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Los crímenes de guerra de los que “El Carnicero de Lyon” nunca se arrepintió: “Mil veces volvería a ser lo que he sido”

El 5 de febrero de 1983 Klaus Barbie fue expulsado de Bolivia, donde vivía con una identidad falsa, para ser juzgado en Francia por las atrocidades cometidas cuando era jefe de la Gestapo en Lyon

Klaus Barbie
Klaus Barbie como miembro de la Gestapo y cuando fue juzgado luego de vivir en la clandestinidad
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“Mi país ha perdido vidas humanas por su culpa. Con él regresaron los métodos de tortura. Klaus Barbie trasladó su guerra europea a territorio boliviano”, explicó el ministro del Interior de Bolivia, Gustavo Sánchez Salazar. Corría la mañana del sábado 5 de febrero de 1983 y la noticia de la expulsión del criminal de guerra nazi del país que lo había cobijado durante décadas comenzó a recorrer el mundo. Se acababa así la impunidad del “Carnicero de Lyon“, como se lo conocía desde que había comandado la Gestapo en esa ciudad francesa durante la ocupación.

En los casi 38 años que habían transcurrido desde el final de la Segunda Guerra Mundial, había sido visible e invisible, y obtenido protección de más de un gobierno a cambio de lo que sabía hacer: torturar disidentes y traficar armas.

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La fuga del nazi

Primero vivió bajo una identidad falsa en Alemania, donde fue dueño de un cabaret, y entre 1947 y 1951 trabajó para la contrainteligencia de los Estados Unidos en el Berlín ocupado por los aliados. Después huyó a América latina y se radicó en Bolivia con el nombre de Klaus Altmann, el apellido del rabino de su pueblo natal. Allí, además de dirigir un aserradero, colaboró con las sucesivas dictaduras que oprimieron a ese país.

Klaus Barbie
El alemán murió en una prisión de Francia en 1991 (AFP)

La protección se le había terminado en 1981, luego de la caída de “la dictadura de la cocaína” encabezada por el general Luis García Meza, cuando el gobierno democrático de Hernán Siles Suazo decidió llevar adelante el proceso que permitiría su extradición a Francia, donde ya había sido condenado a muerte en ausencia dos veces. Esas penas ya no podían ser ejecutadas porque los crímenes de guerra cometidos bajo el régimen de Vichy prescribían a los 20 años.

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En esos dos juicios había quedado claro que Barbie era responsable del traslado a campos de concentración de 7.500 personas, de 4.432 asesinatos y del arresto y la tortura de 14.311 combatientes de la Resistencia. Debido a la prescripción, solo se lo podía juzgar por la deportación de los 44 niños judíos refugiados en una colonia en Izieu, la captura en redadas y la deportación de más de 80 personas en la sede de la Unión General de Israelíes de Francia, y por el llamado “último tren”, en el que fueron deportadas entre 300 y 600 personas muy pocos días antes de la entrada de las tropas aliadas en Lyon.

El proceso de extradición había demorado casi dos años, pero finalmente Barbie debería volver a Europa y presentarse ante la justicia francesa para responder por esos delitos. Los crímenes de Barbie solo necesitaban ser probados judicialmente, porque la historia ya los había dado a conocer.

“El Carnicero de Lyon”

Nacido el 25 de octubre de 1913, cuando llegó a Lyon para hacerse cargo de la temible policía secreta nazi, Klaus Barbie tenía 30 años, pero contaba con una larga trayectoria como represor. Había ingresado a las SS de Heinrich Himmler en 1935 y su primer destino fue en la Gestapo de Berlín, donde se dedicó a perseguir y torturar a disidentes políticos. Continuó en la capital alemana durante los primeros meses de la Segunda Guerra hasta que en mayo de 1940, luego de la invasión nazi a los Países Bajos, fue destinado a Ámsterdam para hacer trabajo de inteligencia sobre la Resistencia.

Klaus Barbie leyendo en su celda
Klaus Barbie leyendo en su celda

En 1942, fue reasignado a Francia, primero a Dijon y después a Lyon, que era el centro del movimiento francés de la Resistencia. Como jefe de la Gestapo local, Barbie se ganó el apodo del “Carnicero de Lyon“ debido a sus brutales acciones contra los judíos y los miembros de la Resistencia francesa. Como jefe de la Gestapo no solo daba las órdenes, también le gustaba mostrarse en los operativos contra los maquis y las redadas de judíos, y participaba de las sesiones de tortura cuando se trataba de prisioneros que consideraba importantes.

En sus testimonios, varios sobrevivientes relataron que no tenía reparos en torturar niños para que revelaran dónde se escondían sus padres. Quería ser visto como la encarnación del terror y lo lograba. “Sus salas de tortura contaban con bañeras, mesas con correas, hornos de gas y aparatos para provocar descargas eléctricas. También empleaba perros especialmente adiestrados para morder a los prisioneros. Él mismo participaba en las sesiones de tortura utilizando fustas, porras o sus propios puños”, cuenta el historiador español Jesús Hernández en su libro Desafiando a Hitler.

Su mayor “logro” fue la captura del líder de la Resistencia, Jean Moulin, el 21 de junio de 1943. Barbie se encargó personalmente de torturarlo. Primero le hizo sacar las uñas de los dedos utilizando agujas calientes como si fueran espátulas; después le quebraron los nudillos, uno por uno, apretándolos con el quicio de una puerta, y les rompieron las muñecas apretándole las esposas hasta lacerar la carne y llegar a los huesos. Enfurecido porque Moulin no contestaba sus preguntas ni delataba a sus compañeros lo hizo desfigurar a golpes de puño hasta dejarlo en coma. No satisfecho con eso, lo colocó en una silla y lo exhibió, inconsciente, ante otros detenidos para convencerlos de hablar. La última vez que Moulin fue visto con vida seguía en coma, con la cabeza hinchada y envuelta en vendajes. Así lo subió a un tren a Berlín para que lo interrogaran de nuevo, pero murió en el camino el 8 de julio de 1943.

Escapó de Lyon en agosto de 1944, apenas un mes antes de que las tropas estadounidenses liberaran la ciudad. De regreso en Alemania, siguió en las filas hasta el final de la guerra y tras la derrota se convirtió en uno de los criminales nazis más buscados por el gobierno francés.

Klaus Barbie con el uniforme alemán
Klaus Barbie con el uniforme alemán

El criminal protegido

Su nombre se publicó en listas de criminales de guerra buscados que fueron recopiladas por la Comisión de Delitos de Guerra de las Naciones Unidas y por el Registro Central de Criminales de Guerra y Sospechosos para la Seguridad. Aunque lo detuvieron por lo menos dos veces, no fue identificado.

Para 1946, Barbie vivía bajo un nombre falso en la ciudad alemana de Marburg, donde regenteó un cabaret al mismo tiempo que trabajaba con un grupo organizado de nazis para formar un nuevo gobierno alemán. Estaba en eso, cuando un oficial del cuerpo de Contrainteligencia del Ejército estadounidense lo identificó y lo localizó, pero en lugar de detenerlo para que fuera juzgado lo reclutó como informante. Entre 1947 y 1951, se mantuvo a salvo proporcionando información a los oficiales norteamericanos acerca de la inteligencia francesa, así como de las actividades soviéticas y anticomunistas en la zona de Alemania ocupada por las fuerzas estadounidenses.

Su situación comenzó a complicarse cuando el gobierno francés, al descubrir que vivía libremente en la zona norteamericana, pidió su extradición para juzgarlo, pero en lugar de entregarlo, la inteligencia estadounidense lo protegió. Tenía sus razones: Barbie conocía cómo operaba el espionaje norteamericano en Europa y temía que les diera esa información a los franceses. Cuando seguir protegiéndolo en los territorios ocupados de Alemania se volvió insostenible, lo ayudaron a escapar con su familia hacia América del Sur a través de “la ruta de las ratas” norteamericana, que sacaba clandestinamente a los nazis y a otros fugitivos que la inteligencia estadounidense consideraba útiles.

Utilizando la identidad falsa de Klaus Altmann, Barbie instaló a su familia en La Paz, Bolivia. Mientras el gobierno francés lo juzgaba en ausencia y lo sentenciaba a muerte, se convirtió en un poderoso empresario con fuertes vínculos con el gobierno, al que prestó servicios para la compra de armas. Así consiguió la ciudadanía boliviana y un pasaporte diplomático que le permitió viajar por Europa y los Estados Unidos sin siquiera ser molestado.

Klaus Barbie
Roland Dumas, el juez francés que condenó al nazi

La cobertura comenzó a acabársele en 1971, cuando los “cazadores de nazis” franceses Serge y Beate Klarsfeld descubrieron que Altmann era en realidad Klaus Barbie e iniciaron una campaña pública para que fuera extraditado a Francia y juzgado por sus crímenes de guerra. En ese momento estaba en Perú y regresó de apuro a Bolivia para no ser detenido. A pesar de los reclamos internacionales, las Fuerzas Armadas bolivianas en el poder lo protegieron. Recién con la recuperación de la democracia en 1981, esa cobertura se le terminó. Sus abogados presentaron un recurso tras otro para impedir que fuera enviado a Francia. Esa batalla legal duró casi dos años hasta que terminó con su expulsión de Bolivia el 5 de febrero de 1983. Ese día lo subieron a un avión que lo llevó primero a la Guyana Francesa y más tarde lo depositó en París.

El juicio final

El juicio contra Klaus Barbie comenzó en enero de 1987 y se prolongó durante seis meses. El proceso fue seguido por millones de personas, no solo en Francia y Alemania, sino en todo el mundo. Durante el proceso se escucharon testimonios estremecedores, como los de Sabine Zlotin, de 80 años, fundadora del hogar para niños de Izieu, y su compañera cuidadora Lea Feldblum, que al declarar tenía 69 años y era la única sobreviviente de los deportados del hogar. La mayoría fueron enviados a Auschwitz, incluyendo a todos los niños y cinco adultos, entre ellos Sarah Lavan-Reifman, quien se negó a separarse de su hijo Claude y fue enviada con él a las cámaras de gas. “Es mi deber testificar contra Klaus Barbie en nombre de mis 44 hijos asesinados en Auschwitz, porque cada noche aparecen ante mis ojos”, dijo Lea Feldblum durante su testimonio.

Barbie la escuchó sin mostrar ninguna emoción, una actitud que mantuvo a lo largo de todo el juicio. Su abogado, Jacques Verges, intentó defenderlo con el argumento que las acciones del ”Carnicero de Lyon“ durante la guerra no eran peores que la de cualquier colonialista, incluyendo a los propios franceses que lo juzgaban y que nunca habían sido perseguidos como criminales. “¿Qué nos da derecho a juzgar a Barbie cuando nosotros, en conjunto, como sociedad o como nación, somos culpables de crímenes similares?”, clamó en su alegato final. Sus palabras no lograron el resultado que buscaba: el 4 de julio el tribunal lo condenó a prisión perpetua por crímenes de lesa humanidad.

Enviado a una prisión de Lyon, Klaus Barbie murió de leucemia el 25 de septiembre de 1991, a los 77 años, sin mostrar arrepentimiento alguno por sus innumerables crímenes. Al contrario, seguía manteniéndose firme en las palabras que había pronunciado cuatro años antes, luego de escuchar la sentencia del tribunal: “Estoy orgulloso de haber sido comandante del mejor equipo militar del Tercer Reich, y si tuviera que nacer mil veces de nuevo, mil veces volvería a ser lo que he sido”.

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