Fue el nazi más salvaje de Auschwitz, usó cinco nombres falsos y lo delató un problema dental: la fuga perfecta de Josef Mengele

Seguidor de Hitler desde sus primeros años, se unió a las SS y luego experimentó sin escrúpulos en los campos de concentración: buscaba la pretendida “superioridad aria”

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Josef Mengele implementó experimentos que
Josef Mengele implementó experimentos que implicaban desde inyectar a los niños en los ojos para intentar cambiar su color hasta castrar o esterilizar a sus prisioneros

El joven cabo de la policía militar no sabía con qué iba a encontrarse la tarde del 7 de febrero de 1979, hace cuarenta y siete años, en la playa de Ensenada, en la ciudad de Bertioga, un remanso bucólico en el litoral del estado brasileño de Sao Paulo. Espedito Días Romao tenía entonces treinta años, lo habían enviado a Ensenada porque un aviso había informado a la policía militar que había un cuerpo tendido en la playa.

Es lo que Espedito vio a la distancia: un bulto sobre la arena, con seguridad un cadáver, y unas pocas personas alrededor. Años después, recordaría: “Cuando llegué, el cuerpo estaba tirado en la franja de arena. Todo indicaba que lo habían sacado del mar ya sin vida. Era un hombre blanco y con bigote, que no presentaba las comunes señales de ahogamiento: vómitos, agua expelida por la boca. Llegué a pensar que se trataba de un caso de muerte súbita”. Espedito pensó bien, su ojo clínico de policía no lo engañó.

Y eso fue lo que anotó en su informe, que un paro cardíaco, o un accidente cerebrovascular podía haber sorprendido a la víctima cuando nadaba entre las tranquilas olas de Ensenada. Después, anotó los datos del muerto que figuraban en el llamado “Modelo 19”, el antiguo documento que identificaba a los extranjeros que vivían en Brasil.

Se trataba, según ese documento, de Wolfgang Gerhard, un austríaco de cincuenta y cuatro años, viudo, que trabajaba como técnico mecánico y vivía en el barrio Nuevo Brooklin de Sao Paulo. Agregó a su informe el testimonio de las pocas personas que lo habían visto todo: “Según los testigos, la víctima se bañaba en el mar, se sintió mal de repente y murió, aunque fue socorrida por los vecinos”.

Mengele, con bigote y sentado
Mengele, con bigote y sentado en una esquina de la mesa, junto a amigos cuando ya se identificaba como Wolfgang Gerhard, en Brasil

Uno de esos vecinos que había intentado socorrer a Gerhard era Wolfram Bossert, que fue trasladado a un puesto sanitario de emergencia por el esfuerzo que había hecho para sacar de las aguas a Gerhard. A Bossert lo acompañaba su mujer, Liselotte. Era una pareja de austríacos, eso decían, que compartían con Gerhard una casa de verano a cuatro cuadras de la playa. “Parecían ser las únicas tres personas en la playa de Ensenada”, dijo Espedito en su informe.

No había más testigos de aquella muerte. El cuerpo de Wolfgang Gerhard fue llevado al Instituto Médico Legal (IML) de Santos para realizarle exámenes complementarios. La causa oficial de la muerte sigue siendo aún hoy un misterio. Lo enterraron al día siguiente en el cementerio del Rosário, en la ciudad de Embu, en la región metropolitana de São Paulo.

Seis años después de aquella tarde, recién en 1985, la verdad se abrió paso entre la bruma. Wolfran Bossert fue identificado como un antiguo oficial del ejército nazi que vivía en Brasil desde los años 50. Su mujer, Liselotte fue procesada en 1985 por fraude: había presentado un DNI, falso, a nombre de Gerhard que ocultaba su verdadera identidad. Y el muerto de la playa no era Wolfgang Gerhard, sino Josef Mengele, el criminal de guerra nazi más buscado de la posguerra, el hombre que desde el final de la Segunda Guerra, durante treinta y cuatro años, había vivido prófugo y oculto, protegido, con seguridad hasta mimado por las autoridades de los países en los que había vivido en su largo escape: Argentina, Paraguay, Uruguay y Brasil. Los Bossert sabían que Gerhard era Mengele, que no tenía cincuenta y cuatro años sino sesenta y ocho, y que era el “Ángel del a Muerte” de Auschwitz. Lo sabían todo y callaron.

Mengele fue uno de los más sádicos y feroces asesinos de las SS en aquella fábrica de la muerte que se llamó Auschwitz. Se dedicó a experimentar en seres humanos los horrores de la guerra y las ambiciones de Hitler sobre la proclamada superioridad de la raza aria, según los patrones de las leyes raciales dictadas por el nazismo, y a llevar adelante espeluznantes experimentos médicos con los que, suponía, alcanzaría decisivos avances científicos.

Cada vez que llegaban prisioneros
Cada vez que llegaban prisioneros a Auschwitz, Mengele se obsesionaba con buscar gemelos, con los que experimentaba incluso intercambiando la sangre entre un cuerpo y el otro

Un breve muestrario del horror dice que Mengele inyectó distintos químicos en los ojos de miles de chicos porque buscaba que cambiaran de color y tomaran el azul ario; amputó los miembros de centenares de prisioneros para intentar injertos que terminaron en gangrena y en la muerte; sumergió a miles de cautivos en aguas heladas para probar la resistencia humana al frío, y aportar así alguna terapia a los pilotos alemanes que eran derribados en las aguas del mar del Norte.

También hirió cuerpos sanos y cubrió esas heridas con vidrios, trapos sucios, excrementos, tierra y aguas podridas para recrear las condiciones del frente y estudiar la evolución de esas laceraciones, con la idea de aliviar a los soldados alemanes heridos; inyectó en las venas de los prisioneros, convertidos en conejos de indias, fenoles, cloroformo, insecticidas, nafta y otros líquidos, sólo para saber qué provocaban.

Mengele era un fanático de la genética y tenía obsesión con los gemelos. Cuando los trenes de judíos deportados llegaban a Auschwitz, y en los amplios andenes del campo, llamados “El patio de los judíos” donde se seleccionaba quiénes iban a vivir y a quiénes iban a ser gaseados de inmediato, paseaba con un susurro en los labios: “Gemelos, gemelos…”. Estaba especialmente interesado en los mellizos idénticos y en prisioneros con heterocromía, ojos de distinto color. Sus investigaciones sobre los gemelos estaban destinadas reforzar el argumento nazi de la raza superior y a generar mayor cantidad de soldados a futuro para el Reich de Hitler.

Terminó con una epidemia de tifus en Auschwitz de manera drástica: mandó a las cámaras de gas a mil seiscientos prisioneros, para desinfectar luego el barracón en que estaban alojados. Hizo lo mismo ante epidemias de escarlatina y otros males contagiosos. En todos los casos, los infectados eran enviados a las cámaras de gas.

Mengele tramitó documentación falsa con
Mengele tramitó documentación falsa con ayuda de autoridades de la Iglesia católica

La inoculación del tifus también abarcó los experimentos de Mengele con los gemelos: inyectaba la bacteria, transmitida por pulgas, a uno de los gemelos y realizaba luego transfusiones de sangre de uno a otro. Muchas de sus víctimas morían en las pruebas. Si, en cambio, moría uno de los dos gemelos, Mengele mataba al otro hermano para realizar estudios comparativos post mortem. También llevó adelante experimentos masivos de esterilización y castración en hombres y mujeres.

¿Quién era esta baldado mental, este trozo de escoria humana que escapó de la superficial justicia de los hombres que, en el mejor de los casos, lo hubiera condenado a la horca? Mengele no era austríaco, como mentía su DNI brasileño. Había nacido en Gunzburgo, Baviera, el 16 de marzo de 1911.

Estudió medicina y filosofía en la Universidad de Múnich en 1930, en pleno auge del nazismo. A los veinticuatro años era doctor en antropología de esa Universidad y en enero de 1937 egresó del Instituto de Biología hereditaria e Higiene Racial de Frankfurt, como asistente de su mentor y protector, Otmar von Verschuer, que investigaba ya la genética de los gemelos.

Ese mismo año se afilió al partido nazi y, al siguiente, a las SS. El 28 de julio de 1939 se casó con Irene Schönbein, su hijo Rolf nacería en 1944. En junio de 1940, en plena guerra exitosa del Reich de Adolfo Hitler, fue voluntario en el servicio médico de las SS; destinado a Ucrania en 1941, ganó dos Cruz de Hierro, de segunda y de primera clase y, en el verano del 42, fue herido de gravedad cerca del río Don.

Incapacitado para servir en el frente, regresó a Berlín para trabajar en la Oficina de Raza y Reasentamiento y, junto a Von Verschuer y en el prestigioso Instituto Kaiser Wilheim, fue adscripto al departamento de Antropología, Genética Humana y Eugenesia y luego destinado a Auschwitz.

El cartel en la oficina
El cartel en la oficina de Simón Wiesenthal durante la búsqueda de Mengele, que al fin de la Segunda Guerra era prácticamente desconocido y se convirtió en uno de los criminales más buscados del planeta

A inicios de 1945, con los rusos en los talones y camino a Berlín, Mengele y otros médicos de Auschwitz fueron destinados al campo de concentración de Gross-Rosen, adonde llegó con dos cajas con diversos especímenes y los registros médicos de sus investigaciones. Los soviéticos liberaron Auschwitz el 27 de enero y Mengele y los suyos huyeron de Gross-Rosen el 18 de febrero.

Empezó entonces su larga y exitosa huida que comenzó sin embargo con Mengele prisionero de los americanos que, incluso, lo registraron con su nombre real. Nadie conocía entonces a Mengele, ni sabía de la entidad de sus crímenes. Su nombre no figuraba en la lista de los SS más buscados y ni siquiera tenía el tradicional, ritual, tatuaje en la axila con su número de identificación y su grupo sanguíneo. Lo liberaron a finales de julio y logró hacerse de un documento falso a nombre de Fritz Ullman, que luego cambió por Fritz Hollman.

Abandonó Alemania el 17 de abril de 1949 rumbo a un paraíso para los nazis fugados: Argentina. Su mujer se negó a seguirlo y se divorciaron en 1954. La ruta de fuga de Mengele fue similar a la de Adolf Eichmann: una nueva identidad falsa y un documento legítimo conseguido gracias a los oficios del obispo Alois Hudal, cercano entonces al secretario del Papa Pío XII, el cardenal Giovanni Montino que luego sería el Papa Paulo VI.

Con esa identidad falsa y su documento legal, Italia le cedió una “Carta d’Identitá”, la número 114, con un nuevo nombre, falso: Helmut Gregor. Eichmann había conseguido la suya, la número 113, con el nombre de Riccardo Klement. La historia de esas fugas están documentadas en cuatro libros indispensables: La auténtica Odessa y Perón y los alemanes, de Uki Goñi, el historiador y periodista que mejor desentramó la fuga de los nazis a la Argentina, Eichmann before Jerusalem, de Bettina Stangneth, y Ruta de escape, de Philippe Sands.

Adolf Eichmann, teniente coronel de
Adolf Eichmann, teniente coronel de las SS y uno de los arquitectos del Holocausto, ayudó a que Mengele no fuera encontrado en la Argentina

Mengele abordó el buque inglés North King rumbo a Buenos Aires el 25 de mayo de 1949. Llegó el 22 de junio, se alojó en una pensión de la calle Paraguay, en Palermo, hasta que fue cobijado por la comunidad nazi, que había plantado una importante red de espionaje protegida o cobijada por el gobierno de Juan Perón. Tan seguro se sintió Mengele en Buenos Aires que empezó a usar su verdadero nombre, como reveló uno de sus amigos, el empresario Robert Mertig, titular de la empresa Orbis.

En 1956, ya derrocado Perón, el Juzgado de Primera Instancia en lo Civil número 9 resolvió que Helmut Gregor y Josef Mengele eran la misma persona, por lo que la Policía Federal le extendió la cédula 3.940.484. El Mengele real, con su nombre y apellido, se dedicó al comercio, fabricó juguetes, fundó una empresa, Laboratorios Wander, y fue socio mayoritario de la empresa Fadrofarm (Fábrica de Drogas Farmacéuticas).

También fue representante en Sudamérica de la empresa familiar de maquinarias agrícolas que había sido de su padre en Alemania. Como agente comercial viajó varias veces a Paraguay y a Brasil, mientras aprovechaba para establecer contactos seguros y una eventual, otra más, ruta de escape.

Para entonces, hacía más de una década que Mengele era uno de los criminales de guerra más buscados, sino el más, en el mundo. Su nombre había quedado al descubierto durante el Juicio de Núremberg y en los procesos que le siguieron, muchos de ellos en los países donde se habían cometido crímenes de lesa humanidad.

América del Sur era un continente seguro para los fugados y casi inaccesible para quienes los perseguían. El 25 de julio de 1958, a las cuatro y media de la tarde, Mengele finalmente se presentó ante un juez uruguayo pero no para hablar de sus crímenes, sino para casarse con Martha Will, que era su cuñada, viuda de su hermano menor, Karl Mengele.

Las huellas de Josef Mengele
Las huellas de Josef Mengele tomadas por la Policía Federal Argentina

Antes, la pareja debió demostrar ella su viudez y él, el divorcio de su primera mujer, que no había querido acompañarlo en su aventura argentina. Los casó el responsable del juzgado civil de Nueva Helvecia, Uruguay, Pedro Szacelaya. En esos documentos hay un borrón interesante: en un acta manuscrita que habla del hijo en común con su primera mujer, el empleado había anotado el nombre real de Mengele: Josef. Fue modificado y castellanizado a José.

La pareja vivió en la calle Virrey Vértiz 970, Olivos, provincia de Buenos Aires, hasta 1959, cuando aquel castillo se vino abajo y Alemania pidió a Argentina que extraditara a aquel criminal. El pedido de los tribunales alemanes no se debió a un hallazgo judicial, sino a un gesto de arrogancia y desdén del propio Mengele: años antes, cuando todavía no usaba el documento argentino con su verdadero nombre, Mengele había viajado a Alemania. Visitó su pueblo y la empresa de maquinarias de su padre: todos en aquella ciudad sabían quién era aquel visitante, qué había hecho y por qué lo buscaban. Pero nadie dijo nada. Lo denunció un sobreviviente de Auschwitz.

Con el pedido de extradición sobre su espalda, Mengele liquidó todos sus bienes en Argentina, rompió con su mujer y huyó a Paraguay, con alguna visita esporádica y muy secreta a Buenos Aires. El 11 de mayo de 1960 un comando del Mossad secuestró a metros de su casa de la calle Garibaldi, en San Fernando, a Adolf Eichmann. Ni bien se conoció la noticia, Mengele huyó del país para no volver. Tuvo suerte. Y Eichmann lo ayudó.

Los agentes del Mossad que habían venido por Eichmann intentaron secuestrar también a Mengele porque sabían que vivía en Buenos Aires. Mantuvieron a Eichmann cautivo varios días, en una casa que todavía hoy es un misterio; lo interrogaron sobre el paradero de Mengele y Eichmann mintió, dijo que no lo conocía. No era verdad.

En su libro Eichmann en la Argentina, el escritor Álvaro Abós afirma que ambos, Eichmann y Mengele, sostuvieron amables encuentros para hablar de tiempos idos en el restaurante ABC, de Lavalle y Reconquista, que por entonces lucía una cargada decoración bávara y un indudable espíritu alemán.

Un diario de 1960 muestra
Un diario de 1960 muestra distintos posibles identikis del "Monstruo de Auschwitz"

Los agentes israelíes volvieron a presionar a Eichmann, que aceptó dar un dato a cambio de que su familia no fuese afectada por el operativo de su secuestro, algo que no había pasado por la mente del Mossad. Dio entonces una vieja dirección donde era posible hallar a Mengele. Era la pensión Jurmann, en 5 de julio 1045, Vicente López, donde había vivido Mengele pero hacía varios años. Y Eichmann lo sabía. El comando del Mossad partió de Argentina sólo con Eichmann a bordo del primer avión de El-Al que había llegado días antes al país, con la delegación diplomática israelí enviada a los festejos del Sesquicentenario de la Independencia.

Mengele vivió dos años en Paraguay con una nueva identidad: Peter Hochbicheler. Después se instaló en Brasil. Allí adoptó la identidad de Wolfgang Gerhard, un simpatizante nazi que en los años 60 había viajado a Alemania para llevar adelante un tratamiento médico, y allí fue asesinado a golpes. Los documentos de Gerhard hacían a Mengele catorce años menor, austriaco, viudo y técnico mecánico.

La familia de Mengele sabía adónde estaba y cuál nombre usaba. En 1977 lo visitó en Brasil su hijo Wolff; le preguntó sobre los campos de exterminio y Mengele usó una excusa fútil para excusarse. Según reveló su hijo, dijo que él no había inventado Auschwitz: “No admitió haber hecho algo mal. No demostró culpa, ni arrepentimiento. Dijo que había cumplido órdenes.

Con su salud debilitada desde 1972, hipertensión, una afección crónica en el oído que le producía vértigo y reumatismo, aquel criminal de guerra además dormía mal, con una pistola Walther bajo la almohada, ante el temor de correr el mismo destino que Eichmann. Así fue hasta la tarde del 7 de febrero de 1979, cuando murió en las aguas de la Playa Ensenada y sus protectores guardaron el secreto de su identidad.

El espacio interdental entre sus
El espacio interdental entre sus dos paletas fue clave para identificar los restos de Mengele, que murió en Brasil en 1979 mientras nadaba en una playa de San Pablo

Seis años después, el 31 de mayo de 1985, gracias a una pista anónima recibida por la fiscalía de Alemania Occidental, la policía alemana registró la casa de Hans Sedlmeier, un amigo de toda la vida de Mengele que era además jefe de ventas de la empresa familiar. Hallaron una agenda con direcciones cifradas, copias de cartas de Mengele y otra carta en la que sus protectores en Brasil, Wolfram y Liselotte Bossert, informaban a Sedlmeier de la muerte del antiguo médico monstruo de Auschwitz.

Las autoridades alemanas se pusieron en contacto con la policía de Sao Paulo, que rescató el testimonio del cabo Espedito Dias Romao, y al propio Dias Romao, que había pasado a la reserva como sargento primero y sería luego jefe de Tráfico y Transporte de Bertioga. Espedito contó lo que sabía y recordaba, mientras la policía daba con los Bossert que, por fin, admitieron quién era el falso Gerhard y dónde estaba enterrado Mengele.

Los restos fueron exhumados el 6 de junio. Entre otras evidencias, fue identificado por su dentadura: Mengele tenía un notorio diastema en los incisivos centrales. Cuatro días después, el 10 de junio, Rolf Mengele confirmó que aquellos restos eran de su padre. Dijo que su muerte se había mantenido en secreto para no comprometer a la gente que lo había ayudado a lo largo de más de tres décadas.

En 1992 un examen genético ratificó la identidad de Mengele. La familia se negó a repatriar sus restos a Alemania. Sus huesos todavía están en el Instituto Médico Legal de San Pablo.

Nunca nadie los reclamó.

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