
En el mundo del true crime existen, en la historia contemporánea, varias duplas de hermanos parricidas. En Estados Unidos, el domingo 20 de agosto de 1989, los hermanos Erik (18) y Lyle (21) Menendez asesinaron a sus millonarios progenitores a tiros mientras veían televisión. En Argentina hubo dos casos resonantes: el de Sergio (23) y Pablo (20) Schoklender, que en mayo de 1981 sorprendieron a sus padres mientras dormían y los mataron de manera salvaje destrozándoles el cráneo con una barra de acero de gimnasia, y, en septiembre de 1997, el de Santiago (21) y Emanuel (24) Da Bouza que ejecutaron a Ramón su padre, gerente de una importante empresa, de dos certeros tiros.
Los tres casos fueron premeditados y ocurrieron en familias con buen pasar económico. Eran planes que venían masticándose durante bastante tiempo. En el de los Menéndez el móvil establecido por la justicia fue el dinero, los jóvenes querían disponer de su millonaria herencia a cualquier precio. En los otros dos episodios homicidas el asunto no quedó del todo claro. El motivo real es más difícil de sondear. Seguramente se esconda en relaciones familiares complejas, seres humanos con patologías mentales, padres extremadamente autoritarios y abusivos e hijos perturbados con fantasías violentas. Suele ser el combo de muchas de estas cosas lo que resulta letal.
El que contaremos hoy, de Robert (18) y Michael Bever (16), ocurrió mucho más acá en el tiempo. El dúo de hermanos selló su pacto sangriento matando no solo a sus padres sino, también, intentando acabar con el resto de sus hermanos menores.
Una voz implora en el teléfono
Pasadas las 23.30 del miércoles 22 de julio de 2015 suena el teléfono de emergencias. La llamada proviene de la ciudad de Broken Arrow, en las afueras de Tulsa, Oklahoma, Estados Unidos. La voz del que llama apenas se escucha. La operadora del 911 hace un gran esfuerzo porque le parece que es un niño pidiendo ayuda. Suena aterrado. Este es el diálogo registrado entre ellos:
Operadora: 911…
(Ruidos sordos)
Operadora: 911…
Niño: Socorro.
Operadora: Hola.
Niño: Socorro.
Operadora: Hola, okey. ¿Dónde estás?
Niño: Fuera de Broken Arrow… (no se entiende bien)
Operadora: ¿Qué dirección?
Niño: 709 Magnolia Court.
Operadora: Okey. ¿Sos el único ahí?
Niño: No, mi hermano está atacando a mi familia.
Operadora: ¿Tu padre está atacando a mi familia?
Daniel: ¡No! Mi hermano… (voces que no se entienden)
Operadora: Okey. ¿Quién está atacando a tu familia? ¿Quién lo está haciendo?
(ese niño habla con alguien más dentro de la habitación y llora)
Niño: Noooo, auch, no.
Operadora: ¿Quién es?
Niño: Auuu
(Se escucha que hay alguien más en el lugar)
Niño: No, no, no.
Operadora: ¿Estás ahí? ¿Qué está pasando allí?
(Se escucha cómo la operadora teclea enérgicamente para pedir ayuda y enviar a la policía)
Operadora: Hola, Hola…
(Sigue tecleando ante el silencio total)
El niño enmudece. La llamada se corta. La operadora ha hablado con el menor aterrado durante un minuto y 29 segundos.
Esos 89 segundos serán vitales para algunos y mortales para otros. Instantes después ella insiste en contactar a su pequeño interlocutor y lo llama. El teléfono suena y suena. Nadie atiende.
Robert (18) y Michael (16) Bever han ingresado a la habitación donde está refugiado su hermano varón menor. Lo ven con el teléfono y acaban con él.
Daniel Bever (12) muere, pero ha logrado poner en alerta al sistema de emergencias. Ese gesto valiente le quita la vida, pero salva las de dos de sus hermanas.
Los agentes están cerca y les toma solo tres minutos llegar hasta la gran casona blanca de techos grises y dos pisos.

Mucho antes de la noche de sangre
Robert Davis Bever nació el 17 de septiembre de 1996 y fue el primer hijo de la pareja conformada por David Bever y April Leverne Sharpe (originaria de Illinois). El segundo en sumarse a la familia fue Michael John Bever que llegó al mundo el 4 de noviembre de 1998. Luego vinieron Crystal, Daniel, Christopher, Victoria y Autumn. Los siete hijos crecieron bajo la particular filosofía de sus padres de que lo mejor era que fueran educados en casa y por ellos.
Todavía no habían nacido los tres menores cuando los Bever se mudaron desde el estado de Texas al de Oklahoma por motivos económicos. Se instalaron en una gran casa de cinco dormitorios y cinco baños. Blanca y de techos de pizarra gris era una de las mejores del barrio. Allí se criaban sus siete hijos y su perra Sally. Los Bever practicaban el cristianismo evangélico y David trabajaba en la sección de tecnología de la compañía Samson Resources donde era considerado un buen empleado. Su supervisora Lisa Wolfe sostuvo: “Yo lo contraté y trabajó para nosotros durante varios años. Era un buen tipo. No se metía con nadie y esa es la gente con la que me gusta trabajar. Se enfocaba en su trabajo y no socializaba demasiado con los otros”.
Los vecinos sabían que el matrimonio Bever evitaba que sus hijos interactuaran con otros niños del barrio, que no los enviaban al colegio porque hacían homeschooling (estudio en casa), pero no sabían mucho más. Parecían una familia tranquila y amable. Tampoco existían denuncias por violencia doméstica. Los chicos limitaban sus juegos a su patio y su jardín. Punto. No tenían amigos. Jugaban entre ellos.
Robert y Michael, los dos más grandes, eran carne y uña. Michael admiraba a su hermano mayor y se sometía a sus deseos. Todo lo hacían juntos. Pasaban mucho tiempo en sus computadores en juegos en línea. Nadie sospechó que en la intimidad de esa habitación compartida se estuvieran cocinando dos mentes asesinas. Fueron años los que pasaron buceando por internet asesinos seriales, ataques masivos, masacres. La violencia era un deseo que fue creciendo sobre todo en Robert desde los 13 años.
Cuando a las once y media de la noche emergencias recibió la llamada de Daniel Bever de solo 12 años, detrás de su voz desfalleciente por el temor a ser hallado, la operadora escuchó gritos y voces masculinas que se fueron acercando hasta que la llamada se cortó. En minutos los agentes estaban en el porche de la casa ubicada en el número 709 de la calle Magnolia Court. Había sangre fuera. Tocaron la puerta. Del otro lado escucharon una voz débil que pedía auxilio. Tuvieron que forzar la puerta para entrar. El primero en ingresar fue el capitán Brandon Tener. Había demasiada sangre. Enseguida vio a Crystal (13) malherida en el suelo. Había recibido varias puñaladas y tenía un gran corte en el cuello. Fue llevada a la ambulancia.

Revisaron la casa. Dentro contaron cinco muertos: dos adultos David y April, y tres de sus hijos: Daniel, Christopher y Victoria. Era impresionante el estado de los cuerpos. En el primer piso tuvieron una sorpresa: en un cuarto hallaron a Autumn (de dos años) milagrosamente ilesa.
En el canil también hallaron a la perra de la familia, Sally. No había ladrado durante los ataques.
La adolescente herida fue derivada de inmediato al hospital donde le salvaron la vida; la menor quedó con las autoridades y la perra fue a parar a manos de una vecina llamada Julie Wallis quien pensó que las sobrevivientes la querrían más adelante.
Cuando sacaron los cuerpos de la casa ya era de día. Se mandaron a peritar.
Los médicos forenses contaron una cantidad salvaje de heridas: David Bever de 52 años tenía 28 puñaladas en su torso, cara, cuello y brazos; April Bever, 44 años, presentaba un traumatismo en la cabeza y más de 48 cuchilladas en cabeza y cuerpo; Daniel Bever, de 12, tuvo 21 heridas por la espalda y en el pecho; a Christopher, de siete, le dieron otras 21 y a Victoria, de cinco, 23 más, la mayoría se concentraba en el cuello, pero también había en abdomen y espalda.
Crystal, la primera en ser atacada y que sobrevivió a sus heridas, había recibido más de diez puñaladas. Ella fue quien señaló a sus dos hermanos mayores como los atacantes a sangre fría. Contó cómo había sido la primera víctima en caer cuando al entrar al cuarto de sus hermanos, la agredieron por la espalda.
En total, cuando huyeron por la puerta trasera de su casa empapados con la sangre de sus padres y de hermanos, Michael y Robert habían propinado 151 cuchilladas. Sus huellas rojas dibujaron su fuga en el suelo.
Se internaron en el bosque intentando escapar mientras las sirenas despertaban al barrio entero.
El dúo homicida había dejado cinco muertos, una adolescente en terapia intensiva y una comunidad horrorizada.

Viejas fantasías
La policía llenó de patrulleros la zona y de luces el ambiente en minutos. Antes de una hora los habían encontrado. Robert iba armado con un cuchillo y estaban vestidos principalmente con ropa oscura. En las fotos policiales se veían las estampas que dejaron los filos de sus cuchillos al cortar los cuerpos de sus padres y hermanos.
Robert sonreía a la policía. Y a la cámara. No podía parar de sonreír. Parecía estar protagonizando su momento de gloria. Los agentes estaban descompuestos.
Esa misma noche Michael habló y contó que sus planes estaban íntegramente registrados y guardados en una memoria USB que estaba escondida en la casa.
Al registrar el escenario del crimen los detectives de homicidios encontraron un hacha, varios cuchillos, un bisturí, dardos, chalecos antibalas, municiones, una máscara negra y canilleras.
Robert terminó por confesar el “familicidio” y dijo haber planeado los crímenes durante un buen tiempo: soñaba con matar a toda su familia desde los 13 años. Para poder tener dinero y adquirir su arsenal había conseguido trabajo en un centro de llamadas religioso. De esa manera con su hermano pudieron comprar chalecos antibalas y la colección de cuchillos. Muchos de esos elementos se los enviaron a domicilio. Habían pensado desmembrar los cuerpos de sus familiares, ponerlos en bolsas y colocarlos dentro de contenedores o, incluso, esconder algunas dentro del ático de su propia casa. Robert confirmó algo más: no todos sus proyectos macabros iban a terminar en ese punto. La ambición era superar el tiroteo de Columbine, en 1999, con 16 muertos o el de Aurora, en 2012, con 12 personas asesinadas. Otra opción que tenían contemplada era salir con el auto para disparar y matar a cinco personas al azar. La meta final, dijeron, era alcanzar unas cien víctimas.
Las investigadores descubrieron también, en esos archivos guardados en la memoria USB, que los jóvenes admiraban a asesinos en serie y que planeaban grabar, al menos, dos videos durante los homicidios: uno que mostrara los cuerpos y otro para publicar en línea. Dos desquiciados dispuestos a todo.

El orden del horror
Esa noche negra para la familia Bever se habría desarrollado de la siguiente manera.
Todo comenzó con Michael llamando a su hermana Crystal desde la habitación que compartía con Robert. Quería que viera algo en su computadora. Crystal entró y vio a Michael sentado en el escritorio, pero de pronto Robert la sorprendió por la espalda. Le puso un cuchillo en el cuello y se lo rajó. Quería degollarla. Crystal se llenó de sangre pero pudo gritar y defenderse. Robert hundió varias veces más el cuchillo en su abdomen y brazos. En un momento Crystal escapó corriendo para intentar alertar a su familia sobre lo que sucedía.
La pelea se había escuchado desde el piso inferior y April subió las escaleras a ver qué pasaba para encontrarse con Robert y Michael que la apuñalaron sin detenerse 48 veces. Como su madre seguía viva, tomaron algo pesado y se lo estrellaron en el cráneo. Murió viendo el desastre que sus hijos estaban acometiendo. Acto seguido llegó el turno de enfrentar a su padre y lo hicieron con otras 28 cuchilladas.
Mientras, Crystal le había gritado a los menores que se escondieran y se había arrastrado hacia el exterior de la casa para intentar buscar ayuda.
Los asesinos iban habitación por habitación buscando a los vivos para terminar con su tarea aniquiladora. Victoria y Christopher se encerraron con llave en un baño, pero Michael desde afuera les imploró que le abrieran. Dijo que Robert lo mataría. Era una treta en la que los chicos cayeron fácilmente. Lo dejaron pasar y Michael apuñaló a ambos hasta la muerte.
Mientras, Daniel hablaba con el 911 encerrado en la oficina de su padre. Michael usó la misma artimaña que con los otros chicos: le pidió que lo dejara pasar para no morir en manos de Robert. Cuando Daniel abrió Daniel gritó y ya no pudo hablar con el 911. Robert le dijo entonces a Michael: “Él es todo mío”. Se lanzó contra Daniel con su cuchillo y le asestó 21 puntazos en el pecho, las piernas y los brazos. Terminado esto observaron que Crystal había salido de la casa. La encontraron tirada afuera. Estaba viva, pero ella se hizo la muerta. Sus hermanos mayores arrastraron lo que creían era su cadáver hacia dentro de la casa y la dejaron tirada cerca de la entrada. Lo que tenían planeado para Autumn, la menor de todos, era la decapitación. Ya no había tiempo para llevarla a cabo. Huyeron por la parte de atrás del terreno dejando un reguero rojo.


Perpetuas que se amontonan
Crystal comentó, en esos primeros días mientras se recuperaba en el hospital, que ella le había advertido a su madre sobre la extraña conducta de sus hermanos más grandes, pero que April le dijo que “los chicos varones son chicos varones”. Creía que era solo un tema de género e intereses. En su último instante debe haber sido doloroso darse cuenta de lo equivocada que había estado.
La hermana de David Bever, Pamela Massey, quien vivía en Florida cuando ocurrieron los crímenes, se manifestó muy sorprendida con lo ocurrido y aseguró no entender qué podría haber pasado en esa familia para que se llegaran a ese punto sin previo aviso.
Según los abogados defensores de los dos acusados, David, el padre de familia, abusaba verbal y físicamente de sus hijos y propinaba castigos severos. El matrimonio hablaba del Armageddon bíblico, del fin de los tiempos y detestaba lo externo. El mundo exterior era combatido.
Los fiscales pidieron juzgar a ambos criminales como adultos, a pesar de que Michael tenía -al momento de los asesinatos- 16 años. La condena podría conllevar la pena de muerte para Robert que era mayor de edad.
Antes de cumplirse un año de los asesinatos, el 17 de junio de 2016, Robert intentó suicidarse ahorcándose con una sábana. Los guardiacárceles lo hallaron colgando, cortaron la tela y lo salvaron.
Robert terminó declarándose culpable de todos los crímenes y, en septiembre de 2016, recibió seis cadenas perpetuas sin posibilidad alguna de obtener nunca la libertad condicional.

El juicio a Michael comenzó mucho después, en abril de 2018. El 9 de agosto de ese mismo año lo condenaron a cinco cadenas perpetuas con la posibilidad de libertad bajo palabra habiendo cumplido 225 años de prisión efectiva. En la práctica, no debería salir nunca. Robert lloró en el juicio de Michael cuando la fiscalía mostró como evidencia las armas ensangrentadas que habían utilizado. “No sé en qué pensaba”, dijo entonces el convicto.
Robert sostuvo que David golpeaba a April y Crystal habría admitido que su padre los castigaba, pero durante los dos juicios, el tema de los abusos físicos y verbales de su padre no pudieron ser probados.
Robert terminó admitiendo que su motivación para los crímenes había sido más bien el deseo de ser “famoso”. Hubiera querido superar otras matanzas tristemente célebres porque “en el mundo hay demasiada gente”, matar a algunos podía hacerlo sentir un dios y tampoco era algo que estuviese tan mal.
Si bien no se publicaron peritajes psiquiátricos de los acusados, los trascendidos atribuyeron alguna cuota de responsabilidad a los padres, en los desequilibrios de sus hijos mayores, sobre todo por el aislamiento severo al que los sometieron. También remarcaron la falta de atención paterna y materna ya que no tomaron nota de las violentas obsesiones de Robert y Michael. La disfunción familiar debería haber estado a la vista, Crystal lo notó, pero ningún adulto se hizo cargo.
El 15 de julio de 2019 a las 16.32 Robert atacó a dos funcionarios en el correccional Joseph Harp: un psicólogo y un asistente social. Los hirió con un instrumento afilado. El asistente logró introducir a Robert en una especie de jaula y quitarle el arma.
El 17 de noviembre de 2020 fue condenado a tres cadenas perpetuas más y lo trasladaron a una institución de máxima seguridad: la Penitenciaría de Oklahoma donde hoy, con 29 años, sigue cumpliendo su sentencia. En las últimas imágenes se ve muy cambiado: su aspecto está cuidado, tiene varios kilos más y lleva el pelo lacio y largo. Con Michael (26), que está preso en el Correccional de Lexington, no se han vuelto a ver.

En un reportaje concedido desde la cárcel, Robert dijo a NewsChannel 8: “Creo que es demoníaco intentar justificar lo que hice. Tengo que aceptar mi responsabilidad. Hay gente en el mundo que merece la paz mental para odiarme y llamarme malvado”.
Un detective que los entrevistó cuando fueron los homicidios, Eric Bentz, los describió como dos seres abominables: “Cuando miré a ambos a los ojos vi que eran pura maldad”. Un detalle: todos los oficiales que entraron en la escena precisaron terapia para sobrellevar el escenario que sus ojos habían registrado.
Las dos hermanas que sobrevivieron, luego de pasar por instituciones del estado, fueron adoptadas por su propia familia. La justicia se ocupó de que no trascendieran detalles ni fotografías de ellas. Preservar su identidad es prioritario para no sumarles más estrés emocional, estigmas y problemas.
La casa de la familia Bever, luego de la investigación policial, quedó deshabitada. Las autoridades la declararon un peligro biológico por la cantidad de sangre vertida intramuros. De hecho, durante la investigación forense, en muchas partes de la vivienda se arrancaron parte de las paredes. La etiqueta del siniestro quíntuple homicidio le quedó estampada y la casa pasó a convertirse en un destino buscado por el público adicto al “turismo negro”. Un sitio para intrusos desprejuiciados y delirantes cazadores de fantasmas. Fue vandalizada tantas veces que, si bien ya había perdido el alma, también perdió el poco valor monetario que podía quedarle.
En febrero de 2017 el ayuntamiento, cansado de los morbosos y de los vándalos, la compró (suponemos que a las dos herederas Bever). El objetivo era demolerla y hacer en ese sitio un parque, dedicado a las víctimas, que la gente del barrio podría visitar.
Alguien, quién sabe quién, les ahorró el trabajo de demolición. Un mes después de anunciada la adquisición, el 18 de marzo de 2017, un incendio la convirtió en cenizas. No quedó nada en pie. Seguramente para evitar que sigan los comentarios sobre este sitio Google desactivó las publicaciones en Maps. En 2019 el sitio se convirtió efectivamente en un memorial con un cartel que dice: Reflection Park (Parque de la Reflexión): en memoria de la Familia Bever. Contiene un jardín, unos canteros con flores, un gazebo blanco y unos senderos que atraviesan el terreno por donde alguna vez caminaron los nueve integrantes de la familia Bever.
Crystal hoy tiene 23 años y Autum 12. Quién sabe si alguna vez se animarán a enfrentar tanto dolor por lo perdido y, aunque sea anónimamente, transiten por esos caminos familiares que hoy florecen.
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