
El comunicado del Buró de Prisiones de los Estados Unidos era todo lo frío y aséptico que requería la información oficial: “Podemos confirmar que Bernard Madoff murió el 14 de abril de 2021 en el Centro Médico Federal de Butner, en Carolina del Norte”, decía la nota enviada por correo electrónico a los medios el 14 de abril de 2021. Cuando murió en la cárcel, el exrey de las finanzas tenía 82 años y no solo cargaba sobre sus espaldas una condena de 150 por haber perpetrado una estafa de 65.000 millones de dólares, la más grande de la historia de Wall Street, sino también el peso de haber precipitado el cáncer y la muerte de uno de sus hijos, el suicidio del otro, los dos avergonzados por sus maniobras fraudulentas, y el repudio de su esposa.
Hacía poco más de un mes que sus abogados habían pedido clemencia para él, dado su precario estado de salud. Uno de ellos, Brandon Sample, explicó que Madoff tenía una enfermedad renal terminal y que no quería morir detrás de las rejas. “El Buró de Prisiones concluyó que Madoff tiene menos de 18 meses de vida a raíz de la naturaleza terminal de su insuficiencia renal”, dijo. Casi al mismo tiempo, citando a fuentes penitenciarias, The Washington Post había informado que el preso requería atención médica las 24 horas y solo se podía mover en silla de ruedas.
En una entrevista publicada en febrero por el mismo diario, Madoff había dicho que quería morir en su casa y hacer las paces con sus nietos. “He pasado 11 años en prisión y con bastante franqueza, puedo decir que los he sufrido. No ha habido un solo día en prisión en que no sienta la culpa por el dolor que he causado a las víctimas y a mi familia”, se podía leer en la nota. Esa confesión lastimera no había conmovido a nadie, como tampoco la noticia de su muerte. Nadie quería perdonar a Bernie Madoff, estaba solo en el mundo. Su inescrupulosa ambición lo había perdido.
Doce años antes lo habían denunciado sus propios hijos, después de la cena de Navidad de 2008, cuando les confesó sus estafas sentado en la cabecera de la mesa familiar. No tenía alternativa: para entonces la caída de su imperio financiero ya era la crónica de una muerte anunciada. Lo detuvieron poco después. Ante el juez, Madoff reconoció haber engañado con un esquema simple a una cadena de víctimas que traspasaba las fronteras de los Estados Unidos. Entre ellas había desde grandes empresas y millonarios con ansias de multiplicar fácil su dinero hasta pequeños inversores y jubilados que perdieron los ahorros de toda su vida cuando se los confiaron para tener una renta en sus últimos años.
En una declaración de 75 minutos, un atribulado Madoff tuvo que repetir once veces la palabra “culpable”, cada vez que le leyeron los cargos: cuatro de fraude, tres de lavado de dinero, uno de falso testimonio, otro por perjurio, otro por presentar documentación falsa ante la Securities and Exchange Commission y otro de robo de planes de pensiones. “Me avergüenzo y lo siento profundamente. No puedo expresar adecuadamente cómo lamento lo que he hecho. Sabía lo que estaba haciendo. He dejado un legado de vergüenza a mi familia y a mis nietos. Ellos no sabían nada hasta que se los confesé. Es algo con lo que cargaré el resto de mi vida. Y lo siento”, dijo Bernard “Bernie” Madoff frente al tribunal, en un susurro tan bajo que el juez Denny Chin tuvo que pedirle que hablara en un tono más alto.
Cuando confesó Madoff todavía tenía una fortuna de 823 millones de dólares en propiedades inmobiliarias, autos de lujo, un yate y obras de arte. Pronto no le quedaría nada, como cuando comenzó su carrera con apenas cinco mil dólares ganados en su trabajo como guardavidas durante unas vacaciones de verano.

Más audaz que Ponzi
Con ese poco dinero, Madoff inició su carrera financiera a los 22 años. Con eso y algo de ayuda de su suegro, el padre de Ruth, su novia de la adolescencia, en 1960 creó su primera compañía, Bernard L Madoff Investment Securities. Desde el comienzo, la firma de Madoff ofreció lo que buscan la mayoría de los inversores: bajo riesgo y altos rendimientos, algo “demasiado bueno para ser verdad”. Los inversores, sin embargo, no tuvieron en cuenta que ninguna otra empresa podía igualar —o acercarse— a los rendimientos que ofrecía el joven agente de bolsa.
En el mundo de las finanzas, por lo general, las inversiones funcionan de acuerdo con una escala: los rendimientos más altos generan un riesgo mayor. Sin embargo, tanto en años positivos como negativos, las inversiones realizadas por la empresa de Madoff siempre devolvieron a sus clientes entre un 12% y un 13%, una tasa alta y siempre constante. La estrategia financiera de Madoff fue algo más que un esquema piramidal, más conocido como Esquema Ponzi por Charles Ponzi, que fue el creador del primer plan de este tipo en la década de 1920 mediante la venta de inversiones que generaban beneficios, pero, en realidad, se pagaban con los fondos aportados por nuevos inversores.
En una firma de inversión no fraudulente la parte “propia” de un balance incluye las inversiones que realiza la empresa y el efectivo que tiene disponible. Los depósitos de los clientes son la parte “debe” del balance. Con ese sistema, las inversiones propias crecerían y el “valor” aumentaría. Pero en el Esquema Ponzi, el efectivo y las inversiones no crecen a la velocidad que se requiere para poder pagar los beneficios prometidos a los clientes. Para continuar, debe atraer nuevos depósitos de clientes para apuntalar “artificialmente” la sección de inversiones del balance general. Porque, en realidad, la sección “haber” del balance general está bajando y, por lo tanto, el valor también está bajando. El resultado es una necesidad constante de efectivo, lo que presiona a la empresa para atraer inversiones cada vez mayores a un ritmo cada vez más rápido para pagar a los inversores que buscan reembolsos. En otras palabras, el dinero aportado por los inversores no se invierte en nada y los beneficios se pagan con el aporte de nuevos inversores. Como muchos no retiran las “ganancias” que les corresponden, el esquema funciona. Sólo se viene abajo si muchos de los inversores quieren retirar el dinero a la vez.
A Charles Ponzi lo descubrieron en apenas un año. En cambio, Madoff pudo mantener a flote esta maniobra —que incluso superó investigaciones de Nasdaq, frenadas por el propio “Bernie”— durante más de cuarenta, hasta que la recesión económica de 2008 generó una corrida de inversores y no tuvo los fondos para pagarles: los pedidos de “retiros” sumaron 7.000 millones de dólares, pero Madoff solo tenía 300 millones para responder.
La lista de víctimas de Madoff incluía a la fundación benéfica del director de cine Steven Spielberg, Wunderkinder, a varios bancos estadounidenses y extranjeros, millonarios europeos, pero también maestros de escuela, agricultores, mecánicos y jubilados. Bicicleteó como pudo el asunto durante casi seis meses, hasta que en la cena navideña de 2008 les confesó a su mujer y sus dos hijos cómo había perpetrado la mayor estafa de la historia de Wall Street. Mark y Andrew, que llevaban años trabajando junto a su padre, no lo perdonaron. Su mujer, Ruth, lo defendió y eso hizo que sus hijos también cortaran el vínculo con ella.

La destrucción de una familia
El 11 de diciembre de 2010, el abogado de los dos hermanos dio a conocer un comunicado de pocas palabras: “Mark Madoff se ha suicidado hoy. Fue una víctima inocente de los monstruosos crímenes de su padre que ha sucumbido tras dos años de falsas acusaciones”. Aunque el juez autorizó a Bernie para que pudiera asistir al velorio de su hijo, Stephanie, la mujer de Mark, le hizo saber que no quería que se presentara porque no lo dejaría entrar. “Si lo tuviera frente a mí, le escupiría la cara”, dijo.
El suicidio de Mark tuvo consecuencias para toda la familia. Ruth, que todavía seguía apoyando a Bernard e incluso lo visitaba en la cárcel, decidió cortar toda relación con él y pidió el divorcio. Dejó el piso donde el matrimonio había vivido décadas y criado a sus hijos y se mudó a vivir primero con una hermana y más tarde con su otro hijo, Andrew, para estar cerca de sus nietos.
La muerte de su hermano mayor fue también devastadora para Andrew, que estaba por entonces bajo tratamiento por un cáncer que se mantenía bastante controlado. Su estado de salud se agravó sin remedio. Aun así, tuvo fuerzas para escribir un libro, Verdad y consecuencias. En su presentación dijo que no había manera de justificar el daño que causó su padre a tanta gente y que en lo personal no podía perdonarlo. “No sospeché nada. Me crié viendo cómo la gente lo trataba como una leyenda. Todos lo veían como un inversor con un talento espectacular, nunca se me ocurrió que era un farsante”, dijo también en una entrevista con la cadena NBC. “Sigo sin perdonarlo. Ya está muerto para mí”, decía una y otra vez a sus amigos. Andrew murió como consecuencia de un linfoma en 2014. Su viuda tampoco le permitió a su padre asistir al entierro.
Después de la muerte de Andrew, Ruth, que ya había dejado de visitarlo en la cárcel, dejó de mantener cualquier comunicación con su ex. Desde ese momento, solo lo visitaron sus abogados y algún periodista en busca de una entrevista. Entre una y otra cosa, se entretenía contándoles sus maniobras a los presos de la cárcel federal de Butner, en Carolina del Norte.

El poder y la caída
Al morir, de la fortuna amasada por Bernie Madoff no quedaba nada. En su mejor momento, había sido casi tan grande como su soberbia. Cuando estaba en la cima, solía contar que su animal preferido era el toro, una figura que en el mundo de las finanzas es el símbolo del optimismo, de la confianza, de las expectativas de que las inversiones rendirán buenos frutos. Por extensión, un toro es aquel capaz de hacerlas realidad. Madoff se veía así y estaba obsesionado por esa figura. “Bull” se llamaba su yate de 18 metros de eslora, y sus residencias en Estados Unidos y en Francia acumulaban obras de arte, antiguas y modernas, que representaban al animal.
Tenía —no podía ser de otro modo en el caso del “rey de las finanzas”— una residencia en Manhattan: un ático dúplex de más de 370 metros cuadrados con amplias habitaciones, cuatro chimeneas, escaleras de mármol para unir los dos pisos y una terraza desde la que tenía una vista de 360 grados. Si se tiene en cuenta que el metro cuadrado en Manhattan cotiza unos 18.000 dólares, la cuenta da 7.400.000 dólares.
Allí Bernie y su mujer Ruth pasaban buena parte del año, pero cuando querían algo de sol y mar se trasladaban a su residencia de Palm Beach, una casa de 600 metros cuadrados, situada en un inmenso terreno arbolado, con una entrada con suelo de terracota, habitaciones luminosas, siete baños completos, terraza cubierta, cocina de chef, un muelle privado de 25 metros y, claro, pileta de natación y acceso directo a la playa. “Una de sus características clave es la amplia sala de estar con techos curvos de madera clara y enormes ventanas de doble altura con vistas al océano. Tiene un ambiente amplio y luminoso en cada habitación, en parte gracias a las grandes ventanas que permiten la entrada de mucha luz natural. El estilo elegante y centrado se ve mejor a través de los tonos neutros en cada habitación y los suntuosos elementos de textura que hacen que esta casa junto a la playa sea tan cálida y soñadora”, la describió la revista Forbes. Su valor de mercado no es ningún secreto: en 2024 fue vendida en 22.500.000 dólares. El estafador la había comprado en 1980 por solo 250.000.
Una tasación inferior tenía la “humilde” residencia que había comprado en Cap d´Antibes, en el sur de Francia, donde pasaba por lo menos un par de meses todos los años, valuada en apenas un millón de dólares. Frente a ella tenía siempre amarrado el yate “Bull”, que se vendió en siete millones, es decir, siete veces más caro que la residencia francesa.
Durante el proceso judicial que se le siguió a Madoff, en 2009, sus abogados presentaron un dossier que detallaba sus propiedades y otros bienes con el fin de lograr que se le otorgara la libertad bajo fianza mientras durara el juicio. Allí, además de las tres residencias, constaban joyas por valor de 2,6 millones de dólares, un piano Steinway de 39.000 dólares y 65.000 dólares en platería solo en su departamento de Nueva York.
En los remates que se llevaron a cabo en 2011 para recaudar dinero con el fin de resarcir a las víctimas de la gran estafa, se subastaron una colección de vinos y licores de más de cien mil dólares, obras de arte y muebles antiguos por otros diez millones, y hasta la ropa interior de Madoff. Un calzoncillo boxer del otrora “rey de las finanzas” se vendió por 200 dólares.
Sin embargo, el producto de la venta de esos bienes y de las residencias no alcanzó para cubrir ni una ínfima parte del monto total de la estafa que Bernard Madoff había perpetrado con el esquema más sencillo del mundo.
Últimas Noticias
Cantó con Plácido Domingo y estuvo celoso de Julio Bocca: historias del niño que pasó su infancia en las entrañas del Teatro Colón
Un hallazgo inesperado en medio de una mudanza llevó a Sergio Kuchevasky a revisar esos años en los que acompañaba a su papá a trabajar a la máxima sala lírica de la Argentina

La maestra que logró comunicarse con una niña sorda y ciega y la convirtió en una de las mujeres más influyentes del siglo XX
El nombre de Anne Sullivan Macy quedó unido para siempre al de Helen Keller. Lo que comenzó como un intento por romper el silencio de una niña terminó por transformar el mundo

El primer magnicidio en la historia de EE.UU.: el actor que mató a Abraham Lincoln frente a cientos de espectadores
El asesinato conmocionó a Estados Unidos cuando la paz recién comenzaba. El presidente murió a las 7:22 de la mañana del 15 de abril de 1865

49 puñaladas de madrugada y una bebé sola que durante dos días intentó “curar” a su madre: el asesino serial que mató una única vez
Robin Warr Lawrence fue asesinada en 1994 a los 37 años y la escena del crimen reflejaba que la víctima se había resistido y que el homicida solo había querido matar. Durante treinta años, el asesino vivió una vida normal y hasta formó una familia con dos hijos hasta que en un estudio de ADN apareció su nombre. La confesión ante los oficiales y la condena que recibió por el hecho

Un beso y un misterio que aún intriga a la historia naval británica: la petición de Nelson que desafía dos siglos de historia
Entre la gloria y la muerte, el vínculo entre el almirante y su capitán revela la complejidad de la vida afectiva a bordo y la riqueza de los lazos en la marina del siglo XIX




