
Un empleado de la tienda acomodaba una vajilla en el escaparate del número 85 de la Rue du Faubourg Saint-Martin en París. Era una vajilla corriente, del tipo que cualquier familia parisina guardaba en el aparador del comedor. Pero no había ningún comedor detrás de esa vajilla. Solo había un campo de trabajo nazi.
La tienda Lévitan fue, antes de la guerra, uno de los grandes comercios de muebles de París. Wolf Lévitan, empresario judío, la había abierto en los años 30 en el décimo distrito. Cuatro pisos, expositores amplios y catálogos con precios. Cuando los alemanes ocuparon la ciudad en junio de 1940, se la confiscaron. Lévitan tuvo que entregar el inventario completo, hasta las cajas registradoras.
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El robo convertido en operación de Estado
La Möbel Aktion (“Operación Muebles” en castellano) fue el nombre oficial que los nazis dieron al vaciamiento sistemático de los hogares judíos en los territorios ocupados. No se trataba solo de confiscar obras de arte o joyas. La operación apuntaba a lo cotidiano. Los nazis se llevaban los cubiertos, las sábanas, los relojes de pared y las cacerolas. Más de 70.000 viviendas en toda Europa fueron vaciadas. Solo en París, 38.000 departamentos quedaron sin un solo objeto.
En Francia, 76.000 judíos fueron deportados. Menos de un tercio regresó. Mientras eran trasladados a los campos de exterminio, sus pertenencias seguían otro camino. Se subían a camiones, pasaban a los almacenes, se clasificaba y se etiquetaba. Los objetos personales y los dañados se quemaban cada día en una hoguera en el Quai de la Gare, el muelle peatonal en la margen izquierda del río Sena. Los objetos que estaban en condiciones se distribuían por los territorios del Reich o se ponían a la venta.
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La socióloga Sarah Gensburger, autora de Witnessing the Robbing of the Jews: A Photographic Album, Paris, 1940–1944, señaló que incluso algunos de los colaboradores más cercanos de Hitler, entre ellos Hermann Göring, cuestionaron la operación por los costos logísticos que implicaba transportar millones de objetos ordinarios. La operación continuó de todas formas. “Si el proyecto se sostuvo - escribió Gensburger-, es porque uno de sus objetivos fundamentales era destruir todo rastro de la existencia misma de los judíos.”

Los 795 prisioneros que trabajaban en su propia tienda
Los primeros tres pisos del edificio de la Rue du Faubourg Saint-Martin de Lévitan funcionaban como salones de exhibición. Los objetos robados se disponían por categorías, con cierta lógica comercial, como si fueran mercancía nueva. Los oficiales nazis recorrían los pasillos y elegían piezas para enviarlas a sus familias en Alemania, con la misma naturalidad con que se recorre un gran almacén.
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El cuarto piso era el dormitorio de los judíos. Allí vivían, comían y dormían los 795 prisioneros que sostenían la operación. Habían sido seleccionados en el campo de Drancy, en las afueras de París, la última escala antes de los campos de exterminio. Se priorizó a quienes tenían oficios útiles. Los nazis eligieron costureras, relojeros, alfareros y restauradores de muebles. Su tarea era clasificar, reparar, embalar y exhibir los objetos saqueados de los hogares de sus vecinos, sus amigos o sus familiares. Algunos reconocieron sus propias cosas.
Los artículos puestos a la venta en Lévitan no eran de gran valor material. No eran las pinturas robadas del Louvre ni las esculturas confiscadas a coleccionistas. Eran objetos que cualquiera podía comprar en cualquier ferretería o mercado. Su presencia en aquellos estantes tenía otra función. Los nazis buscaban demostrar que quienes los habían poseído ya no existían.
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El álbum de 85 fotografías
Cuando París fue liberada en 1944, un miembro del grupo de trabajo conocido como los Monuments Men encontró en el edificio un álbum con 85 fotos. Las imágenes mostraban los salones de Lévitan con una meticulosidad administrativa. En las imágenes se ven muebles ordenados en filas, vajillas apiladas, ropa doblada y herramientas clasificadas.
James R. Rorimer, el agente que recuperó el álbum lo trasladó a Múnich como parte de la documentación sobre el saqueo nazi en Francia. El álbum se conserva hoy en los Archivos Federales de Alemania, en Koblenz.
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Las fotografías incluyen también imágenes del Louvre, donde parte del material confiscado fue almacenado. En una de ellas se ven decenas de pinturas apiladas con la cara hacia la pared.

Los prisioneros que no volvieron
De los 795 prisioneros que pasaron por Lévitan entre 1940 y 1944, 164 fueron deportados a campos de exterminio. El resto sobrevivió a la ocupación, aunque los registros sobre su destino posterior son fragmentarios. La mayoría había llegado desde Drancy, el campo de tránsito del que partían los convoyes hacia Auschwitz y otros centros de muerte.
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El edificio de la Rue du Faubourg Saint-Martin todavía existe. Hoy alberga las oficinas de una agencia de publicidad. En la fachada hay una placa pequeña. Es la única señal de lo que ocurrió adentro.

La visita de Hitler a París: tres horas al amanecer y sin desfile
Pocas semanas antes de que Lévitan comenzara a funcionar como campo de trabajo, Adolf Hitler pisó París por primera y única vez. Fue una visita de la que los historiadores aún discuten la fecha exacta. Algunos sostienen que fue el 23 de junio de 1940, otros que el 28. Lo que sí está documentado es que llegó de madrugada en avión al aeródromo de Le Bourget.
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Hitler llegó a la capital francesa con su escultor favorito, Arno Breker, y con sus dos arquitectos de cabecera, Albert Speer y Hermann Giesler. Los tres fueron convocados con urgencia desde Berlín. Speer había recibido el aviso días antes, mientras recogía planos después de una reunión. “En unos días nos vamos a París con Giesler y Breker”, le dijo Hitler sin más explicación. Breker fue directamente sacado de su estudio por agentes que no le dieron ningún destino hasta que lo subieron a un avión.
La elección del grupo no era casual. Hitler quería ver París como arquitecto. Quería medir la ciudad. Compararla con Berlín y superarla.

El recorrido del Führer por la ciudad conquistada
A las 6 de la mañana la caravana de Mercedes descapotables entró a la ciudad. Las calles estaban casi vacías. Dos tercios de los parisinos habían huido durante el éxodo de 1940, aterrorizados por el avance alemán. Hitler ocupó, como siempre, el asiento del acompañante del primer vehículo. Speer, Breker y Giesler iban detrás.
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La primera parada fue la Ópera Garnier. Hitler había estudiado los planos del edificio con anterioridad y tomó la delantera en el recorrido, señalando detalles a sus acompañantes.
En un momento, cerca del palco del proscenio del teatro, advirtió que faltaba un salón que debía existir según los planos originales. El empleado que los acompañaba confirmó que había sido eliminado en una reforma. Speer recordó en su libro, Memorias del Tercer Reich, que Hitler “parecía fascinado por la Ópera, extasiado ante su belleza, con los ojos brillantes de una excitación que me pareció inquietante”.
Luego la Iglesia de la Madeleine, la Plaza de la Concordia, los Campos Elíseos y el Arco del Triunfo. Bajo el monumento, la conversación derivó hacia el arco que Speer estaba diseñando para Berlín. El arco berlinés debía ser más grande que el parisino.
En la explanada del Trocadero, frente a la Torre Eiffel, un fotógrafo y un camarógrafo registraron la imagen que daría la vuelta al mundo. Hitler de pie, con aire distante, la Torre al fondo. Giesler recordó que Hitler definió la Torre Eiffel como “el comienzo de una nueva era de la arquitectura de ingeniería” y como “un ejemplo de clasicismo”.

La tumba de Napoleón y el regreso que nunca ocurrió
Antes de llegar a Les Invalides, la comitiva pasó frente a una estatua. Hitler la reconoció sin necesidad de leer la inscripción. Era el general Charles Mangin, héroe de Verdún. Su cuerpo se tensó. Levantó la voz, aceleró el paso y ordenó derribarla. “No tenemos más que cargar con este tipo de recuerdos”, dijo.
En Les Invalides, ante la tumba de Napoleón, se quitó la gorra y la apretó contra el pecho con la cabeza inclinada. Era el único hombre al que consideraba un par.
El recorrido continuó por el Panteón, Notre-Dame, el Palais de Justice, la Place des Vosges y el Sacré-Cœur en Montmartre. Según Speer, Hitler no encontró ningún interés particular en las obras arquitectónicas más celebradas de la ciudad. Lo que le importaba era la escala. Después de poco más de dos horas, la caravana salió de París y regresó al aeródromo de Le Bourget.
La visita, según los registros de Speer, reactivó los planes del proyecto Germania. La reconstrucción total de Berlín como la mayor ciudad del mundo, con avenidas, cúpulas y monumentos que redujeran París a la condición de ciudad de provincia. El proyecto quedó inconcluso con la caída del nazismo.
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