
Oculto en el monasterio de Santo Tomás, en la actual Brno, Gregor Mendel plantó las semillas de la genética moderna mientras su trabajo pasaba inadvertido.
Conocido hoy como el “padre de la genética”, National Geographic destaca que Mendel inició su carrera como monje agustino tras ser considerado poco apto para ejercer de sacerdote parroquial por su “insuperable timidez”, según explicó su mentor, el abad Cyrill Napp.
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Sin embargo, su experiencia en la granja familiar y su formación en ciencias y matemáticas en la Universidad de Viena lo convirtieron en el responsable ideal del jardín del monasterio.

El abad Napp, fascinado por la herencia de las plantas, animó a Mendel a experimentar con arvejas. Mendel, ya reconocido como criador de plantas ornamentales, quería averiguar si existían reglas para predecir los rasgos de la descendencia de las plantas híbridas.
Así comenzó, en 1856, una serie de experimentos que durarían ocho años y abarcarían cerca de 28.000 plantas de arveja (Pisum sativum). Según National Geographic, estas plantas ofrecían ventajas cruciales: eran baratas, se reproducían en abundancia y rápidamente, y presentaban rasgos fácilmente observables, como el color de las semillas, la forma de las vainas, la posición de las flores y la longitud de los tallos.
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Mendel registró meticulosamente siete caracteres distintos—incluyendo el color de las semillas, el color de la albumina, el color del tegumento, la forma de la vaina, el color de la vaina, la posición de las flores y la longitud de los tallos—y documentó cómo se transmitían al autopolinizar o cruzar las plantas. Lo que buscaba era detectar patrones estadísticos claros, una tarea que requería tanto paciencia como rigor.

Las leyes olvidadas y el redescubrimiento de Mendel
En 1865, Mendel expuso sus hallazgos ante unos 40 asistentes de la Sociedad de Ciencias Naturales de Brno en dos presentaciones, los días 8 de febrero y 8 de marzo.
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National Geographic destaca que su trabajo, publicado en 1866, contradecía la creencia dominante de la “herencia por mezcla” y establecía que los rasgos se transmiten siguiendo reglas precisas. Identificó tres principios, hoy conocidos como leyes mendelianas:
- Ley de la dominancia y uniformidad, que explica que ciertos rasgos, como las pecas, predominan sobre otros recesivos.
- Ley de la segregación, que establece que cada progenitor aporta una versión del rasgo.
- Ley de la distribución independiente, que demuestra que los diferentes rasgos se heredan de forma independiente (por ejemplo, se puede heredar el color de ojos de la madre y el color de cabello del padre).

Aunque estas leyes revolucionaron la biología, la comunidad científica ignoró los descubrimientos de Mendel en vida. Su falta de conexiones internacionales y el bajo interés en la herencia—en una época enfocada en la evolución—lo mantuvieron aislado.
“No conocía a nadie. No era corresponsal de Darwin ni de ningún otro referente”, señaló la historiadora Jessica Riskin de la Universidad de Stanford, que lamentó que “cuando la comunidad científica se interesó en su obra, Mendel llevaba 16 años muerto”.
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El redescubrimiento llegó en 1900, cuando Carl Correns, Hugo de Vries y Erich von Tschermak identificaron, de manera independiente, la importancia de sus experimentos. De ahí surgió el campo de la genética, que transformó la agricultura y permitió comprender cómo los rasgos pasan de generación en generación.
“Sin las leyes de Mendel, probablemente no existiría la genética moderna”, afirmó el historiador Daniel Kevles de la Universidad de Yale, citado por National Geographic.

El nacimiento de la genética y el legado de Mendel
National Geographic destaca que Mendel jamás utilizó términos como “gen” o “genética”. Fue el británico William Bateson quien propuso en 1905 el término “genética” en una carta, adoptándose formalmente un año después en la Conferencia Internacional de Londres.
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El concepto de “gen” fue acuñado en 1909 por el botánico Wilhelm Johannsen, describiendo así las “partículas” responsables de la herencia que Mendel había intuido 40 años antes.
La huella de Mendel va mucho más allá del monasterio de Brno: permitió explicar cómo se transmiten los rasgos en animales y humanos, y resolvió preguntas fundamentales que ni Charles Darwin había logrado responder.

El medio destaca que el trabajo de Mendel, base de proyectos como el Proyecto Genoma Humano, sigue siendo central para comprender la herencia, la evolución y la medicina moderna.
Poco antes de morir, Mendel expresó su confianza en el valor de su obra: “Mi trabajo científico me ha dado gran alegría y satisfacción; estoy convencido de que no pasará mucho tiempo hasta que el mundo entero aprecie los resultados y el significado de mi trabajo”.
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El tiempo le dio la razón, situando su legado en el centro de la ciencia contemporánea. Su rigor, su fe y su curiosidad transformaron para siempre la historia de la biología.
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