
“Grita contra los asesinos, desde lo alto del muro. Ella vive en dos piezas sin letrina ni agua, con su marido minero y siete hijos. El octavo hijo anda queriendo salir de la barriga. Cada día Domitila cocina, lava, barre, teje, cose, enseña lo que sabe y cura lo que puede y además prepara cien empanadas y recorre las calles buscando quien compre. Por insultar al ejército boliviano se la llevan presa. Un militar le escupe la cara”. Las palabras de Eduardo Galeano describen a Domitila.

Domitila Barrios Cuenca nació el 7 de mayo de 1937 en la localidad de Pulacayo, una zona minera emplazada en el departamento de Potosí, Bolivia. Su padre se ganaba el pan como sastre, tras haber trabajado como campesino criando ovejas y luego de sobrevivir como combatiente de la Guerra del Chaco.
A los diez años, Domitila padeció un golpe brutal al perder a su madre, acontecimiento que la forzó a alejarse temporalmente del ámbito escolar para asumir, en medio de privaciones agudas, la responsabilidad inmensa de cuidar a sus hermanas menores.

El saldo de esa precariedad quedó registrado de manera descarnada en su propio relato sobre aquellos años de infancia en el campamento minero: “Nos turnábamos con mi papá. Mi hermana, la más menorcita, tenía meses de haber nacido. La otrita estaba por cumplir un año. La siguiente tenía un año y más. Imagínense ¡eran pequeñas! No teníamos dónde dejarlas ni quién las vea. En el recreo yo corría a verlas y a darles la mamadera. Las teníamos ahí, a las dos huahuas, en un agujero en la pared. Años después, la más pequeña, que ya tenía tres años, se salió de donde estaba y se acercó a un basural donde habían echado comida podrida sobre las cenizas de carburo de las lámparas de los mineros. Yo volvía de la escuela y escuché ‘mamá’. No la había visto ahí sentadita, en el basural, y cuando la miro de su boquita salía una espuma. Con las dos manos había estado comiendo. Ha muerto con eso la huahua. Mi madrina me pegó, me agarró de mis cabellos, me jaló de las orejas y me pateó. Yo me aguantaba. Mi madrina me dijo que me dejara de hinchar con eso de la escuela. Yo contesté: ‘Tienes razón, yo no quise quedarme en casa para cuidar a mi hermanita’. Me sentí muy mal y le dije que no iba a ir más a la escuela”, explicó.

Pese a las desgracias familiares, Domitila transitó su adolescencia marcada por la efervescencia de la revolución boliviana de 1952, que impulsó la nacionalización de las minas. Ese mismo año contrajo matrimonio con un trabajador minero y posteriormente comenzó a trabajar como palliri, una dura labor que consistía en rescatar restos de mineral en los desmontes para alimentar a sus hermanas y familiares. En 1963 ingresó al combativo Comité de Amas de Casa de la mina Siglo XX, un espacio clave que organizaba a las esposas de los obreros frente a los abusos del Estado y la patronal.

Su compromiso militante se forjó definitivamente tras el estallido de un conflicto en el que los trabajadores retuvieron a técnicos estadounidenses, situación en la que las mujeres se plantaron con dinamita atada al cuerpo dispuestas a morir antes que entregar a los rehenes. El arrojo demostrado en esas instancias la consolidó rápidamente como líder sindical de sus pares. Aceptar dicho cargo implicaba un riesgo incalculable en épocas donde las dictaduras no dudaban en reprimir a la clase obrera boliviana. La investidura como dirigente se concretó en la clandestinidad, un momento solemne en el que fue advertida sin atenuantes acerca del destino de las militantes: “Recuerdo la emoción del día en que Federico Escobar, que estaba en la clandestinidad, me iba a tomar juramento a mí y a un grupo de compañeras. ¡Escobar, qué honor! Tuvimos que ir por diferentes caminos porque era un lugar secreto. Ahí nos esperaba Norberta y cuando llegó Escobar le dijo que éramos las nuevas delegadas elegidas del Comité de Amas de Casa. Federico nos miró bien serio. Parecía enojado. Con las manos cruzadas atrás, nos dijo: ‘¡¿Ustedes saben en lo que están metiéndose?!?’ Era como un reproche ¿no? Nosotras nos miramos y pensábamos qué pasa con este señor que en vez de animarnos nos dice esto. Y él siguió: ‘Ser dirigentes sindicales es como un sandwich. Por un lado, está el pueblo que te exige que cumplas los mandatos y por otro lado están la empresa y el ejército que no las va a dejar. Además tratándose de mujeres es peor la represión. Ahora estamos en dictadura militar. ¡No estamos en Carnaval, señoras! Ahora la represión es fuerte y a las mujeres, no sólo aquí en Bolivia, en todos los países donde luchan, cuando caen presas hasta llegan a violarlas’. Nosotras queríamos salir gritando. Hizo un silencio, nos siguió mirando y dijo: ‘Pero estoy seguro de que ustedes no quieren eso para sus hijas. Ustedes no necesitan hacer juramento, ustedes son nuestras compañeras dirigentes’ y nos dio un abrazo”, recordó en un reportaje.

La represión adelantada en esas palabras cobró forma descarnada en 1967. Acusada de oficiar como enlace para grupos guerrilleros, fue brutalmente interrogada y torturada por fuerzas gubernamentales al mando de René Barrientos. En la noche del 24 de junio, durante la trágica masacre de San Juan que dejó decenas de trabajadores y mujeres acribillados en los campamentos de Siglo XX y Catavi, Domitila fue arrojada a una mazmorra.
Allí, encontrándose embarazada, sufrió vejaciones y patadas que le provocaron la pérdida de su hijo, quien nació y murió en la inmundicia de una celda. Las secuelas de la violencia institucional continuaron durante la gestión de Hugo Banzer; en otra protesta, la irrupción militar la forzó a refugiarse en los socavones, donde parió a sus mellizos y vio cómo uno de ellos nacía muerto a causa del gas tóxico presente en la mina.

En 1975 representó a las mujeres mineras en la Conferencia Mundial del Año Internacional de las Mujeres, celebrada en México. Allí marcó diferencias dentro del feminismo. Sostenía que el enemigo no era el hombre sino el sistema. Que la unión entre hombres y mujeres haría posible el cambio de paradigma y de sociedad. Remarcó las condiciones de vida de los y las trabajadoras en Bolivia y la cuestión de la discriminación de los pueblos. Insistió con fortalecer la Campaña Internacional por el Salario Doméstico y denunció el trabajo no remunerado. Abogó por la igualdad de derechos de mujeres y hombres, el acceso igualitario a la educación y al trabajo y por una lucha conjunta con el otro sexo para ser eficaces contra la opresión y la dominación. Dos años después saltó a la masividad mediante el libro “Si me permiten hablar...”, donde su testimonio fue recogido por la autora brasileña Moema Viezzer.
Para la Navidad de 1977, el ahogo que imponía el gobierno autoritario desencadenó la medida de fuerza más audaz de su trayectoria política. Domitila y un grupo minúsculo de militantes impulsaron un ayuno para desmoronar el régimen, enfrentándose incluso al escepticismo inicial de sus compañeros varones: “Estábamos cansadas de tanta persecución, de tanta represión. Un día se me acerca la señora Aurora de Lora, esposa de un dirigente trotskista y me cuenta que han decidido enfrentar al gobierno. Era el año 1977. El plan era iniciar una huelga de hambre en La Paz en Navidad. Y luego irían sumándose otros lugares de Bolivia. Lo planteamos en un congreso a los delegados de todos los distritos mineros pero los hombres nos tiraban los planes para abajo. ‘No se va a poder, que Banzer es tan fuerte que estamos yendo a la muerte, que esto y que lo otro’. Entonces llegó el momento de la decisión. Los que dirigían la asamblea dijeron que los que estaban de acuerdo con la huelga de hambre se pusieran de un lado y los que no estaban de acuerdo en el otro. ¿Puede creerme si le digo que éramos cientos de personas pero sólo cinco quedamos del lado de la huelga de hambre? Cinco y nadie más. Nadie, nadie, nadie, nadie”, dijo.

A pesar de haber comenzado en soledad, el ayuno concitó un respaldo masivo; la adhesión incesante de ciudadanos forzó a Banzer a claudicar y dictar la amnistía, propiciando el derrumbe de su mandato sangriento. En los comicios de 1978, la dirigente hizo historia al postularse como candidata a la vicepresidencia por el Frente Revolucionario de Izquierda.
Poco después hubo otro golpe de Estado encabezado por Luis García Meza, Domitila, que se encontraba en la Conferencia mundial de Mujeres en Copenhague, Dinamarca, tuvo que marchar al exilio en Suecia.

Pese a esa primavera política, la década de los ochenta instauró en el país un conjunto de profundas normativas neoliberales que barrieron con las estructuras productivas estatales. Las minas se vaciaron mediante una relocalización que desmembró la organización comunitaria y provocó indemnizaciones miserables; las familias debieron someterse al desarraigo y, en muchos casos, sus integrantes nunca más volvieron a juntarse.
Volvió del exilio en 1982 y en Cochabamba con su familia, tras haber padecido los peores rigores de las dictaduras y del desmembramiento social del estado de bienestar, su respuesta fue redoblar la apuesta por la instrucción cívica. Identificó una urgente carencia de formación en el sector y fundó la Escuela Móvil de Formación Sindical, dictando clases elementales y editando folletos de capacitación política orientados a fortalecer la militancia de las bases agrarias y obreras.
En el tramo final de su vida padeció un severo cáncer de pulmón, enfermedad muy frecuente en aquellos que respiraron los polvos tóxicos de las vetas potosinas.

Domitila Barrios Cuenca murió el 13 de marzo de 2012, hace catorce años. En aquel momento gobernaba en Bolivia Evo Morales, primer presidente indígena del país. Fue entonces que dispuso tres jornadas de duelo nacional por la pérdida y le concedió, a título póstumo, la Orden del Cóndor de los Andes, la más alta insignia oficial del Estado de Bolivia por los servicios prestados al país.
Domitila, una de las caras del feminismo de América latina, murió a los 74 años, tuvo once hijos (cuatro fallecieron), sufrió persecuciones, cárcel y el exilio pero nunca abandonó la idea de crear conciencia colectiva, de suponer que luego de una derrota venía un tiempo de reconstrucción, de sostener la igualdad entre los seres humanos y de la necesidad de un cambio radical de sociedad.
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