien la duquesa designó varias veces como “el amor de mi vida fue Jesús Aguirre” y no el padre de sus hijos. En el documental mencionado, hace referencia a que en los últimos años la pareja había sufrido un desgaste. Que ella pasaba el tiempo en Sevilla y él en Madrid.

A los 85 años, la duquesa protagonizó su tercer matrimonio, esta vez con Alfonso Diez, amigo de su segundo esposo y 25 años más joven. Ante la desconfianza de sus hijos, Cayetana les transfirió toda su herencia antes de la boda, celebrada el 5 de octubre de 2011. Su actitud frente a las críticas fue directa: “No quieren que me case, pero ellos cambian más de pareja que yo”. Tras la ceremonia, bailó una rumba descalza en un gesto que se convirtió en símbolo de su libertad.
La vida de Cayetana de Alba no estuvo exenta de controversias públicas. En abril de 2006, según testimonios recogidos por afectados, un centenar de pasajeros de un vuelo Ibiza-Madrid de Iberia habría debido dejar sus valijas en tierra para permitir que la duquesa embarcara con cuarenta piezas de equipaje.
Las críticas más agudas, no obstante, provinieron de sectores de izquierda y organizaciones agrarias. De acuerdo con un informe de la ONG Oxfam, la duquesa y sus hijos recibieron 1,8 millones de euros en ayudas de la Política Agrícola Común (PAC) solo en 2003. Los adversarios señalaron el contraste entre el volumen de sus propiedades y el monto de las subvenciones públicas gestionadas desde la Unión Europea.
A lo largo de su vida contra todas las normas, hubo algo de lo que sí se arrepintió: no haber posado para Pablo Picasso, ya que su primer marido lo objetó.
Su muerte el 20 de noviembre de 2014 cerró una biografía forjada a partir de decisiones propias, independencia y amor por los placeres de la vida. El epitafio, elegido en vida, resume su filosofía existencial: “Aquí yace Cayetana, que vivió como sintió”.
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