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La militancia clandestina y las últimas llamadas desde la ESMA: el siniestro final de una estudiante que deseaba un mundo más justo

La vida de Franca Jarach, de apenas 18 años, antes de la militancia, su búsqueda de justicia social, sus convicciones urgentes y el diálogo con su padre desde el centro clandestino de la Escuela de Mecánica de la Armada, el último lugar donde la vieron con vida; el que convirtió a su progenitora en una Madre de Plaza de Mayo

Primer plano de una joven sonriente con cabello oscuro y largo, mirando hacia arriba a la derecha; el fondo es borroso y verde, con textura de foto antigua
Franca Jarach, joven militante ítalo-argentina, fue secuestrada durante la dictadura militar tras vivir meses en la clandestinidad
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Hubo varias llamadas antes del fin. Franca Jarach habla en persona, largo y tendido, con su mejor amiga, Diana. Se encuentra en la clandestinidad, no ha regresado al Colegio Nacional de Buenos Aires (CNBA) desde que la expulsaron. Y pide una ayuda que Diana no puede brindarle, porque también su vida pende de un hilo. Luego, una de las dos últimas llamadas telefónicas se produce el mismo día del secuestro: el viernes 25 de junio de 1976 Franca se pone en contacto con su novio, Enrique, de 19 años, con el que empezó una relación hace más de un año y medio. Llevan meses planteándose irse a vivir juntos, aunque la idea no se materializa. En la noche del jueves durmió en casa de él, pero al día siguiente se marchó. Ahora lo llama desde una cabina telefónica o desde algún local para avisarle que ha perdido su documentación, probablemente en algún colectivo, y que va a intentar acercarse a la terminal de esa línea para recuperarla.

La última llamada, finalmente, tiene lugar dieciséis días más tarde, cuando Franca, secuestrada en la ESMA, telefonea a su casa. Allí habla en italiano con su padre, pero después se ve obligada a pasar al castellano para que sus secuestradores puedan entenderla. Con voz serena, dice que le queda poco tiempo para hablar y que se encuentra bien. Sus padres se tranquilizan: piensan que pronto volverá al hogar.

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Franca Jarach
La última comunicación de Franca Jarach desde la ESMA se produjo el 11 de julio de 1976, cuando llamó a su familia para transmitir calma

La reproducción de ese último vestigio de vida, la llamada del 11 de julio de 1976, se transcribió en el reciente libro Hija mía, vida de Franca Jarach, desaparecida (Crítica), del historiador italiano Carlo Greppi:

—¿Hola…? ¿Hola?

—…

—¿Sí? ¿Hola? ¿Sí? Non si sente (No se oye).

—¿Hola?

—¿Hola?

—¿Papá?

—Sí.

Scusa (Perdona). Franca.

Dove sei? (¿Dónde estás?).

Senti (Oye…), te tengo que hablar en castellano. Estoy… Te… Tengo muy poco tiempo (…) para hablar.

—Sí.

—Quería decirte que estoy muy bien, que estoy detenida en una dependencia de Seguridad Federal.

—Sí.

—Y que estoy bien, que me abrigan, me cuidan y me dan de comer.

—¿Y cómo te dejan hablar?

—¿Eh?

—¿Y cómo te dejan hablar?

—Me dejan hablar…No sé, me dieron permiso para hablar…Y pronto nos vamos a ver.

—¿Que pronto nos vamos a ver?

—Sí.

—¿Estás bien?

—¿Ustedes cómo están?

—Bien, muy bien. ¿Vos estás bien?

—Sí, sí. Yo estoy bien, no se preocupen, realmente estoy bien; como bien, estoy abrigada, si me enfermo tengo remedios y estoy bien.

—Bueno…

—Bueno, entonces un beso grande. ¿Y mamá? ¿Cómo está?

—¿Mamá? Estamos bien, tesoro.

Portada de libro en blanco y negro. Muestra a una mujer sonriente con el cabello oscuro y una niña con gorro de cuadros, ambas sentadas al aire libre
El libro "Hija mía, vida de Franca Jarach, desaparecida", del historiador italiano Carlo Greppi, reconstruye la historia de Franca

Nacida el 19 de diciembre de 1957, Franca había sido fruto de una búsqueda de mucho tiempo de sus padres, Vera y Giorgio. Su única hija. Fue una vida feliz, la de la pequeña Franca y, a todos los efectos, una vida ítalo-argentina: con sus padres siempre habla en italiano y con sus amigos, en castellano. Italiana para Italia, argentina para Argentina, hija de dos mundos: como recordaría Enrico Calamai, vicecónsul en Buenos Aires durante los años de la dictadura.

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En 1939, los padres de Franca, refugiados políticos, consiguieron al mismo tiempo —aunque sin saber aún nada el uno del otro— colarse por la alambrada de un mundo cerrado que había dado sistemáticamente con la puerta en las narices a los judíos que huían de las persecuciones. Llegaron a la Argentina a fines de la década del ´30, huyendo de las leyes raciales de la Italia fascista y a menos de seis meses del estallido de la Segunda Guerra Mundial: se sumaron, así, a las filas de los miles de judíos italianos que encontraron refugio al otro lado del Atlántico. El abuelo de Vera no pudo escapar: murió en Auschwitz. Después de un noviazgo que comenzó cuando Vera tenía 16 años, los Jarach se casaron y se fueron a vivir a la calle Montañeses, en Belgrano, en la zona norte de Buenos Aires. Allí entablaron también una sólida relación con otros italianos, con otros judíos italianos como los Vitale, y con familias de diversos orígenes.

Franca tuvo una infancia feliz. Desde chica hizo andinismo con sus padres, conoció Bariloche, también pasaba temporadas en el Tigre y en otra ocasión viajó a la tierra de sus ancestros. Practicaba natación, esquí, remo, le gustaba el teatro, la música clásica y el rock, escuchaba Almendra y los Beatles. Franca, sobre todo, escribía poemas. Tocaba la flauta dulce y traversa, y al igual que su papá, dibujaba y pintaba desde temprana edad. Tras superar el durísimo examen de ingreso, cumpliendo el sueño familiar, Franca entró al CNBA. Allí tiene nuevos amigos y sus primeros novios. Sus profesores la describen como una alumna excelente, pero se quejan porque les “sopla” los resultados a sus compañeros. Empieza a tener curiosidad por diversas lecturas: sus amigas dicen que les recomienda leer el voluminoso libro de El capital, de Marx, como también estaban Sartre, Neruda, Borges y el Che Guevara en aquellos años de su rapidísima formación y autoformación que transcurrieron entre 1971 y 1974.

Franca estudiaba en el Colegio Nacional de Buenos Aires, donde se nutrió de nuevas lecturas y empezó a soñar con la revolución. Alumna ejemplar, delegada estudiantil, allí participaría de una toma, de asambleas y sería marcada por las autoridades hasta su expulsión
Franca estudiaba en el Colegio Nacional de Buenos Aires, donde se nutrió de nuevas lecturas y empezó a soñar con la revolución. Alumna ejemplar, delegada estudiantil, allí participaría de una toma, de asambleas y sería marcada por las autoridades hasta su expulsión

El 18 de abril de 1973 nace la nueva Unión de Estudiantes Secundarios (UES), que cuenta entre sus líderes con “el Roña” Beckerman y con “Barbeta” Slemenson. El Roña sería el primer asesinado del Nacional Buenos Aires: lo mató la Triple A en Quilmes, en agosto de 1974. Su crimen impactaría profundamente en la joven Franca que, entre los 15 y los 17, desempeña un papel como representante estudiantil, poco antes del golpe de Pinochet en Chile, y comienza a soñar con la revolución, a su manera, porque, según les dice a sus compañeros, “no hay otra forma de cambiar”. Radicaliza su posición, participa en una toma del CNBA, el colegio es un polvorín y ella es marcada por las autoridades.

Franca, entonces, participa de una asamblea totalmente prohibida y a ella y a otros trece alumnos les dan tantas amonestaciones como para dejarlos libres: los expulsan del colegio. Pocos días después son reincorporados, todos aceptan menos Franca que, siendo la abanderada, se sentía ofendida y, además, como le confesó a sus padres, no quería aguantar más el clima represivo del Nacional y en pocos meses dio exámenes libres en otro.

“Sea como sea, su militancia obedece al deseo de un mundo más justo. Sale del colegio, termina su secundario y empieza otra etapa de su vida en la que empieza a trabajar. Ah, quiero volver un momento atrás, ha tenido dos novios, ambos siguen siendo como hijos para mí, esto es importante porque entra en lo que yo llamo su vida plena, en pocos años también pudo vivir también el amor”, testimonió alguna vez su madre, Vera, periodista y parte de las Madres de Plaza de Mayo desde sus inicios, en uno de los tantos juicios por la ESMA.

La búsqueda de la familia de Franca Jarach fue incesante. Vera y Giorgio tocaron todas las puertas posibles y ambos fueron parte de organismos de Derechos Humanos. Vera Jarach se convirtió en una de las mayores referentes de las Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora (REUTERS/Matias Baglietto)
La búsqueda de la familia de Franca Jarach fue incesante. Vera y Giorgio tocaron todas las puertas posibles y ambos fueron parte de organismos de Derechos Humanos. Vera Jarach se convirtió en una de las mayores referentes de las Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora (REUTERS/Matias Baglietto)

La dimensión pública de la joven Franca, en efecto, empezó a ser incompatible con su vida privada. El “credo” de Franca, a sus 18 años, combinaba una lógica de pensamiento laica, imperativa, militante. “Para pensar: observar, razonar, organizar, luchar para hacer. Mirar no aporta nada. Entender lo que se ve, es poco todavía. Aprender lo que se entiende no es suficiente. Aplicar lo que se aprende es la meta. Aplicar más y mejor, exige organizar. Aplicar más y mejor, exige luchar”, escribe en su libreta de apuntes.

En pleno tumulto interior, Franca va encontrando su camino, su estilo, su postura. Lideraba asambleas en el Nacional, la votaban como delegada. Solidaria, popular, simpatiza con la JTP (Juventud Trabajadora Peronista) mientras asiste a un curso de mimeografía y piensa si va a estudiar una carrera universitaria. Los que la conocieron, a partir de allí, le perdieron el rastro: al entrar en una organización política “de los mayores”, Franca empieza a cortar lazos, se pone rígida y seria, se escabulle, entra en conflicto con sus padres, se la pasa de reunión en reunión y participa de “operativos de propaganda”. Pasa a una suerte de semiclandestinidad y adopta un nombre de guerra: Laura. Sus padres tratan de todas las formas de que se escape de Argentina, matriculándose, por ejemplo, en una universidad italiana. Pero Franca no quiere. Sus convicciones, urgentes y vertiginosas, están en el camino de la lucha armada siendo parte de una guerrilla peronista.

El exrector de la Universidad de Buenos Aires, Alberto Barbieri, junto a Vera Jarach en la entrega de legajos de los estudiantes y graduados desaparecidos que asistían a los colegios que dependían de la UBA realizada en 2018
El exrector de la Universidad de Buenos Aires, Alberto Barbieri, junto a Vera Jarach en la entrega de legajos de los estudiantes y graduados desaparecidos que asistían a los colegios que dependían de la UBA realizada en 2018

Se supo que Franca fue secuestrada en la calle por un grupo de tareas. Se desconocen detalles del hecho, pero cayó junto a varios integrantes de la JTP del gremio de Gráficos, parte de Montoneros. En el 2000 una sobreviviente de la ESMA declaró que la vio en ese campo de detención. Probablemente a mediados de julio de 1976 fue “trasladada” y arrojada desde un avión al Río de la Plata. Otra sobreviviente, la exmilitante de Montoneros Marta Álvarez, atestiguó que la vio tres veces en la ESMA.

“Salvo escasísimas excepciones, todas y todos los testigos a los que consulto siguen llorando irremediablemente cuando, casi medio siglo después de la desaparición de Franca, se acuerdan de ella”, escribió el historiador Carlo Greppi en el libro que reconstruye su historia. “¿Qué cuentan de cada uno de nosotros los documentos burocráticos, asépticos e impersonales? ¿Qué cuentan, en cambio, de un ser humano, a modo de espejo, sus fotografías, sus cartas, sus dibujos, sus poemas, su cama, su ropa, sus instrumentos musicales?”, se preguntó en otro fragmento.

Franca Jarach
El testimonio de sobrevivientes y el recuerdo familiar permitieron reconstruir la historia de Franca Jarach, víctima del terrorismo de Estado

La búsqueda de la familia de Franca Jarach fue incesante. Vera y Giorgio recorrieron embajadas, del exterior y en Argentina, ambos fueron parte de organismos de Derechos Humanos, se entrevistaron con funcionarios y recorrieron dependencias oficiales sin nunca encontrar los rastros de su hija. “Perder a un hijo es tremendo; nunca más se podrá sentir una alegría plena, nunca más se volverá a ser uno mismo plenamente. Un hijo es parte de nosotros, y perderlo es como perder una parte nuestra”, fue una de las cartas que escribió Giorgio, en aquel momento, a sus seres queridos.

Antes de salir de la casa de su novio, Enrique, antes de que la secuestraran, se despidió con un “Chau, cuidate”. “Es un sitio rodeado de muros/sucios de crímenes humanos/que son sólo los nuestros”, fue uno de los versos que Franca escribió en su poemario Lugar, entre 1970 y 1971. Una de las últimas palabras públicas de su madre Vera Jarach, histórica referenta de Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora —que pocos años antes de fallecer, en octubre de 2025, a sus 97, había recibido su tan anhelada doble nacionalidad— fueron las siguientes: “No puedo verte, pero con el corazón sí que te veo”.

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