
La planificación del golpe de Estado tomó al menos seis meses de organización activa por parte de las Fuerzas Armadas. El tiro de gracia, o el punto de partida para el quiebre del orden constitucional, lo proporcionó el decreto 2770-2/75 que el día 6 octubre de 1975 firmaron el presidente interino, el senador Ítalo Luder, y los ministros del gabinete, acto rubricado bajo la presión de los comandantes militares. Se consumó en la Casa Rosada un día después del ataque montonero al Regimiento 29 de Formosa.
El decreto autorizaba a las Fuerzas Armadas “a ejecutar las operaciones militares y de seguridad necesarias a efectos de aniquilar el accionar los elementos subversivos en todo el territorio del país”. En los hechos, trasladó toda la estructura represiva del Estado a la cúpula militar.
PUBLICIDAD
A partir de aquel día se sucedieron decretos, modificaciones reglamentarias y directivas secretas que fueron organizando la represión, mientras en el discurso público las Fuerzas Armadas continuaban proclamando su “prescindencia política” y la “fidelidad al orden constitucional”. Se estaban organizando.
En octubre de 1975, la primera directiva del Ejército estableció a Tucumán, Capital Federal, La Plata, Córdoba, Rosario y Santa Fe como áreas prioritarias para “detectar y aniquilar a las organizaciones subversivas”. Durante ese mismo mes se modificó el Reglamento Militar. Su idea rectora era “aplicar el poder de combate con la máxima violencia para aniquilar a los delincuentes subversivos donde se encuentren”.
PUBLICIDAD

También se estableció que no habría encuadramiento legal, con trato de “prisioneros de guerra”, para los “elementos subversivos”. De este modo, el Ejército intentaba prevenirse de reclamos por violación a los acuerdos de la Convención de Ginebra, que prohíbe torturas, fusilamientos y desapariciones.
En el nuevo Reglamento Militar afirmaba: “La acción militar es siempre violenta y sangrienta”, por lo cual, “cuando las FFAA entran en operaciones no deben interrumpir el combate ni aceptar rendiciones. Las órdenes deberán aclarar, por ejemplo, si se detiene a todos o a algunos, si en caso de resistencia pasiva se los aniquila o se los detiene, si se destruyen bienes o se procura preservarlos”.
PUBLICIDAD
Un país sumido en el caos social, el avance de sectores militares y una sociedad fragmentada. La madrugada que cambió la historia y una herida aún abierta. Ecos de aquellos hechos siguen resonando
La modificación del Reglamento Militar también estableció la creación de centros clandestinos de detención. Se los mencionaba con LRD, “lugar de reunión de detenidos”. Indicaba que el “sospechoso” sería detenido en base a informes de inteligencia y trasladado al LRD para interrogarlo, sin posibilidad de defensa legal.
Los centros clandestinos ya formaban parte de la estructura represiva del “Operativo Independencia”, constituido en Tucumán desde febrero de 1975. Ocho meses después, comenzarían construirse en el interior de guarniciones. Uno de ellos fue la cárcel militar de “La Ribera”, en Córdoba. También se crearía “La Perla”, a doce kilómetros de la capital de esa provincia. En la Escuela Mecánica de la Armada (ESMA) se iniciarían las refacciones internas para la conformación de su campo de concentración.
PUBLICIDAD
Durante el gobierno de Isabel Perón ya había seis centros clandestinos “operativos”. En 1976 funcionaron 365. Luego, tras años de investigaciones judiciales, se estableció que la represión ilegal utilizó 814 centros clandestinos en todo el país, considerando también los de las fuerzas de seguridad.

El plan de la Marina
La Armada creó su protocolo interno para el “combate a la subversión” en noviembre de 1975. En su Plan de Capacidades Internas (Placintara) marcaba fases “defensivas” (preservación de instalaciones y personal de la institución) y “ofensivas” (hostigamiento, inteligencia previa, selección del objetivo y detención de personas) para destruir al “oponente subversivo”.
PUBLICIDAD
La fuerza naval se propuso acabar con la “subversión y sus ideólogos” con “patrullas de allanamiento” de 15 hombres, que incluía también a otros miembros de fuerzas de seguridad. El Plan funcionaba como un manual operativo para los “allanamientos”. Según la descripción, los “subversivos” debían desalojar su casa por el frente y con las manos en alto. Si esta orden no se cumplía, los miembros de la patrulla debían rodear el objetivo y batir a fuego puertas y ventanas a fin de “evitar fugas”.
Para los detenidos en procedimientos, la Armada preveía la creación de una instancia denominada “guardia transitoria”, que funcionaría como un centro clandestino de detención, hasta que se resolviera su destino. El detenido podría ser juzgado por un tribunal militar, derivado a la autoridad policial, a una cárcel común –a disposición del Poder Ejecutivo-, decidir su libertad o mantenerlo secuestrado. No tenía posibilidad de defensa legal.
PUBLICIDAD
La Fuerza Aérea fue la última en incorporarse al plan del golpe de Estado. Fue a partir del pase a retiro obligado del brigadier Héctor Fautario, el 22 de diciembre de 1975, tras una rebelión interna de la propia fuerza. Fautario se había opuesto a la interrupción institucional.
El centro clandestino de mayor relieve de la Fuerza Aérea fue la “Mansión Seré”, en Morón.
PUBLICIDAD

Los técnicos interrogadores del 601
La clave para la represión ilegal se asentaba en la inteligencia, un área a cargo del Batallón 601, dependiente del Ejército. El edificio, ubicado en Callao y Viamonte, en Buenos Aires, había albergado en su sótano al cadáver de Evita, antes de ser trasladado a Italia en 1957.
El Batallón de Inteligencia 601 era un centro incesante de flujo informativo. Estaba a cargo del coronel Alfredo Valín. A partir de la directiva secreta 404/75 del Ejército, conformó su “comunidad informativa”, en la que confluían los servicios de inteligencia de las Fuerzas Armadas, las de seguridad y de la SIDE.
PUBLICIDAD
El 601 concentraba a la elite de la inteligencia militar. Sus agentes estaban formados para la infiltración en fábricas, universidades, sindicatos, ámbitos culturales, sociales. Lo hacían desde varios años antes. La información que recababa “la comunidad informativa” se evaluaba en la Sala de Reunión, en el sexto piso del edificio.
El Batallón 601 disponía de “técnicos de inteligencia” –militares y civiles- que servían de apoyo para “interrogar” a un detenido ilegal en un procedimiento. Los “técnicos” permanecían de guarda por la noche si algún “grupo de tareas” requería de sus servicios para un extraer información.

La información producida se analizaba en la Sala de Situación, que elaboraba un informe sobre el detenido que luego se derivaba a los Comandos de Zona. Cada uno de estos Comandos dependían de los cincos cuerpos del Ejército, donde finalmente se decidía el destino del secuestrado.
En febrero de 1976, el “Plan del Ejército” estableció que los detenidos ilegales estarían incomunicados y a disposición de la Junta de Comandantes, y no habría para ellos posibilidad de justicia.
El plan también delimitó a sus enemigos: organizaciones gremiales del peronismo ortodoxo y del peronismo combativo, distintos frentes de izquierda, agrupaciones estudiantiles y el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, al que asignaban peligrosidad por “su definida prédica socializante”. También preveía la detención de las autoridades provinciales, funcionarios públicos, legisladores, la suspensión del derecho a huelga, de los fueros sindicales y la actividad política. Las embajadas comenzaron a ser controladas para evitar el asilo político.
Hasta que llegó el “Día D”, la madrugada del 24 de marzo de 1976. La orden de represión comenzó a ejecutarse. Los centros clandestinos comenzaron a recibir secuestrados. La máquina de matar, tras meses de planificación, se puso en marcha.
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
Últimas Noticias
Pasión, gloria y el lanzamiento de Tom Cruise al estrellato: cómo Top Gun redefinió el cine de acción
La historia de Pete Mitchell, inspirada en hechos reales y construida sobre una banda sonora inmortal, cambió la narrativa de la pantalla grande y marcó a varias generaciones

Once muertos, 61 casas destruidas y una herida abierta: la tragedia de la comunidad que desafió al sistema y pagó un precio brutal
Una operación policial terminó en una catástrofe y dejó muerte y destrucción en el corazón de una comunidad afroamericana en Filadelfia, Estados Unnidos. Los ecos del suceso en el que un gobierno municipal bombardeó a un barrio residencial

El día que tres niños pastores de Fátima vieron una presencia luminosa y transformaron su aldea en un gran refugio de fe mundial
El 13 de mayo de 1917, Lucía dos Santos y Francisco y Jacinta Marto presenciaron la primera aparición en Cova da Iria, Portugal. Un siglo después, en 2017, el papa Francisco canonizó a los hermanos Marto en ese mismo lugar

A 60 años del tiroteo en la confitería La Real: la investigación de Rodolfo Walsh y la verdad sobre el asesinato de Rosendo García
La noche del 13 de mayo de 1966, dos dirigentes sindicales combativos y un colaborador cercano del secretario general de la UOM, Augusto Timoteo Vandor, murieron durante un tiroteo en un salón de Avellaneda. Se dijo que fue un enfrentamiento entre dos bandos, pero el autor de Operación Masacre ideó una maniobra magistral para que uno de los laderos de Vandor le contara lo que realmente había ocurrido creyendo que esa era la voluntad de Juan Domingo Perón

Mikele Amondarain: de una adolescencia marcada por la enfermedad de su padre al triunfo científico en Monterrey con la invención de una ‘curita futurista’
Una historia que une el dolor familiar con la innovación biotecnológica. La argentina que sorprendió en un Demo Day internacional y trabaja por una mejor calidad de vida




