“Me puse en posición fetal, no había nada que hacer”: el rescate del hombre que estuvo 35 minutos sin oxígeno en el fondo del mar

Chris Lemons era un experto buzo de saturación cuando el martes 18 de septiembre de 2012 se encontró solo en el Mar del Norte, a 91 metros de la superficie, “rodeado por una oscuridad infinita que lo abarcaba todo”. Sabía que la muerte era inexorable. No sintió miedo, sino tristeza: pensó en cómo serían las reacciones de sus seres queridos al enterarse de su muerte. La historia de un rescate temerario y de un hombre -dice- solo que tuvo suerte

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El accidente de Chris Lemons
El accidente de Chris Lemons ocurrió durante una operación de mantenimiento en el lecho marino del Mar del Norte, a 185 kilómetros de Aberdeen

Era un día más, uno cualquiera. De esos que llegan sin que les prestemos demasiada atención. Así discurría ese martes 18 de septiembre de 2012 para Chris Lemons. Una jornada más en su trabajo habitual, bajo el helado Mar del Norte, frente a las costas escocesas. Le había tocado el turno noche para realizar una de las clásicas operaciones de mantenimiento de oleoductos: debía bajar hacia el lecho del mar, apoyado desde el buque Bibby Topaz que tenía una tripulación de 127 personas, de las cuales solo doce eran buzos de profundidad como él. Bajaría con dos de sus compañeros para revisar que todo anduviera bien en el entramado del pozo petrolífero de Huntington.

La actividad habitual de Lemons, si se la comparaba con cualquier otra profesión, implicaba claramente algunos riesgos adicionales, pero para un experto en la materia no representaba un desafío particular. Porque la vida no se trata de vivir imaginando posibles tragedias, se trata de pisar sobre terreno seguro, sobre lo estudiado y la experiencia, respetando las pautas establecidas. Quizá haya sido ese respeto a lo establecido lo que determinó que la aguja del destino se inclinara hacia el lado del milagro.

“Cuando se me acabó el
“Cuando se me acabó el aire, me sentí como antes de quedarme dormido. No fue desagradable, pero recuerdo disculparme mucho con mi prometida Morag. Estaba enojado por el daño que esto le haría a otras personas”, dijo Chris

El escocés y su vocación

Chris Lemons nació en Edimburgo, Escocia, y creció en Cambridge. La vocación le llegó un poco por casualidad: “En mis veinte años estaba medio perdido. Conseguí un trabajo de verano en la cubierta de un barco de apoyo al buceo y ahí descubrí este mundo, que ni siquiera sabía que existía. Me pareció una aventura, incluso heroica”, le reveló Chris Lemons al medio ABC.

Se convirtió primero en buzo comercial y, luego, se especializó como buzo de saturación, la versión más exigente en la materia porque son quienes realizan trabajos a gran profundidad por períodos prolongados dentro de la industria del petróleo y el gas.

El buceo de saturación es una de las profesiones más desconocidas del planeta y conlleva una férrea disciplina. De aventura romántica tiene poco. Al menos eso es lo que cuenta Chris: “Con el tiempo aprendí que es un trabajo muy monótono porque pasás semanas en cámaras de compresión, siguiendo horarios casi carcelarios: desayunás, trabajás seis horas en el fondo, volvés, te duchás, leés un poco y a dormir. Y al día siguiente, lo mismo”.

Los expertos viven en las cámaras presurizadas, separados del resto de la tripulación del barco, y realizan inmersiones diarias dentro de una campana de la que salen, una vez en el fondo del mar, para trabajar entre cuatro y ocho horas. De esta manera, evitan pérdidas de tiempo y maximizan las operaciones. Los buzos que ejecutan estas tareas específicas deben pasar al menos un mes viviendo, durmiendo y comiendo en esas cámaras especialmente construidas a bordo de la nave de buceo donde se encuentran separados del resto de la tripulación por una lámina de metal y vidrio. Los habitáculos de saturación son un complejo de grandes tubos o tanques de seis metros de largo presurizados, donde los buzos viven para aclimatarse a la presión que tendrán bajo el agua. La forma cilíndrica no es casual: resiste mejor la presión interna. Contienen literas, mesas plegables, sillas y baño químico. Pueden hablar y ver a sus compañeros de tripulación a través de un sistema de cámaras. Para pasar de un módulo a otro tienen escotillas tipo submarino pero jamás pierden la presión. Para bajar al fondo del mar tienen otro cilindro más pequeño llamado campana de buceo (diving bell) que baja desde el barco hasta el lecho marino. Esa campana está unida con un cable al barco al que se llama “umbilical”.

Vivir dentro de este sistema modular hace que ahorren tiempo porque viven saturados y descomprimen una sola vez, al final de sus tareas. Se requieren seis días de descompresión antes de que puedan salir de la cámara hiperbárica.

Para el momento del accidente que le cambió la vida, Chris ya tenía ocho años de experiencia como buzo y vivía con su novia Morag Martin, en lo que se llaman las Tierras Altas Escocesas, cerca de Mallaig.

Se habían conocido cinco años antes en una fiesta en la localidad de Dunoon, al oeste de Glasgow, donde ella trabajaba como maestra de primaria. Enseguida él se mudó a la casa de ella. Fue el último año de su relación, ya instalados cerca del nuevo trabajo de ambos en Mallaig, que él comenzó con su especialización en buceo de saturación en la industria del gas y el petróleo. El salario era excelente, aunque Morag tenía sus miedos y expresaba algún reparo porque sabía que en los últimos años habían existido varias muertes en la profesión. Chris siempre la tranquilizaba. Y habían comenzado la construcción de la casa de sus sueños en las Tierras Altas mirando el mar. Hablaban siempre de tener hijos y de que cuando terminaran el colegio se mudarían al sur de Francia donde vivía parte de la familia de Chris.

Fuera de la adrenalina propia del trabajo de él, Chris y Morag llevaban una vida tranquila. Aunque el empleo de él implicara largas ausencias. En cada oportunidad eran unas cuatro semanas, y esto sucedía varias veces al año.

Dijo no recordar nada de
Dijo no recordar nada de ese momento, solo que se había sentido “muy aturdido, vi luces parpadeantes, pero no tengo muchos recuerdos lúcidos de haber despertado. Solo unos días después me di cuenta de la gravedad de la situación”

En la oscuridad del agua

Eran casi las 21 horas del martes 18 de septiembre de 2012 cuando Chris Lemons (32) descendió dentro de la campana de buceo junto a sus compañeros David Yuasa y Duncan Allcock. Les había tocado el turno noche y hacía frío. Si bien no tenía la misma experiencia que ellos, Chris llevaba trabajando como buzo de saturación más de un año y medio. Se lo podía considerar un trabajador experimentado.

Estaban en Huntington Oil field, en el fondo del Mar del Norte, a unos 185 kilómetros al este de Aberdeen, Escocia, en el Reino Unido. Tenían encomendadas tareas rutinarias: inspección, mantenimiento y reparación de la estructura submarina en una profundidad de unos cien metros. Allcock, el más experimentado de los tres y el consejero tutor de Chris, era quien debía quedarse en la campana mientras Yuasa y Chris saldrían con sus trajes de buceo para reparar una de las tuberías en un colector.

Todo arrancó con normalidad. Los dos buzos salieron al mar conectados cada uno con su cable umbilical que le proporcionaba comunicación, energía, luz, así como una mezcla de oxígeno y helio para respirar, agua caliente para mantenerlos calientes y un medio seguro para encontrar su ruta de regreso a la seguridad de la campana estacionada sobre el fondo marino.

Normalmente, los barcos de buceo utilizan sistemas computarizados de navegación, conocidos como posicionamiento dinámico, para mantenerse en el sitio de buceo mientras los buzos están en el agua.

Esa noche la superficie del mar estaba inquieta. Las olas golpeaban el casco del barco mientras el clima desmejoraba con rapidez.

Mientras Chris se desplazaba caminando por el lecho marino revisando tubos y cables sin notar la tormenta de la superficie, el buque derivó. El movimiento de la nave tensó el cable sin que al principio se percataran de la gravedad del asunto en el buque de la superficie. El agua empujaba la nave con violencia. Las alarmas comenzaron a sonar como tantas veces, pero esta vez los buzos recibieron instrucciones inmediatas de dejar todo y volver cuanto antes a la campana para ser izados hasta el barco. Era una situación para nada habitual. Yuasa y Chris comenzaron a desandar el camino y cuando trepaban hacia la campana, Chris sintió que su cable se había tensado. Estaba enredado en la saliente de metal donde habían estado trabajando. Se percató de que estaba atrapado. El cable soportaba las toneladas del peso del barco y la tensión resultaba de una violencia insoportable. Sintió que esa fuerza podría hasta romperle las piernas. De pronto sintió un fuerte crack y se sintió libre. El cable se había cortado. Chris comenzó a flotar en medio de la negrura para terminar cayendo de espaldas sobre el fondo.

Yuasa notó enseguida que su compañero estaba en serios problemas, pero el agua lo arrastró y lo alejó hasta perderlo de vista en ese mar endiablado y espeso.

“Quedé rodeado por una oscuridad infinita que lo abarcaba todo”, recordó tiempo después Chris Lemons, no podía ver mi mano frente a mi cara. (...) Sabía que esa enorme estructura amarilla estaba probablemente a solo unos metros de mí. Pero no tenía idea en qué dirección…”. A pesar de la desorientación abrió con rapidez el tanque de reserva para emergencias. Eso le daba un tiempo extra de oxígeno de entre 5 y 8 minutos. Sintió el frío del agua, pero no podía permitirse entrar en pánico. Si no lo encontraban enseguida y lo rescataban, era hombre muerto. Tenía que intentar alcanzar el sitio estipulado para los rescates en medio de la oscuridad y a tientas. Se empujó con esfuerzo y tanteando con sus manos descubrió la estructura fija de metal para trepar hasta el manifold donde debía ponerse para poder ser hallado. Lo logró. Llegó al sitio correcto. “Por alguna razón esperaba ver desde ahí a Yuasa volviendo hacia mí o ver la campana. Pero intenté ver a mi alrededor y no veía nada. Todo era oscuridad y el océano sobre mí”, recuerda. No veía nada, estaba en la oscuridad más cerrada. Ni una luz y con pocos minutos de oxígeno en su tanque.

No había mucho más para hacer. Era probable que muriera allí mismo en un par de minutos. Se relajó. “No digo que no tuviera miedo y que no estuviera respirando con desesperación. Pero me di cuenta de que incluso si Dave Yuasa estuviera allí iba a ser muy difícil que él consiguiera llevarme a un medioambiente donde pudiera respirar antes de que se me acabaran las reservas. Lo más probable era que muriera ahí mismo. De una manera extraña eso tuvo un efecto calmante. El miedo drenó hacia fuera. No había nada más que hacer. Me puse en posición fetal y me invadió una gran tristeza”. Varias veces le pidió perdón a Morag.

Moriría bajo el agua, pero si se quedaba en ese sitio, al menos podrían encontrar su cuerpo. Las imágenes de su vida desfilaron con rapidez por su cabeza en formato despedida. No había cómo luchar, se dejaría ir. Pensó en sus seres queridos, en lo que sentirían, en la casa que estaban construyendo con su novia mirando el océano, en lo que se perdería… y perdió la consciencia.

"Quedé rodeado por una oscuridad
"Quedé rodeado por una oscuridad infinita que lo abarcaba todo. No podía ver mi mano frente a mi cara", dijo el buzo experimentado

Valentía sin límites

En la superficie reinaba el caos. Debido al mal clima, el barco había perdido contacto con Chris Lemons. Izaron la campana con sus dos compañeros, Yuasa y Allcock. Cada segundo era vital para la vida de Chris, pero precisaban estabilizar el barco antes de volver a bajarla y enviar el vehículo remoto (ROV) a ver si podría divisar la posición del buzo perdido en medio de la negrura del mar. El tiempo era escaso. Demasiado. Parecían estar encarando una tarea inútil.

Apenas lograron el control del buque, enviaron el ROV y volvieron a bajar la campana. El robot envió imágenes. Chris Lemons estaba de espaldas en el manifold. Haciendo movimientos esporádicos con sus manos. Apenas se movía. Habían pasado 16 minutos desde que se había cortado su cordón umbilical. Yuasa decidió entonces arriesgarse. Iría a buscar a Chris y meterlo en la campana. Su compañero lo merecía. Aunque solo volviera con un cuerpo sin vida.

Ya habían pasado 25 minutos desde el corte del cable. La visibilidad era malísima, el fondo estaba revuelto. Yuasa salió y gateó como pudo hasta el manifold donde su amigo yacía inconsciente. Lo arrastró con todas sus fuerzas, Chris era enorme, medía 1,96 m, hasta que consiguió introducirlo dentro del habitáculo con la ayuda de Allcock. Minuto a minuto, todos contenían la respiración. Una vez dentro desatornilló el casco y logró quitárselo. Allcock comenzó con las tareas de resucitación boca a boca. Sin descanso. La piel de Chris estaba azulada. Uno de los buzos al recordar el momento dijo que su cabeza entera era del “color de los blue jeans”. Hacía 35 minutos que el oxígeno no circulaba por su cuerpo.

Rítmico y desesperado el intento continuó sin pausas. Era imposible que sobreviviera, lo sabía, pero siguió intentándolo. De pronto sucedió. Chris hizo una especie de inhalación espontánea. Luego dos. No podían creerlo. Y pestañeó abriendo sus ojos. ¿Podía ser? Allcock siguió adelante más y más. Recién se detuvo cuando constató que Chris había vuelto a respirar y lo hacía de manera regular. Los que miraban desde el barco por un monitor estallaron de alegría.

Respiraba. ¿Habría daño cerebral? Era probable.

Lo mantuvieron abrigado, con el oxígeno adecuado a la presión y observando el color de su piel. Le preguntaron si sabía dónde estaba. Chris dijo que sí. Alegría nuevamente. Había esperanzas de que se recuperara.

Semanas después Chris dijo no recordar nada de ese momento solo que se había sentido “muy aturdido, vi luces parpadeantes, pero no tengo muchos recuerdos lúcidos de haber despertado. Solo unos días después me di cuenta de la gravedad de la situación”.

El milagro había sucedido gracias a que sus compañeros no se habían rendido. Lo primero que hizo al estar recuperado fue pedir hablar por teléfono con Morag. Ella espantada con lo que había pasado y viajó hasta donde estaba el barco Topaz amarrado.

Meses después del accidente, en
Meses después del accidente, en abril de 2013, Chris y Morag se casaron. Luego, adoptaron una pequeña bebé a la que llamaron Eubh y se trasladaron a vivir al sur de Francia

Razones para una supervivencia inesperada

“En cierta manera, es más rápido regresar de la Luna que de las profundidades del mar”, reconoció Chris Lemons. “Cuando se me acabó el aire, me sentí como antes de quedarme dormido. No fue desagradable, pero recuerdo disculparme mucho con mi prometida Morag. Estaba enojado por el daño que esto le haría a otras personas.

Mike Tipton, jefe del laboratorio de entornos extremos de la Universidad de Portsmouth, del Reino Unido, al ser consultado sobre el caso explicó: “El cuerpo humano tiene tal vez un par de litros de oxígeno. El uso que haga de él depende del ritmo metabólico. Pero si alguien está estresado o en pánico, puede elevarse el ritmo metabólico”. Un adulto en reposo utiliza aproximadamente un cuarto de litro de oxígeno por minuto pero buceando, en una emergencia bajo condiciones extremas, podría aumentar hasta consumir tres o cuatro litros por minuto.

Haber sobrevivido a una experiencia límite como esta es extraño. Chris Lemons vivió para contarla. Pero, ¿qué condiciones especiales ayudaron a que su accidente bajo el océano terminase bien? Probablemente el frío Mar del Norte tenga mucho que ver. El agua estaba por debajo de los 3ºC y el enfriamiento rápido del cerebro puede aumentar el tiempo de supervivencia sin oxígeno”, analizó Tipton. “Si la temperatura baja 10 grados, la tasa metabólica se reduce entre la mitad y un tercio. Si la temperatura del cerebro baja a 30 grados puede aumentar el tiempo de supervivencia de 10 a 20 minutos. Y si enfrías el cerebro a 20°C, quizá puedes conseguir una hora”.

Otro factor que seguramente contribuyó fue el gas presurizado que los buzos de saturación suelen respirar. Cuando se inhalan altos niveles de oxígeno bajo presión, este puede disolverse en el torrente sanguíneo y aportar reservas adicionales para sostener los tejidos vivos unos minutos extra a pesar de no respirar.

Algo más: los investigadores de la Universidad de Ciencia y Tecnología de Noruega descubrieron que los buzos de saturación alteran la actividad epigenética de sus células sanguíneas para adaptarse a entornos extremos porque se activan respuestas de estrés hiperbárico.

Hay más estudios en el mundo que demuestran la capacidad y elasticidad del cuerpo humano para adaptarse a la carencia de algo tan vital como el oxígeno. Un ejemplo lo constituye la tribu de los Bajau, en Indonesia, quienes pueden sumergirse hasta 70 metros bajo el agua para pescar, aguantando la respiración. Se descubrió que ellos han desarrollado bazos un cincuenta por ciento más grandes que el resto de las personas y, por ello, tienen una mejor reserva de glóbulos rojos y oxígeno. En conclusión: el bazo sería como un tanque de buceo biológico.

La experiencia de Chris Lemons
La experiencia de Chris Lemons cambió los protocolos de buceo y evidenció la importancia de la preparación, el trabajo en equipo y el factor humano en situaciones extremas (Grosby)

La vida y el azar

Chris Lemons volvió a bucear tres semanas después del accidente y en el mismo lugar. Dijo que ya no veía “a la muerte como algo a lo que temer (...) Una de las razones más importantes por las que sobreviví fue la calidad de las personas que me rodeaban. Yo hice muy poco. Fue la profesionalidad y la heroicidad de los dos que estuvieron conmigo en el agua y de todos los del barco. Tuve mucha suerte”.

Continuó buceando durante más de una década hasta convertirse en supervisor. Hoy se dedica, también, a dar charlas motivacionales. Asegura no haber tenido una epifanía sobre la vida que lo llevara a pensar que hay que disfrutarla cada minuto. Dice que no fue así porque “la vida cotidiana se impone. Pero sí es cierto que soy más consciente de lo frágil que es todo. Sé que la vida se puede terminar en cualquier momento y, quizás por eso, intento aprovecharla más”.

Su accidente provocó dos cambios fundamentales en el manejo de la seguridad en este tipo de buceo: ahora se usan tanques de emergencia que contienen 40 minutos de aire de reserva y los llamados cordones umbilicales llevan luces de colores para que puedan verse fácilmente bajo el agua.

Meses después del accidente, en abril de 2013, se casó con su novia en una emocionante ceremonia.

Un tiempo después adoptaron una pequeña bebé a la que llamaron Eubh. Y aceleraron sus planes: pusieron en venta su casa y se trasladaron a vivir al sur de Francia.

La historia de Chris Lemons
La historia de Chris Lemons inspiró el documental "Last Breath" y una película estrenada en 2025, que reconstruyen el accidente y su milagrosa supervivencia

Su historia merecía un documental. En 2019 se estrenó Last Breath (en castellano se la tradujo como “Sin oxígeno” o “El último aliento”), dirigido por el británico Alex Parkinson. En él se reconstruyó el accidente real con entrevistas a los tres buzos involucrados y material de archivo. Años después, Parkinson quiso volver sobre el tema. Basado en su propio documental hizo una versión cinematográfica donde se dramatizaron los hechos. Se estrenó en febrero de 2025 y se tituló también Last Breath (El último respiro).

Chris Lemons invariablemente cuenta que, aquella noche, había terminado aceptando con calma la idea de morir y que la conciencia de su muerte inminente no le provocó terror sino una serenidad desconcertante: “Fue muy extraño tener lo que creía serían dos o tres minutos para despedirme de la vida. Pensé en mis padres, en la casa que estaba construyendo, en todo lo que iba a perder. No sentí pánico, sino una tristeza profunda. Imaginé cómo serían las reacciones de mis seres queridos al enterarse de mi muerte y de cómo sería la vida sin mí. Fui tranquilizándome, poco a poco, y me dormí (...) La muerte puede llegar en cualquier momento, incluso cuando crees que tienes todo bajo control. Mi historia es una prueba de que la vida es frágil, pero también de que a veces ocurren milagros”, dice hoy con 45 años.

Lo que uno realiza de manera cotidiana, por más estrafalaria que pueda ser una profesión, se termina normalizando. Es justamente en el corazón de la rutina donde acecha la amenaza. Uno se relaja. Uno confía. Uno cree que tiene todo bajo el control de la costumbre. Gracias a que Chris cumplió a rajatabla la regla para emergencias de tomarse del manifold en la estructura submarina, fue que lo hallaron y logró vencer un pronóstico de muerte segura. Aunque debemos aceptar también que, en estas historias extremas, siempre está la cuota inexplicable del azar.

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