
Es hasta hoy el peor desastre registrado en Japón desde la finalización de la Segunda Guerra Mundial, provocado por una fatídica sucesión de hechos en los que la naturaleza y la impronta del hombre se mezclaron en un cóctel explosivo de consecuencias fatales. El viernes 11 de marzo de 2011, exactamente a las 14:46, la tierra fue sacudida por un terremoto de 9.1 grados en la escala de Richter en la costa oriental de la isla de Honshu, con un saldo de casi 20.000 muertos. El epicentro del sismo se ubicó en el mar, a 130 kilómetros de la ciudad de Sendai. Ese fue apenas el principio: 55 minutos más tarde, a las 15:41, un devastador tsunami inundó la zona y, como consecuencia de este último fenómeno, se generó un grave accidente nuclear.
Por efecto de las aguas, las plantas nucleares de Fukushima Daini y de Fukushima Daiichi dejaron de funcionar. Las 185.000 personas que vivían en un radio de diez kilómetros de la primera y de veinte kilómetros de la segunda tuvieron que ser evacuadas. En la escala internacional de eventos nucleares, que va de cero a siete, fue clasificado como un evento de nivel cinco. Pocas horas después, la situación alrededor de Daiichi era comparable a la del desastre provocado por la fuga de la central nuclear estadounidense de Three Mile Island en marzo de 1979 y amenazaba con convertirse en otro Chernobyl, la mayor catástrofe nuclear de la historia.
Según el informe del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA), “el tsunami provocó una destrucción sustancial de la infraestructura operacional y de seguridad, cuyo efecto combinado fue la pérdida de la alimentación eléctrica dentro y fuera del emplazamiento”. Esto generó daños en tres de los seis reactores de la central de Daiichi, mientras los otros tres estaban inactivos debido a paradas técnicas. “Los núcleos de los reactores de las unidades uno a tres se sobrecalentaron, el combustible nuclear se fundió y las tres vasijas de contención se fracturaron”, dice el documento del organismo. La causa principal fue el impacto de la ola de catorce metros de altura que impactó contra las instalaciones y las inundó, una situación que no estaba prevista.

Fallas y errores de cálculo
En el desastre confluyeron el fenómeno natural, errores en el diseño y la construcción de la planta, fallas técnicas y también humanas. Cuando se diseñó la planta y se definió su ubicación en la costa, a mediados de la década de los ’60, la estimación que se hizo sobre las consecuencias de un tsunami se basó en la mayor altura de las olas registrada hasta entonces en un fenómeno de esa naturaleza, que superaba apenas los tres metros. En base a esa previsión, la altura del diseño de la planta fue de 4,3 metros, que fue prácticamente triplicada por la magnitud de la ola del tsunami del 11 de marzo de 2011. “La ola prácticamente inundó las instalaciones y esa inundación fue la que generó los daños. Esos daños fueron los que generaron el accidente”, resumió Antonio Godoy, uno de los expertos de la OIEA que investigó el colapso de Fukushima Daiichi.
Para enfrentar una situación de esas características, los manuales de la planta indicaban tomar tres medidas urgentes: detener el reactor, refrigerarlo y, finalmente, contener la radioactividad para evitar fugas. En Fukushima Daiichi solo funcionó la primera de las medidas, ya que los reactores de las tres unidades en funcionamiento se detuvieron automáticamente. Sin embargo, fallaron las otras dos: no se pudo refrigerar el reactor ni contener el escape radioactivo.

La refrigeración no se pudo concretar debido a que el tsunami cortó el suministro eléctrico –incluso el de emergencia– para hacer funcionar las bombas. Los generadores diesel, previstos como alternativa para situaciones de emergencia, fueron destruidos por la inundación, con lo que todos los sistemas de generación y control quedaron totalmente dañados. Sin bombas en funcionamiento era imposible enfriar el reactor. Así, esa falta de refrigeración condujo a tres fusiones de núcleo, tres explosiones de hidrógeno y la liberación de contaminación radiactiva en las Unidades 1, 2 y 3 entre el 12 y el 15 de marzo.
Tras visitar con una misión de la OIEA las dos plantas un mes después de ocurrido el tsunami, el ingeniero Godoy comparó lo ocurrido en Fukushima Daiichi con la situación que se vivió en Fukushima Daini, la central ubicada a apenas diez kilómetros y también afectada por la ola. “En las aproximadamente veinte horas que pasaron desde el tsunami hasta que fue necesario refrigerar los núcleos de los reactores, los operadores de Daini conectaron un cable y lo llevaron desde el único transformador que tenían en operación hasta las bombas de los sistemas de refrigeración”, explicó. Eso marcó la diferencia entre uno y otro caso.

Como si no fuera suficiente, otra cuestión que agravó las consecuencias fue que las centrales nucleares japonesas, aunque contaban con instrumentos de detección sísmica en las salas de control y un sistema de parada automática después de un terremoto, no tenían por entonces un sistema de aviso de tsunamis. Al no disponer de ese sistema informático de advertencia temprana, el aviso de que una ola se aproximaba a Fukushima Daiichi llegó casi por casualidad: la alerta a la sala de control la dio un operario de mantenimiento que estaba viendo la televisión pública y los llamó.
Otro factor humano -en realidad cultural– estuvo a punto de agravar el desastre: el respeto sin cuestionamientos a las jerarquías, que casi aborta la única salida que quedaba para refrigerar los reactores, inundarlos con agua salada. Era un recurso que no figuraba en el manual, pero que el equipo técnico liderado por el ingeniero Masao Yoshida –en ese momento a cargo de la planta- evaluó como alternativa extrema para frenar el calentamiento. Pese a la insistencia de los técnicos, las máximas autoridades de TEPCO se negaron en un principio a hacerlo para no salirse de los protocolos previstos. Yoshida decidió desobedecerlos ante la inminencia de una posible explosión nuclear que magnificaría el desastre. Y acertó al hacerlo.

Los pueblos fantasmas
El accidente dio lugar a la emisión de radioisótopos al medio ambiente. La mayor parte de las emisiones a la atmósfera fueron transportadas hacia el este por los vientos dominantes, por lo que se depositaron en el océano Pacífico Norte. Además de los radioisótopos que entraron en el océano por deposición atmosférica, hubo emisiones líquidas y descargas desde la central nuclear de Fukushima Daiichi directamente al mar frente al emplazamiento.
Los cambios en la dirección del viento hicieron que una parte relativamente pequeña de las emisiones atmosféricas se depositara en la tierra, principalmente hacia el noroeste de la central nuclear. En los días posteriores, la radiación emitida a la atmósfera obligó al gobierno a declarar una zona de evacuación cada vez más grande alrededor de la planta, que culminó en con un radio de veinte kilómetros.

En total, unos 154.000 residentes debieron abandonar las comunidades que rodean la planta debido a los crecientes niveles de radiación ionizante ambiental fuera del sitio causados por la contaminación en el aire de los reactores dañados. Con el tiempo, algunos de los lugares que abandonaron se volvieron pueblos fantasmas, creando un paisaje desconcertante. Tres lustros después, en medio de las construcciones ruinosas, la vegetación y los animales salvajes, contaminados de radiación, han regresado a los lugares de donde habían sido expulsados por las obras del hombre.
A principios de 2013, el operador de la central nuclear presentó un plan para verter en el mar el agua contaminada de la planta, que produce unos 100.000 litros diarios. Se trata de una combinación de fuentes subterráneas, lluvia que queda en la zona y de agua utilizada para enfriar los redactores dañados por el tsunami. La empresa operadora TEPCO aseguraba que el agua sería filtrada para extraer los elementos radioactivos y consideraba que el vertido iba a ser seguro y necesario, pero el proyecto tuvo oposición interna y a nivel internacional.

Finalmente, el 24 de agosto de 2023, el gobierno japonés informó oficialmente que se había comenzado a verter en el Océano Pacífico el agua tratada de la central nuclear. “No planeamos liberar toda el agua de una vez, máximo van a ser 500 toneladas en un día. Se va a demorar entre 30 y 40 años, el tiempo necesario para el desmantelamiento de la planta”, informó entonces la empresa operadora de Fukushima.
Una miniserie fidedigna
El comienzo del vertido de esas aguas tratadas al mar coincidió con el estreno de Los días, una miniserie de ocho episodios que reconstruye paso a paso el desarrollo de la catástrofe y que no demoró en convertirse en un éxito que ocupó durante meses uno de los primeros lugares en el ranking de las más vistas de Netflix.
No se trata de un documental sino de una ficción basada en la historia real, pero que se destaca por su ajustado respeto por los hechos. Para lograr ese resultado, la trama se basó en tres fuentes de primera mano: el informe de la compañía operadora de la planta, la Tokyo Electric Power Company (TEPCO); la investigación del periodista Ryusho Kadota, que realizó más de 90 entrevistas con protagonistas y testigos directos de la catástrofe para volxarlaas en su libro On the brink: the inside story de Fukushima Daiichi; y el testimonio del jefe operativo de la central nuclear, Masao Yoshida, máximo responsable de las operaciones en el lugar.
El ingeniero Yoshida murió dos años después del desastre, víctima de un cáncer provocado por la exposición a la radiación, pero antes preparó un detallado informe que permitió reconstruir minuto a minuto la situación en la central, las internas de los directivos de la empresa operadora y las autoridades políticas para evitar pagar los costos de la catástrofe, y la toma de decisiones en una situación vertiginosa que no estaba prevista en ningún manual de seguridad. En base a esa información, Los días lograr hacer comprensible para el gran público un fenómeno muy complejo a la vez que transmite el extremo dramatismo de la situación.
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