
Durante la década del 90, Australia enfrentaba una de las mayores plagas de su historia: la proliferación descontrolada de conejos salvajes. Este fenómeno provocaba daños en la agricultura y el medio ambiente. Ante esta situación, las autoridades buscaron soluciones urgentes y el gobierno australiano decidió apostar por el biocontrol, utilizando un virus específico, el calicivirus, que afecta exclusivamente a los conejos.
El plan consistía en realizar pruebas del calicivirus, también conocido como virus hemorrágico del conejo (RHDV), en condiciones de cuarentena en la isla Wardang. La elección de este virus se basó en su capacidad para provocar una alta mortalidad en conejos sin poner en riesgo a otras especies. El objetivo era controlar el crecimiento exponencial de la población de estos animales, que estaba comprometiendo el sustento de miles de agricultores y alterando el equilibrio ecológico en amplias regiones del país.
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La introducción de este virus se consideraba una medida necesaria y urgente para restaurar el equilibrio ambiental y proteger la economía agrícola australiana, según relata el propio periodista involucrado en el caso en su testimonio publicado en la revista científica New Scientist.

El brote del calicivirus y su impacto inicial
En octubre de 1995, el calicivirus escapó de la cuarentena en la isla Wardang antes de que se completaran las pruebas previstas. El brote inicial se detectó en el sur de Australia, lo que generó alarma entre las autoridades y la comunidad científica, que no esperaban la liberación prematura del virus. Las primeras reacciones incluyeron el intento de las autoridades por contener el brote, pero el avance del virus fue rápido, extendiéndose a través de la población de conejos salvajes fuera de la zona controlada.
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El escape del virus provocó un debate público y científico sobre la seguridad de los experimentos de biocontrol y la capacidad de los protocolos de cuarentena para prevenir incidentes similares. La noticia del brote se difundió rápidamente, generando preocupación tanto en los sectores agrícolas como en el ámbito de la protección animal.

James Woodford y la polémica tras el escape del virus
El periodista James Woodford se encontraba cubriendo la historia para el diario australiano The Sydney Morning Herald. Poco después del escape del calicivirus, Woodford fue contactado por científicos y autoridades, quienes le informaron sobre la situación y le permitieron observar de cerca los efectos del virus. Días después de publicar su informe, Woodford fue acusado de ser responsable de la propagación del virus. Algunos investigadores y figuras públicas lo señalaron como el “hombre que mató a más de 100 millones de conejos”.
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La experiencia de Woodford ilustra el clima de sospecha y ansiedad que generó el escape del virus, así como las consecuencias para quienes participaron en la comunicación del evento.

Consecuencias del brote: respuesta de la industria y el público
Tras la expansión del calicivirus, la industria agrícola australiana registró una disminución en la población de conejos. Los agricultores, que durante años habían lidiado con la plaga, observaron una reducción significativa en los daños a sus cultivos y pastizales. Sin embargo, el brote también suscitó críticas de sectores preocupados por el bienestar animal, quienes manifestaron inquietud por el sufrimiento de los conejos afectados y la rapidez con la que se propagó la enfermedad.
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La opinión pública se dividió entre quienes celebraban la eficacia del biocontrol y quienes cuestionaban la ética y la seguridad de liberar un agente patógeno en el medio ambiente. Este debate reflejó las tensiones entre los intereses agrícolas, las preocupaciones ecológicas y la sensibilidad hacia los animales salvajes.
En los años posteriores al brote, la población de conejos en Australia experimentó una caída masiva, con estimaciones que superan los 100 millones de conejos muertos a causa del virus. Este descenso tuvo efectos directos en la recuperación de la vegetación nativa y en la disminución de la presión sobre los ecosistemas agrícolas. Con el tiempo, algunos conejos desarrollaron resistencia al calicivirus, lo que planteó nuevos retos para el control de la población a largo plazo.
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Si bien Woodford no fue condenado judicialmente ni imputado por delito alguno relacionado con la muerte masiva de conejos en Australia, fue acusado en el debate público y enfrentó fuertes críticas y presiones tanto de sectores científicos como sociales. No existió investigación penal ni proceso formal en su contra.
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