Los enigmas de la Venus de Milo: un autor desconocido, la diosa que representa y el camino clandestino que la llevó a Francia

Descubierta en forma casual el 8 de abril de 1820 por un campesino griego y supuestamente comprada por un oficial de la marina francesa, la escultura es, junto con La Gioconda y la Victoria de Samotracia, una de “las tres grandes damas” del Louvre

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la Venus de Milo en el Museo del Louvre
su presencia en el más célebre de los museos franceses es producto de uno de los tantos saqueos arqueológicos perpetrados durante el Siglo XIX por los países europeos

Hijo de una familia con raíces en la nobleza y educado con esmero, el alférez de la marina francesa Olivier Voutier tenía 23 años cuando en abril de 1820 su barco, la goleta Estafette, hizo escala en la pequeña isla volcánica de Milo, en el archipiélago de las Cícladas del Mar Egeo.

Personas de múltiples intereses, el joven oficial era también un apasionado por la cultura griega por lo que, sabedor de que en esos terrenos insulares se habían encontrado yacimientos arqueológicos de las etapas minoica, helenística, romana y bizantina, decidió que valía la pena explorarla.

A eso salió la mañana del sábado 8 de abril, acompañado por dos marineros armados con picos y palas. Con ellos comenzó a excavar entre las ruinas de un antiguo teatro situado en la ladera de la colina más alta de la isla, donde encontró algunos fragmentos de mármol, un busto, un pie tallado y dos estatuas a las que les faltaban la cabeza, las manos y los pies.

El origen de la Venus de Milo

Estaba revisando esas piezas, que pensaba saquear impunemente, cuando el trabajo de otro hombre le llamó la atención. “A veinte pasos de nosotros, un campesino estaba sacando piedras de las ruinas de una pequeña capilla sepultada por la elevación del terreno. Al ver que se detenía y miraba atentamente el fondo de su agujero, me acerqué. Acababa de descubrir la parte superior de una estatua en mal estado y, como no podía utilizarse para su construcción, iba a cubrirla con escombros. Con una punta de unas cuantas piastras, hice que saliera. A primera vista, se reconoce una pieza notable. Insté a mi hombre a buscar la otra parte. Pronto la encontró. Entonces hice montar la estatua. ¡Quien haya visto la Venus de Milo puede imaginar mi asombro!”, contaría después, consciente de haber hecho uno de los descubrimientos arqueológicos más llamativos y misteriosos de la historia.

la Venus de Milo en el Museo del Louvre
La Venus de Milo aparece con autor desconocido en el Museo del Louvre, en París

Más de dos siglos después, al presentarla en su página web, el Louvre define a la Venus de Milo como una de “las tres grandes damas” del museo, honor que comparte con La Gioconda y la Victoria de Samotracia. No es una exageración, porque esa escultura griega de autor anónimo es una de las representaciones femeninas más famosas del mundo y, además, está rodeada por un halo de misterio: es posible que se trate de la figura de una diosa, pero no se sabe con certeza de cuál de ellas.

Los historiadores del arte no se ponen de acuerdo. Para algunos representa a Anfitrite, diosa del mar; para otros se trata de Afrodita, la deidad de la belleza. Si se intentara identificarla mediante los recursos de la ciencia forense también sería imposible, porque al haber perdido sus brazos no tiene esas huellas digitales que eran marca de identidad de los dioses griegos: los objetos. Si fuera Afrodita, tendría entre sus dedos un mechón de pelo o un espejo; si representara a Anfitrite, debería empuñar un caracol o un tridente.

En cambio, no hay dudas de que su presencia en el más célebre de los museos franceses es producto de uno de los tantos saqueos arqueológicos perpetrados durante el Siglo XIX por las potencias centrales de la Europa de la época en países asiáticos, africanos y de su propia periferia. Porque había muchas maneras de “saquear” y comprar tesoros de la historia de la humanidad era una de ellas. En el caso de la Venus (porque inexplicablemente se eligió llamarla con el nombre de la deidad romana del amor, aunque es griega y anterior) la historia de su descubrimiento y los inicios de su “viaje” de la isla de Milo a Paris es también algo oscura, aunque se hayan podido reconstruir sus pasos.

Un recorrido oscuro

Si el nombre del alférez Voutier ha quedado escrito con certeza en la historia, no ocurre lo mismo con el verdadero descubridor de la estatua, el campesino que la encontró. Algunos dicen que fue un campesino griego de la isla de Milo llamado Giorgos (Yorgos) Kentrotas o Giorgos Botonis. Otros se inclinan por llamarlo Theodoros Kentrotas (o Kendrotas), posiblemente el hijo de Giorgos. Se dice que cerca de la pieza de mármol, el campesino encontró también un antebrazo y una mano con una manzana, de los que se perdieron después los rastros.

la Venus de Milo en el Museo del Louvre
Cuando Luis XVIII le donó la estatua al Louvre, el museo ya tenía una considerable colección arqueológica y de obras de arte obtenidas, en su mayoría, mediante los saqueos perpetrados durante las campañas militares napoleónicas

A partir de allí las versiones difieren. Voutier siempre sostuvo que le compró la estatua al campesino por “unas piastras”, pero otra versión asegura que las autoridades turcas le confiscaron la estatua a Kentrotas y se la vendieron clandestinamente a otro oficial de la armada francesa. Una tercera sostiene que no hubo confiscación, sino que fue el propio campesino quien se la vendió a los turcos. Y una cuarta sugiere que las autoridades de la ocupación turca no tuvieron participación en el proceso y que Kentrotas le vendió directamente la estatua a un clérigo de la Iglesia Ortodoxa Griega que, a su vez, se la vendió al oficial francés.

En todas esas versiones aparece un oficial de la armada francesa, el teniente Jules Dumont D’Urville, que además de vestir el uniforme naval era, como Voutier, un apasionado por la arqueología. De una u otra manera, el marino la compró, no con fondos propios sino con los que le aportó el embajador francés en Constantinopla, el Marqués de Riviere.

Pero una cosa era comprar la joya arqueológica (una escultura de mármol de 900 kilos y 211 centímetros de altura) y otra sacarla de la isla eludiendo la vigilancia de las autoridades. Aquí, de nuevo, surge una versión incomprobable: que la estatua estaba entera y que perdió los brazos al golpearla contra unas rocas cuando la embarcaban para sacarla clandestinamente de Milo.

La cuestión es que, de una u otra manera, salió de la isla en marzo de 1821 y se convirtió en “propiedad” del embajador francés ante el Imperio Otomano. El Marqués de Riviere no quería la Venus para sí mismo sino para quedar bien con el rey Luis XVIII, que por entonces gobernaba Francia. Su majestad apreció el regalo del embajador, aunque no incorporó a la Venus a la colección de arte que tenía en el Palacio de las Tullerías sino que se la donó al Museo del Louvre.

la Venus de Milo en el Museo del Louvre
La Venus de Milo rodeada de decenas de visitantes en el Museo del Louvre

Una escultura en disputa

Cuando Luis XVIII le donó la estatua al Louvre, el museo ya tenía una considerable colección arqueológica y de obras de arte obtenidas, en su mayoría, mediante los saqueos perpetrados durante las campañas militares napoleónicas. Eso le había acarreado más de un conflicto diplomático. El más relevante databa de 1815, cuando se vio obligado a devolver a Italia, su lugar de origen, otra escultura famosa, la Venus de Médici, traída a París por Napoleón Bonaparte.

Para 1821, Grecia había declarado su independencia del Imperio Otomano y existía el peligro de que las nuevas autoridades pidieran la restitución de la obra saqueada. Sin embargo, los griegos tenían asuntos más urgentes de los que ocuparse y no hicieron ningún reclamo. Así, la Venus de Milo siguió inconmovible en el Louvre hasta hoy, salvo durante la Segunda Guerra Mundial, cuando se la trasladó al castillo de Valençay para protegerla.

El primer reclamo de devolución llegó recién en 1960 y no provino de Grecia. Ese año, una comisión de arqueólogos turcos presentó ante el entonces ministro de Cultura francés, André Malraux, un pedido de restitución basado en un informe del jurista Ahmed Rechim, donde se acusaba a los franceses de haber “robado” la estatua al Imperio Otomano.

El jurista decía que el descubrimiento de la Venus realizado por el campesino Kentrotas había sido “un incidente” y que existían tres familias que conocían la ubicación de los brazos de la estatua. El reclamo terminaba con una frase enigmática: “Si Francia devuelve la estatua, Turquía retornará los brazos a su lugar, dotando al mundo de una gran obra en todo su esplendor original; de lo contrario, la Venus de Milo seguirá mostrando sus muñones en el Museo de Louvre”, decía.

Malraux respondió al pedido turco de “chantaje cultural” y se negó a devolver la estatua. “La Venus de Milo es tan francesa como la Madelón”, refiriéndose a la canción popularizada por los soldados del ejército francés durante la Primera Guerra Mundial. De todos modos, al mencionar que Turquía estaba en posesión de los brazos que le faltaban a la escultura avivó nuevamente la controversia sobre a qué diosa representaba.

Turquía le reclamó la escultura a Francia en 1960
Turquía le reclamó la escultura a Francia en 1960

Turquía nunca exhibió esos brazos que supuestamente estaban en su poder, pero se volvió a hablar de la manzana que supuestamente aferraba una de las manos de la diosa. Si realmente era así, la estatua no representaba ni a Afrodita ni a Anfitrite, sino a otra deidad.

Los enigmas de Venus

Si esa mano que aferraba una manzana realmente existía y, más precisamente, era una parte perdida de la estatua mutilada, la escultura representaba entonces a la diosa Eris y la fruta podía ser la famosa “manzana de la discordia”, origen de la guerra de Troya.

La historia cuenta que Eris, diosa de la discordia, dejó una manzana de oro con la inscripción “para la más bella” en la boda de Peleo, a la cual no había sido invitada. En la ceremonia estaban presentes las diosas Hera, Atenea y Afrodita que se disputaban ese crédito. Zeus, para no comprometerse, le encargó a Paris, príncipe de Troya, que eligiera entre ellas a quién entregársela.

Las tres diosas intentaron ganarse los favores de Paris ofreciéndole cumplir con sus deseos. Finalmente, el príncipe se inclinó por Afrodita, a quien le entregó la manzana y proclamó como la diosa más bella del Olimpo. A cambio, la deidad del amor le dio el corazón de Helena, la mujer de Menelao, que huyó con Paris a Troya, lo que desencadenó la guerra que Homero relata en La Ilíada. Pero el brazo con la manzana nunca apareció y el misterio de la verdadera identidad de la escultura más enigmática que se exhibe en el Museo del Louvre todavía continúa.

Queda, además, una última controversia, la del autor o los autores de la escultura. Una de las primeras teorías del equipo de expertos del Louvre fue que la estatua data del período griego clásico, entre los siglos V y IV antes de Cristo, y que podía ser obra de alguno de los artistas más famosos de la época, como Fidias o Praxíteles. Sin embargo, en la base de la escultura se descubrió una inscripción que alude a otros dos hombres, Agesandros y Aleixandros, ambos escultores originarios de Antioquia, colonia que no fue fundada hasta el periodo helenístico.

Las últimas investigaciones, realizadas con los instrumentos tecnológicos más modernos, permitieron establecer que la Venus de Milo fue esculpida a fines del siglo II antes de Cristo y que, por lo tanto, es imposible que sea obra de Fidias o de Praxítiles. El catálogo del Louvre sigue sosteniendo el enigma de la autoría y menciona a su autor como “desconocido”.

Lo que sí se conoce es el destino de su descubridor “oficial”, el alférez Olivier Voutier. Quizás influido por el hallazgo y enamorado de la cultura local, en 1821 pidió la baja en la marina francesa y se unió a los insurgentes griegos al mando de Demetrios Ypsilantis en la Guerra de Independencia. Participó en el sitio de Tripolizza y en 1822 estuvo al mando de las tropas que sitiaron el centro de Atenas, con el expresa orden del ministro de Guerra provisional de Grecia, Ioannis Kolettis, de no dañar los monumentos.

Se retiró del ejército griego en 1847, con el grado de coronel, volvió a Francia y compró los terrenos de un antiguo convento en las colinas de las afueras de la ciudad de Hyères, donde construyó una villa a la que llamó Castel Sainte-Claire. Allí murió el 18 de abril de 1877, a los 80 años.

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