
El 28 de marzo de 2013, a las dos de la madrugada, se produjo la muerte de Manuel García Ferré en el Hospital Alemán de la Capital Federal, mientras los cirujanos operaban su corazón.
Con 83 años y teniendo todavía en su horizonte tres proyectos cinematográficos en mente, el dibujante cerró sus ojos por última vez.
Creador de personajes infantiles entrañables que alegraron a varias generaciones como Hijitus, Anteojito y Petete, por citar algunos.

En una entrevista realizada en el año 2012, el artista ofreció una frase que funcionó como regla general para describir su labor profesional, al manifestar que mientras los chicos recibieran imaginación, aventuras y la clásica lucha entre personajes buenos y personajes malos, el interés por la lectura nunca decaería.
La infancia de García Ferré
Los primeros años de su vida los pasó en Andalucía, España. Nació el 8 de octubre de 1929, y su hogar se ubicaba a la vera de la torre-campanario de la catedral, sobre la calle General Castaño, en la ciudad de Almería. Fue el segundo hijo fruto del matrimonio compuesto por la almeriense María Ferré y Julián García. Su padre se desempeñaba como empleado y había llegado destinado a la oficina central de telégrafos de la zona durante los tiempos de la dictadura de Primo de Rivera.
En el hogar se vivía un contexto condicionado por la lealtad republicana que Julián García sostenía a nivel político, respaldada por su afiliación formal tanto a la Unión General de Trabajadores (UGT) como al Partido Comunista de España (PCE).
A raíz de esa posición ideológica, su padre enfrentó un sumario de guerra en el que se lo imputó bajo la acusación de auxilio a la rebelión. Si bien en aquel expediente judicial terminó siendo sobreseído, el insostenible clima de hostilidad generó que la familia debiera tomar la determinación de alejarse de la España gobernada por el dictador Francisco Franco y emigrar a la República Argentina en 1947.
Antes de verse forzado a cruzar el océano, el joven Manuel logró concluir sus estudios en la enseñanza primaria y, tras finalizar la Guerra Civil concretó el ingreso a las aulas del instituto local. En dicho espacio educativo se destacó rápidamente como el discípulo más aventajado de su profesora, la docente Celia Viñas. Durante los años de aprendizaje, el andaluz sobresalió ampliamente en la asignatura específica de dibujo, materia en la que compartió los pupitres con compañeros que a futuro también adquirirían notoriedad en el mundo del arte, como fue el caso del actor Leopardo Anchóriz y del pintor Luis Cañadas.

El talento innato de los tres chicos fue reconocido formalmente por el claustro de profesores durante el desarrollo de la Feria del Libro organizada en abril del año 1945, evento donde resultaron premiados por haber aportado sus ilustraciones a una obra de formato periodístico escrita por Pedro Antonio de Alarcón.
El exilio de García Ferré
Tras esa etapa inicial, la obligada huida familiar del territorio español en el año 1947 significó una penalidad legal de peso: todos los miembros de la familia sufrieron la pérdida oficial de su nacionalidad española.
A los 17 años, García Ferré bajó del barco y pisó los adoquines de la ciudad de Buenos Aires, llevando consigo una carpeta con dibujos que traían las puntas dobladas y las hojas completamente húmedas por el extenso viaje.
Al caminar por la vereda, comprobó velozmente que la Capital argentina era una ciudad inmensa y de un tamaño diametralmente opuesto a su Almería de origen. Decidido a salir adelante con sus diseños, impuso una rutina inamovible para sus semanas: durante el día recorría las diferentes agencias de publicidad y las redacciones gráficas entregando sus bocetos, y en las noches asistía sin falta a un colegio ubicado en el barrio del Congreso para terminar sus estudios secundarios.

Tras concluir el secundario, estudió Arquitectura durante tres cursos consecutivos. Para financiarse los estudios aceptó trabajos en los que le encomendaban tareas rutinarias, tales como el coloreado y el calcado de las copias. Ese sueldo inicial apuntalaba sus metas universitarias, pero sus empleadores reconocieron casi de forma inmediata su excelente trazo y su creatividad por encima de los demás trabajadores. En el año 1954, decidió finalmente abandonar la carrera universitaria para enfocarse de modo exclusivo en el dibujo comercial y en el pujante mundo publicitario.
Los primeros éxitos
El primer gran éxito de su carrera fue cuando logró acceder a la Editorial Atlántida. Constancio Vigil lo recibió e incorporó su primera tira de forma permanente en Billiken, revista que dominaba el segmento infantil con más de tres décadas de éxito ininterrumpido.
La historieta ofrecía las desventuras del pollito Pi-Pío, un personaje que transitaba desde una imagen de linyera con aspecto de cowboy hasta posicionarse como el sheriff del ficticio pueblo de Leoncio. En sintonía con su entrada a Billiken, comenzó a explotar la animación en publicidades argentinas, éxito que lo impulsó a fundar su propia productora gráfica.

Así firmó recordadas campañas para Mantecol, Fanacoa, Atma, Cunnington y los quesitos Adler, respaldadas por jingles pegadizos.
El nacimiento de Anteojito y Antifaz
Los cortos, que solían pasarse por el Canal 9, le permitieron afianzar a dos protagonistas repetidos que las propias empresas reclamaban: Anteojito y su tío Antifaz. Anteojito lucía enormes anteojos, presentaba cinco pelos en su cabeza y aportaba sensatez para equilibrar las situaciones. Su tío, al contrario, era de una contextura física retacona, bonachón, de mediana edad, cabeza pelada que cubría con un pequeño sombrero, inventor de dispositivos disparatados y dueño de un antifaz negro que tapaba su mirada.
Julio Korn, el responsable comercial de las revistas Goles, Antena y Radiolandia, detectó el suceso televisivo y convocó al dibujante para lanzar una revista basada en sus figuras publicitarias.

Furor por la revista Anteojito
El 8 de octubre de 1964, justo cuando García Ferré cumplió 35 años, apareció la revista Anteojito. Tenía un precio de venta de 20 pesos y una tapa donde el personaje emergía rompiendo el papel. El arranque constituyó un furor masivo y vendió más de 200 mil ejemplares.
Cuando terminaba la década del sesenta, aprovechando contratiempos económicos de Korn, García Ferré compró el total de las acciones de Anteojito. La fórmula se fortaleció a través de la entrega semanal de los denominados “pifusios”, que eran obsequios adjuntos, juegos, troquelados y útiles.
Los dibujantes veteranos se molestaban internamente porque los chicos iban directo al juguete y descartaban la revista, pero ese detalle disparó las ventas mensuales hasta quebrar la barrera del millón de copias. En épocas navideñas, las tapas doradas batían récords descomunales, llegando a superar los 450 mil ejemplares.

Durante el ciclo lectivo, todo el material pedagógico terminaba recortado y pegado en los cuadernos del alumnado en cada provincia de la Argentina. En los meses de vacaciones, desde la gerencia suprimían lo referido al colegio y publicaban estrictamente contenido de diversión pura.
Toda la actividad nacía y se controlaba desde el décimo piso del emblemático edificio Apolo de la Capital Federal. En ese taller funcionaban tableros atiborrados de ilustraciones y papel maché, donde el propio director forzaba a los coloristas a rehacer decenas de páginas, mientras portadas recordadas eran firmadas por dibujantes del calibre de Jorge de los Ríos.
El espacio del taller gráfico también funcionó para expandir sus incursiones en los televisores. En 1967 apareció Hijitus, primero instalado como actor de reparto en la historieta del sheriff Pi-Pío. Sus aventuras en la ciudad de Trulalá lo mostraban habitando un caño, y le permitieron a la Argentina lanzar su primera tira de animación continuada para la pantalla chica.

El suceso de Hijitus
Junto al joven de la galera, surgieron Gold Finger, el Boxitracio, Pucho, Oaky, el Profesor Neurus y Larguirucho. Otros personajes que pasaron por la revista Anteojito fueron la Vaca Aurora, Calculín, la Pícara Sandrita, Cachavacha, Pelopincho y Cachirula, además de Rinkel, el ballenero.
A ese extenso grupo se le acopló Petete, el pingüino ilustrado como un sabelotodo, portador de un chupete atado al cuello y de un gorro de lana coronado con pompón.
Encabezando El Libro Gordo de Petete, ese entrañable muñeco divulgaba información sobre los fenómenos del mundo natural, anatomía e inventos, comercializado también a través de fascículos impresos. En las pantallas, Petete dialogaba con conductoras femeninas como la modelo Gachi Ferrari, y años posteriores, Guillermina Valdés.
En televisión se presentó también El Club de Anteojito y Antifaz, por donde pasaron figuras como Emilio Ariño, Osvaldo Pacheco, Berugo Carámbula, Guillermo Brizuela Méndez, Maurice Jouvet y Juan Carlos Altavista.
García Ferré se metió en la producción de largometrajes cinematográficos. Tras el lanzamiento en 1972 de “Mil intentos y un invento”, que se consagró por ser el primer filme nacional animado en colores, el andaluz creó películas de aceptación masiva.

Sus éxitos en el cine
Las boleterías registraron el estreno de “Trapito” en 1975, y se agolparon ante producciones como “Las alegrías de Pantriste” e “Ico, el caballito valiente”. En 1999 produjo “Manuelita”, basándose en la tortuga creada por la escritora María Elena Walsh. Esa película vendió más entradas que los tanques de Disney con los que les tocó competir. Fue enviada a la premiación de los Oscar en representación de Argentina. Finalmente, su cierre en el cine se materializó en 2012 mediante “Soledad y Larguirucho”. Allí se juntaron la cantante folklórica y el personaje de ficción de nariz prominente.
García Ferré se casó dos veces y fue padre de tres hijos. Sus hijos funcionaron como verdaderos jueces del negocio, ya que el autor comprobaba mediante la lectura de guiones cuáles captaban su atención y cuáles terminaban descartados de la imprenta, garantizando así el éxito de la publicación.
En 1996 acudió presencialmente al Consulado General de España en la ciudad de Buenos Aires, con el objetivo de recuperar la nacionalidad perdida forzosamente desde 1947. Al presentar la documentación quedó expresamente claro que la solicitud no implicaba la anulación, o la renuncia total, de la ciudadanía concedida por las autoridades argentinas. Gracias a ese simple trámite burocrático, siguió viajando por el extranjero portando doble pasaporte en sus manos.

El nuevo milenio representó una etapa financiera terminal para su grupo empresario. La abrupta caída por la crisis económica de 2001, el corralito, y el desvío de los chicos hacia temáticas de informática y el ascenso avasallante de la revista Genios, destrozaron las bases estructurales de la compañía. Asfixiada financieramente, la revista Anteojito editó y vendió su último ejemplar el 9 de enero del año 2002. Atrás dejaba una trayectoria ininterrumpida de 37 años repletos de éxito e impresiones que contabilizaron 1925 revistas en las calles.
Durante ese complejo inicio de siglo, le diagnosticaron cáncer de estómago, una patología que el propio afectado relacionó desde siempre con la profunda angustia acumulada luego de verse empujado a apagar las máquinas de la editorial.
Pudo recuperarse mediante algunos pasos por el quirófano y los tratamientos indicados en la Capital Federal. Más tarde fue investido como Ciudadano Ilustre de Buenos Aires en el año 2009. Continuó ensayando y evaluando libretos cinematográficos hasta el último día de su vida. El legendario Manuel García Ferré murió hace 13 años.
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